Pues este verano nos hemos quedado sin las tradicionales alarmas. No hemos tenido perros asesinos, motos de agua desbocadas, virus estomacales… Nada. Hasta los influentes estos han pasado unos meses de capa caída. No porque estuviesen de vacaciones, porque creo que esas personas están todo el rato con el teléfono retransmitiendo lo que sea que hagan, que no lo sé, reconozco que estoy muy desconectada de las políticas económicas de los chavales que ingresan dinero por redes sociales. Por cierto, he visto estas vacaciones, porque han salido hasta en las teles que van de indignadas, a un par de estos tipos ¿influyentes? Primero, el contenido (¿contenido?) que difunden es para darles un pescozón, como mínimo, y lo que no entendí es por qué hay gente que los sigue. Porque no son nada agraciados, visten horrible, salen en un entorno que debe ser su casa, o quizá, en homenaje involuntario, el piso de Vázquez en 13, Rue del Percebe, pero, insisto, sin saber ellos nada de eso. Total, que los pobres hijos aparecen, retrepados en sus asientos gaming, a decir burradas sexistas, xenófobas, etc., ya más viejas que el hilo negro, y yo me imagino a sus cien mil o cientos de millones de «seguidores», pues con la sesera y lo demás un poco como ellos, ¿no? Ahora, no me pregunten por las muchachas, que no tengo ni idea. No quiero tener. Es todo, a grandes rasgos, un auténtico horror.
¿Recuerdan el juego de los lemmings? No me refiero a esas ratas que viven en Alaska y otras zonas del Ártico. No, no se me alboroten ya. Cuando vi en la tele el salto de la valla (o lo que tengan esas personas ahí, no sé si será una valla o una goma con la que juegan las chicas) y el asalto de las fronteras marítimas, aquellas imágenes me retrotrajeron al año 1992, a mi heroico 386 de Intel, y un juego que venía en disquete y que se llamaba así. Y lo habían titulado, precisamente, por esas ratas y una historia Disney bastante truculenta, tanto que durante bastante tiempo yo creí, y mucha gente más, que era un camelo. Pero no, lo verdaderamente grave es que en parte del documental In The White Wilderness habían utilizado a estas ratas en una cierta cantidad (veinticinco centavos les daban a los críos por entregarlas), y los documentalistas habían montado un escenario, todo artificial, supuestamente al borde del mar, que no era tal, sino un río en Canadá. Y por esas rampas de corchopán empujaban a las ratas y las hacían tirarse al agua, y la gran mayoría salía nadando —los roedores son grandes nadadores—, pero otras se ahogaban. ¿Y para qué? Para dar realismo a una improbable tesis sobre el comportamiento de los lemmings: cuando se eleva su número, son capaces de adentrarse en la taiga, llegar hasta el mar y suicidarse. ¿Qué les parece? Bueno, pues hasta les dieron un Óscar y el Oso de Oro de Berlín, en 1959. Esto se destapó en los años ochenta por un documental, y no fue hasta hace unos años que yo descubrí esta historia, cuando la productora DreamWorks hizo una parodia del documental Disney (aquellas películas que veíamos aquí dobladas en castellano neutro), esta vez con pingüinos, por la película Madagascar.
Pues eso, y perdonen la digresión, el fenómeno que ha arrasado este verano —y que, con toda probabilidad, se quedará con nosotros sine die— es el de los lemmings sudafricanos invasores. Las imágenes de la invasión pacífica, movimiento de masas sin control en ¿la frontera?, enorme cantidad de personas entrando como Pedro por su casa, etc., invéntense ustedes lo que más les guste, me recordaron a los lemmings del juego. Porque en este aparecía uno en pantalla, y enseguida aparecía otro, y otro, hasta ser una masa amorfa, que se extendía por el diseño del escenario, bastante parco, por cierto. Y tu objetivo era salvar a la mayoría, evitar que se despeñaran y desapareciesen. Como en el documental, también se ahogaron unos cuantos.
Claro que, para visión trastornada, turbia, liosa… la del 30 y la del 31 de julio en Ceuta. Mira que hemos visto barbaridades, la verdad, pero esto, y en directo, no. Y todavía menos dentro de nuestras fronteras. Fue algo hipnótico, contemplar a aquella multitud surgiendo del agua, la mayoría vestidos con trajes de neopreno y un móvil a modo de colgante, cuidadosamente envuelto en esas bolsas estancas que venden para la playa. Me vinieron a la cabeza muchos cuadros e imágenes de películas, sobre todo de catástrofes y zombis, y en un momento pensé: «Ya está aquí el armagedón», pero me vi un poco decepcionada, la verdad. Por un lado, imaginé que el fin del mundo debería ser un poco así, cutre y malrollero, pero después, cuando empezaron a salir nuestros dirigentes a hablar, ya se me pasó la ilusión. Es que cualquiera no se desilusiona con estos líderes. Uno, que se fue a esconder en su superresidencia en las Canarias, otros que salieron a decir… pues un poco como los influentes, balbuceando incoherencias. Por cierto, el que no ha salido, ni siquiera a balbucear nada, es el ministro de Cultura, a decir datos, información, sobre el robo del tesoro de Villena, y yo suscribo la tesis de Lucía Etxebarria, que le han debido secuestrar también. Porque si no, no entiendo nada, una de las joyas más importantes de nuestro patrimonio, y que nadie, salvo los periodistas, nos haya dicho algo.
¡Bueno! Algo sí se ha repetido, y con mayor virulencia si cabe: el fuego que ha arrasado grandes hectáreas de campo, esa entelequia que solo vemos cuando pasa una desgracia como esta. El campo, esa propiedad de grandes apellidos, y ahora también de grandes fondos de inversión. Imágenes sobrecogedoras, la tele emitía cuadros como El infierno, de Henri de Bles, o de Pieter Brueghel el Viejo, pero no salía ninguno como La llamada, de Remedios Varo, en el que podemos ver a una mujer envuelta —suponemos— en llamas, caminando por un tenebroso pasadizo, con las armas de la ciencia y lo sagrado en su cuerpo. Eso es lo que falta, en todos los lugares de este país, en todas las pantallas, en móviles o en las cabezas, nos faltan instrucción y palabras irrenunciables.






