
Dos loterías en una persona
Cuando tenía veinte años medía 164 centímetros, lo que me colocaba en torno al 10% inferior de la población. Era bajito, y la estatura baja no es una anécdota: los hombres más bajos ganan menos y ocupan menos puestos cualificados, y tienen menos probabilidades de emparejarse.
En cambio, en la escuela las cosas me salieron bien sin que tuviera que esforzarme demasiado. Hice una carrera de ingeniería de seis años, después un doctorado y un posdoctorado en Estados Unidos, y no recuerdo haber renunciado a un fin de semana ni haber faltado mucho a los bares. Tuve compañeros que estudiaban más que yo y sacaban peores notas. Por otro lado, nací en un ambiente hipercultural y con un cerebro al que estudiar le costaba poco, y es difícil separar esos dos factores. Perdí una lotería y gané dos, y no elegí ninguna.
Kathryn Paige Harden, psicóloga y genetista de la conducta en la Universidad de Texas, que se declara de izquierdas, ha reunido en La lotería genética (2021; Deusto, 2022) muchas de las pruebas que usaré, y sostiene algo que incomoda a muchos de sus colegas políticos: que tomarse en serio los genes refuerza el argumento igualitario.
La mitad que falta: de los gemelos a los índices poligénicos
Los estudios de gemelos dicen que el 80% de las diferencias de estatura entre personas de una misma población se deben a diferencias en sus genes. Pero nadie tiene «el gen de la estatura». Lo que hay son miles de posiciones del genoma en las que la gente difiere por una sola letra, y en cada una de ellas una de las dos versiones añade, de media, una porción minúscula: algo así como un milímetro. Con una lista de esas posiciones se puede puntuar a cualquier persona. Se cuentan las versiones «altas» que lleva, se pondera cada una por su peso y se suma. Ese número es un índice poligénico. Shawn Bradley, un pívot de 2,29 metros que jugó en la NBA, se prestó a que le calcularan el suyo con 2.910 variantes, y quedó 4,2 desviaciones típicas por encima de la media, más alto que 99.999 personas de cada 100.000. Bradley no tiene ningún gen extraordinario; tiene, por puro azar, muchas más versiones «altas» de lo normal, como quien saca cara diecisiete veces seguidas.
El mayor estudio hecho hasta ahora, con el genoma de 5,4 millones de personas (Yengo y colaboradores, Nature, 2022), encontró 12.111 variantes que explican entre el 40 y el 45% de la varianza de la estatura en personas de ascendencia europea. Es casi todo lo que pueden explicar las variantes comunes, las que lleva más de un 1% de la población. Queda un hueco hasta el 80% que indican los gemelos, y para el carácter estatura sabemos que se cierra en buena parte con variantes raras, las que los chips no leen y solo aparecen al secuenciar el genoma entero. El hueco se debe a lo que los métodos no alcanzan a leer, y no a que los genes influyan menos de lo que parecía. Aun así, las predicciones individuales fallan por varios centímetros: dos personas con índices muy distintos pueden medir lo mismo. Y esto ocurre con un rasgo como la estatura, en el que la influencia genética es enorme y nadie la discute.
Una heredabilidad del 80% tampoco impidió que los hombres españoles nacidos en 1959, que es mi año, midan de media unos cinco centímetros menos que sus hijos, sin que haya cambiado nada en sus genes. Bastaron la comida y la sanidad. Mi hijo mide cerca de 1,70: seis centímetros más que yo, y todavía por debajo de la media de los de su edad. Las dos cosas son verdad a la vez y las dos son compatibles con la misma genética. Heredó mis variantes (y las de su madre) y creció en un país mejor alimentado. Que un carácter sea muy heredable no significa que no pueda cambiar.
Con la educación el procedimiento es más delicado, porque las variantes pesan aún menos. Aun así, los índices que miden el número de años de estudio captan hoy entre el 10 y el 1% de la varianza. La cifra puede parecer pequeña hasta que se la compara con otra: la renta familiar explica el 11 % de las diferencias en años de estudio, y nadie duda de que la renta pesa. Si se ordena a los jóvenes de Estados Unidos por la renta de sus padres, los del cuarto más rico terminan la universidad cuatro veces más que los del más pobre; si se los ordena por un índice construido solo con su ADN, la brecha es la misma, de cuatro a uno. La primera cifra produce indignación; la segunda, un silencio incómodo.
Lo que la genética humana enseña sobre el ambiente
Antes de nacer ya hemos jugado a la lotería. En la meiosis cada uno de los padres reparte al azar la mitad de sus cromosomas, y la combinación que llega a un hijo es una entre unos setenta billones posibles por pareja, sin contar la recombinación, que hace la cifra incontable. Nadie compra ese billete; le toca. Y de ahí sale una herramienta que la sociología no tiene. Dos hermanos comparten la casa, el barrio, el colegio y los padres, pero cada uno recibió su mitad de genes en un sorteo distinto, así que las diferencias entre ellos no pueden deberse a nada de lo que comparten. Comparar hermanos es un ensayo aleatorizado hecho por la naturaleza.
Cuando se hace, el efecto del índice de años de estudio se queda en algo más de la mitad. El de la personalidad no pierde nada, y el de la estatura conserva el 91%. Traducido: buena parte de lo que parecía «genético» en el éxito escolar no lo es.
No debería sorprender a nadie. Pensemos en un padre con muchas de las variantes asociadas a estudiar más y en una hija a la que el sorteo le dio pocas de ellas. Es probable que a ella le cueste estudiar algo más de lo que le habría costado con la otra mitad, pero crece en la misma casa llena de libros, con las mismas expectativas y el mismo dinero para clases particulares, y eso también empuja. Los genetistas llaman a esto «crianza genética», porque los genes de los padres actúan sobre el hijo a través del ambiente que construyen. La prueba más limpia viene de Islandia, donde se ha leído el genoma de buena parte de la población y el de sus padres. Allí se calculó el índice de la mitad de los genes que los padres no habían transmitido y se comprobó si predecía los estudios de los hijos. Los predecía, con cerca de un tercio de la fuerza con que los predice la mitad transmitida (Kong y colaboradores, Science, 2018). Esas variantes no están en el cuerpo del hijo, así que no pueden actuar sobre su biología; solo le llegan a través de la casa que sus padres construyeron con ellas. Genes y ambiente llegan siempre mezclados, y este es uno de los pocos casos en que se separan solos. No toda la merma que aparece al comparar hermanos se debe a la casa, eso sí. Una parte se debe a que la gente se empareja con gente parecida y a las diferencias de origen entre familias, sesgos que la comparación entre hermanos también elimina. La clase se hereda por vías que no son el ADN, y quien lo demuestra con más precisión es la genética. Es un argumento de izquierdas de manual, y lo ha escrito la ciencia que la izquierda miraba con recelo.
Esto obliga a corregir la comparación de antes. Si el efecto genético directo es algo más de la mitad del que parecía, la parte de las diferencias en años de estudio que explica se queda en torno a un tercio, un 4 o 5% frente al 11 % de la renta, que tampoco está libre de genética. La lotería genética pesa menos que la de la cuna en los años de estudio, pero no es despreciable, y eso ya es más de lo que la izquierda estaba dispuesta a conceder.
Dos límites de estos índices desactivan, además, el uso que más se teme. El primero es que la heredabilidad mide diferencias entre individuos dentro de una población y no dice nada sobre las diferencias entre grupos. Que la estatura sea heredable al 80 % dentro de España y dentro de Guatemala no implica que la diferencia de estatura entre españoles y guatemaltecos sea genética; de hecho, se debe sobre todo a la alimentación. El segundo es que los índices calculados en europeos pierden gran parte de su capacidad predictiva en personas de otras ascendencias, porque las variantes viajan en bloques distintos en cada población. El mismo estudio de Yengo pasa del 40-45 % al 10-20 % cuando cambia la ascendencia. Quien quiera usar estos índices para ordenar razas o naciones se encuentra con que la herramienta no sirve para eso, y lo dicen los propios autores.
Un último hallazgo cambia el sentido del asunto. La heredabilidad de la educación, como la de la estatura, no es una constante de la naturaleza. Sube cuando la sociedad se abre. Un estudio noruego de 1985 encontró que era mayor en las cohortes más jóvenes, sobre todo entre los hombres que se beneficiaron de las reformas que abrieron la enseñanza superior. Y las comparaciones internacionales, que todavía se discuten, apuntan a que es menor en países con poca movilidad social, como Estados Unidos o Italia. En la pobreza extrema baja, al menos en los estudios hechos en Estados Unidos, porque la pobreza iguala por abajo: da igual la facilidad para estudiar si no hay dónde hacerlo.
Es decir, cuanto más igualitaria es una sociedad, más pesa la lotería genética en la desigualdad que queda. Michael Young lo vio en 1958, cuando inventó la palabra «meritocracia» para burlarse de ella. Imaginó una sociedad que consigue por fin que la cuna no cuente y descubre que ha fabricado una aristocracia nueva, la de los capaces, más satisfecha de sí misma que la anterior porque cree merecer su sitio. Si la izquierda consigue lo que lleva un siglo pidiendo, que la cuna no cuente, descubrirá que la desigualdad no desaparece: cambia de causa.
Tres maneras de mirar la diferencia
A finales del siglo XIX, Francis Galton, primo de Darwin, se propuso aplicar la teoría de la evolución a la mejora de la especie humana. Acuñó la palabra «eugenesia» en 1883, antes de que existiera la genética, y propuso que los «aptos» tuvieran más hijos que los demás. Al mismo tiempo, otros usaban la lucha por la existencia para presentar las enormes desigualdades de la época como resultado natural de la competencia, y las dos ideas se mezclaron pronto. El movimiento se extendió a otros países y allí dio el paso siguiente, que fue esterilizar a quienes se consideraban menos aptos. En 1907, el estado de Indiana aprobó la primera ley de esterilización y pronto le siguieron otros treinta estados; el Tribunal Supremo la avaló en 1927, en Buck contra Bell, con una frase terrible del juez Holmes: «tres generaciones de imbéciles son suficientes».
Los países escandinavos y Alemania siguieron la misma senda, y la ley alemana de 1933 tomó el modelo americano. Esterilizaron contra su voluntad a unas sesenta mil personas en Estados Unidos, a otras tantas en Suecia y a unas cuatrocientas mil en Alemania. Fue un fracaso intelectual y un crimen. La eugenesia no se equivocó al decir que la gente difiere. Se equivocó al atribuir a la diferencia una jerarquía de valor y al organizar la sociedad para que la desigualdad se heredara.
De manera que es comprensible que la izquierda haya sido muy reacia a cualquier uso de la biología, y en particular de la genética, en cuestiones que atañen a la sociedad. En 1975, Edward O. Wilson publicó Sociobiología, que proponía explicar la conducta social de todos los animales, incluidos los humanos, como producto de la evolución biológica, y desató una batalla intelectual que aún colea. El genetista Richard Lewontin, el neurobiólogo Steven Rose y el psicólogo Leon Kamin respondieron con No está en los genes (1984), un libro que fijó durante décadas la posición de la izquierda académica frente al determinismo biológico. Kamin había ido más lejos diez años antes. En The Science and Politics of I.Q. (1974) escribió que no existía «ningún dato que deba llevar a un hombre prudente a aceptar la hipótesis de que las puntuaciones de CI son heredables en algún grado». Los estudios de gemelos y de adopción de las décadas siguientes le quitaron la razón.
Lo curioso es que los autores de No está en los genes veían el problema. En la página 10 admiten que la Nueva Izquierda surgida en 1968 «ha tendido a ver la naturaleza humana como casi infinitamente plástica». Y añaden que negar la biología choca tanto con lo que la gente ve a diario que, cuando el determinismo biológico reaparece, a mucha gente le parece de sentido común. El maestro de Lewontin, Theodosius Dobzhansky, había ido más allá en 1968: la diversidad genética entre individuos era para él la justificación biológica de la igualdad de oportunidades, porque una sociedad de castas desperdicia los talentos que no coloca en su sitio. Lewontin se quedó con la mitad antirracista de esa idea y dejó caer la otra.
La genética del comportamiento, sin embargo, no es una invención de la ultraderecha ni una vuelta a la eugenesia. Es un campo de investigación activo y bien asentado, aunque no exento de polémica. Cincuenta años de estudios de gemelos, resumidos en un metaanálisis de 2015, atribuyen a los genes entre un cuarto y la mitad de las diferencias en educación, personalidad y salud mental. Se puede discutir cómo actúan; que actúan, ya no.
Hay una tercera forma de mirar las cosas: admitir que las diferencias genéticas existen y organizar la sociedad para que importen menos. La miopía es heredable en buena parte, pero a nadie se le ocurre estigmatizar a los miopes; se les dan gafas. Harden llama a esta actitud «antieugenésica» y la opone tanto a la eugenesia como a la «ceguera genómica» que ha practicado la izquierda en las últimas décadas. Es, en el fondo, la mitad de Dobzhansky que Lewontin no quiso recoger.
La conclusión no depende del bando. Robert Plomin, el hereditarista más citado y con quien Harden discrepa en casi todas las conclusiones políticas, escribe en Blueprint que quien ha tenido suerte con una buena mano genética «no merece nada» por ello, y defiende un sistema fiscal que redistribuya la riqueza. Harden añade una observación de psicología moral que explica mucho: la derecha huye de la palabra «suerte», porque la suerte justifica redistribuir. Quien sostiene que cada uno tiene lo que merece tiene un problema con la genética, y es un problema más grave que el de la izquierda. Si las diferencias genéticas son un hecho de la vida, lo lógico es reconocerlo y organizar la sociedad de manera que no se acumulen hasta formar castas.
Rawls y la lotería que ahora se mide
En 1971 John Rawls propuso un experimento mental que la izquierda ha hecho suyo. Para saber si una sociedad es justa, imaginemos que tenemos que elegir sus reglas sin saber qué lugar vamos a ocupar en ella, tras un «velo de la ignorancia» que nos oculta nuestra clase, nuestra fortuna y también, dice Rawls en la misma frase, nuestros dones naturales. Rawls no podía medir la lotería natural; nadie podía. Ahora podemos medirla, mal y en parte, pero esa medida parcial ya sirve para algo que antes no se podía hacer: ver quién se queda atrás con cada política.
En 1972 el Reino Unido obligó a los jóvenes a seguir en la escuela un año más, hasta los dieciséis. Cuando se comparó, décadas después, a los nacidos justo antes y justo después de la reforma, ese año de más había reducido la obesidad sobre todo en quienes tenían mayor riesgo genético de padecerla. Entre ellos, la proporción de personas con un tamaño corporal poco saludable bajó trece puntos, y entre los de menor riesgo no cambió. La brecha entre los dos grupos pasó de veinte puntos a seis. Una política universal, sin mirar el ADN de nadie, había protegido más a quienes la lotería había tratado peor. Los impuestos al tabaco hacen lo contrario. Disuaden de fumar a quienes llevan la versión de un gen que los hace menos vulnerables a la nicotina, y apenas tienen efecto en quienes llevan la otra, que son justo los que más los necesitaban. Las dos políticas parecen igual de sensatas vistas desde fuera; solo la genética permite ver que una levanta el suelo y la otra ensancha la brecha. Ese es el uso de los índices poligénicos que Harden defiende: comprobar a quién llega y a quién no cada intervención, sin clasificar a nadie.
Lo que queda cuando la cuna no cuenta
Nacemos con dos billetes que no compramos, el de la cuna y el del genoma, y los dos reparten con la misma arbitrariedad. La izquierda ha dedicado un siglo a corregir el primero, y ha tenido razón en hacerlo. Con el segundo ha preferido mirar hacia otro lado, por miedo a que admitirlo diera la razón a la derecha que quiere heredar la desigualdad. Es el miedo equivocado. Reconocer que el talento es suerte no justifica ninguna jerarquía: la desmonta, porque nadie merece lo que le tocó.
Pero queda lo que Young vio hace casi setenta años. Una sociedad que consiga de verdad que la cuna no cuente no será una sociedad igual. La desigualdad que quede tendrá su origen en la lotería genética, y se heredará también, como se hereda la estatura. La igualdad de oportunidades es un objetivo necesario, pero no es suficiente, y la pregunta que viene después es cómo se reparten los frutos de un talento que nadie ha merecido.
Hay quien propone respuestas fiscales, un sistema que redistribuya la riqueza para que la buena suerte de una generación no se convierta en la casta de la siguiente. Otra opción sería acortar la distancia entre lo que se paga por los trabajos que premian talentos escasos y lo que se paga por los demás, y garantizar un suelo digno a quien perdió las dos loterías. El talento seguirá dando ventaja, y está bien que la dé, porque una sociedad necesita que los buenos cirujanos operen. Lo que carece de sentido es que la dé sin límite, como si fuera un mérito. Manejar la desigualdad económica es delicado, porque ninguna sociedad quiere acabar repartiendo miseria.
Pero repartir mejor no basta si seguimos midiendo a la gente con una sola vara. Una sociedad obsesionada con ordenar a sus miembros, con saber quién llega antes y quién se queda atrás, convierte cualquier diferencia en un puesto en la tabla y la lotería genética en un veredicto. Hay personas altas y bajas, rápidas y lentas con los números, con oído para la música o sin él, y ninguna de esas diferencias dice lo que vale una vida. Lo que sí podemos pedir es una sociedad que deje a cada cual desarrollar los talentos que le tocaron sin convertir la existencia en una competición permanente, con tiempo para lo que hace que una vida merezca la pena. Yo pude estudiar sin renunciar a los fines de semana ni a los bares, y fue pura suerte.
Sigo midiendo 164 centímetros. Con los años he descubierto que, salvo en un concierto de pie, apenas importa, y eso es lo que pido para las demás loterías.








a pocos conciertos has ido tu. jejej. es broma. y no.
muy buen artículo. bien escrito y bien argumentado.
a mí me toca de lleno. es curioso, cuando una es alta tiene más probabilidades de alcanzar la jerarquía. por eso los de izquierda aborrecemos la jerarquía social, por nuestro físico, porque somos bajos y feos. pero a la vez nos la suda. porque, hegelianamente hablando, los altos nos necesitan. o quizá es que tantos años de escarnio público y privado nos hayan hecho duros. no colamos tantas canastas. somos del pce. del atleti. nos gusta el rocanrol. nos abrimos paso entre tanto alto.
ahora bien, cuán nazis son los altos y cuán fascistas son los bajos. todo depende del miedo de tus padres a tu inoperancia social.