
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #56 «Metamorfosis», muy pronto disponible aquí.
Qué bueno era tu abuelo, me decía todo el mundo en su velatorio, y de cuanto allí se dijo eso es lo que se me ha quedado. La persona más buena que he conocido acababa de morir y los demás parecían haberse puesto de acuerdo en recordármelo. ¿Qué otra cosa iban a decir si no había verdad más grande? De mí me gustaría que quedara algo así, aunque vergüenza me da escribirlo y tener que girar la vista para ver cómo llevo el asunto de vivir, con mis tremendas mezquindades haciendo vida normal aquí dentro. De poco sirve escribir sobre el amor y el cuidado de los demás si luego se es un mierda y para la siguiente cagada ya tendrá uno preparada su imprecisa justificación. Quien la haya sufrido recordará su propia versión, de seguro menos compleja y más acertada.
De la muerte sabemos que llega y mucha gente prefiere no abundar, que para cuatro días aquí tampoco es cosa de pasarlos mirando dónde está la salida. Pienso en mi abuelo cuando intento aclararme con ella, en mi padre, en mis abuelas, en mi madre, en los animales que he querido. Algo en lo que podemos llegar a un consenso sobre la muerte es que deja de ser una cuestión filosófica en cuanto viene a hacerle un traje a otra persona y te toma ya de paso a ti la medida (esta frase es mejor que el resto de lo que leeréis aquí porque se la he copiado a Tomas Tranströmer). ¿Dónde se supone que hay que poner el amor que les tenías? Tú sigues queriendo pero habrá que ir a trabajar porque el capital es insaciable y encima estar pendiente de comprar papel higiénico, porque ni ante semejante pérdida acepta tu culo suspender sus actividades.
Poca ayuda presta aquí el materialismo por mucho que lo quieras profesar. Comprendemos que un cuerpo deje de funcionar y vuelva a formar parte del ciclo sin fin de reutilización molecular, pero darle una forma asumible a la ausencia de quien vestía ese cuerpo ya es otra movida. ¿Hemos de aprender a despedirnos de alguien para después palmar nosotres y que todo dé igual? Menuda ocurrencia esto de estar vivos. Aun así seguimos cogiéndonos cariño e intentando pasar este insignificante ratito en medio de la eternidad juntos. Sobre ese ratito quiero hablar, también sobre lo que sucede cuando vivir duele de manera insoportable y alguien intenta explicarlo. Qué pronto se nos acaba ahí la disposición a escuchar y veréis qué rápido lo silencia el algoritmo.
En el mes de septiembre, que como todos los meses acabados en -bre es un mes maravilloso, se invita a hablar de ello. Es el mes dedicado a la prevención del suicidio y de agradecer es que hayamos ido sacando del tabú la conversación. Romper ese silencio y facilitar que alguien pida ayuda es parte del propósito y bienvenido sea, aunque habrá que explicar también que parte de las soluciones pasan por tocar el dinero de alguien, que hasta ahí suele llegarnos la empatía. Porque preguntas qué le pasa a una persona y te cuenta que lleva meses calculando cuánto tardarán en echarla de casa, cuánto del sueldo le queda para comer tras sacrificar el resto en el altar del rentismo y ya no le quedan ganas para añadir que entre trabajar y recuperarse lo suficiente para volver al trabajo está viendo pasar una vida de la que apenas participa. Los problemas económicos están entre los factores de riesgo del suicidio, y claro que figuran también enfermedades, pérdidas y circunstancias que ninguna explicación única puede aterrizar. Pero me enfurece la facilidad con la que esa complejidad acaba convertida en una responsabilidad individual. Aprende a tolerar la incertidumbre, aprende resiliencia, aprende a gestionar tus emociones. Quizá podríamos gestionar también los precios de la vivienda. No sé, se me ocurre, llamadme izquierdista radical si queréis.
De quienes defienden semejante organización de la vida y después nos conminan a conservar las ganas de vivirla alguna coherencia cabría exigir. O acabamos con el turbocapitalismo o nos dejáis suicidarnos en paz, todo a la vez no se puede. A ver cómo explican que tan sagrada sea nuestra existencia y tan poco el tiempo que nos permiten disfrutarla, que haya que protegernos de nuestros pensamientos mientras del rentista que nos está jodiendo la vida nos protege su buena voluntad, si la tiene, y si no pues haber estudiado para heredar pisos. ¿Qué prevención estamos dispuestos a practicar cuando afecta a la cuenta de resultados? Habrá sufrimientos que con dinero sigan siendo insoportables, pero a quien se despierta pensando en una deuda podríamos empezar por quitarle la deuda y dejar para después la exploración de su gratitud hacia el universo.
Pero pongamos que incluso sin tener en cuenta esas cosas tan sucias y tan poco espirituales que el sistema se niega a arreglar siga doliendo vivir, doliendo mucho, de manera persistente. Pensé en esto tras escuchar a James Hetfield hablar durante la interpretación de «Fade to Black» en un concierto de que si acariciamos la idea de matarnos pidamos ayuda, que no estamos solos. El bueno de papa Het describe el suicidio como una solución definitiva a un problema temporal, y de su buena intención no me cabe duda. Él mismo ha contado que puede sentirse inseguro e inútil mientras está sobre el escenario viviendo aquello con lo que soñaba, así que sabe de qué habla cuando se acerca a quienes están abajo y les dice que también conoce la oscuridad. Es de agradecer esa cercanía, la posibilidad de que alguien, entre tanto desconocido con una camiseta negra, escuche por fin algo que le permita contar lo que le devora por dentro. Pero sobre lo de temporal, James, habría que hablar un rato.
Porque temporal es también nuestra vida y tampoco por eso nos parece que dure poco cuando estás en un pozo donde percibes que cada segundo es una hora y cada hora es un día y el día de mañana estarás tan hundido como el día de hoy. ¿Cuánto tiene que durar un problema para que dejemos de tranquilizar a quien lo sufre diciéndole que ya pasará? «También esto pasará». Claro que pasará, y luego llegará otra mierda igual de grande o más, e incluso es posible que se junten varias a la vez. Ah, esto no te lo dice tu librito. Hay crisis que remiten y formas persistentes de depresión cuyos síntomas duran años, con las que se puede seguir trabajando, ver a tus amigos, cuidar de tus seres queridos, enamorarse incluso, hacer cosas que desde fuera parecen incompatibles con estar deseando irte a la cama y no despertar. Que puedan tratarse y mejorar importa tanto como reconocer el tiempo que una persona lleva intentando conseguirlo, porque de ese tiempo está hecha su vida y mientras espera también la va gastando. A quien acumula años de sufrimiento cuánto más habrá que pedirle que aguante, digo yo. Y yo, como tú, he pasado gran parte de mi vida pensando en mi propia muerte. Atiende un momentito, que vamos a hablarlo.
Y entonces no hablamos, y lo hablamos con nosotros mismos y ya solo queremos que se calle un rato la cabeza, por favor, que deje de darle vueltas a lo mismo, de traer a este momento exacto aquello que viviste hace tanto a la vez que la culpa más reciente, aquel daño que hiciste y lo que tendrías que haber hecho, con qué entusiasmo trabaja la muy hija de puta cuando se trata de no dejarte vivir. Y tú dentro, porque adónde vas a ir si tu cabeza es un abismo fascinante al que estás intentando explicarle que ya valió, que te has enterado, mientras ella encuentra otra cosa que endosar en la cuenta de pendientes. Pensar en desaparecer es la anestesia dentro de ese mismo pensamiento del que cuesta tanto salir. Nietzsche decía que la idea del suicidio es un consuelo para las malas noches y es perfectamente sensato entender la sensación de tener todavía alguna autoridad sobre lo que sucede, aunque al intentar explicarla empiece todo a enredarse otra vez. ¿Quién está decidiendo qué, exactamente? Sobre nuestros mismos hombros está esa cosa que puede utilizar cualquier recuerdo para herirnos y ahora resulta que ahí dentro podemos encontrar algo con lo que gobernar serenamente la existencia fantaseando con su fin. Pensar que puedes matarte cuando quieras puede servir precisamente para no matarte hoy, porque hasta en el peor momento queda esa última decisión que todavía sientes como tuya, y puedes llegar a seguir viviendo agarrado a la certeza de que también podrías dejar de hacerlo pues saber que existe una salida es un extraño néctar cuando nada te sabe a nada. De semejante descojono participa el hombre de Cioran que se ahoga agarrado a la idea del naufragio y qué bien que alguien que supiera decir las cosas lo hiciera, porque quienes no sabemos nos reconocemos en esa confusión y porque al contarlo ya estamos pensando en quienes van a leerlo, en si habrá que explicarles también que entre estas vueltas sigue habiendo hambre y sed y ganas de jugar y de follar y de caminar y cantar y luchar, que puedes reírte a carcajadas de la mayor majadería y al rato volver a estar metido hasta el cuello en el mismo infierno. Cada chiste que hago sobre matarme es una bala que esquivo y al final es también un espectáculo más y soy consciente de lo que escribo y me observo escribir, pendiente de si le estoy dando una forma hermosa, menudo asco de ego, hasta aquí tiene que venir a meter mano. En «Lady Lazarus» se amontona el público de Sylvia Plath comiendo cacahuetes ante el cuerpo expuesto, y casi se oyen las cáscaras mientras intentamos decir algo que no sabemos cómo decir. Acérquense, que se vea bien dónde está la herida, tampoco vamos a estar toda la tarde esperando a que este señor encuentre las palabras. ¿Quieres contarlo o quieres que te quieran después de haberlo contado? Las dos cosas, joder, y además conservar alguna intimidad, aunque resulte difícil con tanto dedo separando los bordes para comprobar si era tan honda como decías. Uno de esos dedos es nuestro. Seguimos explicándonos, corrigiendo lo que acabamos de decir, mientras alguien empieza a hablar de la gente que lo pasa peor y otra persona pregunta si de tanto pensar en matarte has pensado también en tus seres queridos.
Pues claro que pensamos en los seres queridos. Yo hasta he pensado siempre en mis gatas, que a ver cómo se le explica a una gata que has desaparecido porque estabas atravesando un conflicto con la existencia. ¿Y si cree que la he abandonado? En semejante cosa puedes quedarte atascado después de dar por agotadas tus relaciones con el universo, pendiente de un animal que te buscaría sin entender qué coño ha pasado. Wisława Szymborska cuenta algo así en «Un gato en un piso vacío», donde siguen estando los muebles y alguien pone la comida, pero los pasos que se oyen son otros y la mano también es otra, y el gato espera que vuelva quien falta para hacerle saber lo mal que se ha portado. Y ese alguien no va a volver. No sé tú, pero yo ahí me rompo. Tantos siglos de filosofía y existencialismo y el problema de la libertad y negarle a los dioses su derecho a disponer de nuestros destinos y al final lo que no consigo resolver es qué entendería un bicho de mi ausencia. Y también piensas en el estropicio, en quién va a limpiar toda esa sangre según cómo lo hagas. En la persona que tenga que rascar tus restos del frontal de un autobús, qué derecho tienes a hacerle eso. Y a veces aguantas viviendo para no apagarle una luz a la persona que te regaló algo de luz a ti. Bastante tiene cada cual con su vida como para que encima le encasqueten la obligación de sostener otra, y qué mierda de agradecimiento sería ese que acaba convirtiendo en una condena haberte querido. Y todavía viene alguien a descubrirnos que existen los demás, a preguntarte si has pensado en ellos, con la palabra «egoísta» ya calentita en la boca. De lo mucho que pueden ocupar los otros una cabeza que está pensando en matarse poco sabe esa pregunta, de las vueltas que se le da, de la preocupación que puede llegar a retorcerse hasta hacerte creer que les iría mejor sin ti. También esa mentira es capaz de fabricar la muy hija de puta, y tú dentro intentando aclararte mientras desde fuera te explican que al pensar en la muerte solo piensas en ti.
Y aun pensando en todos ellos queda por saber hasta dónde les pertenece esa vida que llaman tuya cuando toca hacerte responsable de lo que te ocurre, pero sobre la que de pronto tiene derechos todo el mundo en cuanto preguntas si estás obligado a soportarla bajo cualquier circunstancia. ¿Cuánto sufrimiento puede exigirse a alguien en nombre del cariño que le tenemos? A la vida ajena cuesta poco exigirle resistir cuando terminado el torpe intento de ánimo vuelves a la tuya, que no lleva años intentando desahuciarte. El suicidio quizá sea una tragedia pero vivir puede ser una tragedia aún mayor. ¿Qué estamos protegiendo entonces cuando convertimos la conservación de la vida en un mandato absoluto? El organismo continúa, aplicado y absurdo, ejerciendo sus funciones para un propietario que ya no puede más. Aparece aquí saludando cualquier debate sobre la eutanasia, la pregunta de si amar a alguien consiste en retenerlo aquí o si alguna vez toca respetar su voluntad cuando nuestro amor exige lo contrario. ¿Cuánto crédito concedemos a quien ya no soporta su dolor cuando su forma de acabarlo nos resultará insoportable? ¿Ha de seguir padeciendo un sufrimiento psíquico o emocional más insoportable que tus objeciones éticas solo porque algún día quizá el dolor pasará?
A lo mejor sí, a lo mejor hay que soportarlo un poco más, con un cierto pesimismo entusiasta. El pesimista entusiasta asume que todo es un desastre sin solución, pero que ya que estás aquí dedicará las pocas fuerzas de las que disponga al placer y a la belleza, disfrutando y ejerciendo. Con qué facilidad podemos darle la razón a Thomas Ligotti cuando en La conspiración contra la especie humana examina el sufrimiento de existir y los engaños con que procuramos soportarlo, y qué poco me dura la disposición a renunciar a una canción, a una pizza, a una hoja de roble azafranándose bajo la luz de otoño, al deseo de una carne contra otra carne. ¿Habrá que avergonzarse también de disfrutar mientras se piensa que este mundo es una puta mierda? Del placer que todavía podamos encontrar tampoco quisiera que nos privara la obligación de ser consecuentes, que para penitencias ya tenemos el resto. Por otra parte, te pones antinatalista y planteas si estamos haciendo bien al traer más gente a todo esto, al extraer por la fuerza del dulcísimo líquido amniótico del no ser a una criatura para arrojarla a la incertidumbre y el dolor de la vida. Después basta mirar a un bebé hermoso para que al nihilista se le descuajaringue el argumento. La alegría de que exista, esa alegría concreta, puede convivir con todas las objeciones que acabas de ponerle a la mismísima existencia, aunque te deje sintiéndote gilipollas y con ganas de que le vaya bien en un mundo del que llevas un ya demasiado largo rato hablando pestes. Vuelve aquí Sylvia Plath porque en «Morning Song» también hay una voz que se despierta para escuchar la respiración de un bebé, que se levanta torpemente al oírlo y atiende a sus primeros sonidos mientras amanece. Cuánta extrañeza cabe en ese amor, cuánto desconcierto. Y entretanto el pesimista, que tendría que estar lamentando otra incorporación al sufrimiento universal, desea que esa pequeña vida encuentre belleza.
Pero con todo podemos entender que ni con estas ayudas y anestesias perdemos el derecho a precipitar nuestro fin. A la muerte me gusta imaginarla cerca, desde antes incluso de que hubiera un yo al que pudiera ocurrírsele temerla, cuando de esta carne y de todas sus preocupaciones todavía no había noticia. Luego nacemos y vamos cargándonos de cosas, del daño que nos causaron y del mal que hicimos, de cuanto queremos, de lo perdido, lo que debimos hacer y no hicimos, de aquello que seguimos arrastrando porque a saber dónde se deja, o quizá simplemente nos tocó un cerebro que trae defecto de fábrica en el detallito de la química para el instinto de supervivencia, mientras ella viene a nuestro lado sin necesitar que le prestemos atención. No hay tanto mal en darte permiso para pensar que la muerte se acerca como una amiga que lleva un rato viéndote luchar con algo que apenas puedes sostener, que conoce el peso porque ha venido contigo durante todo el camino y sabe con qué esfuerzo lo has traído hasta aquí. Ya está bien, parece decir, puedes dejar de apretar los dientes. Y al aflojarlos descubres cuánto tiempo llevaban apretados, cuántas fuerzas se te van en seguir demostrando que todavía quedan fuerzas. A veces la imagino recogiendo despacio esa carga, evitando que se te venga encima cuando las manos empiezan a soltarla, con una delicadeza que convierte en incomprensible el miedo que otros le tienen. Yo llevaré esto, tú descansa. Del suicidio me conmueve que al final pueda cesar la exigencia, que se nos permita salir de la batalla sin tener que llamar derrota a lo que le sucede a todo lo vivo.
Y de lo que viene después nada sé, por mucho que a ratos me distraiga imaginando un lugar donde todavía puedan escucharse ciertas voces. Materialista intento ser, dialéctico cuando me alcanza, aunque con mis muertos se me desordena la teoría y enseguida estoy deseando que haya algo, siquiera un rincón donde mis abuelos y abuelas me esperen a mesa puesta, y los animales que he querido anden a sus cosas, sin enterarse de que su existencia plantea dificultades filosóficas. Pienso en mi padre y en lo que me gustaría haber sido, en la vergüenza de compararme con ese hijo que imagino que habría querido tener, aunque suya no sea esa exigencia y con la mía me baste para amargarme. También para procurar ser menos gilipollas, cuando consigo que el recuerdo me sirva para algo más que castigarme. De mi abuelo vuelvo a escuchar lo que decían en su velatorio. Qué bueno era tu abuelo. Y de aquel otro lugar, del que ninguna noticia tengo, me permito conservar una fantasía que no sé si dice mucho más de mis opiniones sobre el universo. Creo que si ese lugar no existiera a mi abuelo se lo construyeron.
Si necesitas ayuda
Si tienes pensamientos o ideaciones suicidas, puedes llamar al 024, Línea de Atención a la Conducta Suicida del Ministerio de Sanidad, un servicio gratuito, confidencial y disponible las 24 horas del día. También dispone de atención mediante chat. Puedes contactar asimismo con el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o escribir por WhatsApp al 666 640 665. Si existe una situación de emergencia o peligro inmediato, llama al 112.
Para niños y adolescentes, la Fundación ANAR ofrece atención en el 900 20 20 10.





