
Antes de que existiera internet, existían las sociedades científicas. Los hombres —y algunas mujeres, cuando se les permitía entrar— que poblaban la Royal Society o la Académie des Sciences del siglo XVII no publicaban sus hallazgos para monetizarlos ni construían una audiencia pensando en sponsors futuros ni en colaboraciones con marcas de telescopios. Publicaban porque el conocimiento, en su concepción del mundo, era un bien que se multiplicaba al compartirse. Antes de las KPI las personas eran felices.
La correspondencia entre Newton y Leibniz, por muy envenenada que estuviera de rivalidad y acusaciones apenas disimuladas de plagio, respondía a una lógica que hoy resulta casi incomprensible. La del trabajo intelectual con una dimensión inherentemente comunitaria. La de la idea que no termina de existir hasta que circula, hasta que alguien más la lee, la refuta o la mejora. El ego estaba ahí, desde luego, con peluca y alianzas. Pero operaba dentro de un marco donde el reconocimiento se ganaba contribuyendo al acervo común, no extrayendo valor de él ni convirtiéndolo en marca personal con newsletter semanal.
Esa misma lógica, traducida al lenguaje digital y accesible a toda la ciudadanía, fue la que animó a ese primer internet que tan bien se narra en la serie Halt, catch and fire Los grupos de noticias de Usenet, los primeros foros, las listas de correo temáticas, la cultura del hipertexto en sus años formativos y el IRC, todo aquello funcionaba sobre el mismo principio que había sostenido a las sociedades científicas durante siglos. Se compartía porque compartir era el mecanismo por el que el conocimiento crecía. Se enlazaba porque el enlace era un gesto de generosidad intelectual y no una estrategia de SEO para dopar nuestro pagerank. Se comentaba porque la conversación era, en sí misma, el objetivo y no un medio para aumentar la retención.
No había algoritmo que premiara la viralidad ni panel de analítica que midiera el alcance de tu brillante comentario sobre sistemas operativos. No había métricas que convirtieran la atención en divisa negociable. Había, simplemente, gente que encontraba en ese espacio algo que no encontraba en ningún otro lado. Una comunidad organizada alrededor de un interés compartido, sin porteros, sin intermediarios, sin nadie tratando de venderle nada o, al menos, sin que eso fuera el centro del asunto.
Tiempo después, en un momento difícil de fechar con precisión pero fácil de reconocer en retrospectiva, ese espíritu forjado en la red primigenia empezó a cambiar. No fue una revolución con manifiesto y fuegos artificiales. Fue una lenta infiltración de lógica contable en espacios que hasta entonces funcionaban con una gramática distinta. La del intercambio simbólico, la del regalo, la de la comunidad que comparte porque compartir es, en sí mismo, el punto y no porque haya un plan de monetización al final del túnel.
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El autor podría estar ocupando el nicho, en el ámbito hispanohablante, de Byung Chull Han. Al igual que Han, el autor ofrece un lúcido diagnóstico, y el lector busca una validación de su angustia.
La comparación de la actualidad con el XVII es muy audaz, y ojo, que la nostalgia de lo humano puede ser un producto rentable.
Excelente artículo, pero demasiado pesimista. Es evidente que el capitalismo lo contamina todo, lo gangrena todo desde hace por lo menos dos siglos. Pero no ha ganado la partida, ni la ganará, porque el dinero sólo conduce al nihilismo espiritual y al abismo ecológico, a dos callejones sin salida de los que el ser humano saldrá como ha salido de todos los que se ha encontrado en su camino.
Es evidente que Internet huele cada vez más a mierda («el dinero es el estiércol del diablo», dijo san Basilio el Grande, uno de los Padres de la iglesia), y que por ello habrá reacciones contra semejante hedor (que comienzan ya con varios países que van a limitar internet a los menores). Con internet pasará lo mismo que con las televisiones, hay hoy las «berlusconianas» para los borregos y Arte o Mezzo para los aficionados a otra cosa que la vulgaridad. Lo que nunca conseguirán los capitalistas de internet (ni nadie) es convertirnos a todos en borregos para los que la mierda es el perfume supremo.
Hay una afirmación rotunda, y como tal sospechosa que, sin embargo no afea este artículo más que necesario… y muy bien escrito: “Antes de la KP1 las personas eran felices”; en mi caso y ahora esta reflexion es una manera de felicidad… a posteriori que me hace perder tiempo con mucho gusto. (Qué diablos querrá decir KP1. Ojalá sea una pérfida secta secreta así tengo de qué hablar). ¡Felices!, pero quién es feliz existiendo que también contempla ser feliz, pero después, mucho después y a partir de la ignorancia. Nadie es feliz intimamente, ni los payasos, que dicho sea de paso jamás fueron millonarios. No conozco ninguno. Sospecho que la felcidad son momentos, nos rasgos constitutivos o evolutivos como el optimismo. La felicidad no viene en lata; es muy probable que esté en esos brotes tiernos que hoy los árboles desatan despues de haber aguantado otro invierno. La felicidad no es de plástico; seguramente tiene algo que ver con el baile sensual y compenetrado de las gentes de Africa. La felicidad rehúye el cansancio; sin embargo busca el juego, el frenesí de los cuerpos que se aman, la carrera desde el medio campo hasta el arco contrario, y si pega en el poste mejor todavía, pues también hay felicidad en los rebotes. La felicidad no avisa nunca; se presenta al improviso aun jugando a las cartas por chauchas, en una promesa, en una frase, una foto, en un gesto de niño o mujer, en la luz del dia que nunca falta, y te preguntás desorientado cómo era el tipo de felicidad que tuviste hasta ayer. Excelente artículo, estimado. Muchas gracias.
Muy interesante el articulo.