
Iba a escribir, como el noventa por ciento de los que supuramos cine, sobre La odisea, que no es de Homero, sino de Christopher Nolan. Pero NO8DO porque el asunto tiene muchas sirenas que le cantan. Hablando de Sevilla y su claim apócrifo, no me han dejado porque alguien pidió su silla y yo la perdí. La silla de Nolan, digo, que es más barata que la IMAX de 70 mm que ha pedido por sus catorce largometrajes para enseñársela a sus amiguis imaginarias.
Así que, para desquitarme de la rabia egotrip, he tenido que tirar de archivo interno y redactar este manifiesto pataleta. Mi hardware está un poco cascado, pellejudo como la bota del cabrero de Intemperie, pero el software es sabroso como el mismo vino que contiene.
Y me ha venido a la cabeza una vieja lucha que tengo conmigo mismo sobre por qué razón cada vez veo menos cine clásico y, lo que es peor, cada vez más lo tengo como referente menor, vellocino de oro oxidado.
Una quizá sea que vi el canon demasiado pronto, a la manera de George Best, pero, en lugar de por la garganta, por las retinas. Visionar La infancia de Iván, Vampyr, La conjura de los boyardos o Amanecer y, lo que es peor, destriparlas y estudiarlas como a una rana llegó a estragarme. Mi mujer, que está detrás, me dice que «eso te pasa por estudiar en la escuela de cine». Cuánta razón. A medida que el veneno del acetato se inocula en tu cuerpo, te conviertes en un perro sin fondo y sin capacidad de análisis y te lo tragas todo, bufé libre del Meliá Gaumont.
De lo que nadie te avisa, si además de ver TODO el cine quieres leerlo TODO sobre él, es que, en la llamada época dorada del Hollywood clásico, años cuarenta y cincuenta, además de producirse mucho más cine que ahora —John Ford dirigió más de ciento cuarenta largos, y Nolan va por catorce, aunque parezcan muchos más—, la gran mayoría era horrible, chorizos Palacios directos del matadero, y no solo por culpa de Ed Wood o Victor Mature. Pero la falsa sensación que dejan los almanaques del séptimo arte es que por aquel entonces Circe convertía cerdos en obras maestras.
Otra razón por la que últimamente no tomo café con los clásicos es que no quiero herirme a mí mismo, al modo de Odiseo el masoca, y prefiero mantener incólume el impacto inicial. Esto lo entenderás bien: a veces, los recuerdos y las sensaciones iniciáticas conviene no revolverlos, no se te vayan a caer como un castillo de naipes. Amarcord —«yo me acuerdo», que diría Fefé— es una que se convierte en la ceniza del salón del trono de Ítaca.
Y aunque me prometí a mí mismo no ejemplificar mi furiosa digresión, entre otras cosas, para no convertir la sección de comentarios adosada a este escrito en un enorme rollo de papel higiénico, películas aparentemente intocables estilo Casablanca, que yo adoré como Odiseo a Atenea, si las ves con ojos de una vaca, se te escurren entre los dedos cual arena en la isla de Ogigia. En cambio, otras, castigadas en la cueva de Polifemo, se elevan y se esponjan en cada visionado. Pobre Charles Laughton. Ni con mil penitencias podría perdonarnos la saña con la que devoramos La noche del cazador.
Porque, de la misma forma que en los años cincuenta, sesenta o setenta los grandes estudios y el Nuevo Hollywood parían obras maestras —muchas menos de las que los críticos alumbraban—, ahora también. Si un marciano abriera el cofre del tiempo y se encontrara la lista de las cien mejores del siglo XXI de The New York Times, fliparía. «Menudo siglo de enteraos», diría. Pero no. Es el mismo siglo en el que se han escupido espantos como Una batalla tras otra o Amarga Navidad.
Hablando de consenso, si de repente te da por abrir el cofre de Filmin y verte Blow-Up, entenderás de inmediato por qué el mayor enemigo del arte es la tempestividad y que el mejor antioxidante contra el hype crítico y teórico es el propio tiempo. Y si te parece relamido cómo lo escribo, seré claro: La naranja mecánica ha envejecido tan mal que se ha convertido en un subproducto de sí misma. En cambio, su hermana mayor, 2001: Una odisea del espacio, es, junto con Viaje a la Luna de Méliès, la película más importante —¿mejor?— de la historia. Dos Ulises del celuloide que se adentran en lo inexplorado, pasos de gigante para hacer traquear al mono.
Ciudadano Kane será inmortal, pero no por reinventar la sintaxis y la gramática de David W. Griffith y sentar las bases de todo el cine que se ha hecho desde entonces, al igual que la literatura occidental se reescribe sobre el poema de Homero, sino porque la ópera prima de Welles cuenta la naturaleza humana y sus vértices en menos de dos horas. Y eso da vértigo. El mismo que produce el supuesto opus magnum de Hitch, que opaca filmes mayores y mucho más complejos como Los pájaros o La ventana indiscreta. De Billy Wilder hablamos otro día, que los Trueba andan delicados.
Hay piques que continúan ad infinitum, así que podemos seguir poniendo cara a la pared a los grandes popes. El destajista Ford salva los muebles con su obra más discutida, Centauros del desierto, porque esta se eleva por encima de The Mittens por su poesía, metáfora y vanguardia. Además, es un remake de La odisea. También es fascista y racista, claro. Mucho menos que la nazi Leni Riefenstahl y su abominable documental seminal El triunfo de la voluntad, que hay que ver una vez y punto: aún es demasiado pronto para hacer chistes.
Y mientras dura el veneno de la rabia, podríamos cebarnos en el cine soviético y su montaje intelectual, preñado de risibles esparabanes en close-up, en el neorrealismo italiano y la Nouvelle Vague, hijos de una coyuntura prima segunda de «La Tempestiva». Se salva Al final de la escapada, por punki, aunque esté rota.
Lawrence de Arabia, Apocalypse Now, La gran belleza, El maquinista de la General, El espíritu de la colmena, Mi tío, 8½ y El guateque hacen que se mueva todo esto, en busca de nuevos pastos, mientras las cigarras se comen la narrativa almacenada.
P. D. Me prometí no nombrar ninguna película. Pero, como en todo ataque de cólera, las razones se las llevó el viento. Otra cigarra, igual que el cine de Nolan.






No sé quién es el Sr. Gauna. Sospecho que si la humanidad tiene futuro se acordarán más de Paul Thomas Anderson, el mejor cineasta norteamericano de lo que llevamos de siglo XXI, que de él. Por otro lado, decir que Centauros del desierto es una película racista es confundir la ideología de un personaje, el de John Wayne, que en efecto es racista y facistoide con el de la obra, que es una confusión usual, pero que no denota mucha inteligencia. Como afirmar lo mismo de Watchmen, por Rorschach.
No solo confunde el personaje con la obra sino que olvida que John Wayne se redime de su odio racista salvando a Natalie Wood en el último momento. La buscaba para matarla desde que se la llevaron los indios. Maravillosa película. Véanla mil veces, diga lo que diga el autor.
Pos entonces es lo que yo digo ¿Pa qué coño escribe aqui este tío? Total pa decirnos que siempre pero siempre han abido más bodrios que cosa buena. Pa este biaje no hacian falta alfajores digo yo!!
«Visionar La infancia de Iván, Vampyr, La conjura de los boyardos o Amanecer y, lo que es peor, destriparlas y estudiarlas como a una rana llegó a estragarme.» Efectivamente, la miel no está hecha para la boca del asno…
Y decir que hay películas «mucho más complejas» que «Vértigo» es una enormidad. El pobre Eugenio Trías se habrá revuelto en su tumba.
diga usted que sí… a veces les pongo a mis hijas clásicos que me encantaron y aunque ocasionalmente son un éxito, verlas pensando en cómo estarán viéndolos ellas me los arruina. Irma la Dulce, fracaso total, La Fiera de mi Niña, un desastre («¿papá, pero esta chica es idiota o qué le pasa?»). Hitchcock suele funcionar y «Con faldas y a lo loco» fue un exitazo, pero el otro día vimos El Golpe y me pareció lenta y el personaje de Redford, desagradable…
No es eso sólo, en Amazon hay unas cuantas películas antiguas que nunca había tenido ocasión de ver y aunque algunas funcionan y mucho (fantástica «Rififí»), otras parecen una broma («Roma Ciudad Abierta»)… al verlas se entiende que se las considerara clásicos en su momento, pero algo falla…
Todo sea dicho, al final me animé a ver «La Última Película» y me quedé maravillado.
j
Es todo un clásico, renegar de los clasicos