
Tal día como hoy, el 28 de agosto del año 430 de nuestra era, fallecía el hombre nacido como Aurelius Augustinus, conocido universalmente como san Agustín de Hipona, y cuya festividad me permite felicitar aquí y ahora a mi padre, que, como su abuelo, su tío y su primo, así se llama. Agustín alcanzó los setenta y cinco años y había pasado prácticamente toda su vida en el norte de África. Nació en Tagaste, estudió en Madaura y Cartago, fue sacerdote y obispo en Hipona, y murió durante el sitio de esta ciudad. Apenas abandonó su continente natal para trasladarse un lustro a la península itálica. Cristiano, obispo, filósofo y uno de los intelectuales más influyentes de la historia occidental, Agustín fue también un norteafricano y ciudadano romano preocupado por la suerte de su tierra. En estos días tristes de agosto conviene recordar su figura y, por desgracia, la de otros.
El África romana no era una periferia exótica del Imperio, sino una región próspera, urbanizada y estratégica. Cartago constituía una de las grandes ciudades del Mediterráneo occidental, y las provincias africanas suministraban grano y aceite a Roma, dotadas como estaban de carreteras, puertos y ciudades que llevaban siglos formando parte del mundo romano. Agustín podía sentirse africano y romano sin contradicción alguna. Sin embargo, durante sus últimos años aquel mundo comenzó a resquebrajarse. Y fue entonces cuando escribió a un militar llamado Bonifacio una carta que, leída dieciséis siglos después desde la perspectiva de otra ciudad occidental del norte de África, produce una inevitable sensación de familiaridad.
La España actual no es la Roma del siglo V. Tampoco quienes atraviesan hoy su frontera son los pueblos armados que entonces penetraban en el Imperio. Pero volvemos a encontrar un territorio fronterizo y distanciado del centro de poder cuya población reclama protección al Estado al que pertenece. Agustín planteó esta cuestión a Bonifacio.
El hombre que debía defender África
Bonifacio fue uno de los personajes fundamentales de los últimos decenios del Imperio romano de Occidente. Militar experimentado y buen conocedor de África, alcanzó el cargo de comes Africae y dispuso de una considerable autoridad militar en aquellas provincias. Agustín lo conocía personalmente y mantuvo con él una relación que permite observar la evolución de ambos personajes. Años antes de la gran crisis africana, hacia 417, le había dirigido la Carta 189. Bonifacio era entonces un militar cristiano preocupado por una cuestión que podía parecer irresoluble: ¿es compatible la profesión de soldado con el cristianismo?
La respuesta de Agustín resulta fundamental para comprender lo que ocurrirá después. Le recuerda que Juan Bautista, cuando unos soldados le preguntaron qué debían hacer, no les ordenó dejar el ejército, sino que se abstuvieran de extorsionar y se contentasen con la paga. También menciona al centurión cuya fe elogió Cristo sin exigirle que abandonara su profesión. Y concluye que un hombre puede empuñar las armas legítimamente en defensa de la paz pública.
Aquí se encuentra uno de los embriones de lo que después conoceremos como doctrina de la guerra justa. Agustín nunca compuso un tratado sistemático sobre la misma, aunque sus ideas aparecen dispersas en cartas y obras escritas con otros propósitos, siendo algunas inequívocas. La violencia no queda justificada porque quien la ejerza crea tener razón, sino que ha de atenderse a la causa, la autoridad y la intención. En Contra Fausto lo explica con extraordinaria precisión: lo decisivo es considerar por qué causa y bajo qué autoridad se emprende una guerra. La autoridad legítima debe orientar el uso de las armas hacia «la paz y la salvación común». Agustín no glorifica la guerra, pues la paz ha de constituir el fin. Precisamente porque la paz es un bien, puede existir la obligación de defenderla cuando alguien la destruye. De ahí surge una consecuencia política formidable, ya que si existe un deber legítimo de defensa, existe también una responsabilidad de quien posee la autoridad necesaria para ejercerla.
Sin que nadie oponga resistencia
Una década después de aquella primera carta, en 427, Agustín vuelve a escribir a su antiguo amigo. El tono ha cambiado radicalmente, como el contexto: el Imperio occidental vive una de sus interminables luchas internas. Bonifacio se ha enfrentado al gobierno imperial radicado en Rávena y terminará rebelándose contra él. África, entretanto, se encuentra cada vez más expuesta.
La Carta 220 es una admonición personal, moral y política de extraordinaria dureza. Agustín contempla lo que está ocurriendo a su alrededor y pregunta a Bonifacio qué puede decir de la devastación de África provocada por los Afri barbari mientras él permanece atrapado en sus propios conflictos de política interna. Y añade dos palabras latinas particularmente expresivas: resistente nullo, esto es, «sin que nadie oponga resistencia».
Conviene aclarar quiénes eran aquellos bárbaros. Agustín todavía no está hablando de los vándalos de Genserico que dos años después cruzarán desde Hispania. Se refiere a grupos norteafricanos que aprovechaban el debilitamiento del poder romano, razón por la cual su reproche resulta pertinente.
Agustín recuerda a Bonifacio que, cuando era simplemente tribuno y disponía de unos pocos aliados, había conseguido contener a aquellas poblaciones y pacificar la región. Ahora que era comes Africae tenía mucho más ejército, poder y autoridad, pero África estaba menos protegida. El anciano obispo le pregunta, casi incrédulo, quién habría podido imaginar que, estando Bonifacio en África con tan gran ejército y poder, los bárbaros se atreverían a avanzar tanto, destruir, saquear y convertir en desiertos lugares poco antes bien poblados. Es difícil encontrar una formulación más clara de la responsabilidad política.
Agustín no acusa a Bonifacio de haber creado todos los peligros que amenazan África. Tampoco sostiene ingenuamente que un gobernante debiera ser capaz de impedir cualquier calamidad. Le reprocha algo diferente: tenía la responsabilidad de intentar evitarla y no lo estaba haciendo. Cuanto mayor es el poder, parece decirle, mayor es la obligación que lo acompaña.
Las posibles razones de Bonifacio
Agustín reconoce en la Carta 220 que no dispone de todos los elementos para juzgar el conflicto de su interlocutor con el gobierno imperial. En términos muy resumidos, Bonifacio podía considerarse víctima de las intrigas de la corte de Rávena. Según la tradición transmitida por fuentes posteriores, el poderoso general Flavio Aecio habría maniobrado para enemistarlo con Gala Placidia: habría hecho creer a la corte que Bonifacio pretendía rebelarse y, simultáneamente, habría advertido a Bonifacio de que la orden de regresar a Italia era una trampa para eliminarlo. Por ello Bonifacio se habría negado a comparecer, enfrentándose al gobierno imperial.
La reconstrucción presentada procede sobre todo de Procopio, que escribió aproximadamente un siglo después, por lo que no conviene presentarla como certeza histórica. Lo que sí sabemos es que Bonifacio se negó a obedecer la llamada de Rávena y acabó enfrentado al poder central, mientras él consideraba que tenía motivos para sentirse injustamente tratado. Pero Agustín no necesita decidir quién tenía razón en la disputa. Su argumento podría esbozarse así:
Puede que tengas motivos para quejarte del gobierno; yo no puedo juzgarlos, pero mientras resolvéis vuestra querella, África está siendo devastada y tú eres responsable de defenderla.
Y entonces llegaron los vándalos
Lo más sobrecogedor de la Carta 220 es que fue escrita antes de la catástrofe. Durante 427 y 428 el enfrentamiento de Bonifacio con el gobierno central desembocó en una verdadera guerra civil. Rávena envió tropas contra él y soldados romanos terminaron combatiendo contra otros soldados del Imperio en África.
Es aquí donde aparece uno de los episodios más famosos y discutidos de la Antigüedad tardía. Una tradición histórica antigua sostiene que Bonifacio, necesitado de ayuda en su lucha contra el gobierno imperial, llamó a los vándalos establecidos en Hispania para que acudieran a África como aliados. La historia es triste: el general encargado de proteger África habría abierto sus puertas precisamente al pueblo que terminaría arrebatándosela a Roma.
No obstante, la historiografía contemporánea ha cuestionado seriamente la célebre «invitación de Bonifacio». Las fuentes que la relatan plantean problemas cronológicos y de fiabilidad. Es posible que Bonifacio empleara contingentes vándalos como auxiliares durante la guerra civil, práctica nada excepcional entre los militares tardorromanos, sin que ello implique que invitara a Genserico y a todo su pueblo a conquistar África.
Pero lo seguro es suficientemente dramático. En el año 429, los vándalos y alanos de Genserico cruzaron el estrecho de Gibraltar desde Hispania hacia África. En aquel momento Bonifacio ya se había reconciliado con el gobierno imperial. El hombre al que Agustín había reprochado dos años antes que África estuviera siendo devastada «sin que nadie opusiera resistencia» tuvo ahora que intentar defenderla de una amenaza incomparablemente mayor. Pero no pudo, y los vándalos avanzaron hacia el este, derrotándolo en Calama y llegando en el año 430 hasta la Hipona del obispo Agustín, quien falleció tras unas fiebres contraídas en el tercer mes de asedio.
De Hipona a Ceuta
Dieciséis siglos después resulta difícil leer aquella historia desde Ceuta sin percibir un eco desasosegante. También Ceuta es una ciudad norteafricana perteneciente políticamente a un Estado cuyo centro de decisión se encuentra al otro lado del Mediterráneo. También constituye una frontera exterior. También sus habitantes conocen algo que desde el interior de la Península puede convertirse fácilmente en una abstracción administrativa: que una frontera no es solamente una línea dibujada sobre un mapa.
Ceuta es una ciudad donde desarrollan su vida decenas de miles de compatriotas. A finales de julio, en su pequeño territorio se produjo una entrada migratoria de una magnitud sin precedentes. Las cifras oficiales han situado en torno a setenta y dos mil las entradas irregulares de los días 30 y 31, una cantidad próxima a la población entera de la ciudad, aunque una gran mayoría regresó posteriormente a Marruecos. Semanas después continuaban en Ceuta miles de inmigrantes y seguían existiendo dificultades para determinar con precisión cuántos permanecían allí, con el consiguiente impacto humanitario, policial, judicial, sanitario y social. Resulta difícil comprender, cuando menos, dos aspectos: cómo fue posible que no se anticipase el movimiento de población en tan crítica zona y cómo se ha permitido la degeneración de la situación para desesperación de los ceutíes, que sufren unas consecuencias que el resto contemplamos con estupefacta compasión.
Es preciso detenerse aquí también en la actitud del gobierno marroquí, pues sería irresponsable obviar la manera indiferente con la que ha asumido la muerte por ahogamiento de tantos compatriotas en el intento de cruzar a nado hacia Ceuta. Por si fuera poco, el mismo gobierno ha aprovechado la estremecedora coyuntura, que debería ser la vergüenza de cualquier país, para volver a la carga con el discurso que cuestiona la soberanía de las plazas españolas en África.
Así las cosas, y casi un mes después del comienzo de la crisis, el Gobierno acordó por fin declarar la situación de interés para la seguridad nacional en Ceuta y crear un mando único para coordinar la respuesta de las distintas administraciones. Que una crisis requiera semejante instrumento da una idea bastante aproximada de su magnitud. Y permite plantear una pregunta incómoda: ¿por qué fue necesario esperar casi un mes?
La medida llega después de semanas de lógicas reclamaciones desde Ceuta y de un obvio y creciente sentimiento ciudadano de abandono. Conviene recuperar la pregunta de san Agustín: ¿qué ocurre cuando una población fronteriza observa que quienes tienen encomendada su protección reaccionan demasiado tarde ante la calamidad que se está produciendo? A lo que se debe añadir, dado lo que está aconteciendo: ¿cómo debe entender esa población, y el resto de españoles, la acción de un gobierno cuyos integrantes se entregan al disfrute vacacional y la frivolidad en las redes sociales mientras se desatan hechos tan graves?
La paz necesita quien la defienda. Resulta sencillo condenar al gobernante que emplea injustamente la fuerza. Mucho más difícil es pensar en la responsabilidad del gobernante que, teniendo la obligación y los medios para proteger, no actúa cuando debería hacerlo. La Carta 220 obliga a plantear esa segunda cuestión. Bonifacio podía enumerar todos los problemas que había tenido con Rávena. Agustín podía incluso admitir que algunas de sus quejas fueran justas. Pero ninguna explicación conseguía borrar una realidad. África estaba siendo devastada. Y Bonifacio era el comes Africae. Una vez más, resulta difícil no asimilar estos hechos históricos al enfrentamiento de nuestro gobierno con los socios de la UE nada más comenzar la invasión de Ceuta: parece más preocupado de cuestiones de política interna española o europea que de los problemas acuciantes de raíz exterior ya ampliamente expuestos.
Agustín pudo contemplar personalmente la progresiva incapacidad del poder para cumplir algunas de las funciones que justificaban su propia existencia. Su experiencia nos legó una pregunta inquietante: si el poder no sirve para proteger a quienes viven bajo su responsabilidad, ¿para qué sirve el poder? Hace tiempo que uno preferiría no sospechar la respuesta.
Bibliografía
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