
En los últimos meses del Congreso de Viena, mientras las potencias europeas repartían el continente, quienes negociaban sabían que la mesa tenía una forma muy concreta y que esa forma importaba tanto como lo que se decía alrededor de ella: a quién se sentaba junto a quién, quién hablaba primero, quién tenía derecho a levantarse. Charles-Maurice de Talleyrand, que llegó representando a una Francia derrotada y salió con un asiento entre los vencedores, dominaba esa coreografía mejor que nadie. Durante casi dos siglos el oficio de diplomático consistió en buena medida en eso, en saber que una cena podía valer más que un ejército y que una frase mal traducida podía costar una provincia. Harold Nicolson, que lo había ejercido y lo conocía por dentro, dejó en Diplomacy, en 1939, el retrato de aquella diplomacia de plenipotenciarios y despachos cifrados al tiempo que advertía, con una lucidez que no siempre se le reconoce, que las conferencias internacionales y el comercio estaban cambiando ya las reglas. Ese mundo no ha desaparecido en la última década, y sería un error literariamente cómodo decir que sí; lo que ha perdido es el monopolio de sus escenarios.
Quien hoy aspire a dedicarse a la diplomacia haría bien en no buscar su único modelo en Talleyrand ni en Nicolson, sino también en figuras bastante menos vistosas: el funcionario que redacta un paquete de sanciones a las tres de la madrugada, la negociadora que pasa quince días encerrada en una cumbre del clima o el embajador que, además de presentar credenciales ante un jefe de Estado, se sienta a hablar con el consejero delegado de una compañía cuya capitalización bursátil supera el producto interior bruto del país que lo envía. Esa ampliación del oficio explica que su formación haya dejado de improvisarse en los destinos de carrera y tienda a diseñarse desde el principio, y que un grado en Relaciones Internacionales y Diplomacia ya no enseñe únicamente historia de los tratados y protocolo, sino economía política, regulación tecnológica y negociación multilateral, que son las materias con las que el diplomático se las ve a diario.
Los nuevos escenarios de negociación
El primer cambio, y el más visible, es que la economía se ha convertido en el arma principal de la política exterior. Las sanciones y los embargos fueron instrumentos relevantes durante la Guerra Fría —la lista COCOM, el bloqueo a Cuba, las restricciones a Sudáfrica—, de modo que la novedad no está en su existencia sino en su sofisticación y su alcance: listas de individuos, entidades y tecnologías que se actualizan a un ritmo casi semanal y que exigen de quien las negocia una familiaridad con el derecho mercantil, los sistemas de pago y las cadenas de suministro que ninguna cancillería del siglo XX habría considerado parte del oficio. Quien lea hoy los anexos de una decisión del Consejo de la Unión Europea sobre Rusia encontrará menos retórica que contabilidad: códigos arancelarios, números de identificación fiscal, nombres de buques.
A ese terreno se ha sumado otro todavía más nuevo, el de la diplomacia tecnológica, donde lo que se negocia son semiconductores, estándares de telecomunicaciones o la gobernanza de la inteligencia artificial, y donde el interlocutor relevante no siempre lleva pasaporte diplomático. Dinamarca fue el primer país en nombrar, en 2017, un embajador ante las grandes tecnológicas, con despacho en Silicon Valley y la misión de tratar con Google o Apple como si fueran Estados; la fórmula, que entonces pareció una excentricidad escandinava, ha sido imitada desde entonces por otros gobiernos.
La diplomacia climática ha seguido una trayectoria parecida, con la particularidad de que en ella los Estados comparten mesa con organismos multilaterales, bancos de desarrollo, fundaciones y empresas que financian o bloquean los acuerdos con tanta eficacia como cualquier delegación nacional, y de que esa multiplicación de actores no siempre produce lo que se espera de ella. En la cumbre de Copenhague de 2009, después de dos años de preparación y con más de cien jefes de Estado en la ciudad, el texto final lo pactaron en una sala aparte Estados Unidos, China, India, Brasil y Sudáfrica, y el plenario, que ni siquiera lo había visto, se limitó a «tomar nota» de él en la madrugada del último día. Aquello no fue un fracaso del protocolo, sino la demostración de que el tablero había cambiado de forma sin que nadie lo hubiera anunciado.
El perfil y la formación del diplomático del siglo XXI
De todo esto se deduce qué perfil demanda hoy el oficio: alguien que entienda de economía sin ser economista, de tecnología sin ser ingeniero y de derecho internacional sin ser jurista; que se desenvuelva con naturalidad en inglés, lengua predominante en buena parte de las negociaciones que importan; y que haya vivido fuera de su país el tiempo suficiente para no confundir la cortesía con el consentimiento ni el silencio con la aquiescencia. La movilidad, que antaño llegaba con los años de carrera, se ha convertido en una ventaja formativa cada vez más apreciada, y los programas que la incorporan como posibilidad reproducen a pequeña escala la vida itinerante que después espera al estudiante. El campus de Schiller en Madrid, desde el que puede continuarse la carrera en los de París o Heidelberg, ilustra bien esa lógica, porque ofrece a quien lo cursa la oportunidad de cambiar de país, de idioma de calle y de cultura institucional antes de haber pisado una embajada.
Nada garantiza que de ahí salga un nuevo Nicolson, y es probable que la época ya no lo necesite. Lo que sí necesitará es alguien capaz de comprender que las cenas de Talleyrand se celebran hoy en Ginebra, en Bruselas y, cada vez con más frecuencia, en las oficinas de una compañía tecnológica de California. Las mesas siguen teniendo una forma, los asientos siguen expresando relaciones de poder y las palabras siguen pudiendo costar territorios. La diferencia es que ahora algunos de quienes deciden dónde se sienta cada cual ni siquiera representan a un país.






