Sociedad

Voy sin tiempo

Ilustración de Pablo Amargo. voy fatal de tiempo
Ilustración de Pablo Amargo.

La gente ocupada ha empezado a hablar como si estuviera coordinando la evacuación de Chernóbil. Preguntas qué tal y te espetan un parte de trabajo, dos reuniones aplazadas, un niño con natación, una entrega ante la que se está agotando el tiempo y cierto asunto del que por razones de confidencialidad apenas puede decirse nada, aunque se dirá y se dirá y se dirá en una turra inmediatamente posterior de no menos de veinte minutos. Todo ello acompañado por ese resoplido con el que se deja una caja muy pesada en el suelo, una caja metafórica repleta de responsabilidades que nadie solicitó ver y que a juzgar por el gesto de apesadumbrada resolución con que su propietario la pasea de conversación en conversación debe contener el Anillo Único.

«Voy sin tiempo» es una cosa que te sueltan a la puta cara en tono épico, y el que dispone de una tarde libre procura ocultarla como antes se ocultaba una enfermedad venérea. Puede decir que tiene «un hueco», expresión que convierte la posibilidad de tomar café en una anomalía temporal aparecida entre dos eras de actividad febril, y aun entonces sacará el móvil, consultará una cuadrícula de colores y murmurará algo parecido a «te podría encajar», concediéndote audiencia lo mismo que un dentista te acepta una urgencia el 24 de diciembre. La amistad ha ido adoptando las maneras de una gestoría.

Tampoco hace falta que exista en realidad algo material en lo que ocuparse, pues el prestigio de estar terriblemente ocupado viene de ocuparse en aparentarlo. Correos que piden correos, llamadas destinadas a preparar la llamada buena, documentos compartidos para que seis personas escriban «por mi parte OK» en días diferentes, mientras una séptima solicita meter en copia a alguien de identidad borrosa y cuya incorporación permitirá que el asunto continúe vivo otra semana más. El trabajo ha encontrado la manera de reproducirse sin aparearse, como los hongos y la comunidad incel, y no parece que a nadie le inquiete demasiado que buena parte de ese movimiento recuerde al de un hámster corriendo kilómetros sin abandonar su jaula, criaturita que por alguna injusticia de la mercadotecnia nunca ha sido invitada a impartir una charla sobre liderazgo. El hámster al menos conserva la decencia de no publicar en LinkedIn una reflexión acerca de lo aprendido durante la carrera.

Hay quienes envían mensajes a horas intempestivas a propósito para que quede constancia del momento, pues el contenido puede esperar y con frecuencia debería hacerlo, mientras que el sacrificio necesita sello de entrada. A las 23.48 un «gracias, lo vemos» ofrece al receptor la idea de la epopeya privada que está viviendo el emisor. El remitente sigue ahí al pie del cañón. El cañón suele ser un sofá con una mantita, pero en la guerra del prestigio laboral hay que respetar las licencias escénicas. Por la mañana llegará otro mensaje enviado a las 6.12, cuya función principal consiste en informar de que alguien se levantó antes que tú y ya estaba alineando sinergias mientras tú, degenerado, dormías.

La ocupación permite además rechazar casi cualquier cosa sin la grosería de rechazarla. Una comida queda pendiente, luego pendiente de fecha y pasado el tiempo convertida en esa promesa que dos adultos se repiten cuando se encuentran por casualidad y ninguno alberga ya el menor deseo de cumplirla. «Tenemos que vernos» significa que ambos reconocen la existencia física del otro y no les molesta que continúe con vida. Añadir «cuando baje un poco el lío» concede a la mentira una perspectiva temporal, como si en septiembre fueran a retirarse las aguas y apareciera bajo ellas una agenda despejada. Y el lío, por supuesto, nunca baja.

Lo más jodido es que el ocio se ha llenado también de obligaciones, porque una persona seria no puede limitarse a pasar la tarde tocándose los cojones, actividad que sostuvo durante siglos la salud mental de nuestros más remotos antepasados. Tus amigues ahora oscilan entre dedicar tiempo de calidad a uno mismo y gestionar otra agenda sobrecargada de compromisos con otros amigos, amigos de amigos, compañeros de alguna actividad de esparcimiento y amigos de esos compañeros. Hay más posibilidades de conseguir audiencia con el papa para echarse un Tekken a la Play que de ver a tus colegas un sábado, porque un día de fin de semana sin nada apuntado resulta un horror vacui insoportable y hay proyectos de ocio que tienes que agendar como una planificación quinquenal estalinista para compartir un momento con esas personas que, por supuesto, te quieren. Cuando por fin lo conseguís aparecen con el día parcelado en franjas temporales milimétricas porque el FOMO les arrojó al abismo de más planes, miran el reloj más que a tu cara y te informan de que después tienen un cumpleaños, luego una fiesta y unas copas y una invocación no quieras saber qué anitugos dioses, de manera que la conversación avanza al trote porque el fin de semana debe exprimirse hasta convertirlo en otra jornada laboral. El miedo a perderse algo les obliga a estar en todas partes, aunque en todas partes acaben bebiendo las mismas copas, contando las mismas anécdotas y despertándose el domingo con la misma resaca de siempre, tras haber convertido el ocio en otra experiencia estresante.

Yo me malicio que por eso produce tanta desconfianza quien responde «nada» cuando se le pregunta qué hizo el fin de semana. Nada suena a desidia estética y moral. La respuesta aceptable incluye una escapada, algún compromiso familiar y con suerte un rato para adelantar cosas. Adelantar cosas exhibe la belleza de las expresiones que no significan nada y justo por ello sirven para todo. Uno puede adelantar trabajo, una colada, una serie o como servidor la idea de su propia muerte.

El ocupado profesional suele mostrar su agotamiento con un orgullo pudoroso, lo mismo que quien pide disculpas por haber conseguido hipotecarse. Le gustaría quedarse más, claro, pero lleva una temporada… La temporada empezó hacia 2014. Desde entonces vive cruzando bodas, compromisos, picos de trabajo y semanas especialmente complicadas que se suceden de forma estajanovista. Si llegase una semana corriente, sin emergencias ni citas decisivas, acaso tendría que enfrentarse a la idea de que su importancia era una escenografía imaginaria. Decir que estamos ocupados evita hablar de lo que hacemos mientras lo estamos, movida mucho más comprometida. Permite que la cantidad suplante a la sustancia y que el cansancio actúe como certificado de valor. Hemos fabricado una sociedad en la que perder el tiempo está mal visto, aunque invertir ocho horas diarias (con suerte) en entregar tu alma al trabajo asalariado y perder la poca vida que merecerse vivirse en este valle de lágrimas es el orgulloso orden natural de las cosas.

Yo ahora también digo que voy a mil. Lo digo al contestar tarde un mail, al olvidar un encargo, al pasar una semana sin hablar con nadie ni ver a la persona que deseo ver. Funciona de maravilla. Es una frase que limpia el historial con orgullo y evita reconocer que durante parte de ese tiempo tan escaso que me permite vivir la vida que merece ser vivida estuve amargándome y mirando vídeos de mapaches que lavan algodón de azúcar y se quedan desconcertados cuando desaparece entre sus manos porque es una manera de no mirar al abismo que está llamando. Una ocupación mucho más seria que una jornada laboral aunque todavía carezca del prestigio correspondiente.

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