Ciencias Humor snob

¿Qué consume más agua, los centros de datos o las lavadoras?

nuclearnogracias
Imagen generada con un dedal de H2O

Desde siempre ha existido una especie de ciudadano indignado, fácilmente reconocible, que cada cierto tiempo cambia de pegatina de pegatina. Durante décadas lució en la solapa y en el parachoques del Citroën aquel sol sonriente con la leyenda «Nuclear, no gracias», y con ella se ganaba el respeto de la asamblea vecinal y un sitio en la batucada del barrio. Hoy, este mismo ciudadano con canas, camiseta psicodélica y una cuenta de Instagram, ha cambiado de lema por el que está mças de moda: «la IA nos roba el agua», que tiene la virtud de fundir en una sola frase la denuncia tecnológica y la angustia hídrica, lista para pancarta y para reel. Lo admirable del converso no es su pasión, siempre intacta, sino su soberana indiferencia hacia los números, que considera un artefacto del capital diseñado para confundir al pueblo llano. Pedirle una cifra es como pedirle un selfie a un vampiro.

Y como servidor es un aguafiestas vocacional, me he tomado la molestia de hacer la cuenta que le trae sin cuidado a nuestro ciudadano ejemplar. Advierto que no requiere domino del ábaco ni doctorado, solo un boli bic y una curiosidad genuina. Vamos a ello. Europa tiene unos ciento ochenta millones de lavadoras en activo, cada una entregada a sus doscientos veinte ciclos anuales, y cada ciclo se bebe entre cuarenta y ochenta litros, pongamos cincuenta de media para no discutir. La multiplicación, que cualquier calculadora despacha en diez milisegundos, arroja unos dos billones de litros al año, dos kilómetros cúbicos de agua, solo en la Unión Europea. Si estiramos el mapa hasta la Europa de toda la vida, esa que llega a los Urales, nos plantamos en tres o cuatro kilómetros cúbicos de espuma y suavizante.

Veamos ahora al malvado de la película. La consultora Mordor Intelligence —no es un chiste, la empresa se llama así— calcula que todos los centros de datos de inteligencia artificial del planeta, juntos y conspirando, consumieron en 2025 alrededor de un billón de litros, un kilómetro cúbico, y las estimaciones más prudentes, las que solo cuentan el agua de las centrales que los enchufan, lo dejan en tres cuartos de eso. Hagan ustedes la resta en un cuaderno Rubio. La sed de toda la inteligencia artificial mundial, la de ChatGPT y sus primos, la de esos oráculos que supuestamente nos dejarán sin acuíferos, equivale a la mitad de lo que las lavadoras europeas tiran por el desagüe, y a un cuarto si contamos el continente entero. Dicho sin medias tintas: el tambor que da vueltas en su cocina pertenece a una conspiración bastante más sedienta que la de Silicon Valley.

Llegados aquí, el comprometido saca su as de la manga, ese titular viral según el cual cada conversación con un chatbot nos cuesta una botella de agua. La fuente existe, no me la invento, es un grupo de la Universidad de California en Riverside que firmó un trabajo con el delicioso título de «hacer la IA menos sedienta», y su número real ronda los diez a veinticinco mililitros por conversación. Mililitros. Un dedal. Habría que interrogar al oráculo entre veinte y cincuenta veces para reunir el mismo vaso de agua que el indignado deja correr en un solo gesto mientras se aclara los dientes y maldice a las máquinas.

Antes de que nuestro ciudadano me denuncie por agente del tecnofeudalismo, le concedo lo único defendible de su causa. El dato de hoy resulta tranquilizador, el de mañana puede no serlo, porque las lavadoras llevan treinta años adelgazando a base de directivas europeas y agua fría mientras la IA engorda a velocidad de criptomoneda. El Instituto del Agua de la Universidad de las Naciones Unidas estima que la huella hídrica de la inteligencia artificial podría alcanzar los nueve billones de litros en 2030, y entonces sí adelantará a nuestras coladas con holgura. El comprometido tendrá razón dentro de un lustro, lo cual, conociéndolo, no le ha impedido tenerla ya.

El detalle que de verdad importa, y que no cabe en pegatina, es que una lavadora reparte su pecado entre millones de desagües anónimos mientras un centro de datos lo concentra en una esquina del mapa, elegida por el precio de la luz y no por la generosidad de los ríos. En Irlanda esos centros ya se bebían en 2023 una quinta parte de toda la electricidad del país, y la red tuvo que cerrar el grifo de nuevas conexiones alrededor de Dublín. Ese es el escándalo auténtico, geográfico y nada poético, que ningún sol sonriente resume bien. Exige leer informes y pensamiento crítico algo que como ya sabemos no es demasiado cool. El ser humano medio prefiere mil veces el escalofrío moral a la nota a pie de página.

De modo que la próxima vez que alguien le asegure, con el temblor sagrado del que ha visto la luz, que la inteligencia artificial nos está dejando sin agua, hágale un favor y pregúntele cuántas lavadoras pone a la semana. Observará entonces un fenómeno fascinante: el mismo rostro que exige el cierre inmediato de los centros de datos reivindica su derecho inalienable a lavar tres veces las mismas sábanas. El agua, al fin y al cabo, siempre la malgasta el vecino. Y mientras dure el malentendido, el oráculo seguirá apurando su dedal, la lavadora su océano doméstico y la pegatina, esa criatura inmortal, esperando tranquila en el cajón el siguiente lema redondo.

Fuentes para el incrédulo, por si se anima a leerlas. Mordor Intelligence sobre el consumo hídrico de la IA en 2025; el informe del Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, 2026; el trabajo «Making AI Less Thirsty» de Shaolei Ren y colegas en UC Riverside; y los datos de EirGrid sobre el consumo eléctrico de los centros de datos irlandeses. Las lavadoras las he contado yo con una servilleta y los consumos unitarios del IDAE.

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