
¿No sabéis que sois templo de Dios?… El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. (1 Co 3,16-17).
En la cuaresma de 1894, Antoni Gaudí dejó de comer. No era la primera vez que ayunaba, pero esta vez no paró. Pasó quince días sin probar alimento, hasta que el obispo Torras i Bages tuvo que intervenir personalmente para convencerlo de que interrumpiera el ayuno antes de morir. Tenía cuarenta y dos años, era el arquitecto más singular de su generación y acababa de cruzar la frontera que separa a quien tiene fe de quien ya no puede vivir de otra manera.
En ese momento, Gaudí llevaba décadas construyendo, tenía encargos, tenía mecenas y se había hecho un nombre. Gaudí, el pequeño de cinco hermanos, tuvo una infancia tranquila en Reus, venía de una familia de la burguesía sencilla, la de los oficios. Sus padres hicieron todo lo posible por darles una buena educación, primero en los escolapios de Reus; más tarde, ya en edad universitaria, se trasladaron a Barcelona. Siempre fue un niño observador, quizá en parte porque fue un niño enfermizo, con reuma en los pies, alejado de los juegos de contacto. Quizá esa capacidad ya la tenía y sus circunstancias, simplemente, la exacerbaron.
Lo que sucedió desde sus dieciséis años, edad en la que se trasladó a Barcelona a seguir sus estudios, hasta la crisis existencial de 1894, cumplidos los cuarenta, es la historia convencional de un profesional, dotado de gran talento, eso sí, con una vida social, de relaciones y de intereses propios de su edad y de su época, que aprovecha al máximo las posibilidades que le ofrecen tanto una ciudad moderna y pujante, Barcelona en aquella época, como el alcance de sus mecenas y los relevantes encargos que acomete. Gaudí vivía en el tiempo y para el tiempo de los hombres, en la plena inconsciencia de quien da por supuesto que es la única dimensión que existe. El tiempo de los hombres es sensorial; así hemos sido creados. Gaudí, observador y visual, pronto destacó en geometría y la arquitectura fue en él una vocación innata. Proust demostró que gracias a la sensorialidad podemos rebobinar el tiempo de los hombres porque queda en nuestra memoria privada, en nuestro interior, pero son páginas cerradas porque nuestro tiempo es lineal. No podemos volver a habitar ese tiempo, solo podemos habitar el espacio, y hacer el espacio habitable es el trabajo de los arquitectos.
Gaudí iba a transitar hacia el tiempo de Dios, y en Astorga se aceleró todo el proceso. Allí ejercía de obispo Juan Bautista Grau, originario de Reus, como Gaudí, y con quien ya tenía amistad. Grau le encarga la reconstrucción del Palacio Episcopal, destruido en un incendio, y apoya un diseño que encajó mal en la concepción austera y sobria de los castellanos y leoneses. Gaudí se traslada allí unos cuatro años y mantiene largas conversaciones sobre espiritualidad y doctrina con Grau, quien le animó a leer El año litúrgico, de dom Guéranger, una obra que pasa a ser esencial en su vida y, probablemente, la que marca un antes y un después, la puerta hacia otra dimensión y otro modo de entender el tiempo. Porque el tiempo de la liturgia no es lineal, es cíclico. Porque la experiencia no es un suceso personal e intransferible, es un acto compartido. Y porque la repetición anual de la liturgia, que trae los misterios cristianos, no consiste en transportarse al pasado o rememorarlo, como el tiempo de los hombres: los actos litúrgicos son actos del presente y transforman cada momento actual en el que se celebran, dan estructura a la espiritualidad compartida y al alma de cada celebrante. El espacio fundamental en la liturgia es la celebración misma, aunque no sea un espacio físico preciso.
Grau se hirió la pierna izquierda durante una visita pastoral a caballo, al engancharse con ramas o zarzas del camino. La herida, mal curada, se infectó y derivó en una gangrena que avanzó con rapidez. Gaudí dejó la obra en la que trabajaba para despedir a su amigo y mentor. Con Grau podía hablar de esas cosas, con nadie más. Enormemente afectado por su muerte, abandonó Astorga, dejando el Palacio Episcopal inconcluso, y volvió a Barcelona. Apenas seis meses después de enterrar al obispo Grau, Gaudí se somete en la cuaresma de 1894 a aquel ayuno tan extremo que casi lo mata, y del que lo saca otro obispo y mentor, Torras i Bages, recordándole que el tiempo de los hombres tampoco lo marcan los hombres, y que algo mejor que dejarse morir tendría que hacer con el tiempo que le quedara. Mucho o poco, porque nadie sabe ni el día ni la hora, Gaudí tomó conciencia entonces de que su presente, y su futuro, ya solo estaban en el tiempo de Dios.
Al volver a Barcelona y tras la cuaresma, porque llega la Resurrección, retoma proyectos, entre ellos, la Sagrada Familia. No era un proyecto nuevo, llevaba once años esperándolo cuando cruza esta frontera interior, tampoco iba a ser el único. El tiempo de Dios, lento, sin prisa, iba madurando por dentro antes de manifestarse por fuera. Tarda veinte años desde el giro de 1895 en convertirla en su exclusivo proyecto vital, pero Gaudí ya había cambiado de calendario abandonando el de los hombres. Lo que vino después lo contaron quienes lo vieron: desprendimiento progresivo del apego material, del dinero, de la apariencia. No fue un eremita, se involucraba activamente y, progresivamente, con más afán, en solventar los problemas de financiación y sociales alrededor de la construcción del templo. No debía de tener un carácter fácil, mucho menos dócil, pero acogió en su ya humilde casa a dos amigos, uno enfermo de lepra, otro tocado por una enfermedad mortal, a los que mantuvo y cuidó hasta el final. El mismo hombre que vivía austeramente costeó de su bolsillo, no de las donaciones, una escuela para los hijos de los trabajadores del templo y las familias del barrio. Hacia el final de su vida, el arquitecto más singular de su generación, el hombre que había construido para la alta burguesía catalana, recorría las calles de Barcelona pidiendo dinero para su obra.
Aceptaba también que no viviría para ver la Sagrada Familia terminada, incluso que, en el futuro, otros adaptasen su estilo a formas nuevas. Hizo lo que tenía que hacer y el resto lo dejó a la providencia. El final de su vida es conocido, fue inesperado —nadie sabe el día ni la hora— y quiso terminar en un hospital de pobres. Solo vio terminado un campanario.
¿Qué le ocurre a una vida cuando decide habitarse de otra manera?
Hace veintiséis años, el papa Juan Pablo II autorizó la apertura del proceso de canonización de Antoni Gaudí, un proceso largo para el tiempo de los hombres. En 2010, Benedicto XVI consagró la Sagrada Familia como basílica y dio una extraordinaria homilía de reconocimiento al hombre, al creyente y al arquitecto. Tuvo la inspiración singular de captar que Gaudí había conseguido plasmar en el templo los tres grandes libros de su vida: el libro de la naturaleza, el libro de la Escritura y el libro de la liturgia. Así unió la realidad observable y el tiempo de Dios en la historia —que es lo que cuentan las Escrituras— en un espacio en el que con cada celebración —la liturgia— se actualiza, no se rememora, lo divino en el tiempo de los hombres. Los tres libros —naturaleza, Escritura, liturgia— son en realidad tres formas del tiempo de Dios haciéndose legible en el tiempo de los hombres, con la misma gramática del lenguaje arquitectónico: silencio, ritmo, repetición.
El papa Francisco, en lo que fue uno de sus últimos actos pontificios, dio un paso más siete días antes de morir: concederle la categoría de hombre venerable —paso previo a la beatificación— por vivir las siete virtudes cristianas en modo heroico. Aplicadas a Gaudí, no son virtudes abstractas, tienen fechas concretas en su biografía. Lo que venga después pasa por el espinoso tema de la demostración de milagros, aunque hay precedentes, como la canonización de las mártires de Compiègne, también uno de los últimos actos de vida de Francisco.
En cualquier caso, la Sagrada Familia queda como el espacio que habitan el tiempo de Dios y el tiempo de los hombres, donde el alma de Gaudí dejó verdaderamente su huella en el mundo, aunque el templo verdadero, que nosotros solo podemos rememorar, nunca fue el de piedra.






Precioso artículo, muchas gracias.