
La Real Academia Española define el término «xenofilia» como «simpatía hacia lo extranjero o los extranjeros». Su antónimo es «xenofobia». En la antigua Grecia, la xenofilia o filoxenia era un concepto de hospitalidad básica que se imbricaba con lo religioso, bajo la idea de que cualquier mortal que acudiera solicitando cobijo podría ser un dios disfrazado: quizá incluso el mismísimo Zeus. En The Stranger’s Welcome: Oral Theory and the Aesthetics of the Homeric Hospitality Scene, Steve Reece desgranó el modo en que esta forma de hospitalidad pía, llamada teoxenia o «ley de Zeus», permeaba no solo las costumbres de los griegos, sino también sus narrativas. En su versión de La odisea, Christopher Nolan hace de la teoxenia la columna vertebral del film, permitiendo así que ese núcleo temático reverbere hacia el futuro o, lo que es lo mismo, hacia nuestro presente.
Es difícil no caer en el exceso al hablar de una película tan excesiva como La odisea. Era de esperar, la filmografía de Christopher Nolan ha sido cada vez más tendente al exceso: más solemne, más grandilocuente y gélida con cada nueva cinta. Además, en los últimos años Nolan ha ido abandonando poco a poco el sentido de la maravilla que caracterizaba cintas como El truco final, Origen o Interstellar. Por otro lado, la relación del cineasta con lo fantástico siempre ha sido un tanto problemática: incluso en obras tan notables como sus dos primeros Batman, la obsesión por ofrecer explicaciones plausibles o relativamente realistas a cada detalle del superhéroe —en Batman Begins hasta dedicaba una escena a explicar desde dónde importaba Bruce Wayne el material para hacerse la capucha— acababa por convertirse en un lastre para la narración. Así que, ante una adaptación del poema homérico, había motivos de preocupación. ¿Abrazaría Nolan la dimensión abiertamente mágica del texto original o, por el contrario, se convertiría en una de esas películas obscenamente miopes y prosaicas que se venden habitualmente con el subtítulo de «la verdadera historia de…»? Después de todo, es algo que ha ocurrido con mitos tan variopintos como Drácula, Robin Hood, Sherlock Holmes o Norman Bates. El rótulo con el que arranca La odisea, y que habla de «una época de aparente magia», no ayuda precisamente a calmar esa inquietud. Así que el primer gran momento de respiro llega con la aparición de Polifemo, que anuncia que, igual que el poema homérico, el film de Nolan acogerá (casi) todo el catálogo de cíclopes, brujas, sirenas, gigantes y monstruos marinos. Por ahí vamos bien.
Despejada esa incógnita, ¿qué es La odisea de Christopher Nolan? Pues, entre otras cosas, un catálogo de las virtudes y defectos del realizador: una obra tan elefantiásica como se le presupone y tan solemne y carente de humor como acostumbra en el último tramo de su carrera. Y, en su primer tercio, una película excesivamente fría, que por momentos se esfuerza demasiado en ser admirada, como les sucedía a Oppenheimer o Tenet en cada fotograma. Pero, a diferencia de aquellas dos cintas, La odisea no es un espectáculo arrogante y vacuo. Laten en sus imágenes momentos de verdadera grandeza, que sacan el máximo partido de la amplitud vertical del formato IMAX, pero que además —y sobre todo— están ahí para articular un discurso reflexivo, sólido y pertinente. Lejos de plegarse al texto homérico y de hacer una película con vocación clásica, Nolan compone una Odisea absolutamente posmoderna en forma y fondo. Por un lado, utiliza hábilmente la estructura no lineal del poema para descomponer el relato en varios tiempos —que, como en El truco final, acaban, sin embargo, ofreciendo una imagen meridianamente clara— e incidir en el origen oral y fragmentario de sus cantos. Pero lo más importante es que La odisea evita ser una mera plasmación del mito y prefiere convertirse en un comentario sobre él, permitiendo ver que, como toda mitología digna de tal nombre, sus mimbres y sus reflexiones van mucho más allá de su propia época.
Y es que los que se llevaron las manos a la cabeza ante la elección de Lupita Nyong’o como Helena de Troya, augurando una Odisea woke que traería consigo algo así como el fin de la civilización occidental, tenían motivos de sobra para preocuparse: Christopher Nolan comete el pecado de escoger a una de las mujeres más bellas de Hollywood para interpretar a una de las mujeres más bellas del mundo antiguo o de utilizar a un actor masculino como Elliot Page para encarnar a un personaje masculino como Sinón. No contento con eso, el cineasta enmienda aquí otro de sus problemas habituales: el de la construcción de personajes femeninos. No solo hace justicia a una Penélope (Anne Hathaway) que se resiste a su destino de sumisión: también resignifica a la bruja Circe (Samantha Morton) y sus motivaciones, devuelve su agencia a Helena y reivindica a Clitemnestra (Nyong’o en un papel doble). Ninguna de estas decisiones es un mero capricho: todas ellas forman parte integral de la misma razón de ser de la película. Porque La odisea es, en manos de Nolan, un relato que se examina a sí mismo, que se somete a juicio y se deconstruye, al mismo tiempo que despliega los acontecimientos del poema con notable fidelidad. Y cada nudo narrativo conduce a un tramo final en el que una serie de revelaciones (o anagnórisis; si no utilizamos aquí el término griego, ¿cuándo?) ponen de manifiesto el verdadero ADN del film, con la teoxenia como pieza clave. A lo largo de casi tres horas (que no lo parecen), el director enhebra diestramente los hilos de la Odisea y la Ilíada para construir un relato sobre una civilización abocada a su propia destrucción al olvidar el principio de hospitalidad que debería regir la acogida de los forasteros. Nolan traza una línea directa de la xenofilia del siglo VIII a la xenofobia del más puro 2026: de la «ley de Zeus» del rey de Ítaca al ICE de Donald Trump. Eso, y no otra cosa, es La odisea de Christopher Nolan.
Así que sí, hay omisiones (algunas) y licencias (bastantes) respecto al poema, y quizá cabe echar en falta algo más de exuberancia al mostrar criaturas como Escila (aunque al mismo tiempo resulta bienvenida la breve incursión del director en el género kaiju). Pero no solo están magníficamente plasmados los principales hitos del viaje de Odiseo y su regreso a casa: también, y por encima de todo, las desventuras, los orgullos y las miserias del héroe resuenan certeramente en el aquí y el ahora, usando la fantasía para poner un espejo ante la realidad más acuciante. Si eso no es un triunfo del cinematógrafo, desde luego se le parece mucho.







A mí me ha gustado bastante. Una actuación muy lograda, un desarrollo de los personajes femeninos que ha hecho justicia a lo ocurrido en Openheimer, un acercamiento a lo sagrado, que está en otras películas, pero que en esta se puede «tocar». Las críticas de las que quieren «realismo» extremo (sea éso lo que sea) en una versión de 2026 de una obra poliédrica me parecen absurdas, de gente aburrida y que no le gusta el cine, ni que aún autor disponga su versión.