
En Eulogy, quizá el episodio más melancólico que ha filmado nunca Black Mirror, un ermitaño de Nueva Inglaterra interpretado por un Paul Giamatti en estado de gracia recibe la llamada de una empresa que le comunica dos cosas a la vez, que Carol, un amor de juventud al que lleva décadas intentando olvidar, ha muerto, y que la familia solicita su colaboración para construirle un «memorial inmersivo». La tecnología que da título al capítulo le permite entrar literalmente en sus fotografías analógicas, caminar por dentro de los recuerdos, buscar un rostro que su memoria rencorosa ha borrado. Charlie Brooker y Ella Road escribieron el episodio pensando en el Get Back de Peter Jackson, en esa arqueología digital capaz de restaurar a los muertos con una nitidez que los vivos nunca tuvieron, y el resultado es menos una distopía que una elegía, más The Twilight Zone crepuscular que sátira tecnológica. Sesenta años antes, Roland Barthes había escrito en La cámara lúcida que toda fotografía es un memento mori, la constatación de un «esto ha sido» que nos anuncia nuestra propia muerte. Brooker se limita a tomarse a Barthes al pie de la letra y a meternos dentro del carrete. Lo inquietante del episodio no es la máquina, sino lo poco que le falta al presente para alcanzarla. Porque el duelo, esa última provincia que creíamos a salvo de la disrupción, lleva años migrando a la pantalla sin que apenas nos hayamos dado cuenta.
Durante siglos, la muerte tuvo su propia liturgia comunicativa. Las campanas doblaban con un código que todo el pueblo sabía descifrar, y bastaba contar los toques para saber si el difunto era hombre, mujer o niño. Después llegaron las esquelas de periódico, con su tipografía solemne y sus cruces orladas, que convirtieron la página de defunciones en una de las secciones más leídas de la prensa de provincias. El luto se llevaba en la ropa, en los brazaletes negros, en los espejos cubiertos con sábanas. El historiador Philippe Ariès documentó en El hombre ante la muerte cómo Occidente fue desmontando pieza a pieza ese andamiaje ritual hasta convertir el morir en un asunto casi clandestino, escondido en hospitales y tanatorios, esa «muerte prohibida» que ya no se nombra en la mesa. Lo que Ariès no llegó a ver es que el siglo XXI iba a reconstruir parte del andamiaje en el lugar más insospechado, la pantalla de un teléfono.
Hoy la noticia de un fallecimiento viaja por WhatsApp antes de que la funeraria haya impreso el primer recordatorio. Un mensaje en el grupo familiar, redactado con esa mezcla de urgencia y pudor que impone la ocasión, sustituye a la cadena de llamadas que antaño ocupaba toda una tarde. En cuestión de minutos, la información se ramifica hacia grupos de antiguos compañeros de trabajo, de vecinos, de amigos del instituto que llevaban años sin escribirse. El doble check azul se ha convertido en el acuse de recibo del duelo contemporáneo, y con él ha llegado una nueva ansiedad —la de quien ve el mensaje y no sabe si responder de inmediato, esperar un tiempo prudencial o descolgar el teléfono como se hacía antes—. Surge entonces la pregunta inevitable de si resulta adecuado comunicar una muerte por estos canales, y la respuesta, como casi todo en materia de duelo, depende del grado de cercanía y del contexto. Para el círculo más íntimo sigue siendo recomendable la llamada o el mensaje personal, mientras que para entornos más amplios un aviso en un grupo o una publicación puede ser práctico y respetuoso si se cuida el tono. Lo esencial es transmitir la información necesaria y facilitar que quienes deseen acompañar a la familia sepan cómo hacerlo, indicando el lugar y horario de la ceremonia o señalando expresamente si se prefiere intimidad.
Algo parecido ocurre con el pésame. Quien recibe la noticia en el móvil suele responder por el mismo canal, y ahí el repertorio se vuelve resbaladizo. Entre el emoticono de manos juntas y el audio de tres minutos media un abismo de registros posibles, y la experiencia enseña que los mensajes breves, claros y empáticos siguen siendo los más adecuados. Expresiones como «lo siento mucho», «te acompaño en el sentimiento» o «estoy contigo en estos momentos» continúan plenamente vigentes, herederas directas del apretón de manos en la puerta del tanatorio, y funcionan mejor que las frases que restan importancia al dolor o que indagan en las circunstancias del fallecimiento, ese morbo de baja intensidad que ya retrató Jessica Mitford en The American Way of Death y Evelyn Waugh en Los seres queridos, sátiras ambas de una industria que convirtió el morir americano en un catálogo de opciones. La propia familia doliente afronta a su vez el reto de redactar el comunicado, la esquela digital que sustituye o complementa a la de papel, y no siempre encuentra las palabras en el peor momento para buscarlas. Cada vez son más las funerarias que ofrecen orientación en esa tarea, ayudando a cuidar tanto el lenguaje como la privacidad y el respeto hacia quienes reciben el mensaje.
Las redes sociales han añadido otra capa al ecosistema. La publicación que anuncia una muerte en Facebook o Instagram funciona como una esquela abierta, sin la limitación de caracteres ni el coste por línea de los periódicos, y los comentarios que se acumulan debajo componen un libro de condolencias espontáneo y público. El fenómeno tiene sus luces y sus sombras. Permite que personas geográficamente dispersas participen en la despedida, y al mismo tiempo plantea dilemas inéditos sobre quién tiene derecho a anunciar qué, en qué orden deben enterarse los allegados o qué ocurre con el perfil del difunto, que puede permanecer activo durante años recibiendo felicitaciones automáticas de cumpleaños, fantasmas digitales que ni Brooker se atrevió a guionizar porque ya existen. Las propias plataformas han tenido que legislar sobre la muerte, creando figuras como los contactos de legado o las cuentas conmemorativas, un derecho funerario digital que se escribe sobre la marcha.
La pandemia aceleró todo esto de forma brutal. Cuando los velatorios quedaron prohibidos o restringidos a un puñado de asistentes, las funerarias improvisaron retransmisiones en streaming para que las familias pudieran despedirse a distancia. Lo que nació como un parche de emergencia se ha consolidado como servicio habitual, y hoy no resulta extraño que una ceremonia en Sevilla sea seguida en directo por un hijo emigrado en Berlín o una hermana que vive en Buenos Aires. La retransmisión no sustituye la presencia física, ningún directo reemplaza un abrazo, aunque facilita que más personas participen en la despedida y se sientan parte de ella. En After Life, la fábula que Hirokazu Kore-eda rodó en 1998, los muertos debían elegir un único recuerdo para habitarlo eternamente, y unos funcionarios celestiales se lo filmaban con medios de estudiante de cine. Aquella burocracia artesanal del más allá resulta hoy casi profética, porque también nuestros funcionarios terrenales del morir se han puesto a producir audiovisuales. Es una de las manifestaciones más visibles de los servicios funerarios adaptados a las nuevas necesidades, modelos más flexibles pensados para una realidad demográfica que ya no cabe en el mapa de la comarca.
Porque la transformación digital no afecta solo a la comunicación entre familiares. También ha introducido nuevas formas de gestionar avisos, coordinar ceremonias, compartir información con los allegados o facilitar la participación a distancia, y el sector, tradicionalmente conservador en sus formas, ha vivido en apenas un lustro un cambio comparable al que la banca o el comercio tardaron dos décadas en completar. Estas soluciones se han incorporado a los servicios de acompañamiento respetando siempre la voluntad de las familias y la privacidad del proceso, de modo que la tecnología actúe como apoyo y no como protagonista. La herramienta importa menos que el gesto al que sirve.
Al final de «Eulogy», Giamatti consigue por fin recordar el rostro de Carol y la contempla tocar el chelo en un recuerdo restaurado, con esa expresión a medio camino entre la pena y la gratitud que solo los grandes actores saben sostener. La tecnología no le devuelve a la muerta, le devuelve el duelo que se había negado durante cuarenta años. Quizá esa sea la lección que conviene rescatar de todo este asunto: que las pantallas no han cambiado el fondo del duelo, solo sus canales. Seguimos necesitando decirle a quien sufre que no está solo, y seguimos sin saber muy bien cómo hacerlo. Cambian los soportes y permanece el gesto, esa vieja obstinación humana de acompañarnos los unos a los otros cuando la muerte pasa lista. Las campanas ya no doblan, ahora vibran en el bolsillo, y siguen diciendo exactamente lo mismo.





