Arte y Letras Literatura

Inencontrables, la escritura en el margen: para ver el sol no hacen falta gafas

El sol, de Edvard Munch (1911)
El sol, de Edvard Munch (1911)

El sol
Socorro Labrador,
Edición de la autora, Ciudad de México, 1976

La aparición de El sol, o si prefieren que nos pongamos líricos, el amanecer, no supone esta vez la llegada de un nuevo día; llamarlo despertar sería incurrir en hipérbole, y de las gordas. Estamos en 1976, el mes es diciembre, el país es México y el presidente López Portillo acaba de asumir bien trajeado su mandato. Al escaso eco que suscita la publicación de este libro mayúsculo ayudan varias cosas; quien lo firma, Socorro Labrador, es una perfecta desconocida, la obra, que iba a aparecer en la editorial Joaquín Mortiz, es finalmente una edición costeada por la propia autora, al pelearse esta, y no solo verbalmente, con Joaquín Díez-Canedo, el editor, que interpone oportuna denuncia en comisaría por agresión, y la tirada no pasa de los doscientos ejemplares.

Pero habría que haber empezado por decir que Socorro Labrador pertenece por derecho propio a la categoría de la gran literatura, a esos escritores que no se conforman con transitar el camino trillado antes de ellos y optan, temerarios, por adentrarse en arenas movedizas. La apuesta de Labrador es clara: contar más con menos, tratar de narrar con el menor número de recursos posible y conseguir así llegar a la esencia de las cosas. Prosa sustantiva: así califica un amigo, y no sin cierta sorna, su estilo, al leer la primera obra de Labrador, La casa, donde esa apuesta ya se expresa en toda su amplitud, recogiendo uno de los atributos de la misma, que es el de prescindir por completo del adjetivo. «Adjetivar es abaratar, todo cuanto el adjetivo toca se torna tiliche, realidad sin sustancia, material de desecho», afirma rotunda Socorro Labrador en frase, por cierto, sin adjetivos, y en una de las escasas entrevistas que concede en vida, aunque conceder implica que te piden y das, y no nos consta que rechazara ninguna.

«Los cuatro grandes escritores mexicanos son tres, Roberto Bolaño y Augusto Monterroso», proclama enfático el crítico tabasqueño Leonardo Cifuentes, que toma prestada la idea de Nicanor Parra, que a su vez la toma de Huidobro. Este último escribe «los cuatro puntos cardinales son tres, el norte y el sur», y Parra le remeda escribiendo «los cuatro grandes escritores chilenos son tres, Alonso de Ercilla y Rubén Darío». Y así, los dos citados por Parra no son chilenos, pero viven en algún momento en Chile; los dos que menciona Cifuentes viven en México, pero no son mexicanos. Para Cifuentes, cada uno abre, valiente, una vía que será recorrida por otros autores antes y después, porque nada nos dice que esa vía no se pueda transitar en sentido contrario. Monterroso es la brevedad, la concisión extrema, y ahí está por supuesto Rulfo, que sin duda es el mayor de todos, el primero de la clase, y también Nellie Campobello, que Cifuentes empareja con Labrador. En el otro lado del espejo estaría Bolaño, que representa lo verboso, la frase larga, la novela eterna, la novela río y, por qué no, también la novela del río, y ya puestos la novela del Río Bravo, y con él, siempre según el crítico, gente tan distinta como Carlos Fuentes o Fernando Vallejo, otro mexicano que no lo es.

Y es cierto que Campobello va en la misma dirección que Labrador; su Cartucho, que no sabemos si la autora de El sol llega a leer, transcurre casi en paralelo a la obra de Labrador, aunque con matices; Campobello retrata la violencia con la rapidez con la que la violencia sucede, sus cuentos son breves como disparos, mientras Labrador opta más bien por lo cotidiano, donde también hay violencia, pero no solo, y sus frases son breves, pero sus libros son de más largo aliento.

El sol, por volver a fijarnos en él sin gafas polarizadas, tiene un planteamiento en apariencia simple. La autora se propone describir minuciosamente el recorrido del astro por la Ciudad de México, desde que aparece puntual por un lado de la urbe hasta que se pone no menos preciso en el otro extremo, y si no fuera porque la ciudad es casi tan inabarcable como el mundo, la tarea parecería fácil.

«Rosario prepara tortillas. Manuel se despierta de la borrachera. Un perro recorre la calle».

Así arranca El sol, y así continúa tenaz hasta el ocaso, en frases donde el esquema sujeto, verbo y predicado se reduce hasta lo esencial, frases que no pueden ser más cortas porque dejarían de ser frases, produciendo su lectura un efecto hipnótico, como un mantra; al principio te cuesta leerlas, luego no puedes dejar de hacerlo. Al final, terminas inserto en el fárrago de la ciudad, que es el fárrago del paso del tiempo sobre ella, hasta que se acaba el día, momento en el que la autora culmina ese mosaico construido de diminutas teselas y su visión te deslumbra como si fuera el mismo sol. De ahí, proclama Cifuentes, de ese efecto buscado de la frase corta que termina pareciendo un listado, una enumeración, toma Bolaño la idea de citar en listas interminables los nombres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez en 2666, pero nada nos dice que Bolaño leyera a Labrador, porque si Bolaño hubiera leído a Labrador, habría escrito de Labrador, le contesta airado, como solo puede estar airado César Aira, en la entrada que dedica a Socorro Labrador en su Diccionario de autores latinoamericanos.

En cualquier caso, ya sea inserto en una de las vías de las letras patrias que apunta Cifuentes o vagando libre sin llegar al extravío, El sol es una pieza de alta literatura, aún hoy no valorada en su justa medida, una obra que no envejece con el tiempo, cuya potencia verbal no disminuye, porque, quizás por ese carácter esencial, nada le sobra, nada le falta. Y además de El sol y de su predecesora La casa, Labrador publica en vida solo un libro más; en 1985 llega sin piñata ni mariachis La fiesta, que por mor de la jarana hace al menos algo de ruido, al publicarse en una editorial de Monterrey, a la que no sabemos cómo accede la autora.

De su vida tan solo conocemos unos pocos datos, escondidos en las entrevistas o aportados más tarde por Milagros Lacruz, su sobrina y albacea. Sabemos que nace en Cuernavaca, que sus padres la abandonan desalmados en Ciudad de México con su abuela materna, viuda para siempre y costurera solo hasta que pierde la vista; entonces será la nieta quien cuide de la abuela. Con ella se cría Socorro Labrador, que deja el colegio sin terminar el bachillerato, aunque antes una maestra le inocula allí, alcahueta, el mal de la literatura. Y nunca encontrará el remedio. Sabemos también que se casa muy joven, que acuchilla con saña a su primer y único marido, quien sobrevive de milagro, y que no vuelve a tener pareja. Nos consta asimismo que trabaja como administrativa en un banco sin cajero por las mañanas y que pasa las tardes en la biblioteca pública, donde lee sin parar y sin orden alguno. Y un último dato lo encontramos en la ficción, algo nos dice que debió conocer a Parménides García Saldaña, porque este la saca como personaje en su novela Pasto verde, aunque resulta difícil imaginar dónde confluye la vida de Socorro Labrador con la del escritor bohemio y qué pinta ella en una novela roquera. En las tres entrevistas, aparecidas en tres periódicos de Monterrey tras la publicación de La fiesta, Labrador se muestra extraña y casi hostil, distraída o incluso ida, hosca y seca, calificativos que emplean los periodistas y que ella jamás habría usado, por su innegable condición adjetiva.

Tras su muerte acude a su rescate una editorial independiente de Zacatecas —aquí el adjetivo no engaña y anuncia diáfano su modestia—, fundada por tres jóvenes letraheridos, que reeditan entusiastas sus libros y publican póstumamente otros seis, cuyos manuscritos, escritos con letra casi ilegible, ha dejado a su sobrina en una maleta de cuero malo. O quizás es escay. Ninguno está a la altura de El sol, sin duda la cumbre de su literatura, pero sirven para dar una sensación de conjunto a la obra de esta escritora singular, genial, irrepetible, por entregarnos nosotros al asunto del epíteto. Muere pobre de solemnidad, en un asilo de la beneficencia, donde se pasea por el patio, distraída o incluso ida, repitiendo a quien quiera oírla, enjuta y sin dientes, una frase que, cómo no, carece también de adjetivo alguno y que pertenece a El sol, al capítulo del libro que se corresponde exactamente con la primera hora de la tarde, en un barrio indeterminado de la capital. «La vida es mierda, la vida es mierda», anuncia solemne, mientras el resto de las ancianas la miran con desdén, altivas y displicentes, sin saber que, tras esa apariencia frágil y desvalida, se esconde no solo una mujer aguerrida que podría fundirlas con solo fijar su vista en ellas, sino la mejor escritora de México del último siglo.

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