Hebras y nodos

Su manera de mirar

su manera de mirar
Gandalf durante su cautiverio en la torre de Orthanc en un diseño de arte conceptual realizado por Paul Lasaine para The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring. Imagen: Paul Lasaine / New Line Cinema.

Hay maneras de mirar que no evitan una derrota, pero consiguen retrasarla un poco.

Yo sé algo de derrotas. He insistido bastante en ellas.

Quizá por eso me quedé pensando en aquel texto. No era exactamente lo que contaba, ni siquiera cómo lo contaba. Era otra cosa: en medio de algo que no tenía arreglo, alguien había encontrado un sitio desde el que todavía podía seguir. No una salida ni una esperanza —que es una palabra a la que le pedimos demasiado, como si tuviera que venir siempre acompañada de razones—, solo un poco más de tiempo. Aguantar, sin más pretensiones.

Leí y seguí con otras cosas. Después volví, y volvió también una sensación que conozco bien: la envidia.

La envidia ya estaba ahí. El texto consiguió traerla de vuelta.

No porque yo quisiera haber vivido lo mismo ni porque me hubiera gustado escribir aquella frase. Había envidia en otra parte: en haber sabido encontrar algo allí, en no haber pasado de largo.

Volví al texto por eso. Quería entender qué había visto. O qué había sabido mirar.

Porque yo también puedo pasar por algo, quedarme con la parte equivocada, contar lo que ocurrió y no ver lo demás.

Quizá empecé así, sin enterarme demasiado. Durante mucho tiempo pensé que vivir consistía en ir haciendo lo que tocaba y esperar a que, en algún momento, alguien me explicara lo demás. Después descubrí que no. Algunas cosas se entienden cuando ya han pasado y otras ni siquiera entonces.

Quizá por eso envidio ciertos textos: porque alguien estuvo allí y vio algo que yo no habría visto.

A veces la envidia llega antes que la explicación.

Me pasó con este texto. Al principio pensé que era por lo que contaba. Había cosas ahí que yo conocía de sobra, aunque las hubiera vivido de otra manera. Seguí leyendo y entendí que no era solo eso.

Yo también he tenido épocas en las que no pensaba demasiado lejos. Llegar a la noche ya era bastante. O a mañana. Luego ya veríamos. Aguantar hasta un día concreto, aunque el día no prometiera nada especial, solo por tener uno marcado al que llegar.

Conozco esa forma de contar el tiempo. No porque creyera que todo podía arreglarse. Hay momentos en los que ni siquiera se trata de eso. Se trata de aplazar, de no decidir todavía, de dejar que pasen unas horas. De llegar, si hace falta, hasta el sábado.

Ahí la envidia empezó a tener un nombre.

No el nombre del autor. Todavía no. Primero tuvo el nombre de lo que hacía: alguien había conseguido convertir algo que yo también reconocía en una cosa distinta. No lo había convertido en una lección ni en una tragedia bien ordenada. Había encontrado algo en medio de todo aquello y había sabido quedarse allí un rato.

Eso era lo que empecé a envidiar: no lo que había vivido, sino lo que había sabido encontrar mientras lo vivía.

Hay frases que me dan envidia. No porque me hubiera gustado escribirlas.

Bueno, también por eso.

Pero no exactamente.

Son esas frases que leo y pienso: claro.

Y después me pregunto por qué no se me había ocurrido antes.

No suelen ser las más bonitas. A veces ni siquiera llaman mucho la atención. El problema es otro: alguien ha visto algo y ha sabido decirlo. Y, una vez dicho, parece que hubiera estado esperando ahí toda la vida.

A veces no hace falta más que conseguir dejar el abismo en suspenso.

Esa frase me hizo volver atrás. No porque tenga ninguna intención de vivir al borde de un abismo —con los asuntos que ya tengo, tampoco voy a buscarme otro—, sino porque entiendo lo que quiere decir.

Ha habido momentos en los que yo tampoco necesitaba resolver nada ni encontrar una salida.

Me habría conformado con que el abismo esperase un rato.

Eso, exactamente, es lo que envidio.

He pasado mucho tiempo intentando poner en palabras cosas que no sabía muy bien qué eran. Algunas se me escaparon. Otras las conté mal. Y algunas no las vi hasta que alguien las escribió delante de mí.

Supongo que escribir tiene algo de eso. De mirar una cosa durante mucho tiempo. De darse cuenta antes de que otro te diga que estaba allí.

La envidia no siempre quiere que el otro pierda.

Eso, por lo menos, me tranquiliza un poco.

Hay personas a las que envidio y no quiero que les vaya peor. Al contrario. Quiero que sigan teniendo exactamente eso que tienen. Lo único que me molesta es no haber llegado yo antes.

Supongo que por eso me cuesta reconocerla. La admiración queda mucho mejor. Tiene más educación. Puedo decir que admiro a alguien y parece que estoy siendo generoso. Decir que lo envidio ya es otra cosa. Decirlo, además, de quien ejerce como subdirector en la misma revista donde yo estoy escribiendo esto ya es otra cosa todavía distinta.

Porque el texto era de Ricardo Jonás. «Cosas que hacer en la Tierra Media cuando quieres estar muerto», publicado en esta misma casa, en Jot Down Cultural Magazine, en abril de 2026. Llevo escrito media docena de páginas dando vueltas alrededor de eso, y me ha costado más nombrarlo a él que nombrar la envidia. No sé qué dice eso de mí. Probablemente nada bueno.

Ahora, releyendo lo que llevo escrito, entiendo por qué el abismo del que hablaba antes no era una figura retórica cualquiera, ni el sábado un día elegido al azar. Ricardo no escribía sobre la Tierra Media. Escribía sobre quedarse, cuando quedarse es lo único que a uno se le ocurre pedir.

Yo no quiero que Ricardo mire peor. No quiero que escriba peor.

Lo que me habría gustado es haber llegado antes a aquello que estaba mirando.

Quizá por eso me molestan algunas cosas cuando las descubro tarde. No porque sean imposibles de entender, sino porque ya no puedo volver al momento en que todavía no las había visto.

Puedo regresar al mismo sitio, leer el mismo texto, ver otra vez la película.

Pero no volver por primera vez.

Ni siquiera Frodo pudo entrar dos veces en Bree por primera vez. El texto lo escribió Ricardo, yo no, y, aun así, vuelvo, sábado tras sábado, a esa misma posada, buscando algo que ya sé que no va a repetirse igual, solo por el gusto —o por la necesidad— del ritual que él puso en marcha.

Yo, por entonces, tampoco iba mucho al cine. Tenía otras maneras de pasar la tarde.

Pero ya sé.

Y saber también estropea algunas cosas.

Aunque, a veces, las mejora.

Al principio la envidia parece una cosa pequeña. Una frase. Una imagen. Aquello del abismo. Incluso puede pasar por una cierta irritación literaria, que también existe y, bien llevada, no tiene por qué acabar en denuncia —ni, mucho menos, en una reunión de redacción incómoda—. Pero tiene la mala costumbre de crecer, y empiezan a aparecer otras cosas.

Cosas que yo conozco y que, sin embargo, no reconozco hasta verlas desde otro sitio.

No hablo de grandes descubrimientos. Precisamente por eso molestan. Son cosas pequeñas. Una tarde. La llegada de la noche. Un lugar al que entro. Una canción puesta muy alta, buscada a propósito para no pensar en otra cosa durante un rato. La compañía que aparece donde no la estaba buscando.

Yo también he tenido mis maneras de pasar ciertas horas.

Algunas bastante más eficaces que otras.

No todas dejaban la tarde igual de tranquila al día siguiente, pero tampoco vamos a pedirle ahora a la memoria que haga inventario.

Con el tiempo he entendido que hay lugares en los que entro para quedarme un rato y otros en los que entro para dejar de estar.

No es lo mismo.

A partir de ahí, la envidia deja de tener mucha educación.

Porque una frase se puede admirar. Incluso se puede copiar mal, que es una actividad bastante más frecuente de lo que se reconoce.

Una manera de mirar ya es otra cosa.

No hay instrucciones.

No puedo volver a casa, sentarme delante de un papel y decidir que, a partir del lunes, voy a fijarme mejor en las cosas.

Una pena.

Me habría ahorrado bastante trabajo. Y, de paso, alguna que otra conversación de pasillo con Ricardo en la que he tenido que fingir que hablábamos de otra cosa.

He pasado por momentos que, vistos ahora, seguramente contenían algo. No sé exactamente qué. Eso también tiene su gracia. Puede que esté envidiando precisamente lo que todavía no sé nombrar.

Después puedo recordar.

Más o menos.

Puedo incluso contar lo que pasó.

Pero haber estado ocupado en sobrevivir a una cosa no garantiza haberla mirado.

Un texto se vuelve a leer. Una película se vuelve a ver. Hay sitios a los que puedo regresar.

Con ciertos momentos no ocurre.

Pasaron.

Y yo estaba allí.

Eso, por lo visto, tampoco garantiza nada.

No envidio haber vivido otras cosas.

Envidio haber estado en las mías y descubrir, después, que mientras ocurrían también se podía mirar.

Hay películas a las que vuelvo porque ya sé lo que va a pasar.

Eso, en principio, debería quitarles bastante interés.

Sé quién aparece, quién desaparece y quién se mete en problemas por una decisión que, desde el sofá, me parece manifiestamente mejorable. A veces hasta recuerdo frases enteras, no porque tenga una memoria extraordinaria, sino porque las he oído demasiadas veces.

Y vuelvo.

No siempre por la película.

A veces vuelvo para comprobar qué queda de mí en ella.

La primera vez que vi algunas cosas era otra persona. Más joven, para empezar, que tampoco es una observación muy original, pero tiene la mala costumbre de seguir siendo cierta.

Había escenas que entonces me parecían largas y ahora no lo son. Otras pasaron sin dejar rastro y, años después, aparecen como si hubieran estado esperando.

No han cambiado.

Yo sí.

O eso dicen los calendarios.

Una cosa puede estar delante de mí todo el tiempo y yo no verla.

No porque estuviera escondida.

Estaba mirando otra cosa.

Eso debería tranquilizarme. Si entonces no estaba preparado para ver algo, tampoco era exactamente culpa mía.

No me tranquiliza demasiado, porque empiezo a pensar en las cosas que quizá están ocurriendo ahora mismo y que todavía no estoy viendo. Puede que Ricardo, sentado dos mesas más allá de la mía, esté viendo alguna ahora mismo. Prefiero no preguntarle.

No hace falta hacer una lista.

Bastante tengo.

Y entonces vuelve la envidia.

No por quien tiene mejor memoria. Ni por quien sabe más de cine. Eso, además, sería bastante más fácil de resolver, aunque tampoco sabría muy bien cómo.

Tiene que ver con otra cosa.

Con volver a un sitio y encontrar algo que ya estaba allí.

Yo he vuelto muchas veces a las mismas películas.

Ahora empiezo a preguntarme si alguna vez volví yo.

Al final, quizá todo empezara con una frase de Ricardo y acabara aquí: en un abismo que alguien consiguió dejar en suspenso, en un sábado con tres horas por delante, con la Tierra Media esperando al otro lado, en Bree y en Frodo, en películas a las que vuelvo creyendo que sé lo que voy a encontrar.

En la música que se busca para aguantar, en los lugares donde entro para quedarme y en aquellos otros donde entro para dejar de estar, en tardes y noches que pasaron mientras yo estaba ocupado en sobrevivir y no en mirar.

En cosas que siempre estuvieron delante y que solo aparecen después, cuando ya no se puede volver.

Porque al final quizá no haya sido una frase, ni una película, ni un sábado, ni siquiera aquello que yo habría querido escribir, sino la mala suerte —o la suerte, según el día en que me lo pregunten— de que fuera precisamente él quien lo escribiera primero, y la mayor suerte todavía de que a mí me tocara leerlo, descubriendo que todo eso estaba también al alcance de mis ojos, en su manera de mirar.

Compartir:XWhatsAppTelegramBluesky

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*