
La foto que captura el instante muestra una España en blanco y negro que ya no reconocemos ni los que nacimos en ella. Las figuras se asemejan a un cuadro de Goya o a un poema de Lorca. Al fondo, una tapia ominosa —toda tapia en esa España sabía aún de fusilamientos al amanecer—. Niños enfundados en abrigos de pobre, de cuando el mundo era frío. Un futbolista que parece un monumento vivo al soldado desconocido ofrece una copa más latón que plata a una niña cuya sonrisa de felicidad conjura el gris que la rodea.
La niña es Clara Janés, que andando el tiempo se convertiría en la gran dama de la poesía española. Más de medio siglo más tarde recordaría el momento en estos versos proféticos, que nos mandaba a un grupo de amigos hace unos días.
El poema rememora una victoria del Barça en 1952 y enuncia exactamente lo que nuestro país multicolor, multirracial, multinacional y maravilloso —quien no lo crea es que no ha visto jugar a La Roja— está sintiendo estos días.
Escribe Clara:
Se oyen los nombres
rompiendo el mármol del silencio
y aparecen los dioses bien uniformados,
con aura de frescura.
Y todos vemos al conjunto carmesí, a la vez una banda de chavales, casi salidos del barrio, que vienen a darle unas patadas al balón en Tierra de Gringos, y una escuadra de aqueos que arriban en negras naves dispuestos a saquear Troya.
Cuando se mueva el primer pie,
por planos transparentes,
el mundo entero se pondrá a girar.
Y parece que está hablando de esas otras selecciones enemigas —solo por el tiempo que duran las dos partes del encuentro, que el fútbol es guerra sin violencia, batalla sin sangre, gladiadores sin muerte—, tratando de entender qué hacen esos muchachos para ser los dueños absolutos del esférico.
La función de onda es siempre de victoria,
se desplacen a derecha o izquierda
el movimiento
y los sutiles juegos de la gravedad.
Sabe mucha física cuántica mi amiga Clara, y ahí nos presenta a la función de onda que evoluciona libremente, desparramándose en la variedad infinita que alberga una piel de toro que es patria de todos los que así la reconocen. Tierra de ardillas, función de onda que engloba a íberos y celtas, moros y cristianos, romanos y cartagineses, hasta que se contrae con la medida implacable del gol de la victoria —ni izquierdas ni derechas en el fútbol, solo el centro preciso que acaba en la red contraria.
Y ahora son números: ese cinco,
ese siete, ese ocho, ese nueve….
En 1952: Ramallets, Martín, Biosca, Seguer, Gonçalvo, Bosch, Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. En 2026, en el minuto 106: Unai Simón, Pedro Porro, Cubarsí, Eric García, Cucurella, Zubimendi, Pedri, Merino, Lamine Yamal, Nico Williams y Ferran Torres.
Por el arco de paciencia acecha el uno,
y con un salto mágico
hace invisible su espacio puntal.
Y todos vemos el gol final contra Argentina, el cabezazo imposible que acaba en el más imposible aún salto mágico y en un grito que arranca un monosílabo universal de cincuenta millones de gargantas —otras muchas gritarían el gol de España, pero no hasta romperse las cuerdas vocales como un país entero transformado en hinchada.
Nacen destellos como rayos terrestres,
y crecen flores y hojas en el aire,
y las ramas de laurel
llegan a nuestras sienes:
Y todos alzamos la copa con el capitán de la selección, ramas de laurel que a todos nos coronan.
también nosotros somos invencibles
y nada tememos.
Y ni un instante —aunque estemos lejos— abandonamos
el área de certeza
donde la matemática precisión
del ángulo y el círculo
desarrolla nuestra fuerza
y nuestra invulnerabilidad.
¿Lejos? Ocurría el combate en la lejana América, convertida en tierra hostil por los caprichos de un tirano menor. Pero ni la distancia, ni las duras aristas gauchas del rival —no por rudos menos valerosos, que, a fin de cuentas, la disputa se daba entre hermanos de sangre—, ni los nervios que nos mordían el estómago como culebras nos hacían abandonar esa certeza, esa matemática precisión con la que todos los españoles sabemos.
Que unidos (lo dice el poema).
Somos invencibles
Y nada tememos.
※
ORACIÓN MENOR
Barça, año 1952. a Francisco Uriz
Se oyen los nombres1
rompiendo el mármol del silencio
y aparecen los dioses bien uniformados,
con aura de frescura.
Cuando se mueva el primer pie,
por planos transparentes,
el mundo entero se pondrá a girar.
La función de onda es siempre de victoria,
se desplacen a derecha o izquierda
el movimiento
y los sutiles juegos de la gravedad.
Y ahora son números: ese cinco,
ese siete, ese ocho, ese nueve….
Por el arco de paciencia acecha el uno,
y con un salto mágico
hace invisible su espacio puntal.
Nacen destellos como rayos terrestres,
y crecen flores y hojas en el aire,
y las ramas de laurel
llegan a nuestras sienes:
también nosotros somos invencibles
y nada tememos.
Y ni un instante —aunque estemos lejos— abandonamos
el área de certeza
donde la matemática precisión
del ángulo y el círculo
desarrolla nuestra fuerza
y nuestra invulnerabilidad.
14 de mayo de 2009
1La alineación era: Ramallets, Martín, Biosca, Seguer, Gonçalvo, Bosch, Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.






