Hebras y nodos

El anciano no optimizado

Detalle de 'Anciano apenado (En la puerta de la eternidad)', de Vincent van Gogh.
Detalle de ‘Anciano apenado (En la puerta de la eternidad)’, de Vincent van Gogh.

Hace años, la noticia del cáncer fue un golpe brutal. Pero lo que vino después resultó aún más demoledor: el oncólogo, con la frialdad propia de quien maneja estadísticas, informó que los pronósticos daban cuatro años.

Pasado el primer desconcierto, algo extraño empezó a ocurrir: comenzó a mirar a los ancianos con envidia. Los veía caminar despacio por la calle, sin prisa, con esa serenidad que solo da el tiempo vivido, y los quería. Quería llegar a ser uno de ellos. Quería que alguien le escuchara contar historias, acumular sabiduría, dejar que los años le sedimentaran por dentro.

Han pasado más de veinte años. Ha vencido todos los pronósticos —todos—, y ahora está exactamente en el umbral que entonces soñaba alcanzar: la vejez. Y resulta, con la amarga ironía que solo la vida sabe construir, que ser viejo ha dejado de ser la meta. Ha pasado a ser el problema.

En una cultura obsesionada con la velocidad y la optimización constante, la vejez ha dejado de ser un ciclo vital para convertirse en un problema cultural: el momento en que el ser humano deja de encajar en el sistema que él mismo ha construido.

La vejez humana es, en términos evolutivos, una rareza: pocas especies sobreviven durante décadas tras agotar su función reproductiva. La antropología lo explica a través de la «hipótesis de la abuela», según la cual los individuos mayores aportaban ventajas decisivas a la supervivencia del grupo. Durante milenios, el viejo era memoria: de los inviernos pasados, de los caminos seguros, de los errores que no debían repetirse. La tribu no veía un cuerpo gastado; veía una tecnología biológica de supervivencia.

Hoy esa función ha desaparecido. Nuestra civilización se rige por un principio simple: todo debe mejorar, acelerarse y optimizarse. Todo, excepto el cuerpo que envejece. El anciano genera pocos datos —y los genera mal— en un entorno donde el valor se mide en actividad cuantificable. Su lentitud al cruzar una calle o su incomprensión ante una pantalla no son una rebelión consciente, sino los movimientos de un cuerpo que ya no responde a la lógica de la aceleración. Es, así, el último humano no optimizado. Y por eso incomoda.

Esta incapacidad para ubicar la vejez responde a una mutación más profunda. Antaño, la humanidad poseía «alma»: la convicción de que la vida no se agota en lo visible ni en lo biológico, y de que esa interioridad garantizaba una dignidad inalienable. La modernidad desmanteló esa certeza. Al desplazar lo sagrado y entronizar la eficiencia, el alma —incapaz de ser cuantificada— fue expulsada del sistema productivo, y la dignidad dejó de ser un don absoluto para convertirse en un mérito que debía demostrarse cada día mediante la actividad, el consumo y la visibilidad.

En este escenario de sujetos administrados e identidades provisionales, el anciano representa un fallo catastrófico del sistema. Él no es un perfil descargable ni una identidad maleable; es un relato escrito en piedra, una acumulación de tiempo y memoria que el algoritmo no puede procesar ni monetizar. Ha dedicado décadas a construirse, a afinar su criterio, a sufrir y a aprender. Y justo entonces aparece la paradoja más cruel de nuestra civilización, capturada por André Malraux: «Cuesta sesenta años de increíbles esfuerzos y sufrimientos crear a un individuo así, y entonces, en ese preciso instante de plenitud, solo sirve ya para morir».

Si la sociedad lo aparta, no es solo por logística o cálculo económico. Lo aparta por terror. Como demostró Ernest Becker en La negación de la muerte, la civilización entera es un elaborado mecanismo de defensa simbólico contra la propia mortalidad. Al perder la promesa de continuidad espiritual, hemos convertido el éxito, la eterna juventud y la hiperactividad en nuevos proyectos de inmortalidad. El anciano es la grieta en ese mecanismo: su sola presencia destruye el simulacro. Mirarlo a los ojos significa admitir que nuestro «yo» optimizado tiene fecha de caducidad. Incapaz de convivir con esa evidencia, la sociedad ha desarrollado una estrategia más sencilla: la ocultación.

Incluso antes del deterioro físico severo, ya hemos diseñado una forma de exilio preventivo. Bajo la coartada del ocio, los mayores son agrupados en espacios propios —hogar del jubilado, viajes organizados, circuitos sociales cerrados— donde el tiempo se administra mediante entretenimiento inofensivo. No es una expulsión brutal, sino una crueldad amable: mantener a los ancianos ocupados mientras el resto de la sociedad continúa su carrera productiva. Las residencias de mayores cumplen una función cultural y psicológica precisa: aislar el deterioro, gestionarlo bajo una logística impecable, pero siempre lejos del ritmo eléctrico de la ciudad.

Este aislamiento genera un daño colateral devastador en las nuevas generaciones. Al encerrar a los ancianos, hemos dejado a nuestros jóvenes huérfanos de referencias vitales. Crecen incapaces de tolerar la vulnerabilidad ajena y la propia, condenados a la ansiedad de la inmediatez digital por no haber convivido con el «tiempo lento» y la sabiduría sedimentada de sus mayores. Al mutilar la convivencia intergeneracional, privamos a la juventud del único espejo capaz de enseñarle a sostener la mirada ante la fragilidad del ciclo humano.

No todas las sociedades han capitulado ante esta segregación. En Japón, una nación que enfrenta un envejecimiento poblacional extremo, han comprendido que el mayor castigo no reside en los años, sino en ser apartado de la comunidad. Allí ha florecido el modelo Kotoen en Tokio: instalaciones de barrio donde guarderías y residencias de ancianos comparten el mismo techo, con cafeterías abiertas al vecindario. Los niños juegan alrededor de los mayores, y el anciano recupera un rol social activo, aunque solo sea el de mirar, acompañar o ser reconocido. El objetivo no es alargar la biología, sino combatir la verdadera tragedia contemporánea: la muerte social antes que la física. Es un intento desesperado, pero hermoso, de reconstruir la tribu que el hiperindividualismo ha dinamitado.

En Occidente, en cambio, preferimos la eficiencia de la cápsula. Es tentador culpar a la maquinaria económica o a la tiranía del algoritmo, pero esa explicación resulta demasiado cómoda. El sistema no es un ente alienígena que nos impone sus reglas; es un reflejo despiadado de nuestros propios deseos. El mercado no ha secuestrado a nuestros mayores: ha ocupado el vacío dejado por el desmantelamiento del hogar multigeneracional. Al quebrar esos vínculos, impulsados por la promesa de emancipación absoluta y la movilidad laboral, destruimos el único dique moral que protegía al ser humano cuando dejaba de ser productivo.

La familia no era solo convivencia material; era un espacio de lealtad donde el deterioro del cuerpo ocurría en el centro de la casa, a la vista de todos, integrando la vejez y la muerte en el flujo cotidiano de la existencia. Una vez rota esa red, hemos subcontratado el trabajo emocional que nuestra conciencia ya no quiere asumir: pagamos a terceros para que cuiden y acompañen, transformando un deber ético en una transacción comercial. La máquina nos da exactamente lo que pedimos con nuestras acciones diarias: eficiencia, entretenimiento continuo y la ilusión de una juventud interminable.

Una sociedad que sabe lo que hace y continúa haciéndolo cae en «la sociedad del cinismo». No es el sistema el que esconde a nuestros mayores: los ocultamos nosotros por pura cobardía. Los negamos y los encerramos porque nos recuerdan que, debajo de toda nuestra tecnología y nuestros simulacros de optimización, no somos más que futuro alimento de gusanos.

Al final de nuestra carrera por el rendimiento perpetuo, todos terminaremos convirtiéndonos en ese organismo desgastado que nos mostrará, con la contundencia innegociable de la biología, que nunca fuimos máquinas. Solo carne. Carne que ocupará la misma silla frente a la ventana de una institución silenciosa, calculando si el sistema que nosotros mismos alimentamos habrá dejado a nuestros hijos el tiempo —o la voluntad— suficiente para hacernos una visita.

Y será exactamente en esa espera, convertidos en un estorbo confuso en una sala anónima, cuando comprenderemos la verdadera crueldad de nuestra invención. Estas «cárceles suaves» no necesitan barrotes; basta con adormecer el sufrimiento. No fueron diseñadas para cuidarnos, sino para que los demás puedan olvidarnos sin sentir culpa, evitándoles el trance de presenciar nuestro declive.

Quería llegar a esto. Sobrevivir para llegar a esto. Cuando el oncólogo le dio cuatro años, miraba a los viejos con envidia. Los quería. Quería su tiempo, su calma, su derecho a existir sin justificarse. Ahora está aquí, en ese umbral que soñó durante más de dos décadas, y descubre que la sociedad ha preparado para él exactamente lo mismo que el cáncer: una cuenta atrás. Solo que esta vez sin tumor que extirpar, y sin la urgencia brutal que, paradójicamente, le mantuvo vivo.

Sobrevivió al diagnóstico. No sé si sobrevivirá al olvido.

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29 comentarios

  1. Jaime Villamor

    Un texto muy lúcido, con una idea central magnífica: ese «anciano no optimizado» como figura de resistencia frente a una sociedad empeñada en optimizarlo absolutamente todo. Me ha gustado mucho el recorrido entre vejez, tecnología, productividad, muerte y familia. Y especialmente esa pregunta de fondo sobre qué ocurre cuando dejamos de ser útiles para un mundo que parece medirlo todo en términos de utilidad. Me interesa también la pequeña contradicción que deja abierta el texto: quizá tendamos a convertir al «anciano no optimizado» en una especie de último héroe romántico. Y seguramente los viejos, como los demás, sean bastante menos ejemplares y bastante más contradictorios. Lo cual, por cierto, quizá sea precisamente lo que los hace humanos. Y después de leerlo he llegado a una conclusión preocupante: a este paso, dentro de poco hasta descansar va a necesitar objetivos trimestrales. Muy buen artículo. De los que siguen dando conversación cuando ya has terminado de leerlos. Saludos desde la playa de Riazor.

    • ángel Prats

      Gracias, Jaime. Quizá al convertir al anciano en un héroe romántico estemos haciendo algo que necesitamos nosotros, no ellos. Ellos no han elegido ser héroes por llegar a la vejez; somos nosotros quienes pedimos que lo sean, porque intuimos que nosotros ya somos incapaces de serlo. Atrapados en nuestro rendimiento, delegamos el heroísmo en ellos. Así aliviamos la culpa. Y cuando nos llegue el turno, otro nos pondrá la medalla de héroe. Para salvarse él.

  2. A mis 77 años cumplidos no me considero en absoluto «no optimizado». Y sí, Villamor, tampoco los ancianos son héroes románticos.
    Hay viejos y viejos. No por serlo se es más sabio.
    ¿Sabe qué decía el psiquiatra Carlos Castilla del Pino? «La vejez comienza cuando no hay proyecto». Y que «la dignidad es lo único que puede cultivarse» a estas alturas de la vida. Y e cuanto a las posibles ventajas, : «muchas cosas se ven banales como lo son en realidad». «Y se adquiere una ligereza que antes no se poseía».
    Hay un famoso profesor y escritor estadounidense que denuncia a la «gerontocracia», que está ocupando en su país el poder que él desearía para la generación más joven.
    Estefanía Molina se revuelve contra «Los hijos de los boomers».
    En los años 60 el escritor argentino Bioy Casres escribió «Diario de la guerra del cerdo». Los cerdos eran los viejos que un grupúculo juvenil empezó a exterminar en un barrio de Buenos Aires. Profético.

    • Jaime Villamor

      Alex, sí, creo que estamos bastante de acuerdo. Precisamente por eso me interesa la idea de Prats: reivindicar al anciano frente a una sociedad que pretende optimizarlo no debería convertirlo en un héroe ni atribuirle una sabiduría automática. En ese sentido, siempre me ha interesado más la mirada de Simone de Beauvoir en La vejez: no tanto qué pensamos que es el viejo, sino qué hacemos nosotros con la vejez. Y ahí creo que hay mucho más que discutir. Aunque, bien pensado, quizá lo verdaderamente revolucionario sea llegar a viejo sin que nadie te haya pedido todavía un plan de productividad para ello.

  3. Putin, Leon XIII y Trump, Carlos III, Netanyahu,….

  4. ángel Prats

    Un apunte sobre la gerontocracia del poderoso que comenta Alex e insinúa «En fin ». No creo que estén optimizados, más bien tienen los medios para simularlo: equipos, relatos, un aparato que gestiona su imagen. Lo que sí delata que no lo están es que casi nunca planifican su propia sucesión, algo que cualquier sistema optimizado exigiría. Es la versión premium del mismo miedo: en vez de ocultar al anciano, oculta el hecho de que lo es.

    • Supongo que al decir que no planifican su sucesión se refiere a los que detentan poder. En España hemos visto que una generación de políticos jóvenes han emergido con cierto éxito. Aunque han decepcionado, en su mayoría (caso de los de Podemos y también los del PSOE). No parece que hayan probado ser mejores que los de la generación anterior, que supieron gestionar la transición. Estos nuevos líderes no han sido capaces de dar respuestas a los retos de la sociedad: bienestar, productividad, sanidad, etc.
      En cuanto a la ocultación de los «envejecientes» (como se llama a los ancianos en algunos sitios de Latinoamérica), es un hecho que se intenta disfrazarlos. De jóvenes. Aunque la mayoría tiene hábitos «viejunos», viste descuidadamente sin la menor coquetería y sufre de soledad y aislamiento.
      A mí, en este mismo foro, se me ha intentado descalificar por mi edad. Se me trata de «jubilado», «carca», etc. Y no soy el jubilado típico. Ni soy retrógrado. Siento curiosidad por lo moderno, me interesa la moda.
      No tengo nada en común con la gente de mi generación en España. Por eso jamás iría en un viaje del IMSERSO. No juego a las cartas, no voy al gimnasio, no bailo. Me gusta el Jazz, el rock, llevo el pelo hasta los hombros, uso collares y pulseras multicolores, ropa llamativa, sin miedo a los estampados o a los sombreros atrevidos. Tengo amigos jóvenes, también de mi edad. No me siento solo, aunque vivo solo. Yo en mi casa y mi pareja en la suya.
      Perdón por estos detalles casi íntimos, pero es para ilustrar la idea de que aunque la vejez es un hecho biológico real, también es un asunto subjetivo. Clint Eastwood expulsa al Viejo, dice, cada día.

    • Jaime Villamor

      Ángel, aquí discrepo contigo en algo: no estoy seguro de que no planificar la sucesión delate que un anciano poderoso «no está optimizado». Puede revelar miedo a desaparecer, ambición, apego al poder o narcisismo, pero no necesariamente algo específico de la vejez. Trump o Murdoch, por ejemplo, no necesitan ocultar que son viejos para conservar o ejercer poder. Quizá ocurra algo más interesante: el poder hace que la edad deje de importar, al menos en buena parte de sus consecuencias sociales. Y esto me devuelve a lo que comentaba antes: si no queremos convertir al anciano en un héroe romántico, tampoco deberíamos convertir al anciano poderoso en una categoría psicológica explicable por su edad. Hay ancianos lúcidos, egoístas, generosos o ambiciosos, como los hay a cualquier edad. Quizá la pregunta siga siendo menos qué hace la vejez con ellos que qué hacemos nosotros con la vejez. Saludos desde la Playa de A Lanzada.

  5. ángel Prats

    Lo que veo es que estamos señalando cosas distintas con la palabra «anciano» — pero, si se mira bien, es el mismo mecanismo visto desde ángulos distintos.
    Alex, tú no eres tratado como «el anciano», no porque no tengas la edad, da igual qué edad, sino porque no exhibes —o no se te atribuyen— los rasgos que socialmente asociamos a la vejez. Un parado o una persona con discapacidad pueden sufrir un rechazo basado en una lógica semejante sin ser viejos: compartir un rasgo castigado.
    El sistema no rechaza la edad, da igual si tienes sesenta o noventa y tantos, sino la lentitud, la fragilidad, la falta de rendimiento visible. Y ahí vuelve tu pregunta, Jaime: no tanto qué es el viejo, sino qué hacemos con quien, tarde o temprano, empieza a llevar ese rasgo encima.
    Tienes razón, Jaime, en que no planificar la sucesión tiene mucho de ambición y narcisismo —un joven ambicioso también se aferra al cargo por las mismas razones—. Pero en el anciano poderoso hay algo más. Cuando uno se cree poderoso se «dignifica» al máximo cuando muestra un cierto olvido de su destino, negando que será carne para gusanos. Se siente «libre» y en plena posesión de sí mismo, pero es un espejismo: en realidad, su libertad depende por completo de los poderes de su entorno.
    El poder no borra el rasgo, solo compra los medios para disimularlo: equipos, relatos, un aparato entero dedicado a que no se note. Son la misma historia contada desde dos extremos: a unos se les confirma el rasgo sin que puedan ocultarlo; otros consiguen, durante un rato, ocultarlo con recursos que la mayoría no tiene.

    • Jaime Villamor

      Ángel, sí: creo que estamos hablando del mismo mecanismo. No se rechaza tanto al anciano como aquello que asociamos con la vejez: la lentitud, la fragilidad, la pérdida de rendimiento. Y ahí está quizá la paradoja: esas cosas no son patrimonio de los viejos. Pueden aparecer a cualquier edad, aunque nos pasemos media vida intentando reconocerlas únicamente en los demás. Por eso sigo pensando que la pregunta de Beauvoir sigue siendo incómodamente pertinente: no tanto qué hacemos con los viejos, sino qué hacemos con aquello que nos recuerda que algún día lo seremos. Aunque, bien mirado, algunos llevan ventaja: llevan décadas optimizándose para que nadie se dé cuenta. Saludos desde la Playa de la “Siesta”.

  6. Equipo, relato y un aparato que gestiona su imagen lo tiene cualquiera que «toque» poder, sea joven o viejo. Creo que olvida, en este caso, el poder adquisitivo del «viejo» y, como siempre, que en este aspecto también se vislumbra una cierta lucha de clases.
    Las monarquias (Leon XIII, Carlos III) tienen claro el tema de la sucesión. Los aspirantes a monarcas (Trump, Putin,…) se van forrando por el camino y, los negocios, los hacen sus descendientes.
    Con todo, llegar a viejo no es una opcion prevista por la naturaleza con algunas excepciones (algun arbol, ballenas o tortugas) Por tanto, a tiempo regalado, se improvisa y, que se sepa, ni tan mal, lo estamos haciendo. Y, si, hay mucho margen de mejora.

    • ángel Prats

      «En fin», buen comentario.
      El dinero y el poder marcan una gran diferencia, pero no cambian el problema de fondo: solo determinan quién puede pagarse el lujo de ocultarlo. Ahí sí corremos el riesgo de volver a mirar hacia fuera: hacia los que tienen poder, hacia las élites, hacia el sistema. Es otro hilo del que tirar, quizá en un próximo artículo.
      Mi texto es para nosotros, nos incluye a casi todos: ¿qué hacemos nosotros cuando nuestros padres envejecen y qué harán nuestros hijos o familiares con nosotros cuando llegue nuestra hora?
      Por otro lado, creo que estamos utilizando «anciano» en dos sentidos distintos. No me interesa tanto si Fulanito, Menganito o cualquiera de la lista que citabas tienen muchos años, sino cuándo una sociedad los aparta porque ya no es posible actualizarlos y, sobre todo, porque no queremos vernos reflejados en ellos. Hay personas muy mayores que siguen generando enormes cantidades de señales para el sistema, y otras mucho más jóvenes que ya cargan con alguno de esos rasgos: lentitud, fragilidad, dependencia, pérdida de rendimiento visible.
      «En fin», tu último apunte me gusta: llegar a viejo casi de prestado, sin manual de instrucciones, y aun así no hacerlo tan mal. Es un alivio.

  7. En el texto, y en los comentarios, se ha olvidado el papel de muchas mujeres, que si están optimizadas, pero en silencio. Abuelas, cuidadoras de maridos o de padres con más de 90 años, forman una mayoría silenciosa, sin la cual, la sociedad se resentiría, y de qué manera. Son las grandes olvidadas y, a la vez, las más eficaces.

    • Jaime Villamor

      María, estoy de acuerdo contigo en lo que señalas sobre esas mujeres que siguen cuidando cuando ya deberían estar siendo cuidadas. Ese trabajo existe y muchas veces permanece invisible.

      Pero hay algo que me chirría: llamarlas «las más eficaces». Quizá ahí seguimos utilizando la misma lógica que estamos criticando. Si para reivindicar a una mujer mayor tenemos que demostrar que todavía es útil, necesaria o eficaz, ¿no estamos volviendo a medir su valor por lo que hace?

      A lo mejor la cuestión es precisamente esa: que también podamos reconocer a una persona cuando ya no cuida, no produce y no resulta eficaz para nadie.

      • En mi apunte el adjetivo eficacia viene a oponerse al título del texto que nos describe al anciano no optimizado. Por desgracia, el trabajo de las cuidadoras, casi nunca se ve reconocido -no existe- pero sigue siendo indispensable, óptimo. Los vínculos afectivos, casi siempre, realzan está efectividad, pues no espera recompensa, a cambio. Este factor las convierte en más relevantes y, a la vez, en más invisibles.
        Claro que podríamos reconocer a alguien, cuando ha dejado de ser activo. Pero eso es muy fácil, si te dejan en paz.

  8. ángel Prats

    Ostras María!
    Muchas gracias por tu aporte, tienes toda la razón. Sin esta perspectiva, el diagnóstico sobre qué hacemos con la vejez se quedaba incompleto.

  9. ángel Prats

    María vuelvo con más calma.
    Hijas de setenta y tantos cuidando a padres de noventa y pico: el tramo donde el sesgo de género sigue siendo más claro, una norma inducida por la cultura, no por la biología. Las cuidadoras que describes no cargan ese rasgo, son hipereficientes, sostienen literalmente el sistema, y aun así son invisibles. Su trabajo nunca fue diseñado para generar señal. No hay nómina, se da por supuesto.
    Ahora bien, entre parejas de mucha edad el reparto es distinto: ahí cuida quien está más fuerte, sea marido o mujer, y cada vez hay más maridos asumiendo ese papel. Pero en ambos casos hay algo común: ese trabajo, lo haga quien lo haga, rara vez cuenta como trabajo.

  10. Jaime Villamor

    Hay algo que creo que conviene separar: que las mujeres hayan desempeñado históricamente un papel fundamental en los cuidados es indiscutible. Pero una cosa es señalarlo y otra convertir cada nuevo argumento en una reivindicación del papel de la mujer cuidadora.

    A estas alturas, creo que estamos dando a esa cuestión un protagonismo que no tiene en el planteamiento de Prats. Es una dimensión posible de la reflexión, pero no necesariamente su centro ni una refutación de su argumento.

    Y, en este último comentario, además, creo que Prats tiene razón en algo bastante sencillo: la mayor longevidad femenina no refuerza necesariamente la hipótesis de María; estadísticamente puede producir precisamente el efecto contrario.

    Podemos hablar de mujeres cuidadoras cuando ese sea el tema. Pero no todo análisis de la vejez tiene que acabar girando alrededor de él.

    • Una cosa es reivindicar y otra es recordar un gran olvido y más tras leer el título del artículo.
      En todo caso, otro problema de la vejez que, ni por asomo, aparece en el texto, es el de la aparofobia. Ser viejo y pobre, no es optimizable.
      Ser viejo y con recursos te permite “ser” padre, como Papuchi, que vivía la vida loca. Si les falta ejemplos lean la prensa del corazón.
      Prefiere enfocar la vejez desde esta perspectiva?

      • Jaime Villamor

        María, creo que estamos empezando a mezclar demasiadas cosas. Que las mujeres hayan desempeñado históricamente un papel fundamental en los cuidados es indiscutible, igual que lo es que la pobreza condiciona enormemente la experiencia de envejecer. Pero una cosa es señalar dimensiones que pueden enriquecer el debate y otra convertir cada dimensión que no aparece en el artículo en un «gran olvido» que parece invalidarlo.

        La aporofobia, además, no es un problema específico de la vejez. Puede atravesarla, por supuesto, pero también afecta a jóvenes y adultos. Y decir «ser viejo y pobre no es optimizable» no demuestra que el planteamiento de Prats sea insuficiente; simplemente introduce otra perspectiva posible sobre la vejez.

        Lo de Papuchi me parece todavía más curioso. Que un hombre mayor con dinero pueda permitirse vivir de una determinada manera demuestra, precisamente, que los recursos económicos modifican radicalmente la experiencia de envejecer. Pero un ejemplo de la prensa del corazón no convierte eso en una explicación general de la vejez. Si empezamos a utilizar a Papuchi como categoría sociológica, la conversación puede ponerse bastante más entretenida, pero no necesariamente más rigurosa.

        Y hay otra cuestión que me parece importante: el artículo es de Prats. Él ha elegido una perspectiva, una tesis y unos límites. Podemos discutirlos, señalar lo que echamos en falta e incluso estar en desacuerdo con ellos. Pero no podemos exigirle que, para que su argumento sea válido, tenga que escribir también el artículo que nosotros habríamos escrito.

        De hecho, eso es lo interesante de los ensayos: abren conversaciones, no las clausuran. Podemos hablar de clase social, de cuidados, de género, de pobreza o de aporofobia. Faltaría más. Pero son otros hilos, no necesariamente refutaciones del hilo que ha elegido Prats.

        Y tampoco creo que debamos convertir al anciano en un héroe romántico por el mero hecho de serlo. Ni creo que por ser viejo se sea sabio, ni por ser cuidadora se sea «más eficaz», ni por ser pobre se explique toda la vejez, ni por tener dinero se deje de envejecer. Como decía en mi primer comentario, quizá sean precisamente nuestras contradicciones las que nos hacen humanos.

        Por eso, no: no prefiero enfocar la vejez desde una única perspectiva. Precisamente intento evitarlo. Y si queremos hablar de aporofobia, de clase, de cuidados o de cualquier otra dimensión, estupendo. Pero entonces estamos abriendo otro artículo.

        No le pidamos a Prats que escriba el artículo que nosotros habríamos escrito. Para eso, mejor escribimos nosotros el siguiente.

        • No dudo que, mi problema, es que soy mala lectora. En todo caso, al ser el título del artículo globalizante, las respuestas también pueden serlo.
          Como le veo animado, me atrevo a abrir otra línea de investigación. ¿que le parece Miguel Rios, Mike Jagger, o Clint Eastwood, como ejmplos de «mayores», que siguen en el candelero?
          ¿Podria ser que, un trabajo creativo o vocacional, permitiera envejecer con estilo , optimizando la vejez ?
          Y repito, mi lectura del artículo, muy ambicioso, me ha permitido pensar en estos melones, como el que abrio tambien «En Fin». Eso implica que es un buen artículo.

          • Jaime Villamor

            María, creo que estamos llegando a un punto en el que todos queremos llevar el anciano a nuestro terreno. Y me incluyo. Usted ha llevado la conversación hacia las cuidadoras, Ángel ha recogido el guante, después hemos pasado por la longevidad femenina, la pobreza, la aporofobia, Papuchi y ahora Miguel Ríos, Mick Jagger y Clint Eastwood. Al final, el anciano no optimizado va a necesitar un índice de contenidos. Y conste que lo de las cuidadoras no me resulta en absoluto ajeno. Yo, por cierto, he cuidado de mi padre y de mi madre. Y, por si hace falta aclararlo, no soy una cuidadora. Soy un cuidador. Parece una precisión pequeña, pero quizá no lo sea tanto. Sé perfectamente lo que significa cuidar, la cantidad de trabajo que implica y hasta qué punto ese trabajo puede permanecer invisible. Precisamente por eso no necesito negar esa realidad para decir que no creo que tenga que convertirse necesariamente en el centro de este artículo. Una cosa es señalar una dimensión que el texto no aborda y otra decir que existe un «gran olvido» cada vez que encontramos algo que nosotros habríamos contado de otra manera. Porque, con ese criterio, cualquier artículo sobre la vejez tendría que hablar simultáneamente de género, clase, pobreza, cuidados, viudedad, soledad, salud, dinero, sexualidad, trabajo, familia, residencias, estética, poder y, ya puestos, de Miguel Ríos. Y entonces tendríamos un tratado sobre la vejez, no un artículo. Lo mismo ocurre con la aporofobia. Por supuesto que ser viejo y pobre condiciona brutalmente la experiencia de envejecer. Pero la pobreza no es patrimonio de la vejez, del mismo modo que la riqueza tampoco deja de existir cuando uno cumple ochenta años. Son variables que atraviesan la experiencia de envejecer; no necesariamente refutan la tesis que ha elegido desarrollar Prats. Y respecto a Papuchi, me parece estupendo que disfrutara de la vida loca. Pero si llegamos al punto de convertir a Papuchi en categoría sociológica, entonces propongo incluir también a Julio Iglesias, que nos puede dar para otro par de artículos y una tesis doctoral. Sobre Miguel Ríos, Mick Jagger y Clint Eastwood, precisamente creo que sirven para confirmar algo que llevo diciendo desde el principio: la edad no explica por sí sola a las personas. Hay mayores que siguen trabajando, creando, actuando, deseando, mandando, cuidando, aprendiendo o haciendo el ridículo con una dignidad admirable. Y también los hay que son unos coñazos. Exactamente igual que a los treinta, a los cincuenta o a los sesenta. Que un trabajo creativo o vocacional permita a alguien envejecer con más actividad, visibilidad o estilo puede ser una forma de «optimización», si queremos utilizar ese lenguaje. Pero también puede ser simplemente que esa persona ha tenido la suerte, la capacidad o las circunstancias para seguir haciendo aquello que le gusta. No convertiría eso automáticamente en un modelo de envejecimiento. Y aquí es donde vuelvo al artículo de Prats. Él ha escogido una pregunta concreta: qué hacemos con la vejez cuando una sociedad obsesionada con la eficiencia se encuentra con la fragilidad, la lentitud, la dependencia y la pérdida de rendimiento visible. Podemos añadirle todas las capas que queramos. Pero que no estén en el texto no significa que estén olvidadas. Significa, en muchos casos, que el autor ha decidido no escribirlas. Creo que esa distinción es importante. Porque si cada uno de nosotros exige que el artículo incluya también aquello que personalmente considera fundamental, terminaremos haciendo algo bastante curioso: ya no estaremos comentando el artículo de Prats, sino escribiendo colectivamente el artículo que nosotros habríamos querido leer. Y, sinceramente, después de tantos comentarios, creo que ya hemos demostrado que podríamos hacerlo. Y por cerrar ya el asunto, que empieza a ponerse raro, raro: agradezco todas las aportaciones, pero creo que ya hemos tenido suficiente Satisfaction como para seguir exprimiendo al anciano no optimizado. Bienvenidos sean los cuidados, la pobreza, el género, Miguel Ríos, Mick Jagger, Clint Eastwood y hasta Papuchi, pero quizá podamos permitirnos dejar que el artículo sea, simplemente, el magnífico artículo que escribió su autor. Bienvenidos sean todos los debates, pero no hace falta que cada uno termine convirtiéndose en otro artículo. Por mi parte, me despido. Saludos desde la playa de Riazor. Ave María, qué manera de optimizar una conversación.

            • Gracias por su prolija respuesta y su tiempo. Solo un apunte. Imagine que el título fuera, el futbolista no optimizado, sabiendo que estos sí tienen fecha de caducidad (No hay futbolista que juegue al fútbol profesional con más de 55 años) Quizás entienda mi postulado.
              Le felicito por su labor como cuidador. Como habrá podido comprobar es tarea dura, muy dura, pero impagable como experiencia humana.
              Y ya para acabar, siento haber sido un poco troll, pero viendo su respuesta, ni tan mal.

  11. Aporofobia, disculpen

  12. Solo apuntar que muchos hilos, hacen una madeja. Y con una madeja se puede tejer un calcetín o un jersey!
    Y, no, ni quiero, ni necesito escribir un ensayo. Ni, llamar la atención, ni reconcimiento.

    • Jaime Villamor

      María, en la playa de Riazor sabemos pescar trolls. Y todo gracias al extraordinario artículo de Prats. Saludos.

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