Entrevistas Música

Isamay Benavente: «La zarzuela es nuestro teatro musical y nos retrata en cada época»

Isamay Benavente para Jot Down

Hay trayectorias profesionales cuya talla solo se comprende cuando se mira hacia la biografía pretérita, al significado que se le otorga a la vida, y su partitura, en el camino que se hace y comparte. Al espacio que ocupa el existir de las personas que transitan por esa misma vida. Esa manera de estar exige, además, que no se guarde distancia con la vida, al contrario, esa manera solo se logra desde la valentía y los incendios posibles. Allí donde reside el misterio del arte y sus lenguajes, la curiosidad sobre la que duermen las ideas.

Isamay Benavente es la actual directora del Teatro de la Zarzuela, primera mujer en dirigir esta institución, puesto al que llegó, desde Jerez, tras dirigir el Teatro Villamarta durante años y tras liderar una programación centrada en la lírica y, sobre todo, en el flamenco. Gracias a su mirar sensible y abierto muchos flamencos, hoy artistas contundentes e internacionales, tuvieron su primera vez en el Festival de Flamenco de Jerez.

Con una trayectoria amplia y sólida, la andaluza toma los mandos de una de las instituciones culturales más importantes de nuestro país con una intención clara y ambiciosa: hacer que la sociedad española haga suyo el género de la zarzuela, género que no solo nos define, sino que forma parte esencial de la memoria de un país.

Isamay Benavente (La Línea, 1965) es licenciada en Derecho por la Universidad de Sevilla y gestora cultural. En su primera etapa como gestora, en la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, trabajó para Andalucía 92, proyecto diverso de producciones y giras para la Expo 92. Más tarde puso en marcha el primer proyecto del Ballet Flamenco de Andalucía. Desde el año 2008 ha estado al frente del Teatro Villamarta de Jerez como responsable de su dirección artística. Asimismo, ha sido directora artística del Festival de Jerez, un relevante proyecto cultural de amplia repercusión nacional e internacional centrado en el baile flamenco y la danza española. Desde el mes de septiembre de 2022 es la presidenta de Ópera XXI, la Asociación de Teatros y Temporadas Líricas de España.

Eres la primera mujer en dirigir el Teatro de la Zarzuela en sus ciento setenta años de historia. Han pasado casi dos años y medio desde que llegaras para liderar un equipo y defender un proyecto concreto. ¿Qué valoración haces del trabajo realizado? ¿La realidad te ha permitido alcanzar las expectativas? Te lo pregunto porque, en cultura pública, realidad y expectativas no riman bien.

Antes de responderte, necesito hacer una precisión: soy la primera mujer en dirigir, oficialmente, el Teatro de la Zarzuela, pero hubo dos mujeres durante la historia del teatro: Teresa León, durante la guerra, y Lola Rodríguez Aragón, como empresaria después de la guerra, que gestionaron el teatro, aunque no fueron directoras oficiales.

Cuando presenté mi candidatura, además de una propuesta concreta que tuve que defender, traía conmigo una larga experiencia haciendo lírica, dirigiendo teatros —venía de dirigir el Teatro Villamarta, en Jerez— y trabajo de años en el ámbito de las artes escénicas. Eso me ha ayudado mucho a la hora de afrontar retos y miradas nuevas y creo que otra pieza muy importante ha sido la edad con la que he llegado a este puesto de responsabilidad. He llegado con una cierta madurez personal, una madurez que me ha permitido comprender que no todo el mundo te va a querer, que no tienen por qué aceptarte a la primera; saber que eso es así despeja la vida, lo cotidiano, concede cierta calma, si me permites. Cuando eres joven haces demasiadas cosas para que todo el mundo te quiera y te acepte.

Sobre el funcionamiento del teatro hay que tener presente que es un teatro cien por cien público y eso condiciona el funcionamiento del mismo: desde el personal hasta los convenios, pasando por los sindicatos. Lo público, su sentido y naturaleza, está en el centro de este teatro. En su funcionamiento y, obviamente, en el papel que su programación debe desempeñar en el mundo actual. Esa realidad de un teatro cien por cien público no la conocía, o, por ser rigurosa, no la conocía tan a lo bestia como aquí. Y eso ha sido un aprendizaje, sí. Totalmente. Y que, tras tantos años de trabajo en el ámbito de la gestión cultural, en general, y, en particular, de las artes escénicas, una puede seguir aprendiendo, pues qué quieres que te diga, me parece una fortuna.

A esto, y termino, hay que sumar que me he encontrado con un equipo de gente estupenda. Yo reivindico mucho a la gente que trabaja en lo público, ojalá nos diéramos cuenta más a menudo de esta realidad: hay gente maravillosa dejándose la piel por gestionar bien lo que tenemos, lo que es de todos. Aquí me he encontrado eso. Reivindico a quienes echan horas y ponen su inteligencia, su sabiduría y su experiencia para que las cosas salgan muy bien.

Me interesa esto que acabas de mencionar sobre el aprendizaje. En ocasiones, las inercias, las líneas rectas, en las profesiones y oficios, son trampas. Es fácil seguir la inercia. La inercia no exige y nos hace creer que somos intocables. ¿Qué te ha exigido esta nueva piel de directora del Teatro de la Zarzuela?

Si tuviera que destacar una cuestión sería el trabajo con un equipo muy amplio. Y eso que vengo de años de trabajo en los que siempre he trabajado de una manera muy horizontal, contando con el equipo, coordinando departamentos; sin embargo, nunca había trabajado con tanta gente como se hace en este teatro. Aquí hay un cuerpo estable fijo, que es el coro, y una plantilla enorme para llevar el ritmo de cinco grandes producciones por temporada, además de los conciertos y la dinámica del ambigú. Hay un gran equipo técnico, en resumen, mucha gente con la que hay que contar.

Aquí he comprendido una cuestión casi vital que pasa por asimilar que tenía que delegar. Cuando llegué comprendí que era imposible controlar todo, también sé, y puede que el aprendizaje más profundo pase por aquí, que no se puede controlar todo. Tienes que confiar en la gente que está contigo, que te acompaña y, a veces, esa confianza pasa por saber que las cosas pueden salir como a ti te gusta, pero que, en otras ocasiones, no deben ni pueden ser así. Estoy aprendiendo a lidiar con que a veces las cosas salen como pueden salir. Y no pasa nada.

Por concluir, añadiría un tema que todavía no hemos tocado, no sé si lo vas a plantear más adelante, que es el tema presupuestario. Cuando llegué me encontré con unos presupuestos prorrogados. Tenía expectativas de hacer más cosas, algunas no las he podido hacer. Y esto guarda relación con lo que te acabo de comentar. No pasa nada: podemos hacer muchas cosas, seguimos pudiendo hacer muchas cosas. Aquí está la clave de esa confianza en un modelo, en un tipo de cultura, en un equipo. Aceptar que las cosas no son como tú traías diseñadas o pensadas. Aprender que, en esto de la cultura, hay un grado muy alto de azar, de cosas que van pasando y a las que te tienes que ir adaptando.

Isamay Benavente para Jot Down

¿Te costó decir «soy la directora del Teatro de la Zarzuela»?

No, no. Ya te digo que cuando vine aquí venía un poco aprendida en ese sentido. Tengo claro que soy la directora del Teatro de la Zarzuela desde el momento en que puse el pie aquí. Lo que pasa es que también tengo una manera de ser directora y quizá eso es lo que ha sido diferente en estos dos años y medio: tú llegas a un sitio y ese sitio tiene una cultura de trabajo, una manera de funcionar, de relacionarse. Me ha costado dos años trasladar al equipo que mi manera era otra. Yo ahora diría que sí, que estamos en esa línea en la que a mí me gusta que trabajemos todos. Creo que eso le pasaría a cualquiera; quizá a las mujeres nos cuesta un poquito más…

¿Has tenido el síndrome de la impostora?

Sí, a lo largo de toda mi vida, muchas veces. ¿Existe alguna que no lo haya tenido? Nosotras siempre creemos que tenemos que saberlo todo, demostrar todo, ganarnos el sitio. Y cuando llegas y te lo ganas, miras a un lado y a otro pensando si debes estar ahí. Tenemos mucho trabajo por delante en este asunto que es muy complejo.

Vamos con los dos grandes ejes de tu trayectoria —y casi de tu biografía personal—: el feminismo y la cultura pública. Empecemos por esto último. Atendiendo a este presente tan complejo, ¿qué sentido debe tener la cultura pública?

No sé si puedo contestar de manera concisa. Para mí la cultura, en sentido amplio, es una forma de vida: cómo expresamos nuestro territorio, nuestro pasado, nuestro patrimonio. Si hablamos de cultura pública, añado palabras muy importantes: accesibilidad —yo soy de la periferia, no he nacido en Madrid—. Fui una niña de los años sesenta con acceso a la música y la literatura, pero a las artes escénicas llegué muy tarde, por ejemplo. Donde vivía, y por las condiciones económicas de mi familia, no tuve ese acceso.

Así que accesibilidad es territorio, condiciones económicas —acceso económico a la cultura—, diversidad y también distintos cuerpos, distintas maneras de acceder a la cultura. Y eso es muy importante hablando de zarzuela, además, porque dirijo un teatro que se dedica al patrimonio lírico español, con todo lo que significa eso.

Ahora que lo mencionas, ¿somos conscientes de la importancia de la zarzuela como gran patrimonio de lo español?

Quiero pensar que estamos en ello. Dejamos que la dictadura se adueñara de la zarzuela. Hemos sido tan tontos que hemos dejado que el franquismo se adueñara de nuestra cultura, de nuestra música, que es la zarzuela, y de la cultura popular: la zarzuela, el flamenco, la copla. Géneros que han sido y siguen siendo tan populares, tan contestatarios, tan salvajes… Resulta que ahora se valora más escuchar jazz o música de Nápoles que folclore de Lavapiés, por ponerte un ejemplo.

La cultura pública debe corregir esto. Hemos dejado que lo mejor de nuestra cultura nos sea arrebatado. Desde aquí, desde lo público, hay que pelear por eso, defenderlo. A veces siento que, en este teatro, estamos haciendo una especie de resistencia cultural. Porque lo cool es otra cosa, y lo cool es lo nuestro. Lo que pasa es que todavía no lo sabemos. La maquinaria para hacernos creer lo contrario es muy poderosa. Pero aquí estamos para mostrar lo contrario.

El franquismo se apropió de ese patrimonio, por lo que desarticuló memoria y narrativas. Este año quieres reivindicar a Rafael de León con dos conciertos —antes y después del franquismo—. ¿Cómo intervino el régimen en géneros como la copla y la zarzuela?

La copla y la zarzuela nos definen. Son dos géneros que nos permiten comprender lo que fuimos, pero, por favor, tengamos presente esto, también lo que somos. Lo que hace el franquismo es apropiarse de ese patrimonio y desarticularlo. Nos hace creer que todo eso es un invento de esa época y que responde a los imperativos y deseos de un régimen. Y no es así.

Precisamente este año quiero reivindicar, entre otras, la figura de Rafael de León: he preparado dos conciertos, hablando de Rafael, antes del franquismo y después del franquismo, un acto que nos permita comprender la intervención de la censura y la represión en la copla. La copla nace como un género completamente subversivo, en lo sexual, en lo prohibido, y, sin embargo, el régimen la utiliza para intervenir sobre la historia de nuestro país. Además, lo hace de una manera muy perversa, por ejemplo, el reflejo que el franquismo busca ofrecer de las mujeres a través de la copla choca de manera frontal con la propuesta que este género hace en torno a la libertad de las mujeres, sus deseos y libertades. La relación con sus cuerpos. Y con la zarzuela sucede lo mismo.

A la dictadura le interesa la cultura como propaganda, como mecanismo de intervención sobre el pueblo. Interviene, sobre todo, en los géneros más populares que, en mi opinión, son los más subversivos porque son los géneros que incomodan a las élites por dar espacio a la voz del pueblo, por conceder visibilidad a la existencia del pueblo a través de la cultura. La zarzuela, concretamente, es un género muy crítico con el poder durante todas sus etapas, excepto en el franquismo, donde se cambian letras y significados, y se silencia a compositores y letristas, por supuesto.

¿Y qué dice la zarzuela de nosotros a día de hoy?

Es que la zarzuela, como las obras clásicas, como la lírica, como en realidad el teatro, habla de nosotros. Es nuestro teatro musical y nos retrata en cada época. Por ejemplo, cuando coges un título de hace un siglo —yo he rescatado este año uno que se llama El potosí submarino— habla de la corrupción feroz hace un siglo. Lo hemos acercado de época para que la gente lo entendiera y lo hemos situado en los años noventa. De repente veíamos personajes tipo Mario Conde y Jesús Gil, y nos hemos preguntado con su puesta en escena: ¿hemos cambiado tanto?

En la zarzuela, por ejemplo, hay personajes de mujeres muy complejos. Retrata el machismo que había en la sociedad y que sigue existiendo; retrata el tema del poder. Es un género popular y es un género muy contestatario: la zarzuela siempre ha sido muy crítica con el poder, y eso sigue vigente hoy día.

Nos refleja muy bien porque habla de cómo somos: sí, tenemos problemas, hay picaresca, corrupción, pero también sabe contarnos a través de esos valores que nos definen: somos generosos, tenemos un carácter fuerte, somos irónicos. La zarzuela retrata muy bien nuestro humor. Somos mucho más pícaros, irónicos; resolvemos partes de la vida con el humor. Y eso, por ejemplo, no está tanto en la ópera. Vemos ópera italiana que no nos retrata, ¿sabes? La zarzuela nos retrata y, a lo mejor, quizá ese sea un problema: el que sea nuestro espejo. A veces, no queremos vernos.

Isamay Benavente para Jot Down

Recuperemos el otro eje que se ha quedado pendiente en esta conversación. El feminismo. Nosotras hemos conversado sobre este asunto en alguna que otra ocasión. Sobre su importancia y recorrido. Quizá por ello me interese saber tu opinión sobre el momento que atraviesa el movimiento.

Es un momento complicado. Se están poniendo en cuestión cosas que dábamos por ganadas. Conquistas que pensábamos consolidadas, cuya importancia para la sociedad creíamos que no teníamos que volver a explicar. Y eso es una lección: nada se puede dar por ganado definitivamente.

Sí siento que las mujeres estamos incorporadas a la vida profesional de una manera mucho más regular y que, en lo público, esto es más respetado y protegido. Afortunadamente, hay un grado de conciencia de que las mujeres tenemos que llegar a ocupar puestos de responsabilidad y que los espacios deben ser igualitarios en cuanto al número de trabajadoras, trabajadores, directoras… Creo que eso está asumido —desde luego en lo público, absolutamente— y presumo de que este es un teatro bastante igualitario en sus plantillas, incluso en la parte técnica, que es donde siempre hay más diferencia.

Dicho eso: percibo que, a la sociedad, han regresado una serie de discursos que pensé que no iba a escuchar de nuevo: contra las mujeres, contra los derechos adquiridos, contra el feminismo. Me inquieta mucho, me produce escalofríos, porque, como te he dicho hace un rato, pensé que había cuestiones que ya estaban superadas. Negar la violencia machista es negar mucho más que la violencia que se produce sobre las mujeres por el hecho de ser mujeres. Es negar leyes, normas, valores morales. Es negar la democracia.

La amplitud de tu mirada profesional no se puede comprender sin tu biografía personal. Empecemos hablando sobre tus padres, sobre lo que te inculcaron. Esa mirada que arrojas sobre la vida tan vinculada a la curiosidad y al afecto.

Esto lo hemos hablado con mis hermanos: cada uno, en lo que hacemos, hemos intentado aprenderlo todo y tener inquietudes. Mantener una mirada curiosa. Eso nos lo transmitieron mis padres. Ninguno pudo estudiar: los quitaron de la escuela con diez y once años —esa es la palabra, los quitaron— porque ambos pertenecían a una generación especialmente castigada, y más en Andalucía, y tuvieron que empezar a trabajar muy jóvenes. Los dos llevaron eso muy mal porque a ambos les hubiera gustado seguir estudiando. A mi madre la pusieron a coser en un taller y solía decirnos que era una niña lista en la escuela. Que le gustaba aprender. Luego llegó a ser brillante, claro, porque mi madre era brillante, pero se le quedó eso.

A los tres hermanos nos transmitieron que teníamos que estudiar. Para mi madre eso era fundamental. Mis padres fueron trabajadores y pasaron épocas malas. Una vez mi padre dijo que «bueno, a lo mejor tenemos que decidir quién estudia». Y todavía recuerdo la reacción de mi madre. He vivido el feminismo en mi casa con estos ejemplos: mi madre dijo «aunque me tenga que poner a limpiar escaleras, las niñas estudian». Mi hermana y yo sabemos todo lo que le tenemos que agradecer a mi madre en tantas cosas. Mi padre, que nos impulsó mucho, tuvo ese momento de cuestionar —cuando hay dificultades— quién sí y quién no. En mi casa, mi madre ha sido muy feminista en la práctica. Siempre nos ha tirado adelante.

Y nos inculcaron mucho la curiosidad por la cultura. Mi padre nos premiaba por leer cuentos y libros, y nos ponía música. Yo, de pequeña, tuve poca cultura de música clásica —mi padre no accedía a ella—, pero sí de flamenco. El otro día estuve en el trigésimo aniversario de Omega, de Enrique Morente. Como Morente empezó a adaptar poetas, mi padre nos metía el flamenco por ahí, porque él escuchaba el flamenco de Jerez. Y quién me iba a decir que iba a trabajar con los flamencos de Jerez… El mundo siempre tiene un plan… Mi padre nos ponía a Enrique Morente porque versionaba a poetas y le parecía una manera más fácil de que mi hermana y yo entráramos. Y se reía de nosotras: decía «pero esos billis que escucháis, eso es un horror». Es buenísimo eso, ¿no?

Sin duda. Hay mucha sabiduría en eso.

Claro. Nos inculcó mucha cultura musical y en casa se oía mucho flamenco, flamenco muy bueno. Y nosotras escuchábamos lo que tocaba. Pero la lectura… Para mí la literatura ha sido algo que, en mi casa, nos cambió la vida. Cuando no tenía acceso a las artes escénicas, leía. He sido siempre una lectora voraz y eso ha sido una ventana muy grande al mundo. Y lo sigue siendo. En aquella época fue crucial: me asomé a un mundo, a gente, a maneras de vivir distintas, de amar distintas. La literatura me ha conformado como persona: me enseñó muchas maneras de vivir antes de que yo saliera de mi ciudad, antes de salir al mundo.

Me gustaría hablar sobre tus anteriores trabajos. El más inmediato, antes de llegar a la Zarzuela, fue la gestión del Teatro Villamarta, en Jerez. Hiciste una gran labor en torno a la lírica, pero, ante todo, serás recordada por la labor realizada en torno al Festival de Flamenco de Jerez.

Jerez, sus flamencos y el arte flamenco me han dado raíz, o sea, me han reconectado con mi raíz. Yo escuchaba flamenco en mi casa, pero Jerez es un territorio donde el flamenco es una forma de vida. En Jerez, vas a tomarte un café y estás escuchando compás por la mañana en la barra del bar; pasas por las calles y escuchas el taconeo, escuchas cantar. Y eso, que existe en otras partes de Andalucía, no existe con la fuerza y la presencia continuada que existe en Jerez.

Y, paradójicamente —y ahora te hablo como gestora cultural—, cuando llego a Jerez como directora de producción del teatro, no existía nada más que la Fiesta de la Bulería: un solo día en torno a la cultura que define a Jerez, que la vertebra. La define en todos los sentidos porque, por ejemplo, si piensas en La Zaranda —que es teatro—, es muy flamenca. Su manera de entender el mundo y de enfocarlo en su teatro es con una cabeza muy flamenca, que es muy peculiar.

Irme de Sevilla a Jerez a trabajar en el Villamarta me reconecta con la raíz y me hace entender que ese gran patrimonio cultural, esa manera de vivir, podía ser gestionada a través de la cultura para beneficiar a la ciudad, a los artistas flamencos, a la imagen de la ciudad; para proyectar una imagen de autenticidad, de singularidad, pero también que diera recursos a la ciudad, a los artistas, que sirviera de plataforma de proyección. En fin, todo lo que un gestor cultural puede hacer con una manifestación tan potente en una ciudad que era cuna.

A mí me parece que el Festival de Jerez era el centro del mundo cuando se hacía el Festival de Jerez. Era un sitio al que tenías que ir, aunque no te gustara el flamenco, porque veías todo lo que estaba pasando en un género en el que podías ver desde lo más ancestral a lo más vanguardista.

Isamay Benavente para Jot Down

¿Qué artistas han pasado por Jerez que no vas a poder olvidar? Aquellos que te han tocado…

¡Es que he hecho veintiocho Festivales de Jerez! Cada festival ha tenido una media de cuarenta o cincuenta espectáculos. Han sido tantas noches de emoción… Yo recuerdo —siempre me lo recuerda Fermín Lobato— estar presente en La edad de oro, un espectáculo que estrenó Israel (Galván) en una sala pequeña en Jerez. Y además tuvimos ahí un tema porque él no entendió que fuera una sala pequeña. Y, ¿sabes lo que es llorar? Llorar viendo ese espectáculo… Todavía me emociona.

Pienso en el pobre de Fernando Terremoto, que era una maravilla, que reinventó la Navidad con Parrilla. Ahora, cuando veo a María Terremoto, yo la he visto con su trajecito de niña de seis o siete años saliendo a bailar con su padre. Yo he visto todo eso. He visto a Rocío Molina; la he visto con trece años cuando venía de Málaga a hacer cursos y la he visto crecer. Ver crecer a una artista es el privilegio. Artistas tan grandes… Hay una generación —Marco Flores, Manuel Liñán, Olga Pericet— a la que he visto crecer desde sus primeros intentos de compañía, cómo han ido evolucionando, encontrando su sitio, su lenguaje. Soy una privilegiada.

Vamos ahora a Sevilla. Tú a Sevilla llegas desde La Línea y la época sevillana es una época de descubrimiento, de consolidación, una mirada, ¿no? De época de educación sentimental.

Sí. Yo había descubierto el teatro independiente en La Línea. Lo primero que vi fueron grupos como La Zaranda —un grupo de Cádiz maravilloso—, La Carraca, que era increíble; hacían obras y ellos siempre decían: nos tiramos un mes ensayando y nueve confeccionando el vestuario. He visto cosas en el teatro independiente muy locas, porque era una época muy importante.

Llego a Sevilla y estaba Zurro con la Jácara; había mucha gente haciendo cosas sin esperar el apoyo. Fue un momento muy interesante. Vi los primeros espectáculos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Sevilla. Era una época en la que íbamos sin saber lo que íbamos a ver, pero la gente iba al teatro. Fue muy efervescente, los años ochenta en Sevilla, cuando yo llego. Y conecto con el grupo Atalaya, por supuesto, que para mí fue fundamental.

Yo me voy a Sevilla para hacer teatro. La excusa oficial era que iba a estudiar la carrera —hice Derecho—, pero en realidad lo que quería era hacer teatro. Empiezo a tomar contacto, a ver un montón de cosas y, por supuesto, Sevilla me conforma la mirada. Comienzo a ir a las Bienales de Flamenco, empiezo a ver espectáculos en torno al flamenco. Sevilla forma parte de mi educación cultural y emocional.

Y luego me viene el 92 en Sevilla. Y eso ya es un máster. Lo que pude ver en el 92 era como… Disney World del teatro. Yo iba todos los días a que me sorprendieran. Fue tal privilegio vivir allí. De no ver nada de ese tipo de montaje y de esa vanguardia, a verlo todo de golpe, todo en un año. La cabeza te vuela. Entro en el 92 siendo una persona y salgo después del 92 siendo otra. Yo, y todos los que vivimos allí y nos gustaban las artes escénicas, porque fue —yo siempre lo digo— un regalo.

Además, trabajaba en Andalucía 92, un equipo de pocas personas que llevaba el programa del 92 de la Junta de Andalucía: giras, producciones, exhibición de espectáculos. Desde música antigua —me iba a Jaén e hicimos una exposición sobre el Renacimiento maravillosa en Jaén, en Úbeda— hasta irme a Aracena, por ponerte un ejemplo, a hacer una gira con flamenco y una orquesta marroquí que hacía música marroquí con los flamencos. Era tal despliegue, tal variedad… Hicimos una producción con el Ballet Nacional de Cuba. Fue una riqueza de cosas. Me hice un máster mental de lo que vi y un máster en la profesión, porque hicimos giras, producciones, exhibiciones.

Ese año fue muy importante para Andalucía. Reclamamos nuestro lugar en España frente a otros territorios que, digamos, tienen que esforzarse poco para recibir mucho. En materia cultural, esto se agrava. Los presupuestos parece que siempre son de otros y para otros.

Esto que planteas enlaza muy bien con el 92, un año que dejó estructuras, pautas profesionales. Pero, claro, las estructuras y las pautas, para que puedan ser ejecutadas, necesitan de presupuestos. Para que la cultura pública responda a esa mirada transformadora sobre la que estamos hablando necesita de un empeño continuado. No podemos ir de evento en evento, sin estrategia, sin un plan medido y reflexionado. Y, desgraciadamente, en general funcionamos así en España, pero noto que, en Andalucía, aún más. Especialmente. Y es una pena.

Sería injusta si no hablara de todo el esfuerzo que se hizo por rehacer edificios teatrales, auditorios, de apostar por las orquestas sinfónicas. Se han hecho muchas cosas y muchas cosas bien. No quiero decir que no se haya hecho nada. Pero, en Andalucía, hay un problema con la estrategia, con no tener una estrategia. Echo en falta un pensamiento sobre el territorio y la cultura.

Te hablo por el tiempo que he estado trabajando en Jerez. Yo me voy de Sevilla, que era el centro neurálgico de Andalucía cuando yo estaba allí —ahora está un poco más equilibrado con Málaga y Granada—, y me tiro muchos años en Jerez. Jerez está a setenta kilómetros de Sevilla y yo me sentía muy lejos. Entiendo que Jerez no puede tener un presupuesto como Sevilla, Granada o Málaga, pero es la quinta ciudad de Andalucía por población. Hay que tener una mirada sobre eso. Y, sin embargo, el escalón era enorme, a pesar de tener un proyecto cultural que funcionaba.

Pido que, en torno a la cultura, tengamos una mirada más vertebradora y unas políticas más equilibradas con el territorio. Eso también se puede aplicar a toda España. Si en vez de hablar de Sevilla te hablo de Madrid, pasa lo mismo. Hace falta repensar cómo se ayuda a los territorios, cómo se ayuda a los proyectos. Y echo en falta a veces que se hable claramente, porque los recursos son limitados; da igual que haya más o menos, siempre son limitados para todo lo que uno quiere hacer.

Hay que tener una mirada clara y vertebradora de lo que se hace en la península y equilibrar los recursos, porque no se pueden poner todos los huevos en algunas cestas. Hay que equilibrar. Y luego es un país complejo, con el Estado de las autonomías: no todas tienen un nivel económico o unos presupuestos tan sanos; unas más ricas, otras menos. Ver cómo vertebramos eso con una mirada solidaria, con una mirada de cooperación. Echo en falta ese discurso.

Isamay Benavente para Jot Down

Esa ausencia de estrategia nos está llevando a confundir la cultura pública con el evento. El resultado de ese tipo de gestión es la homogeneización de la cultura, su hondura se pierde. La cultura entendida como franquiciado.

Falta mirada sobre nuestra propia cultura y el propio territorio. Yo, en ese sentido, reivindico mucho la zarzuela, porque hay zarzuela no solo para todos los gustos, sino escrita y pensada desde todos los territorios. Estamos haciendo obras con compositores de diversa procedencia, gente que incorporó a su trabajo una sensibilidad de territorio y que hablaba de problemas generales desde su sensibilidad territorial. Eso se tiene que aprovechar.

Estamos en un momento extraño en el que nos quieren hacer creer que todo el público quiere ver lo mismo y eso no es cierto. Tener la posibilidad de ver algo que te toque personalmente, que te toque especialmente porque tiene que ver con tu manera de sentir, con el territorio en el que vives, en el que has crecido. Eso es maravilloso. Estamos en un momento en el que parece que todos nos tenemos que vestir igual, todos tenemos que ver lo mismo, todos tenemos que pensar igual. Eso nos arrebata la mirada crítica ante la vida, ante las cosas que nos suceden.

Has mencionado la solidaridad entre regiones, pero es inevitable pensar, sobre todo en materia cultural, que la solidaridad siempre nos la piden a los demás. ¿Puede ayudar la cultura a plantear alternativas?

La cultura siempre es parte de la solución a esos problemas. Un colega muy querido, que vive en Cataluña, me dice siempre que la cultura es parte de la solución. No sé si es la solución, pero es parte de la solución.

Quienes tenemos la suerte de conocerte, ya sea en el plano personal o profesional, sabemos de la importancia que concedes al mundo de los afectos en tu vida. Lejos de sentirte vulnerable por ello, has hecho que sea fortaleza y marca de la casa. Posiblemente, por eso eres una profesional tan distinta. Y por este mismo motivo te quiero preguntar por el amor. En concreto, por la persona con la que haces la vida, el artista Eduardo Aguirre de Cárcer.

En Eduardo encuentro una persona cómplice. Me gusta mucho esa palabra. Primero, me descubre un mundo musical que yo no conocía. Él venía de la música antigua, de las músicas del mundo. Recuerdo que casi nos tuvimos que mudar por la cantidad de panderos iraníes que tiene. Imagina. Eduardo es una persona que aporta otro mundo cultural a mi vida, pero, sobre todo, que aporta un acompañamiento. Y eso lo valoro mucho. Yo había tenido amor antes, pero no había tenido acompañamiento, no me habían acompañado. Ahora valoro mucho esa complicidad, el ir acompañada. Lo vivo como un regalo y lo cuido. Intento cuidarlo mucho, porque me parece que en los tiempos actuales tener algo así es un regalo.

¿Y se puede vivir sin ese amor?

Sí, estoy convencida. Mucha gente lo hace, de hecho. Creo que podría vivir sin ese amor, pero desde luego es más pobre vivir sin eso.

¿Qué es la amistad para ti?

Todo. Tengo la suerte de tener una red de amigos y amigas formidables. Gente increíble, maestros, maestras que me enseñan, me acompañan y que me ayudan. Presumo mucho de amigos y cuido mucho a mis amigos y amigas.

A veces los presento como hermanos de vida porque pienso que, si uno a veces tiene una familia —yo tengo mucha suerte también con mi familia y mis hermanos de sangre—, uno va eligiendo gente que te acompaña a lo largo de la vida y no es casualidad lo que uno elige. Son gente que te acompaña cuando los amores fallan, que también a veces los amores se acaban o fallan.

Para terminar, ¿cómo animarías a quien nos esté leyendo a que acuda al Teatro de la Zarzuela?

Le animaría diciéndole que se está perdiendo el folk de Lavapiés. Le diría que, si quiere argumentos salvajes, crítica feroz, risas, todo ello está en la zarzuela; nosotros no resolvemos, como suele suceder en la ópera, matando a la protagonista —hay zarzuelas trágicas también, por supuesto—; resolvemos con risa, con humor e ironía. Que se vengan, que vengan a ver lo que estamos haciendo, lo que encierran todas esas partituras que tenemos guardadas en el cajón.

No conocemos a nuestros compositores, no conocemos nuestro patrimonio. Les diría que se están perdiendo una gran parte de nuestro acervo cultural, de nuestra riqueza cultural. Que prueben.

Isamay Benavente para Jot Down

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