Arte y Letras Filosofía

A favor de la extinción: filosofía del antinatalismo (1)

Herencia, de Edvard Munch. po antinatalismo
Herencia, de Edvard Munch.

1. Introducción: ideas impopulares en las paredes del baño

Los hay que abogamos por la extinción de la humanidad. Y a mí qué, podría replicar usted. En efecto: y a usted qué. ¿A quién me dirijo? ¿A quienes quieren tener hijos y, en el mejor de los casos, descartan el antinatalismo como una excentricidad, o a quienes no quieren y, aun así, lo miran pensando que tampoco hay que exagerar? El antinatalismo, por cierto, es la corriente de pensamiento que defiende el cese, completo o parcial, de la procreación humana. Uno de sus paladines, el estadounidense Thomas Ligotti (1953–), me dijo en 2020 que «hoy por hoy, el antinatalismo se ocupa sobre todo de convencer a quienes ya están convencidos de sus beneficios y virtuosismo o de su propia postura filosófica. No entiendo por qué [los antinatalistas] no se dan cuenta» (T. Ligotti, comunicación personal, 31 de diciembre de 2020, traducción mía), y yo empiezo a entenderlo. No lo había pensado hasta ahora, pero quizá por eso escribo estas líneas: para darle a una idea impopular espacio fuera de los conversos, los herejes y los renegadores.

Y es que las ideas impopulares parecen, por rebeldes, aptas para desglosarse en un enunciado provocador, de esos que se encontrará usted garabateados en las paredes de cualquier baño público junto a grafitis, teléfonos y mensajes incitantes. El antinatalismo, sin embargo, da la impresión de carecer incluso de las consignas más básicas. Las hay, ojo. Solo que no son célebres. No seré yo quien lo remedie. Pero sí que me gustaría concederle una oportunidad a su corpus teórico. Porque existen muchos argumentos para abogar por la extinción de la humanidad, ¿sabe?, y van más allá de «¿por qué iba nadie a traer nueva vida a este mundo al borde del colapso?», e incluso aquellos que no gozan de más elaboración.

Yo le traigo aquí un pequeño índice de esos argumentos, aunque, antes de nada, permítame aclarar que, si se empeña, la taxonomía resultará arbitraria. Y por un buen motivo: todos ellos están relacionados. Es un ejercicio pobre (e infructuoso) concebirlos por separado. Un servidor ha hecho el esfuerzo por la claridad, esa que quizá permita que, al fin, vea usted garabateado en las paredes de cualquier aseo de estación: «Es mejor no haber nacido».

2. El argumento ontológico: Benatar y el menú de dos platos

Cuando se trata de existir, no hay muchas opciones: o existe usted o no existe. La carta no incluye degustación, aunque sí un maridaje de ansiedad por la apuesta: asegúrese de elegir bien, o le saldrá caro durante toda la vida, literalmente. Un filósofo sudafricano nos abrió los ojos a más de uno hace la friolera de veinte años: David Benatar (1966–), que en su obra Better Never to Have Been. The Harm of Coming into Existence (Mejor no haber nacido. El daño de venir a la existencia, 2006), dio un argumento que el que escribe considera incontestable, y no porque no se haya intentado. El argumento en cuestión es el que sigue.

filosofía del antinatalismo esquema

Benatar propone algo con lo que los antinatalistas estamos muy familiarizados, pero que, para el resto del mundo, no pasa, como mucho, de un rumor con vago interés. No lo digo en un sentido elitista, sino como denuncia de ostracismo. El primer paso del argumento es que la presencia de dolor es mala y la ausencia de dolor es buena. Hasta ahí bien, ¿no? Vale. El segundo es que la presencia de placer es buena. Todo correcto, imagino.

Pero aquí viene el girito: la ausencia de placer no es «mala», sino «no buena». Cuidado ahí. No es lo mismo que algo sea malo, entendido como perjudicial, que no sea bueno, entendido como beneficio activo. Que yo no sea millonario no es malo; simplemente, no es bueno. Pero no me lamento cada día por no ser millonario. Incluso quienes más padecimientos económicos viven no se levantan pensando en comprarse un yate, sino en tener lo suficiente para sobrevivir. En este caso:

  1. La presencia de dolor (ser pobre) es mala.
  2. La ausencia de dolor (no ser pobre) es buena.
  3. La presencia de placer (ser rico) es buena.
  4. La ausencia de placer (no ser rico) no es mala.

Porque ser rico no es lo mismo que ser pobre. Y he ahí la cuestión.

El argumento de que venir a la existencia siempre es un daño puede resumirse como sigue: las cosas buenas y las cosas malas les pasan solo a aquellos que existen. Sin embargo, hay una asimetría crucial entre las cosas buenas y las cosas malas. La ausencia de las cosas malas, como el dolor, es buena aunque no haya nadie para beneficiarse de ello, mientras que la ausencia de cosas buenas, tales como el placer, solo es mala si hay alguien privado de esas cosas buenas. La implicación de esto es que la evitación de lo malo mediante la no existencia es una ventaja real sobre la existencia, mientras que la pérdida de ciertos bienes por la no existencia no es una desventaja real sobre no existir. (Benatar, 2006, p. 14, traducción mía)

Traducido al ámbito pedestre: si usted existe, le ocurrirán cosas buenas y malas. Si no existe, no le ocurrirán cosas buenas ni cosas malas. En el primer caso, tiene la presencia de lo bueno (+) y la presencia de lo malo (-), mientras que en el segundo tiene la ausencia de lo bueno (neutro) y la ausencia de lo malo (+). Voy a ponerle un ejemplo: si usted pasa frente a un restaurante excelente y ve mesas vacías, no siente una pena activa (es decir, un dolor real, de presencia y contundencia) porque no haya gente ocupándolas. Sin embargo, si pasa frente a ese mismo restaurante y lo encuentra en llamas, sí sentirá un alivio porque no haya nadie allí para padecer ese incendio. Que nadie disfrute de la comida exquisita del lugar no es malo, pero que nadie perezca en el fuego es bueno.

Piénselo con la existencia. Si se encuentra frente a cualquiera de las maravillas que este mundo ofrece, como el Taj Mahal, las pirámides o el séptimo episodio de la cuarta temporada de Mad Men (2007-2015), no pensará: «Vaya, qué pena que no exista más gente en el mundo para verlo». Esa hipotética gente se pierde el placer, pero la ausencia de placer solo es mala si hay alguien para padecerla. En contraposición, la ausencia de dolor es buena aunque no haya nadie para experimentarla, como sería el caso de ver la décima temporada de The Walking Dead (2010-2022) y pensar: «Menos mal que no existe más gente para ver esto». Con la vida pasa igual. Puede lamentarse de no disfrutar las cosas buenas junto a la gente que conoce, pero no junto a la que no conoce. Así, antes de tener un chiquillo, ese chiquillo no existe, de manera que no es posible personalizar su presencia ni su ausencia.

Aquí surge un argumento natalista tan falaz como extendido. Pongamos por caso que tiene usted, qué le digo yo, un sobrino o una sobrina o une sobrine, y cualquiera de los progenitores le dice a usted: «¿No te daría pena que Fulanite no hubiera nacido?».

Peligro. Warning. Trampa.

La respuesta es: «No, no me daría pena, porque, de no haber nacido, yo no me habría perdido a Fulanite. Me habría perdido a un ente indeterminado cualquiera o, mejor dicho, no me habría perdido a nadie. De la misma manera en que yo, que no tengo hijos, no me estoy perdiendo a esos hijos. Esos hijos no existen. Darles una identidad es un argumento ex post facto, es decir, dado a posteriori con carácter retroactivo». Pero vamos, que es solo un poner.

Volviendo al tema, ya hemos delimitado que no existir tiene lo neutro y lo bueno, mientras que existir tiene lo bueno y lo malo. Para quien no existe, perderse lo bueno no importa, en tanto que no existe, pero perderse lo malo sí importa. Con una sencilla cuenta, se ve que venir a la existencia es siempre un perjuicio frente a la no existencia.

Aquí se podría argüir la idea vitalista de que, existiendo, lo bueno compensa a lo malo, o de que lo bueno no puede cuantificarse, o de no sé qué trascendencia. Ante esto, incluso si esa comparación entre lo bueno y lo malo fuera admisible, incluso si los placeres de la existencia pudieran compensar los dolores, deberíamos preguntarnos: ¿por qué? ¿Por qué íbamos a jugárnosla? ¿Por qué íbamos a traer a la existencia a alguien que no se está perdiendo nada, puesto que no existe, esperando que lo que goce y lo que padezca se compensen? Incluso si esa fuera una posibilidad real (que no lo es, como a continuación veremos), ¿con qué derecho apostamos con la vida de otro?

Dado que no hay ventajas reales respecto a no existir para aquellos que han sido traídos a la existencia, es difícil ver cómo podría justificarse el significativo riesgo de sufrir daños serios. Si contamos no solo los daños inusualmente severos que cualquiera puede padecer, sino también los rutinarios de la vida humana ordinaria, la cosa se pone aún peor para los alegres procreadores. Vemos que juegan a la ruleta rusa con un arma completamente cargada apuntando, por supuesto, no a sus propias cabezas, sino a la de su futura descendencia. (Benatar, 2006, p. 92, traducción mía)

Vamos con eso, pues: la idea de que, aunque venir a la existencia no represente ninguna ventaja, puede compensar, ya que hay placer y dolor, y ambos pueden igualarse o superarse, dependiendo de la vida de cada cual.

3. El argumento existencial: Vinding y las peras del olmo

Hay que decir que lo de pedirle peras al olmo es muy humano. Nos plantamos ante una pared de roca y sacamos agua a cabezazos. El esfuerzo es encomiable y Hollywood encarga un biopic protagonizado por James Franco (puestos a lo grotesco, lo llevamos al reparto). Todo bien, salvo una cosa: si no hubiéramos existido, no habríamos tenido sed, y habríamos dejado a la pobre pared en paz. Lo mismo con los zorros que acaban convertidos en abrigos, pero con el argumento planetario vamos luego.

Quiero decir que todos estamos medio de acuerdo en que el ser humano puede llegar a cotas fantásticas para superar sus problemas (algunos humanos y tirando a pocos problemas), pero, si nos preguntaran a cualquiera de nosotros, mejor no haberlos tenido. Y sí: ya conozco la idea de que los problemas nos curten y nos hacen más fuertes. Pero ser más fuertes o estar curtidos nos vale en un mundo en el que eso hace falta o tiene algún peso. Así pues, el argumento es más bien el contrario: cúrtete y endurécete o esta picadora de carne acabará contigo incluso antes de lo normal.

Pese a ello, los alegres procreadores tienen un bebé, porque Better Never to Have Been nunca se ha traducido al español o porque leyeron este artículo después de la consumación. La cosa es que siguen adelante, porque, dicen, el placer de la existencia puede compensar sus padecimientos e incluso superarlos, ¿verdad?

¿Verdad?

Entra: Magnus Vinding. Este autor ilustra la asimetría placer-dolor de la que hablaba Benatar con ejemplos poco menos que incontrovertibles, y nos muestra mediante una sencilla lógica que el dolor siempre supera al placer, no por empecinamiento pesimista, sino porque son constitutivamente diferentes.

Un solo evento puede provocar un dolor y sufrimiento intensos que duren toda la vida. Por ejemplo, una única caída puede resultar en dos piernas rotas y dolor crónico; un solo accidente de coche puede dar lugar a toda una vida de dolor, discapacidad física y trastorno de estrés postraumático; con solo pulsar un botón se puede dar lugar a millones de vidas atormentadas en el fuego y la radiación nuclear. Sin embargo, no se puede dar ni un solo ejemplo de lo contrario. Ningún suceso puede garantizar un placer intenso y duradero. (Vinding, 2020, pp. 26-27, traducción mía)

Esto muestra el estatuto ontológico que distingue al placer del dolor, y remite, subrayándola ahora con más precisión, a la idea de que la ausencia de placer no es buena, pero tampoco es mala para quien no existe, mientras que la ausencia de dolor sí que es buena en sí misma. Que yo no esté ahora mismo aquejado de una fiebre de cuarenta grados es bueno, pero que, teniendo una salud dentro de la media, no tenga una aún mejor no es malo. Eso se debe a que la enfermedad abarca mucho más terreno, lastra con mucho más peso y tira con mucha más fuerza que la salud.

La asimetría placer-dolor, ya ve usted. Esa que posibilita que «algunos estados sean tan malos que ninguna cantidad de beneficios pueda compensar siquiera un instante de su padecimiento. En contraste, parece altamente implausible que exista ningún bien que no pueda ser igualado por alguna cantidad de sufrimiento» (Vinding, 2020, pp. 21-22, traducción mía). Piénselo. Busque el momento más placentero de su vida y plantee un trato con el diablo: revivirlo a cambio de aguantar el sufrimiento que él elija. Ni lo intente. Ya deberíamos estar más que prevenidos respecto a hacer pactos con el diablo, aunque lo mismo da. La asimetría llega más allá de lo que nos gustaría. No hay ningún placer que no pueda superarse con alguna cantidad de sufrimiento.

La vivencia subjetiva del sufrimiento alcanza unas cotas que, respecto a nuestro estado basal, no son comparables ni cuantitativa ni cualitativamente con el placer que se nos ocurra. Tanto es así que ni siquiera tienen los mismos cánones de exigencia en lo que a acción se refiere.

Si estuviéramos en posesión de unas pastillas que pudieran aumentar hasta las cotas máximas la felicidad de aquellos que ya son felices, no habría urgencia alguna en distribuir esas pastillas, mientras que si una sola persona cayera al suelo sufriendo una agonía insoportable justo delante de nosotros, sí que sería urgente ayudarla. (Vinding, 2020, p. 32, traducción mía)

Ojalá llegue un momento en el que ocuparnos de maximizar el placer mundial sea nuestra principal ocupación, pero no vamos en esa dirección, ni parece que vayamos a enfilarla pronto. Hay muchos agujeros que tapar antes de eso, lo cual atestigua que «no nacer es sin duda la mejor fórmula que hay. Desgraciadamente no está al alcance de nadie» (Cioran, 2014, p. 219). Por tanto, de acuerdo con la visión expuesta relativa a la asimetría placer-dolor y al estatus ontológico privilegiado de los nonatos respecto a lo que se pierden y a lo que no, cabe afirmar que «tenemos sólidas razones morales para no traer vidas infelices a la existencia, mientras que no tenemos razones sólidas para traer vidas felices a la misma» (Vinding, 2020, p. 14, traducción mía). Es, si lo piensa, la trasposición a gran escala del ejemplo de las pastillas: si le garantizan que, de tener un hijo, sufrirá profundamente, mejor será que no lo haga, pero si le garantizan que, de tenerlo, será muy feliz, puede tenerlo o no, pero nada le conmina a ello, o, dicho de otra forma, no pasará nada si no lo hace.

Partiendo de aquí y retomando el abordaje ético de la procreación, resulta natural preguntarse: ¿es ético tener hijos?

4. El argumento ético: Cabrera y la hostia que te pegas

Habrá oído usted aquello de que el ser humano es un lobo para el ser humano. La noción se ha repetido tanto (también en las paredes de los baños públicos) que ha terminado por significar entre poco y nada. Pero la idea persiste, porque, además de sencilla, es evidente y empírica hasta la crueldad. No se trata, como a los moralistas les gustaría, de que en el ser humano haya una bola de oscuridad de la que hemos de renegar adjudicándole cualidades diabólicas o relativas a cualquier otro tipo de perdición. Tampoco, como a la mayoría de Occidente le tranquilizaría, de que el género humano se divida entre «buenos» y «malos», siendo estos los depredadores de aquellos.

No, es algo más sencillo: el ser humano ha inventado toda noción ética, y por supuesto cualquier código moral subyacente, derivado o análogo. Lo cierto es que en el mundo no hay ningún parámetro objetivo (es decir, que no pertenezca al ámbito fenomenológico del sujeto, sino que se constituya como objeto fuera de este) que nos permita delimitar un código de conducta cuya explicación última no estribe en el viejo: «Así lo hemos decidido». Y no me malinterprete: parece más o menos claro que, para que un número medio considerable de personas conviva, son necesarias ciertas pautas. También es comprensible (aunque no necesario) que, como a muchos seres humanos solo les importan las normas en la medida en que infringirlas vaya a suponerles un castigo, se hiciera útil elevarlas de la categoría «acuerdo» a la categoría de «mandato divino» (o metafísico, o kármico, o trascendental en cualquiera de sus acepciones). Pero dos cosas pueden ser verdad a la vez.

Dicho a las claras: es cuanto menos suponible que las normas morales de cualquier sociedad son susceptibles de romperse en estrepitoso detrimento de cualquiera de sus miembros o colectivos si las circunstancias son las adecuadas. ¿Por qué? Bueno, al que aquí escribe le gusta mucho un párrafo del difunto y poco llorado Sigmund Freud (1856-1939) que dice:

La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que solo osaría defenderse si se la atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la historia? (Freud, 2010, p. 110)

Pues eso me pregunto yo: que si ya saben cómo me pongo, pa’ qué me invitan. O lo que es lo mismo: si el mundo que habitamos tiene tal condición para los existentes humanos que nos aboca o facilita la tensión y el conflicto, cuando no directamente la agresión y el exterminio, ¿por qué iba nadie a arrancar a un ser de la dulce inexistencia para traerlo a esta cloaca? El filósofo argentino Julio Cabrera (1944-) ya se preguntó en su Crítica a la moral afirmativa. Una reflexión sobre nacimiento, muerte y valor de la vida (1996) por aquello de si era éticamente aceptable tener hijos. Y no en el sentido más coloquial y difundido de «Igual hay una catástrofe natural» o «Lo mismo hacen otro remake de The Office», sino en el puramente filosófico y moral:

Si la pregunta ética inicial es cómo vivir, se supone ya de antemano que vivir no tiene, en sí, problematizaciones morales, o que vivir es, per se, éticamente bueno, o que, por algún motivo que debería aclararse, la cuestión del bien/mal no se plantea para el ser, sino solo para los entes. (Cabrera, 2014, p. 27)

Esa es la cuestión: que, culturalmente, está prescrito que las decisiones morales sobre, por ejemplo, crianza, deben tomarse una vez que el chiquillo existe, pero en ningún sitio nos advierten que quizá las condiciones mismas de la existencia desaconsejan la procreación en beneficio, justamente, del nonato. Soy consciente de que «es difícil creer que hacemos algo malo trayendo gente nueva al mundo, prolongando la existencia de los que ya están aquí, o pensando que vale la pena vivir la vida» (Belshaw, 2012, p. 117, traducción mía), pero cualquier dificultad debería examinarse en profundidad antes de decidir por otra persona que aún no existe. Porque estas decisiones no tienen vuelta atrás. Uno no puede abrir la puerta de la existencia, otear, recibir una pulserita naranja y hacer turismo con un visado temporal por el mundo antes de decidir si se queda o no. Si a uno lo traen a la existencia, puede, por supuesto, eyectarse de la misma, pero eso ya supone una desviación respecto a la inercia de la situación en la que se nos coloca. Ninguno de nosotros elegimos vivir: lo eligieron por nosotros cuando ni siquiera éramos nada para consentir en ello o no. La responsabilidad moral (y lo dice un nihilista) corresponde a los progenitores. Cabrera habla (y yo mismo me he hecho eco de esta noción en varios lugares) de que a la existencia le es connatural un dolor estructural cuya condición misma nos impide operar de forma éticamente libre.

De la misma manera en que usted no esperaría que alguien que tiene una fractura abierta en el antebrazo y está sujeto a un dolor difícilmente descriptible fuese cordial y diplomático, no es de esperar que un ser existente se comporte de acuerdo con la moralidad del momento cuando está sujeto a un dolor estructural de carácter ontológico. Y cuidado: no pretendo aquí justificar tales o cuales acciones. Simplemente describo que existe una disonancia filosófica entre la naturaleza de la existencia humana y lo que los humanos, como especie, esperamos de nuestros congéneres.

Así, cuando se pregunta radicalmente si el propio ser es bueno, independientemente de las preguntas tradicionales acerca del cómo ser, o del buen ser, ahora se puede responder que el propio ser no es ni bueno ni malo, y se puede mostrar, a través de una ontología naturalizada, que el propio ser es doloroso, y que en la medida en que la intensidad del dolor puede inhabilitar éticamente, el propio ser puede inhabilitar éticamente, con independencia de cómo decidamos «serlo». (Cabrera, 2014, pp. 56-57)

Si se valida aquello de homo homini lupus (si a usted todavía le parece cuestionable, abra algún periódico y mire al azar cualquier sección, incluida la de deportes, y verá la hostia que se pega), se sigue que traer a un infante al mundo es situarlo o bien como presa o bien como depredador, o, lo que es más probable, como ambas cosas. Sufrirá a manos de estos y aquellos sufrirán a las suyas. ¿O acaso usted no ha sufrido a manos de nadie? Y ¿acaso nadie ha sufrido por su causa? Seamos serios.

Tuve la fortuna de entrevistar al propio Cabrera cuando preparaba mi tesis doctoral, y fue tan generoso como para atender mis preguntas y decirme:

La procreación no es inmoral tan solo porque arroja a alguien en un mundo lleno de sufrimientos, sino también porque se manipula al hacer nacer, y porque se crea un ser que será obligado a ser inmoral —en al menos uno de sus muchos escenarios de acción— para poder abrirse paso en el mundo. Y esto no ocurre porque se utilice un alto y muy riguroso patrón de moralidad, sino hablando del simple no perjudicar y no manipular. Así, se procrea inmoralmente y se generan nuevos seres inmorales (obligados a serlo). Yo creo que el movimiento antinatalista está obsesionado por el problema del sufrimiento y atiende mucho menos a la cuestión de la manipulación, la desconsideración y la inhabilitación moral. (J. Cabrera, comunicación personal, 21 de marzo de 2021)

Pues he aquí atención a la misma, y recupero para ello las palabras de Benatar: traer a un niño al mundo es inmoral (si es que alguien puede creerse aún que tales códigos tengan algún sentido) porque con cada vida que creamos jugamos a la ruleta rusa con el arma apuntando a la cabeza del recién nacido, no a la nuestra. Los progenitores traen a la vida a una persona, pero las consecuencias vivenciales de dicha vida las va a pagar quien la viva. Si no sabemos qué clase de vida va a tener, y más aún, sabiendo que la vida va a estar marcada por la asimetría placer/dolor y por la inhabilitación moral del dolor estructural, ¿con qué derecho nos arrogamos la decisión de crear a un nuevo ser humano?

Y por acabar en una nota prosocial en lo que a esta situación se refiere:

La alternativa, siguiendo a Schopenhauer, es una ética de la compasión entre condenados o prisioneros, una ética del aborto, el literal «separar del nacimiento», que solo es posible por falta de concepción misma. Una ética también, cabe decirlo, volcada a la defensa de la adopción como verdadero acto ético hacia la vida ya existente e inabortable. (Mantella, 2024, pp. 123-124)

Suponiendo que alguien base sus deseos existenciales, psicológicos o generativos en adquirir la condición de padre o madre (lo cual, como veremos más adelante, ya es problemático), no alcanzo a imaginar qué explicación hay para no adoptar a uno de los niños que ya existen. Las únicas que concibo son de naturaleza puramente egoísta, e incluso despreciativa: que quieren un hijo «que sea mío», que quieren «vivir la experiencia», que quieren esto, que quieren aquello. Pero ¿y lo que quieren los niños? Porque se supone que todo esto de perpetuar la raza humana es por los niños, ¿no es así? Si tantas ganas tiene usted de alzarse con el título de padre o madre, maldita sea: adopte a alguien que lo necesita, aunque no sea lo más cómodo para usted, en lugar de crear a alguien que no existía y que deberá enfrentarse a vaya a saber qué.

La próxima vez que piense usted en tener un hijo, considere que, según la Organización Mundial de la Salud, «cada año, 727 000 personas se quitan la vida y muchas más lo intentan. Todos los casos son tragedias para las familias, su entorno y todo el país, y dejan efectos duraderos para los allegados» (OMS, 2025), y que «a escala mundial, aproximadamente 332 millones de personas sufren depresión» (OMS, 2025). Y estas son solo un par de estadísticas de ejemplo. Eche un vistazo a las probabilidades de que el recién nacido sufra cualquier enfermedad terrible, cualquier discapacidad permanente, bullying o acoso, agresiones sexuales, etc., y pregúntese a continuación: dado que hay multitud de niños para adoptar y proteger de esas circunstancias, y dado que no existe ninguno más hasta que usted lo fabrique, ¿es éticamente defendible crear a más personas?

(Continúa aquí)

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19 comentarios

  1. QUIZÁSSIFUERAMÁSJOVEN

    Interesantisimo.. duro..da mucho que pensar. Lo primero que solo en el primer mundo y en ambientes en los que tenemos la subsistencia asegurada, nos paramos a reflexionar profundamente en esto. Me da la impresión que en Africa por ejemplo, las personas pueden maldecir la existencia que les ha tocado, pero no creo que renieguen de la Vida

    • Pedro Narcob

      La filosofía no afirmativa es el privilegio maldito de unos pocos, sean estos quienes sean, sí.
      ¡Muchas gracias por el comentario!

  2. Simplicísimo

    Antinatalismo: producto ideológico para una sociedad superpoblada, llena de pobres.

  3. El antinatalismo como postura vital no deja de ser una manifestación de egoísmo o miedo al dolor. Usando el mismo argumento, como traer una vida va a suponer también a los progenitores más dolor que placer (o más malo que neutro), es mejor no tener descendencia.
    Más que promover el antinatalismo, que nos llevaría a una extinción dura y dolorosa a largo plazo, deberían plantear un exterminio mundial colectivo.
    El antinatalismo no tiene consecuencias para el que lo defiende y práctica, las consecuencias son para los que queden en el futuro, pero tú vives tú vida bien y con menos dolor estadísticamente. Sociedad líquida, no quiere sufrimiento y solo importa uno mismo.
    Para minimizar el dolor individual y el de los demás, incluidos no natos, lo único éticamente aceptable sería una extinción controlada.

    • Pedro Narcob

      Discrepo con varios puntos de tu análisis, pero entiendo lo que dices y tiene sentido.
      Gracias por la lectura y por pasarte a comentar, Javier :).

    • Básicamente, esa es la idea de Ulrich Horstmann (en «El monstruo»). Puesto que el hombre es una criatura de maldad incorregible, lo mejor es abandonar todo esfuerzo humanista y promover la autodestrucción de los seres humanos. El monstruo es la esencia de lo humano, y los antinatalistas, los filósofos de la redención que buscan una extinción paulatina se estarían engañando a sí mismo —Horstmann se inscribe en una filosofía antropófuga antihumanista—.

      • Pedro Narcob

        Pues no conozco a Horstmann, Dylan, pero muchas gracias por traérmelo. Por lo que he visto en un rápido vistazo en internet, tiene pinta de que voy a lanzarme de cabeza a su lectura.

  4. Muy interesante, tema polémico muy bien abordado. Estoy enganchado al contenido de este autor.

  5. Razonamientos altamente provocadores que hacen pensar. De hecho, actualmente a nuestro alrededor habría algunos ejemplos clarísimos de «better never to have been».
    Había leído algo sobre esta corriente filosófica, pero aquí se hace una síntesis perfectamente ordenada de todo ello. Espero la segunda parte.

  6. Las argumentaciones pueden ser muy elegantes, pero a veces los hechos se interponen. Una forma de reformular esto sería la pregunta de si vale o no vale la pena vivir. El hecho es que el número de las personas que deciden suicidarse es muy inferior a la de los que deciden seguir viviendo. Incluso asumiendo que muchas veces se siga viviendo por sentido de la responsabilidad hacia otros, se podría hacer una encuesta y preguntar: ¿Usted preferiría no haber nacido?. Creo que ese sería el medidor que se aproximaría más a la verdad

    • Pedro Narcob

      Buenas, Rafa. Es curioso: exactamente de esta alegación que haces se ocupaba Benatar en ‘Better never to have been’, porque la preferencia ‘presentista’ en base al recuerdo narrativo y valorativo de la propia existencia no establece el valor de esa preferencia ni es indicativo de la realidad de la cuestión (ahí están los estudios sobre lo que en Psicología se llama «realismo depresivo», por ejemplo).
      «First, there is an inclination to recall positive rather than negative experiences. For example, when asked to recall events from throughout their lives, subjects in a number of studies listed a much greater number of positive than negative experiences. This selective recall distorts our judgement of how well our lives have gone so far. It is not only assessments of our past that are biased, but also our projections or expectations about the future. We tend to have an exaggerated view of how good things will be». (Benatar, 2006, 65).
      ¡Muchas gracias por el comentario!

  7. La alternativa más ética según mi opinión no es llevar a cabo una extinción voluntaria, una especie de mega suicidio colectivo. Para mí opinión, lo más etico sería luchar para que el objetivo colectivo fuese maximizar el placer de cada individuo. Pasar de objetivos económicos a objetivos biológicos. Es tan difícil de conseguir como el suicidio voluntario global. Eso sí, nos quedamos sin la oportunidad dramática de vestirnos todos con la misma bata blanca antes del suicidio, no se puede tener todo.

    • Pedro Narcob

      Hay también mucha bibliografía desde ese punto de vista, pero es cierto que la pérdida de llevar la misma bata blanca sería grave en sí mismo. Soplar y sorber…
      Muchas gracias por la lectura, Andrés :).

  8. Yo trabajo en un hospital, con pacientes con cáncer y enfermedades graves y la mayoría lucha por vivir a pesar del sufrimiento, cuando llega el final la mayoría recuerda las cosas buenas y casi todos los que tienen hijos consideran que es lo mejor que han hecho en sus vidas.
    Está claro que solo es una percepcion.
    Aunque el texto está tan bien escrito que casi me hace dudar.
    Un saludo

  9. Evitarle a alguien el madrugón eterno, es el mayor acto de amor. Pero hay esperanza: ya que tus padres perdieron a la ruleta rusa, al menos puedes disfrutar de Mad Men y tomarte un Old fashioned!

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