Arte y Letras Historia

Maratones de baile en las pistas del hambre

Escena de Danzad, danzad, malditos. Imagen ABC. maratones de baile
Escena de Danzad, danzad, malditos. Imagen: ABC.

La orquesta seguía tocando y las parejas, que habían dejado el baile mucho antes, se arrastraban por la pista porque no podían permitirse caer. Hombres con la camisa pegada al cuerpo, mujeres que apoyaban la frente en el hombro del compañero, movían los pies tan dócilmente que se vuelve incómoda la compasión, porque una no termina de saber si está viendo una desgracia absoluta o la clase de acuerdo tácito que permite a una sala llena hacer del hambre espectáculo. Los maratones de baile que se pusieron de moda en Estados Unidos durante los años veinte y alcanzaron su cénit con la Gran Depresión consistían en eso, en bailar hasta ganar o caer, hasta que el cuerpo, optimista por pura estupidez evolutiva, descubriera que la voluntad pierde toda su mítica cuando se le quitan la cama y la cena.

El invento había nacido con el aire bobo de la década anterior, aquella fiebre por medirlo todo y ostentar el récord de cualquier cosa. Sentarse en un mástil, pedalear seis días, cruzar un país andando, bailar más horas que nadie. Alma Cummings, profesora de baile, aguantó veintisiete horas en Nueva York en 1923 con seis compañeros que fueron relevándose a medida que ella seguía girando, y en pocas semanas el país había entendido la idiotez esencial del hallazgo. La destreza quedó pronto en segundo plano y lo decisivo era aguantar. Convertir la duración en noticia era el negocio. El siglo XX, que todavía estaba aprendiendo a explotar sus propios juguetes, descubrió ahí una verdad peligrosa, porque cualquier actividad humana adquiere prestigio si se prolonga hasta hacer daño. Después llegó el crac, llegaron las millones de personas sin trabajo, las familias sin casa, los pueblos con el porvenir metido en una maleta y los promotores que olían la necesidad como si fuese pan recién hecho. El concurso festivo se convirtió en una pensión miserable con orquesta. La pareja que entraba en la pista buscaba el premio, claro, porque cien, quinientos o mil dólares podían parecer una intervención divina en un país arruinado, pero buscaba, sobre todo, comida, techo, un aplazamiento de su miseria. Bailar era tener temporalmente un techo.

Las reglas variaban, pero la crueldad acabó encontrando su pequeña aritmética. Cuarenta y cinco minutos de movimiento por cada hora, quince minutos de descanso, camas cerca de la pista, enfermeras frotando pies destrozados, comida repartida mientras los concursantes seguían arrastrándose, jueces atentos a la rodilla que cedía. Si una rodilla tocaba el suelo, la pareja podía quedar fuera. Esa condición resume mejor que muchos tratados la moral del asunto. El cuerpo podía delirar, dormir de pie, perder la noción del día, pero tenía que conservar un acto mínimo de productividad, esa obligación de simular que todavía se participa. Había parejas que aprendían a dormirse en cuanto caían sobre el catre, como soldados entre dos escaramuzas, y a levantarse sin comprender dónde estaban. A los remolones les ponían sales, les gritaban, les daban algún golpe, los devolvían al circuito con esa mezcla tan norteamericana de espectáculo y sermón de cultura del esfuerzo.

La palabra walkathon empezó a pronunciarse porque dance marathon sonaba peor ante los municipios y las asociaciones que veían allí un escándalo. Cambiar nomenclaturas siempre ha sido una forma barata de limpiar conciencias. Si aquello era caminar, si los concursantes arrastraban los zapatos sobre la madera, la inmoralidad parecía más fácil de colocar en un cartel junto al precio de entrada. Los promotores sabían lo que hacían. También sabían dosificar la pena. En las horas de más público exigían un poco de brío, alguna vuelta reconocible, una sonrisa puesta con alfileres, el amago de una historia de amor entre dos desgraciados que acababan de conocerse y tal vez se odiaban en silencio por la manera en que uno tiraba del otro cuando el sueño lo vencía. La miseria con espectáculo permite a la audiencia creerse menos cruel. Merece hablarse un poco de la audiencia, porque ahí se juega la parte más pegajosa del asunto. Gente que salía de casa para ver a otra gente que estaba peor, obreros sin empleo que podían sentirse durante unas horas espectadores de una caída ajena más hacia el fondo, curiosos que regresaban noche tras noche para seguir la novela de una pareja como quien sigue hoy reality esperando el berrinche, la pelea, los cuernos o las rupturas en primerísimo plano. La entrada era barata y el efecto moral era balsámico. Siempre hay alguien más hundido, venían a decir aquellos cuerpos girando. Siempre hay alguien que acepta por unos dólares una humillación más visible que la nuestra. El público miraba, escogía favoritos, se enternecía cuando convenía y al día siguiente podía contar que aquello era tremendo, pobrecillos, qué mundo, mientras buscaba otro sitio desde el que verlo mejor.

A medida que el negocio se profesionalizó, los maratones de baile se llenaron de trucos. Había participantes con experiencia que fingían ser amateurs, parejas favorecidas por la organización, promotores que escapaban sin pagar, pruebas añadidas para romper a los más débiles cuando la resistencia se volvía demasiado estable para la taquilla. Carreras súbitas, eliminaciones caprichosas, noches en que las camas se sacaban a la vista para que el descanso dejase de darse entre bambalinas y pasar a formar parte del show. Hasta el sueño, ese rincón donde nos retiramos del mundo, podía convertirse en contenido. Dormir quince minutos mientras te mira una sala parece inventado por una productora sin escrúpulos y ya vemos lo que trajo la modernidad. Podemos creer que esos concursos pertenecen a un mundo desaparecido entre el humo del tiempo, porque de esa manera la distancia histórica nos absuelve. Luego encendemos la televisión y  miramos a desconocidos encerrados durante semanas, sometidos a pruebas de sueño, ausencia de sustancias, vigilancia psicológica y conflictos dirigidos, y la fantasía empieza a hacer aguas. La tecnología ha refinado la escena pero el fondo, con sus mejoras de producción, sigue reconociéndose.

Las autoridades fueron prohibiendo los maratones de baile aquí y allá, unas veces por decencia real, otras por escándalo público, y muchas porque las ciudades descubren tarde que la explotación queda fea cuando se instala demasiado cerca del centro. Boston los vetó después de que Homer Morehouse muriera tras ochenta y siete horas de baile en 1923. Seattle actuó tras el caso de Gladys Lenz, que terminó quinta después de diecinueve días, golpeada por un compañero enloquecido por el sueño, y poco después intentó suicidarse. Sus nombres importan porque evitan que todo quede reducido a una metáfora más sobre el capitalismo y el show business. Eran personas concretas con los pies destrozados y muertas de hambre, y alrededor de ellas se había levantado una industria que podía envolver sus muertes en una carpa de feria.

Horace McCoy vio en aquello un material literario evidente y escribió They Shoot Horses, Don’t They?, que en España se hizo más famosa por la película de Sydney Pollack, Danzad, danzad, malditos. El título de They Shoot Horses, Don’t They? contenía una idea brutal: a los caballos les disparan cuando sufren demasiado. A los pobres les ponen música en los maratones de baile, les dan una ración, les prometen un premio y los animan a aguantar un poco más. 

Aquel baile interminable dejó una intuición venenosa en mitad de la pista. Si la miseria danza y sonríe, si acepta unas reglas, si compite contra otra miseria un poco más cansada, el público puede soportarla mejor. Hasta puede aplaudirla. Y cuando la pareja que ha dejado de bailar avanza agarrada por la cintura, con los ojos abiertos de puro sueño y el cuerpo negociando cada paso como si negociase una deuda, nadie necesita explicar demasiado qué está mirando. La pobreza también resulta fácil de vender.

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