Arte y Letras Libros Literatura

Bestsellers de otros tiempos: el cónsul en Helsinki y su epopeya caribeña. La conquista del reino de Maya, de Ángel Ganivet

Ángel Ganivet. DP
Ángel Ganivet. DP

Volvemos esta vez nuestros ojos a España y a esas raras novelas que fueron best sellers en un país que contaba aún con poca población en general y con todavía menos lectores. Hablamos de dieciocho millones de habitantes, con doce de esos millones viviendo en localidades de menos de diez mil habitantes y sin acceso, prácticamente, a bibliotecas ni librerías, ni a más material impreso que los misales y los escasos periódicos que llegaban por entonces al medio rural.

Y aun así, La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid, que tal es el título completo de la obra de Ángel Ganivet, tuvo un éxito enorme en 1897, año de su publicación, hasta el punto de inducir a su autor a escribir una improbable segunda parte, titulada Los trabajos del infatigable creador Pío Cid.

La obra, poco proclive a dejarse calificar o encasillar, nos demuestra en todo caso que la época de publicación también puede ser un tema y un personaje. Estamos en 1897, el año anterior a la enorme depresión de la guerra de Cuba y Filipinas. Es el año en que un anarquista asesina a Cánovas del Castillo, que es sustituido por Práxedes Mateo Sagasta. Al anarquista le dieron garrote y la política española no cambió gran cosa, acaso porque no había ya muchas cartas que repartir.

Aquel mismo año, Marconi patentó la radio, Thomson descubrió el electrón y H. G. Wells publicó El hombre invisible, que aunque vendió más ejemplares, sin duda, que la obra que hoy nos ocupa, los vendió en el ámbito anglosajón en muchos más años, con lo que el mérito no es comparable.

La verdad es que no es fácil hablar en serio de una novela que comienza con un conquistador español entrando en un pueblo indígena a lomos de un hipopótamo, para proceder luego a la conquista de todo el reino. A pesar de habérmela leído, no me queda claro si Ganivet pretendía escribir fantasía, surrealismo, ensayo sociológico o pamplinas. Lo cierto, y doy fe, es que consiguió escribir todas esas cosas a la vez. Especialmente fantasía, sociología y chorradas. Y aunque parezca un ataque, aseguro de buena fe que no es tal, ni mucho menos, porque gran parte de la literatura de esa época padece, precisamente, de un exceso de sentido de la dignidad y de una carencia de humor alarmantes.

La cuestión es que Pío Cid, nombre elegido para quedar a medio camino entre Mío Cid y Pío Eneas, ni siquiera tiene que conquistar el reino de Maya, lo que para él es una suerte, pues carece de cualquier habilidad militar o coraje para emprender aventuras conquistadoras o siquiera vagamente imperialistas. Por eso es una suerte para él que, nada más verlo llegar en su hipopótamo, los habitantes del reino de Maya lo consideren una especie de Mesías y pongan reino, riquezas y personas a su disposición. A partir de ahí, en una curiosa mezcla intelectual entre el Sancho de la ínsula Barataria y el Thoreau de Walden, el protagonista se entrega a toda clase de decisiones políticas y sociales para mejorar la vida de su imperio, con resultados dispares o, al menos, que obligan al lector a levantar la ceja.

Lo mejor de la novela es su viraje, a ratos, hacia la novela de aventuras, o hacia una especie de Libro de la selva hispano, lo que significa, en resumen, que se les reserva menos respeto a los animales y mucho más a las personas que en la obra de Kipling.

Lo más negativo, para mí, es que no hay novela alguna. Si en algún momento Ganivet pensó en crear una trama, una intriga o un conflicto libertario que pudiese ser resuelto al final de la novela, se olvidó a medio camino, absorto en escucharse a sí mismo, en hacer experimentos o simplemente en divertirse con sus ocurrencias sociales, algunas más atinadas que otras, pero utópicas en general. O distópicas, a veces.

En cierto modo, la novela recuerda a Walden, de Thoreau, que no me gustó, o posiblemente a Walden dos, de B. F. Skinner, que, mira por dónde, tampoco me gustó, pero con el añadido de un cierto toque a Las minas del rey Salomón, de cuyo autor, H. Rider Haggard, creo que llegaremos a hablar en algún momento, pues escribió algunas de las obras más majaderas y celebradas de finales del siglo XIX, llegando a vender varios millones de ejemplares de alguna de ellas.

Pero hablábamos hoy de Ganivet, mucho más español y más modesto. Su biografía puede resultarnos, actualmente, más interesante que su novela más conocida. Se trata de un personaje completamente dual, con una cara funcionarial y aburrida y otra encendidamente romántica, que consiguió de algún modo compatibilizar en el filo divisorio de varias clases sociales.

Nació en Granada en 1865, y su padre falleció cuando él tenía nueve años. Al año siguiente, para colmo de desgracias, se fracturó una pierna de tan mala manera que a punto estuvo de perderla, pero se negó tajantemente a la amputación y, tras mucho esfuerzo y voluntad, consiguió incluso dejar de cojear. Retrasado por este accidente, comenzó tarde sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras, que concluyó siempre con notas destacadas.

En 1888 obtuvo el doctorado con una tesis sobre la lengua sánscrita, nada menos, cosa que fue entonces muy admirada, pero que pareció preferible a su intención inicial de escribir sobre el panorama filosófico español contemporáneo. Esta tesis malograda se convertiría años después en una de sus primeras obras publicadas.

Tras la obtención del doctorado, opositó a bibliotecario y obtuvo la plaza del Ministerio de Fomento, lo que, a decir de algunos, lo instruyó para escribir posteriormente sobre selvas, jaguares e hipopótamos centroamericanos. En 1892 conoció a Amelia Roldán, con la que llegó a tener dos hijas, aunque nunca se casó con ella, algo realmente extraño en esa época. Se rumoreó que él ya estaba casado, no se sabía con quién, a resultas de una juerga nocturna, pero este dato nos parece apócrifo, o simplemente falso. Por eso lo repetimos.

Por aquella misma época, y cansado de ser bibliotecario, se presentó a las oposiciones de catedrático de griego, después de prepararlas junto a Miguel de Unamuno, del que se había hecho amigo. Unamuno sacó la cátedra de Salamanca, pero Ganivet perdió la de Granada, lo que lo obligó a inclinarse por otras oposiciones, las de la carrera diplomática, en las que obtuvo el primer puesto en la carrera consular.

Poco después, lo destinaron a Amberes, donde permaneció cuatro años trabajando y aprendiendo a tocar el piano. En 1895 lo ascendieron a cónsul en Finlandia, donde se mudó a vivir con sus hermanas, pero no con la madre de sus hijos ni con estos. Allí alcanzó algunos hitos importantes, en lo personal y lo poético, pues no solo tuvo una encendida relación con Marie Sophie Diakovsky, una rusa profesora de sueco, sino que llegó a escribir para ella varios libros de poemas, adaptando al francés y al sueco la métrica de los soleares y el pie quebrado para guitarra flamenca, logro aún no igualado.

Fue en esta época cuando escribió también La conquista del reino de Maya, ambientada en una América que ni había visitado nunca ni podía contemplar por las ventanas de su residencia finlandesa. Posiblemente de esto venga también parte de su tono satírico.

En cualquier caso, Ganivet llegó a aprender perfectamente el sueco, y cuando el Gobierno cerró el consulado en Helsinki tomó posesión del consulado en Riga. Para entonces, su novela se había hecho muy popular en España y era una de las más vendidas de 1897 en nuestro país, algo que sorprendió al autor, que no tardó en emprender, como ya dijimos, la redacción de una segunda parte.

En Riga, enfermo de sífilis, sufrió una grave depresión por su situación personal y la situación de España, desmembrada y vencida en el 98, y se suicidó tirándose desde un barco al río. Esto sucedió en noviembre de 1898, a los treinta y tres años de edad, y ya era la segunda vez que lo intentaba.

Sus restos fueron repatriados a España en 1925 por el periodista Enrique Domínguez Rodiño, durante una corresponsalía en Letonia, país que, recordemos, no sería incorporado por la fuerza a la URSS hasta 1940.

De su obra La conquista del reino de Maya se ha realizado al menos una docena de ediciones, entre las que me atrevo a destacar la de la editorial Aguilar, de 1945. Mantuvo una relativa popularidad durante muchos años y he llegado a encontrar una edición de 2005, de El Parnasillo, aunque puede que existan otras posteriores, lo que demuestra que nunca ha llegado a olvidarse del todo.

Digamos, pues, que no es un buen bocado, pero es una gran tentación. Así les sucede a algunos libros.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*