Ya lo veo Ciencias

No se resista

Fotografia de Rene Magritte pintando La clarividencia 1936
Fotografía de René Magritte pintando La clarividencia (1936)

Respecto a las tecnologías, soy lo que llaman ahora un early adopter, ya saben, esos que son los primeros en tener lo recién salido. Me gustan la tecnología y los cacharros, disfruto probándolos y, por deformación profesional, siento curiosidad por casi cualquier cosa que prometa hacer de una manera nueva algo que antes hacíamos de otra. Y, además, llevo dedicando buena parte de mi vida a desarrollar tecnología, así que difícilmente podría declararme sospechoso de hostilidad hacia ella. He dicho en bastantes ocasiones que algunas de mis mejores contribuciones a la ciencia han surgido del uso de nuevas herramientas para resolver problemas antes inalcanzables.

Y, sin embargo, haciendo memoria, veo que me he resistido a unas cuantas innovaciones que después terminaron formando parte de mi vida. La contradicción es solo aparente. Uno puede ser un entusiasta de la tecnología y, al mismo tiempo, desconfiar de algunas de sus aplicaciones. Es más, quizá quienes vivimos de cerca sus posibilidades sabemos también que cada avance trae consigo pérdidas, algunas evidentes y otras que descubrimos mucho tiempo después.

Recuerdo de estudiante la llegada de las calculadoras electrónicas. Aquellas Casio que empezaron a aparecer y despertaban fascinación, pero también sospechas. Si uno podía multiplicar, dividir o hacer una raíz cuadrada pulsando unas teclas, ¿qué ocurriría con nuestra capacidad de calcular, de la que tanto algunos presumíamos? La preocupación no era banal. Hoy probablemente calculamos mentalmente peor que nuestros abuelos. Nadie propone ya retirar las calculadoras de las escuelas. Perdimos algo, pero ganamos tiempo y atención para problemas que merecían más la pena que una división de seis cifras.

Después llegaron los ordenadores. Yo todavía escribí artículos a máquina, y durante mucho tiempo los corregí a mano sobre el papel. Hoy resulta difícil explicar a un joven lo que significaba mover un párrafo cuando el manuscrito existía solo sobre el papel. También programé en Fortran y usé tarjetas perforadas. Puede parecer increíble, pero hacer correr un programa con un par de bucles llevaba semanas: perforar, entregar las tarjetas, esperar a que el ordenador compilara, recoger el listado de errores y empezar otra vez. Todo eso suena ahora a arqueología.

Hubo una revolución a la que no recuerdo haberme resistido ni un minuto: el correo electrónico. Lo adopté muy pronto, de los primeros, creo, y con gran entusiasmo. Eso sí, los correos importantes los imprimía y los guardaba archivados en una carpeta. Para alguien que trabajaba con personas en otros países, una carta de semanas se convertía de repente en un mensaje de segundos. Y era una novedad que no parecía quitarme nada que yo apreciara. Simplemente hacía extraordinariamente rápido algo que hasta entonces hacíamos muy despacio. Aunque es cierto que la letra pequeña llegó después. La correspondencia, que antes aparecía una vez al día con el cartero, comenzó a perseguirnos a todas horas. Una herramienta creada para ahorrar tiempo acabó devorando una buena parte de ese tiempo. Pero eso lo supimos luego.

Con el teléfono móvil me ocurrió lo contrario. Durante bastantes años me negué a tener uno. Me parecía invasivo. ¿Por qué debía estar permanentemente localizable? Veía a aquellas primeras personas hablando por la calle y creo recordar cierta superioridad moral. Yo no necesitaba aquello. No hace falta contar el final, claro: hoy lo uso para casi todo. El objeto que consideraba innecesario ha terminado convirtiéndose casi en una prótesis.

Observando esta pequeña historia personal encuentro un patrón. No nos resistimos necesariamente a lo nuevo. Nos resistimos a aquello que sentimos que viene a quitarnos algo que apreciamos o a lo que estamos acostumbrados. El correo electrónico no parecía quitarme nada, pero el móvil amenazaba mi derecho a no estar localizable, es decir, mi libertad e independencia. Y quizá esto ayude a entender la extraordinaria mezcla de fascinación y miedo que provoca ahora la inteligencia artificial. Porque parece venir a quitarnos algo bastante más importante y supuestamente único en nosotros: pensar. O, al menos, algunas de las actividades que habíamos asociado al pensamiento: escribir, resumir, argumentar, diseñar, diagnosticar o programar. ¿Qué va a pasar si todo esto lo hacen por mí?

Hay en algunas de las reacciones actuales a estos cambios un cierto eco ludita. Conviene recordar que los luditas no eran simplemente unos ignorantes que odiaban las máquinas. Comprendieron algo que los entusiastas de la Revolución Industrial preferían ignorar, una tecnología puede destruir oficios, modificar relaciones sociales y concentrar el poder. No estaban equivocados al percibir la amenaza; se equivocaron al elegir al enemigo. El problema no eran exactamente las máquinas, sino quién decidía cómo se utilizaban y quién se apropiaba de sus beneficios.

Prohibir las calculadoras no habría mejorado las matemáticas. Pretender que los estudiantes no usen inteligencia artificial tendrá tanto éxito como pudo tener prohibirles Internet. La cuestión no es cómo impedir que la utilicen. Es qué deberían seguir sabiendo hacer, aunque una máquina pueda hacerlo por ellos. Aunque hay que tener cuidado con las analogías. Resulta tranquilizador decir que también tuvimos miedo de la calculadora y de Internet y que al final todo salió razonablemente bien. Pero la inteligencia artificial puede ser distinta. O eso nos decimos siempre. Una calculadora ampliaba el cálculo. Un telescopio amplía el rango de visión. Internet amplió el acceso a la información. Las nuevas inteligencias artificiales entran en actividades que considerábamos propias de nuestra inteligencia. La máquina ya no se limita a ser herramienta, sino que empieza a participar en el proceso intelectual. Hasta ahora la tecnología, en buena medida, ampliaba nuestras posibilidades. Con la inteligencia artificial aparece la posibilidad de delegar capacidades cognitivas. Y delegar no es lo mismo que ampliar. Hay quizá una diferencia aún más profunda. Cada nueva tecnología no solo cambia lo que hacemos; acaba cambiando también lo que consideramos necesario saber hacer. Durante siglos, una buena memoria fue una cualidad intelectual esencial. La escritura empezó a hacerla menos necesaria, las bibliotecas ampliaron esa memoria e Internet convirtió en casi irrelevante recordar muchos datos que podemos recuperar en segundos.

Por supuesto, la inquietud viene de lejos. Sócrates, según contó Platón, desconfiaba de la escritura porque temía que debilitara la memoria. No deja de ser tranquilizador descubrir que algunas de nuestras angustias tecnológicas tienen más de dos mil años. Cada época cree que su técnica es la primera que amenaza el pensamiento. Casi nunca lo es. Lo nuevo, esta vez, es que la amenaza se parece al pensamiento mismo. La inteligencia artificial da un paso más. Ya no externalizamos solo la memoria o el cálculo. Empezamos a externalizar partes del razonamiento. Y eso obliga a preguntarnos dónde queremos colocar la frontera. Que algo pueda delegarse no significa que debamos delegarlo. ¿O sí? La pereza empuja a que otros piensen por nosotros, sobre todo si lo hacen mejor. Les confieso que llevo mucho tiempo aplicándome el dicho de que «cuando pienso, pierdo». Sí, en muchas ocasiones es mejor no pensar; en algunas cuestiones menores, incluso que piensen bien por nosotros. En las que importan, probablemente no.

Pero lo cierto es que, si utilizo un telescopio, sigo siendo yo quien mira, aunque sea a una pantalla. Si utilizo una calculadora, sigo siendo yo quien decide qué operación hacer. Si encargo a una máquina que lea veinte artículos, compare los argumentos, descubra las contradicciones y redacte las conclusiones, la frontera entre herramienta y colaborador se vuelve menos nítida. No me preocupa demasiado que una máquina escriba una carta mejor que yo. Me preocuparía llegar a un punto en que yo ya no supiera qué carta escribir. No me preocupa que un estudiante la use para entender una ecuación. Sí me preocuparía que obtuviera una respuesta impecable sin haber entendido nunca el problema.

Porque quizá hemos confundido el progreso con la eliminación de dificultades. No toda fricción es mala. Algunas dificultades que la tecnología eliminó eran perfectamente prescindibles: nadie se hizo más sabio por tardar una semana en recibir una carta o por mecanografiar tres veces un artículo. Pero otras forman parte del aprendizaje. Buscar una palabra, equivocarse en un cálculo, intentar ordenar un argumento o enfrentarse durante horas a un problema que no sale no son necesariamente ineficiencias. A veces son precisamente parte del mecanismo mediante el cual aprendemos. Si eliminamos toda la dificultad, podemos terminar eliminando también parte del aprendizaje.

En ciencia la cuestión es todavía más delicada. Una inteligencia artificial puede ayudarnos a encontrar una solución; nosotros tenemos que conservar la capacidad de reconocer cuándo esa solución es absurda o solo aparentemente correcta. Paradójicamente, cuanto más inteligentes sean las máquinas, más importante será que nosotros sepamos cosas. Porque solo quien sabe puede desconfiar con fundamento. Y quizá una de las capacidades intelectuales más valiosas del futuro no sea producir respuestas, que serán abundantes y baratas, sino saber formular buenas preguntas, reconocer las malas respuestas y, sobre todo, conservar el criterio.

Hay otra diferencia, la velocidad. Tuvimos décadas para acostumbrarnos a los ordenadores y años a Internet. La inteligencia artificial avanza de modo que nuestras instituciones educativas, profesionales y políticas parecen moverse a cámara lenta. Cuando terminamos de discutir una capacidad, la máquina ya ha adquirido otras tres. Por eso no basta con repetir que todas las revoluciones tecnológicas provocaron miedo y que al final todo salió bien. La historia no nos concede esa garantía. Aunque tampoco parece inteligente atrincherarse. En mi ignorancia, todo hay que decirlo, los agoreros que predicen que los modelos de inteligencia artificial van a destruirnos en pocos años me parecen algo chiflados o, quizá, demasiado necesitados de seguidores.

Volviendo a mi historia, después de unas cuantas décadas adoptando tecnologías, entusiasmándome con algunas y resistiéndome a otras, he aprendido una lección. Cuando aparece una herramienta extraordinariamente útil, la pregunta «¿deberíamos utilizarla?» suele tener una vida breve. Antes o después, la sociedad la contesta por nosotros. La pregunta importante es otra: ¿cómo usarla sin permitir que aquello que nos facilita termine debilitándonos? O: ¿qué capacidades, aunque podamos delegarlas, merece la pena conservar?

Ni entusiasmo infantil ni rechazo nostálgico. Usarla, explorarla, desconfiar de ella y comprobarla. Aprovechar lo que hace mejor que nosotros y decidir qué queremos seguir haciendo nosotros. No se resista. Pero tampoco se entregue.

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9 comentarios

  1. Los que somos de edad similar al profesor Artal os vemos muy bien representados en sus escritos y este no es u a excepción. Me gusta encontrármelo en estas páginas. gracias… y no me he resistido a leerle.

  2. A mi me pasaron cosas muy parecidas, pero si que me resisto con la IA. No puedo con ella. Veo que el autor es mas proclive a ella, probablemente yo ya soy demasiado viejo. De todas formas, gracias por compartir estas reflexiones.

  3. Recuerdo a mi padre, hace muchos años, parado en el pasillo de un hipermercado, mirando un bombo de detergente de ropa en polvo que traía dentro una calculadora de regalo, y decir: «Cuando era niño, no existian, recuerdo lo impresionante que fue poder usar una, y ahora la regalan con el detergente…»

  4. Si usted escribió este artículo delegándolo a la IA, mucho temo que me podría encontrar de frente a un problema cognitivo, que ya no es sólo humano de acuerdo al devenir cotidiano de esta historia tecnológica; exagerando diría que es un problema de jurisprudencia, de conflicto de intereses, pues sospecho que el significado de “chiflados” es harina de su molino y no de esta entidadd que se distingue por la prosa prolija y áulica como el resto del artículo. Incluir una vocablo de uso cotidiano me ha hecho sospechar. No me considero un “chiflado”, solo un lector omnívoro, obrero jubilado con una familia en la cual no hubo acontecimientos memorables aparte aquellos de nacer y morir. Si no es así le pido honestas disculpas de antemano. Mi problema con la IA comenzó a partir de su denominación, inteligencia, que me parece una aberración como llamar perro a un gato; por el resto reconozco que nos puede dar una valiosísima mano siempre y cuando no obtenga demasiado poder. Mi temor es por lo que leo de parte de personas autorizadas como usted, que me han informado que ha medida que se desarrolla mediante el uso, absorbe todo el conocimiento humano, entendiendo por conocimiento el universo ético, estético, moral, técnico, cultural, religioso, filosófico, esa discutida categoria que llamamos consciencia y etc. etc. He visto un documental en el cual narraban un hecho inquietante. En una empresa que había delegado todo su quehacer burocrático a una IA, hubo un directivo que comenzó a desconfiar de ella por el poder que estaba adquiriendo, e inició una campaña crítica en su contra, mas esta entidad, que tenia acceso al correo del contestario, descubrió que mantenía relaciones extra conyugales y lo usó como chantaje. La vi en Netflix, y no me parece que sea un mentidero esa empresa, pero en un primer momento pensé que era una patraña. No por nada ahora están tomando medidas para regular su uso. Excelente lectura. Mucha gracias, Estimado.

    • Pablo Artal

      Muchas gracias por su lectura y por explicar sus inquietudes. No considero «chiflados» a quienes desconfían de la inteligencia artificial. Yo mismo comparto varias de esas preocupaciones, de hecho, buena parte del artículo está dedicada a ellas. La expresión iba dirigida a quienes anuncian nuestra destrucción en pocos años. Aun así, comprendo que pueda resultar despectiva. Habría sido más preciso cuestionar esas predicciones sin calificar a las personas…

      En cuanto a su investigación sobre la autoría real del artículo, me temo que «chiflados» es una prueba circunstancial bastante débil… Todavía creo conservar cierta capacidad para mezclar registros, sin que una máquina tenga necesariamente la culpa. En cualquier caso, la responsabilidad de lo que firmo es mía, incluidos los adjetivos poco afortunados…

      Hay un punto que quisiera aclararle, el artículo no afirma que la IA adquiera consciencia por acumular conocimiento. Habla de nuestra creciente posibilidad de delegar tareas intelectuales y del riesgo de perder el criterio para valorar sus resultados.

      Creo que coincidimos en lo esencial, aprovechar esta tecnología sin entregarle nuestro criterio ni un poder sin control. Y para desconfiar con fundamento no hacen falta credenciales… Su comentario es muy bienvenido y no necesita disculparse por expresar sus reservas. Lo agradezco de veras.

      Un cordial saludo,
      Pablo Artal

  5. Me ha gustado la distinción entre ampliar nuestras capacidades y delegarlas. La frase sobre no saber qué carta escribir, aunque la máquina pueda redactarla perfectamente, resume muy bien el problema.

    Mi reserva está en que el artículo deja buena parte de la solución en manos del criterio individual. Podemos decidir cómo usamos la IA, pero cada vez tendremos menos capacidad para decidir cómo la utilizan con nosotros una empresa, un banco o una administración. Ahí la recomendación de «no entregarse» necesita algo más que voluntad personal.

    En cualquier caso, se agradece una reflexión que parte de la experiencia y admite contradicciones. Me habría interesado que desarrollara más esa dimensión colectiva, qué decisiones no deberíamos delegar como sociedad, aunque hacerlo resulte cómodo y barato.

  6. Guillermo Guevara Pardo

    !EXCELENTE ARTÍCULO! Así, con mayúsculas. Es el más sensato que hasta ahora he leído. Tanto que lo llevaré como lectura obligatoria a una discusión entre copartidarios sobre la IA. Muchas gracias doctor Artal por toda la luz que aporta su escrito.

  7. He leído con gusto el artículo. No es frecuente encontrar a alguien que se declare early adopter y, a la vez, recuerde sin pose lo que cada aparato le quitó: el cálculo mental, el derecho a no estar localizable, el tiempo que el correo electrónico prometió devolver y luego se comió.

    Me quedo con dos frases que voy a citar mal a propósito, para no perderlas. que delegar no es lo mismo que ampliar, y que cuanto más inteligentes sean las máquinas, más importante será que nosotros sepamos cosas. La primera corrige el entusiasmo fácil; la segunda, el miedo fácil.

    Solo un matiz amable. El telescopio y la calculadora dejan intacta la pregunta (“¿adónde miro?”, “¿qué opero?”). La IA a veces la formula ella. Quizá la frontera que el autor pide conservar no esté solo en “seguir sabiendo hacer”, sino en seguir siendo quien plantea el problema. El propio texto ya lo intuye cuando distingue entender una ecuación de obtener una respuesta impecable.

    Y gracias por no pedirnos ni entusiasmo infantil ni rechazo nostálgico.

  8. El WhatsApp es un punto de corte. Habrá otros, para otras personas, pero ese desde luego lo vemos.

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