Política y Economía

La Ilustración ha muerto: ¡viva la Ilustración!

Ilustración de Pablo Amargo. La Ilustración ha muerto
Ilustración de Pablo Amargo.

Hay conflicto. Es obvio que siempre lo ha habido y que lo sigue habiendo. Tal vez sea por la saturación informativa —que sin duda atiza las brasas—, pero el caso es que pulula por el aire la sensación de que la tensión es máxima. Lo mismo da dirigir el objetivo hacia el ámbito internacional que al doméstico: estamos polarizados. Y parece cierto. Para comprobarlo en el primero, adviértase el discurso pronunciado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el 9 de marzo. La Unión Europea no puede continuar siendo la palurda que respeta un antiguo orden global basado en normas comunes, asegura. Respecto del segundo, basta recordar la guerra cultural desplegada tras el fulgurante éxito de una novela, La península de las casas vacías, de un autor hasta ese momento desconocido.

Al enemigo, ni agua. Mucho menos blanquearlo. En fin, los bandos —sean cuales sean, mírese donde se mire— son irreconciliables y la búsqueda del entendimiento cada vez suena más a una fantasía húmeda. Se dice pronto, pero sin esa palabra tan manida y en apariencia aburrida, el diálogo, la cosa se pone fea. De esta guisa lo sentenció el Juan de Mairena de Machado: «Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario». En el momento en que se asume que el contrario no es digno de nuestra atención, solo resta la violencia. Sea en el plano internacional —Europa se rearma— o en el nacional —¿hay alguien más odiado que el presidente Pedro Sánchez?—.

El historicismo, como sentenció Popper, es una patraña. No hay leyes ocultas en la historia humana. Pero sí es cierto que se intuyen ciertas reiteraciones cíclicas. En la maravillosa película de 2024, Edén, el doctor Ritter reduce uno de estos bucles históricos a la siguiente transición: democracia, fascismo, guerra. Luego se repite.

Por decirlo de alguna manera, la guerra es la terapia de shock. Tras su doloroso golpe, vuelta a empezar. Uno se vuelve a dar la mano con el vecino. Con todas las reservas que se quieran, pero se vuelve a ofrecer la mano. Se liman las asperezas. Se ha aprendido la lección ya señalada por Thomas Hobbes: a nadie beneficia el estado de guerra. Por eso arriba el pacto social. Basada en hechos reales, en Edén se narra precisamente el viaje de un doctor que, fascinado por Nietzsche, quiere elaborar una filosofía universal que evite la vuelta del conflicto.

Para no pocas personas de espíritu ilustrado eso pasa por el retorno, precisamente, de esos aires, los de la Ilustración. Esos que reivindicaron el pensamiento autónomo, la mayoría de edad moral e intelectual, el respeto a ciertos valores universales, etcétera. Por desgracia, lo hacen sin percatarse de que han caído en la ilusión del amante cuya pareja ha roto el vínculo. No han asumido la pérdida. Al parecer, cuando el dueño de un perro fallece y su cadáver se encuentra días después, este muestra ciertas marcas. El perro ha mordido su rostro, no por hambre, sino para despertarlo. Como cuando le daba empujones con las patas comunicando que quería algo. Es evidente: los melancólicos de la Ilustración son como el fiel perro y, por mucho que se esfuercen, su sueño hace tiempo que se disipó.

Immanuel Kant es celebrado habitualmente como el insigne paladín de la Ilustración. El prusiano habló de una verdad incuestionable, del conocimiento seguro y de los valores universales. No por nada el derecho internacional constituido tras la Segunda Guerra Mundial —vestigio del pasado, según von der Leyen— bebe prolijamente de su obra. No obstante, bien visto, con todo ello Kant se erigió en el mayor de los antiilustrados. Si la Ilustración es crítica y pensamiento abierto, el del filósofo fue un discurso que evade el disenso alegando que los dictados de la razón son unívocos. Hay espacio para el debate, sí, siempre y cuando se respeten ciertos principios racionales básicos. Esto es, los míos.

El admirado Nietzsche del doctor Ritter así lo vio. Fue él, ese pensador maldito, y no Kant, quien cuestionó lo incuestionable. Quien socavó los cómodos y cínicos muros ilustrados para ilustrar lo que todo el mundo intuye: que los valores universales son el rey desnudo de Andersen. De esta guisa, dándole la vuelta a la tortilla, el nihilismo nietzscheano es la bandera ilustrada. El único discurso verdaderamente tolerante y abierto a la crítica, el que no la limita. No hay líneas rojas ni axiomas que haya que imponer de partida.

Ritter se pregunta en la soledad de su isla: ¿cuál es la filosofía que evitará que los conflictos se resuelvan mediante la violencia? ¿Que aplaque los ánimos y encauce el debate social hacia las palabras, al respeto al turno, al ataque a los argumentos y no a las personas? Nietzsche, el ilustrado antiilustrado, lega la respuesta: la anhelada es la filosofía que parte de la vacuidad de cualquier discurso con pretensiones universales.

El relativismo nihilista es la puerta hacia la tolerancia pacífica, el único camino que rechaza ab initio las pretensiones ilustradas: ningún relato está grabado en ninguna piedra del monte Sinaí. El final de la Ilustración entraña tomarse menos en serio a uno mismo, escuchar al rival, mantener los modales con humildad, defender las convicciones sin perder de vista la posibilidad del error, llegar al corolario hobbesiano de que la guerra, amén de cruel, es estúpida.

Un famoso grafiti de Mayo del 68 rezaba: «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo ya no me encuentro muy bien». ¿Por qué no estás bien?, cabría preguntar al autor. Solamente la disolución de las certezas permitirá cuajar el diálogo. Por supuesto, los habrá que sigan recurriendo a la violencia, pero ¿acaso el discurso ilustrado la ha evitado alguna vez? En todo caso, la ha enmascarado o justificado, pero no eludido.

Curiosamente, en Edén —así como, al parecer, en el caso real en que se inspiró— el final de los escasos habitantes de la isla no fue halagüeño: se acabaron traicionando y asesinando. No queremos que eso pase, ni en el terreno internacional ni en el local, pues no es bueno para nadie. Para evitarlo, entonemos juntos, con Nietzsche y el doctor Ritter, que la Ilustración ha muerto. ¡Viva la Ilustración!

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