Arte y Letras Entrevistas Filosofía

Pablo d’Ors: «Pese a las apariencias, hoy hay mucho más amor y mucha más consciencia. La de los medios de comunicación es una verdad relativa»

Pablo dOrs para Jot Down 0

Pablo d’Ors (Madrid, 1963), sacerdote, escritor y nieto del filósofo y crítico de arte Eugenio d’Ors, es el autor de Biografía del silencio, un libro breve sobre la meditación con miles y miles de ejemplares vendidos y del que Miquel Barceló hizo una edición ilustrada. De los treinta a los sesenta años escribió cuatro trilogías narrativas y algún que otro libro de propina (Sendino se muere y Devoción, su último libro publicado y que es una versión personal de El peregrino ruso, un clásico de la piedad ortodoxa). Con los relatos agrupados en Los contemplativos se despidió de la ficción en 2023. Hace doce años fundó Amigos del Desierto (AdD), una red de meditadores de inspiración cristiana, basada en el silencio, la contemplación interior y la quietud (el hesicasmo), y que reúne a numerosos practicantes en retiros y seminarios repartidos en distintas ciudades dentro y fuera de España. Próximamente podrá verse en cines el documental Meditar que la cineasta Sandra Cortijo ha realizado sobre Amigos del Desierto.

La entrevista tiene lugar en Madrid, en el convento de capuchinos del Cristo del Pardo. Esta finca de Dios del siglo XVII está situada entre dieciséis mil hectáreas de bosque mediterráneo (encinas, chaparros y alcornoques). Toda esta floresta se halla, sin embargo, dentro del distrito madrileño de Fuencarral-El Pardo, a media hora de la acampada Maricarmen en la Puerta del Sol.

Exterior tarde: jardín del convento, sol declinante de octubre, canto de cigarras, zumbidos de calderas, aviones que cruzan el cielo, el clic-clic del fotógrafo que inmortaliza la sesión con su cámara. Exterior entrevistado: Pablo d’Ors habla sin prisa, tono suave, sonríe a veces, pausas largas a veces antes de responder. Hemos dividido la larga conversación en tres partes: primero sobre la espiritualidad, el silencio y la contemplación; después acerca de Pablo d’Ors como escritor; y, por último, opiniones mundanas —y sin embargo profundas— sobre la matraca política y social que tiene lugar ahí fuera, extramuros del convento.

Cuando presentaste Biografía del silencio dijiste que el ruido era la peor clase de terrorismo que existía. Te referías al ruido analógico (el tráfico, las obras, el bullicio), al que se ha sumado el ruido digital, que curiosamente nos corroe en silencio. ¿Sigues pensando hoy que el ruido es terrorismo?

Hace unas semanas una amiga mía de Elche me dijo: «Te quiero recomendar un libro, Biografía del silencio. Lee tu propio libro, porque seguro que hoy lo vas a acoger de manera diferente a como cuando lo escribiste». Me he resistido, pero hace pocas semanas he releído, no todo, pero buena parte del libro, y así como al principio me gustaba y me seguía sintiendo bastante identificado con lo que decía, poco después empecé a aburrirme de mí mismo y a sentir que quizá haya que hablar menos del silencio y no hacer ruido con el silencio. Sí, sigo pensando que el ruido es el principal terrorismo, por la simple razón de que nos saca de nosotros y nos hace vivir en la pura exterioridad, sin esa vuelta a casa, esa vuelta hacia dentro que es lo que nos permite la vida de verdad. Creo que cuando escribí Biografía del silencio me refería al ruido como sonido y, por tanto, como distractor de ese silencio esencial que es lo que nos constituye. Hoy quizá hablaría del silencio mental, no solo del exterior: del aquietamiento de ese parloteo interior que nos caracteriza, que acapara la mente. En la medida en que tenemos cierta familiarización con nuestros pensamientos, en esa medida somos señores de nosotros mismos y empezamos a vivir a la altura de lo que somos.

Asistes a muchas charlas y encuentros, das conferencias, concedes entrevistas, como la que aquí nos convoca, a muchos medios de comunicación. ¿Cómo manejas el ruido que todo esto conlleva en lo personal? ¿Te resulta paradójico o ya lo dominas?

Yo no domino nada, eso es lo primero que debo decir. Lo segundo que me viene a la cabeza y al corazón es que hace unos años, creo que fue en 2008, escribí una novela muy ambiciosa titulada Lecciones de ilusión, que todavía no se ha reeditado. Son cinco lecciones, más una inaugural y una final, y una de ellas está protagonizada por un escritor checo llamado Skarbada que está ingresado en un sanatorio de enfermos mentales y que siempre está imaginando que le hacen entrevistas por su obra literaria. Yo suelo decir que la escritura tiene un talante más bien de anticipación, profético, y que no escribimos lo que hemos vivido, sino lo que vamos a vivir. Así me pasó con Biografía del silencio, que, releyéndola, no entendía cómo pude escribir hace quince años aquello, cuando no hacía tanto tiempo que realmente había empezado a vivirlo. Pues ese personaje de Lecciones de ilusión anticipa de alguna forma en la ficción todo lo que luego me ha pasado a mí. Por eso es peligroso lo que escribes, porque luego tiende a hacerse realidad. Creo que las entrevistas han sido uno de los cauces privilegiados a través de los cuales he podido no solo transmitir ese carisma que he recibido y que de alguna manera muchos pueden recibir, sino también gestarlo y fraguarlo yo mismo. Igual que no escribes lo que ya sabes simplemente para comunicarlo, sino para descubrirlo, en las entrevistas he ido descubriendo quién es Pablo d’Ors y qué es lo que tengo que comunicar.

Pablo d’Ors para Jot Down

Viajemos, si te parece, hacia el centro, hacia el ser espiritual. Los antiguos padres y madres del desierto del siglo IV buscaron el retiro en los secarrales de Siria y la Tebaida, como hoy nos valdrían Atacama o el Sáhara. ¿No está dentro de nosotros el mayor de todos los desiertos?

El desierto es una metáfora de la interioridad. Lo que descubrimos cuando hacemos meditación, es decir, quietud corporal y silenciamiento mental, es nuestra espaciosidad interior. A eso yo lo llamo desierto. La tradición cristiana, a la que pertenezco, lo llama desierto, y la tradición budista lo llama vacío. Somos un éxtasis de posibilidad, por así decir. Suelo poner el ejemplo de una habitación muy llena de cosas: no puedes entrar en ella, de tan llena que está, y, por tanto, no puedes distinguir lo que hay. Meditar es ir sacando cosas de esa habitación, de tal modo que puedes entrar y distinguir: aquí hay una silla, aquí una ventana, aquí una calefacción. Gracias a que hay pocas cosas, y el desierto es un lugar donde hay muy pocas cosas, puedes escuchar y distinguir lo que hay. Así que sí, el desierto lo tenemos dentro y hasta que no lo atravesamos no alcanzamos nuestra identidad. También pongo el ejemplo del pueblo judío, que hasta que no atraviesa durante cuarenta años el desierto no llega a la tierra prometida. Igual nosotros: hasta que no atravesamos el desierto no llegamos a nuestra tierra prometida, que somos nosotros mismos.

Es célebre la frase de Teresa de Ávila: «Entre los pucheros anda el Señor». El jesuita José María Rodríguez Olaizola, en una conversación reciente contigo, dijo que Dios está también en los telediarios como parte de las noticias y del menudeo de lo cotidiano. ¿Dónde está Dios para ti?

Que Dios está en los pucheros, que Dios está en los telediarios, es la cima del éxtasis, es lo máximo que uno puede esperar: descubrir a Dios en lo cotidiano. Claro que está en los pucheros y claro que está en los telediarios, pero antes de llegar a ese descubrimiento hay que pasar por otros muchos. El asunto es que no puedes ver a Dios fuera sin haber hecho un trabajo interior. La vida cotidiana es la cima, y eso significa que no podemos llegar a la cima sin recorrer el camino previo. Estoy de acuerdo con que el Señor está en lo cotidiano, pero yo insistiría en la necesidad de un cultivo de lo que llamo la espiritualidad, de la interioridad, de cara a ese descubrimiento.

¿Y dónde está Dios ahora mismo, mientras conversamos?

¿Dónde está ahora mismo? [Gran pausa] Pues mira, ahora mismo hay un sol que está dando sobre ese muro que tengo frente a mí, en el que se reflejan las hojas de un árbol, y ahí me parece que hay algo palpitante y vivo que me puede recordar la dimensión espiritual, divina, de la realidad. También se escuchan unas cigarras en este momento, y eso es la vida misma y, por tanto, ahí está el espíritu de Dios. Aunque tengo un poco más de dudas, quizá se halla ahora en nuestras palabras y en nuestros silencios, donde algo de la vida podría filtrarse también.

Has dicho que «el verdadero paradigma cristiano es la contemplación, el ojo contemplativo». Por aquello de los ojos, ¿diría una tontería si concluyo que la historia de la humanidad es la que va del ojo del cíclope Polifemo al ojo contemplativo de… Pablo d’Ors?

Esto del ojo contemplativo apunta a un planteamiento según el cual son tres los ojos del ser humano: los ojos sensibles, los físicos, con los que vemos el exterior; el ojo de la razón, con el que funciona la mente; y el ojo contemplativo, el ojo del alma, el tercer ojo, con el que vemos lo esencial. Lo que puedo decir es que, en la medida en que cultivas la interioridad, desarrollas ese tercer ojo, que en un lenguaje más occidental es la intuición: la aprehensión directa de la realidad sin necesidad del proceso secuencial típico de la argumentación. Creo que hoy la ciencia está empezando a darse cuenta de que esto que llevan siglos diciendo los místicos, que podemos acceder a la realidad de una forma más directa, más certera y más lúcida, empieza a tener también su fundamento científico. Respecto al ojo de Polifemo, pues no sabría qué decirte. [Pasa ahora un avión por el cielo] Creo que la contemplación es el gran reto, el gran desafío del ser humano en la actualidad, porque —y esto lo he declarado en muchas ocasiones— quizá hemos construido un mito del pensamiento y de la acción. Siempre estamos haciendo cosas y pensando, pero hay algo más importante que pensar y que actuar, y es mirar y escuchar, y eso es lo que apunta a la contemplación. Si fuésemos capaces de entrar por esa puerta, descubriríamos seguramente que no hay tanto que transformar, sino más bien que acoger y que disfrutar, que es distinto. Es nuestro afán intervencionista, pensar que nosotros somos los que hemos de hacerlo todo, lo que estropea buena parte de la realidad. Si dejásemos que las cosas sean lo que son, seguramente nos llevaríamos una sorpresa, porque descubriríamos que están bastante bien sin nuestra participación expresa.

Pablo d’Ors para Jot Down

Eres el maestro espiritual y fundador de la red de meditadores Amigos del Desierto (AdD). Explícale al profano qué tipo de meditación de cepa cristiana se enseña allí.

Lo primero que me viene a la cabeza y al corazón es que la meditación es meditación, con independencia de la tradición a la que uno pertenezca. La meditación es un viaje al propio centro, y lo puedes hacer por la autopista del sufismo, por la del vedanta, por la del cristianismo contemplativo y místico y por otras muchas. Lo esencial es el sustantivo, no el adjetivo religioso, en este caso cristiano. Ciertamente, para un cristiano, Cristo es la puerta, y en ese sentido es algo muy definitivo, muy definitorio también. Hace doce años nació esta red de meditadores llamada Amigos del Desierto. Aunque fui yo quien empezó a mover los hilos para que tuviese lugar, siento que fui solo un instrumento, que ha sido el Espíritu de Dios quien ha creado esto y que yo pasaba por ahí y me tocó apadrinarlo, acompañarlo y llevarlo hasta donde está en este momento. Lo que caracteriza a la meditación cristiana, dicho de manera sencilla, es Cristo mismo. Nosotros nos remontamos a la tradición de los padres y madres del desierto, que fue la primera corriente espiritual del cristianismo, de los siglos II al IV aproximadamente. A partir de ahí hubo un desplazamiento geográfico, del Sinaí a Grecia y a Rusia, y se fraguó una corriente que se llama hesicasmo, de hesychia, que significa búsqueda de la paz por medio de la quietud. Los Amigos del Desierto queremos ser, con modestia pero con autoridad, los nuevos hesicastas, esos nuevos practicantes de esa búsqueda de la paz, de Dios, por medio de la quietud.

Y dime entonces, ¿quién puede aspirar a ser amigo o amiga del desierto?

Puede serlo toda persona, más allá de su confesión. No hace falta ser cristiano para participar de esta práctica, igual que no hace falta ser de la India para practicar yoga, ni de Japón para practicar zen, ni ser hinduista o budista. Simplemente hace falta ser un buscador, una persona que realmente quiere practicar el camino espiritual. Tenemos una página web, amigosdeldesierto.org, y ahí hay una serie de propuestas, sobre todo retiros de iniciación para la gente que quiere empezar y luego seminarios de silencio, que son grupos de práctica semanales para tener el apoyo de otras personas en la vida cotidiana.

En las sentadas con grupos que Amigos del Desierto propone en sus seminarios por distintas ciudades está siempre presente el icono de la Trinidad de Andréi Rubliov, al que Tarkovski dedicó su gran película. La obra de Rubliov representa el misterio uno y trino de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en una disposición circular. ¿Qué significa este icono para ti y por qué lo elegiste?

Más que elegirlo yo, una vez más fui elegido por él. Es quizá la imagen de toda la historia de la pintura universal que prefiero, y me parece que es también la imagen más emblemática de la tradición cristiana en general. Podríamos hablar de La última cena de Leonardo o de otros cuadros muy emblemáticos, pero ninguno como la Trinidad de Rubliov representa el misterio de Dios mismo, el misterio de la unidad en la pluralidad, que es lo que simboliza esta imagen. También soy un amante de la película de Tarkovski, que me fascinó desde que la vi hace muchos años. Los Amigos del Desierto tenemos ese icono como emblema y lo tenemos siempre presente en nuestras reuniones porque de alguna forma es el anclaje visual de lo que practicamos interiormente. El Padre, el Hijo y el Espíritu no son otra cosa que la fuente, el camino y la energía: nosotros recogemos energía para hacer el camino que nos lleve a la fuente y, por tanto, nuestra meditación tiene una estructura trinitaria intrínseca. Este cuadro de Rubliov lo refleja de manera simbólica y muy expresiva.

Luz y vacío. Silencio y luz. Has dicho que «la luz es descubrir que el vacío está lleno». Todo meditador persevera a solas en la luz, el silencio y el vacío. Pero te he escuchado decir que «cuando uno entra en sí mismo a quien encuentra es a los demás». Uno mismo a solas y los demás, ¿no hay ahí como un problema de convivencia?

Una de las afirmaciones que suelo hacer y que más aceptación tiene es «dejad a los demás en paz»: que el otro sea otro, no llevarlo a tu terreno, moverse en ese territorio de profunda libertad sin la cual no puede haber verdad. Dicho esto, añadiría que silencio, luz y amistad, que es el lema de Amigos del Desierto, no son tres palabras elegidas al azar, ni mucho menos, sino que responden al itinerario espiritual que de hecho hemos realizado y seguimos realizando, que es el camino de la interioridad: primero la purificación, que es el silencio; segundo, la iluminación, y ahí está la luz; y tercero, la unificación, que es la amistad, el amor, la comunión. Habría, además, tres escenarios para cada una de estas palabras. El silencio es el desierto: somos amigos del desierto, amigos de la práctica del silencio. La luz es la montaña: este camino te va conduciendo a una mayor claridad, a una mayor iluminación interior. Y esa luz te va haciendo descubrir que somos uno, que estamos unidos, que es lo que llamamos amistad o amor.

Pablo d’Ors para Jot Down

Pero convenza y sea piadoso con quien tiene dudas. ¿No corre uno el peligro de caer en la meditación en un intimismo sin prójimo?

No se trata de convencer a nadie. Creo que no hay ningún peligro de caer en un intimismo sin prójimo si cumplimos las condiciones básicas para que no lo haya, que son tener un guía, un mentor, un maestro, alguien que te acompañe en ese proceso, porque solos, evidentemente, podemos caer en ese peligro y en cualquier otro. Debemos tener una comunidad, un grupo, una sangha, como dicen en el budismo, de modo que si hay una desviación hacia una devoción más privada o hacia una aristocracia interior, ese guía y ese grupo te lo van a advertir. Yo creo que quien ve ese peligro es quien no ha practicado realmente con rigor y con cierto acompañamiento la meditación. Si vas con otros, te vas dando cuenta no solo de que no existe ese riesgo, sino de que el único fundamento del amor a los demás es el amor a uno mismo: ama a los demás como a ti mismo, ese es el presupuesto. No podemos dar lo que no tenemos. Mucho de nuestro altruismo, de nuestra entrega a los demás, no deja de ser activismo y frenesí. No responde a nuestro ser, sino a una mala conciencia o a un comportamiento aprendido. Se trata de tener menos prisa en hacer y de trabajar más la acción correcta: que lo que dimane de nuestras manos sea lo que ha pasado antes por la cabeza y por el corazón.

Defíneme a Cristo a través del silencio, la luz y la contemplación.

[Pausa larga] «Yo soy la luz del mundo», dijo Cristo de sí mismo, pero luego dijo: «Vosotros sois la luz del mundo». También dijo: «Yo soy el pan de vida». En la vida pasamos, en el mejor de los casos, por tres fases: comer manzanas, dar manzanas y ser manzana. Primero queremos las cosas para nosotros; luego empezamos a comprender que queremos dar a los demás; y luego nos damos cuenta de que el regalo somos nosotros mismos, no lo que podamos dar. Eso es la eucaristía: descubrir que somos alimento. Creo que las dos grandes revelaciones del cristianismo son el cuerpo de Cristo y la palabra de Dios, cuerpo y palabra, cuerpo y mente, que es lo que somos, y que el silencio, la consciencia, es lo que nos permite darnos cuenta de eso: esto es el cuerpo de Cristo, esta es palabra de Dios, palabra que alimenta, que nos da la identidad.

Si te es posible, resumido en una frase o dos como mucho, ¿quién es Cristo para Pablo d’Ors?

Cristo es el amor de mi vida. Todo lo que intento hacer, vivir y ser es desde esta clave cristiana, que es la de una persona.

Para el creyente, todos somos un plan trazado por Dios. Somos parte del gran misterio de la providencia. Que uno medite, ¿es también un plan que Dios ha trazado?

Hay muchas cosas detrás de esta pregunta. Sí que hay un plan, una providencia, pero eso no quita la libertad del ser humano, sino que, al contrario, la pide. Precisamente este es el misterio: que libertad y destino, en esta clave providencial, puedan conjugarse. A mí me sirve últimamente la metáfora del GPS de los coches: tienes un camino que se te traza para ir de la manera más directa y más breve al lugar al que quieres llegar, pero desde luego puedes desobedecer lo que dice el GPS, o puedes equivocarte, y entonces se te rediseña el camino. Yo creo que podemos tomar el camino que nos plazca y, por tanto, existe la libertad. Se puede, de hecho, rediseñar dicho camino. Hay como un plan que se va creando en el presente, que es lo que realmente tenemos, y hay también una creación continua por parte del misterio, del universo.

Jesús dice en los evangelios de san Mateo y san Lucas que los cabellos de nuestra cabeza están contados por Dios, con lo que anima a no tener miedo y a confiar en la providencia divina. Se deduce, entonces, que el número de veces que un meditador respira y recita su mantra espiritual también está contado y previsto por Dios. ¿Es así?

Dios, igual que sabe el número de nuestros cabellos, también sabe el número de veces que respiramos; eso también está contado. Pero preguntarlo así es un poco mecánico y externo. Mejor hablar de la mirada amorosa, no tanto de una contabilidad. Caigo ahora en la cuenta, curiosamente, de que tengo una novela, Las ideas puras, con un capítulo que se llama «Amor y contabilidad», porque también el amor tiende a contarlo todo: a esta persona la he visto ya tantas veces, hemos hecho tantas cosas juntos… Por ejemplo, poco antes de empezar esta entrevista, he hecho un rato de meditación y me he sorprendido, a pesar de que lo hago todos los días, mañana y tarde, de lo sorprendente, de lo maravilloso que es una respiración. He estado muy presente, no en todas, pero sí en muchas de mis respiraciones de esta sentada, y las he estado mirando con atención, con reverencia, con sorpresa. Y me doy cuenta de que ese es el modo como el arte, la vida y, creo, el espíritu de Dios nos acompañan: de manera amorosa, reverente, respetuosa.

El cantante y artista Franco Battiato, que meditaba tres veces al día, decía que vivimos en un cuarto estrecho cuando tenemos una habitación enorme que es la mente. ¿Cómo se conjugan en la meditación de los Amigos del Desierto la contemplación y la mente? ¿No constriñe la contemplación ese pequeño cuarto donde meditamos?

[Pausa muy larga] Me viene la imagen de un niño jugando en su habitación con sus juguetes. Así somos los meditadores. Además de ese juguete y de esa habitación hay también toda una casa, y hay todo un barrio, toda una ciudad, un planeta, un universo. Hay muchísimo más. Lo que uno va descubriendo en la práctica meditativa es lo que se conoce como la expansión de la consciencia: darnos cuenta de que lo que nos hace sufrir es que nos hemos identificado con el cuerpo y con la mente, y de que somos mucho más que eso, somos nuestro yo profundo, nuestra alma. Lo que sucede no es una disolución del yo, como han dicho algunos, sino más bien una expansión del yo, que es distinto. Vas descubriendo que eres la realidad y que no hay separación entre las cosas y tú, los demás y tú, Dios y tú, sino que somos un misterio de unidad. «Que todos sean uno, como tú en mí», dice Jesús en el Evangelio de san Juan. El modo que tenemos de hacerlo es cuidando nuestro cuerpo por medio de la percepción y cuidando nuestra mente, para caminar hacia la expansión y salir de ese cuarto estrecho del que hablaba Battiato. En el budismo zen se dice que vamos en busca de la puerta que nos lleve a esta revelación, y que esa puerta solo se abre cuando dejas de intentar abrirla y manipularla y te rindes ante ella; que cuando te rindes pasas al otro lado y descubres que lo que hay es lo mismo que había en este lado, pero que lo que ha cambiado eres tú. Y también se dice que basta que entres realmente por una puerta para que descubras que todo puede ser una puerta. Para mí la puerta ha sido la meditación, pero para otro puede ser el amor de su familia, una puesta de sol, un libro. Si entras por una puerta, descubres que todo es una puerta para entrar en el misterio de la vida con mayúscula.

Y si todo es una puerta, es que no hay puerta.

Esa es la cuestión: que nos creemos que estamos encerrados, pero no lo estamos en absoluto, sino que somos libres.

Pablo d’Ors para Jot Down

Volvamos al desierto como región espiritual, incluso artística. Dice el proverbio árabe, que citas en tu novela El amigo del desierto, que «quien no conoce el desierto no sabe lo que es el silencio». En literatura nos fascina el horizonte y la nada inmóvil de El desierto de los tártaros de Buzzati. Hasta en el cine de Pasolini es en la proximidad del desierto donde las imágenes deslumbran con mayor intensidad. ¿Qué nos atrae del desierto? ¿Y qué queda del dicho popular cuando uno dice «he atravesado el desierto» como símbolo del vacío y el dolor? Quiero decir, ¿no hay una contradicción?

No puede no haberla, porque todo lo que es fascinante es contradictorio, paradójico. Los últimos serán los primeros, la gran paradoja; la Virgen Madre, que decimos los católicos, otra gran paradoja. El desierto puede ser tan fascinante como tremendo. Son también los dos adjetivos con los que solemos hablar de Dios mismo: tremendo y fascinante. El desierto tiene una dimensión atractiva por lo abierto: los grandes espacios hablan de lo magnánimo, lo amplio, lo expansivo, donde todo es muy intenso, el sol, la luz, la tierra, el horizonte. Pero también está la dureza del desierto, y de eso hablo precisamente en esa pequeña novela, El amigo del desierto: lo crudo, lo incómodo, lo sucio. De ahí viene lo de «atravesar un desierto» como quien dice «lo he pasado mal, ha sido duro». En el mundo del arte, no solo Buzzati o Pasolini, sino tantos otros, han utilizado esta metáfora porque el desierto es uno de los paisajes más metafóricos, junto con el mar o la montaña, porque remite a lo esencial. No es casual que los grandes monoteísmos, el judaísmo, el cristianismo y el islam, nazcan en el desierto: es un paisaje que apunta al misterio de la unidad, apunta a lo esencial.

Te has definido a ti mismo como un buscador. ¿Qué esperas hallar al final para escucharte decir «ya lo he encontrado»? Aclaro que no estoy apuntando a la muerte, pero ¿concibes un final de trayecto en tu búsqueda?

Mi abuelo paterno Eugenio d’Ors tiene una glosa muy bonita que se titula «Cuando ya esté tranquilo», porque también él vivió de forma muy intensa su búsqueda filosófica, literaria y existencial. Yo sí me defino como un buscador, pero un buscador que ha encontrado: estoy buscando dentro de lo que he encontrado para entenderlo, amarlo y vivirlo más plenamente. La búsqueda no se contrapone necesariamente al hallazgo, como quizá para otros, sino que es la manera de vivir el hallazgo de forma creativa. Hay periodos en que esa búsqueda dentro del hallazgo es más convulsa, más intensa o más misteriosa, y otros en que es más serena, pero no me concibo como alguien que no tiene ya nada que buscar. Si fuera así, sería mi hora de dejar este mundo, y estaría muy bien que fuese así, pero, mientras esté respirando, supongo que estaré creando, porque solamente estamos vivos cuando creamos, que es participar en la creación continua de la realidad.

Pasemos ahora al Pablo d’Ors como escritor y literato. Fuiste novelista durante tres décadas, de los treinta a los sesenta años: cuatro trilogías (Fracaso, Ilusión, Silencio, Entusiasmo) y algún que otro libro más. He leído que ahora te declaras algo así como un apóstata literario. Te pregunto con la perspectiva a cuestas, ¿ves ahora tu obra en construcción o en deconstrucción?

Esto de apóstata literario nunca lo había dicho ni escuchado de mí mismo, y no está mal. Sigo escribiendo todos los días. Creo que la meditación y la escritura, la práctica de la palabra y la práctica del silencio, siguen siendo mis ejercicios espirituales por excelencia. Estar sin escribir, como estar sin meditar, me costaría. No tendría que proponérmelo mucho, porque meditar y escribir son gestos que me resultan muy connaturales. Pero una cosa es que siga escribiendo y otra que ya no tenga, entre comillas, una ambición literaria, el deseo de formar parte de ese mundo que se llama «los escritores». Eso, que es muy respetable, no deja de ser un cajón, en el mejor de los casos un arquetipo, que a mí me ha sido muy útil y con el que me he identificado durante varias décadas. Hoy lo sigo ejercitando, porque sigo escribiendo y publicando libros, pero ya no es aquello con lo que me siento más identificado. Lo mismo podría decir del sacerdocio como arquetipo existencial: creo que tanto ser escritor como ser sacerdote son plantillas para ser uno mismo, y que la verdadera misión que tenemos cada uno es escuchar y desplegar la palabra que somos. A mí estos arquetipos me han servido y me siguen sirviendo para desplegarla. Aun así, sigo disfrutando mucho de una página de prosa hermosa; es de las cosas que más disfruto.

Debes de ser un caso insólito de escritor falto de egolatría. Has dicho que escribir te ha enseñado a ser humilde, y a la vez has publicado y sigues publicando en un sello de postín como Galaxia Gutenberg. ¿Cómo se domeña el ego siendo un autor tan conocido y publicado? ¿O cómo lo domeñabas cuando aún tenías ambiciones literarias?

El ego debe perfeccionarse y finalmente trascenderse. La actitud más exacta en la vida, la más próxima a la verdad, es la humildad. No digo que haya trascendido totalmente el ego, ni mucho menos, pero sí que lo he perfeccionado bastante y que camino hacia la trascendencia de lo que no es sustancial, aunque sea útil y necesario. No es que el ego sea malo, sino que debemos ponerlo a nuestro servicio y no nosotros al suyo. La egolatría que veo en algunas personas, también en algunos escritores, me resulta, por un lado, patética y, por otro, enternecedora: es solamente ignorancia. Creo que cada uno tenemos nuestra medida y que no es mejor ser una hormiga que un elefante, son cosas distintas, y basta que te reconcilies con lo que eres para que te encante ser una lagartija o un loro y no quieras ser un tigre o un mosquito. Todos los males empiezan porque nos comparamos con los demás. [Pasa ahora otro avión por el cielo] Hemos de buscar la excelencia, pero no la perfección: la excelencia es lo mejor que podemos llegar a ser nosotros mismos, y la perfección no sería lo mejor en absoluto, un ideal que nos tiraniza. Cada vez me comparo menos y, por tanto, vivo con más serenidad. En cualquier caso, no quiero dar la impresión de una persona que ya está quién sabe dónde, como quien dice, porque lo que uno va descubriendo es que luz y sombra son la misma cosa: no es que la luz sea lo bueno y la sombra lo malo, sino que en un momento de comprensión profunda o de amor muy noble puedes atravesar circunstancias muy desestabilizadoras. La diferencia sustancial es que, aunque te aflijan y te zarandeen, misteriosísimamente, en medio de esa aflicción, no pierdes el centro. Eso es muy misterioso, pero es lo que te habla de tu nivel de consciencia o de realización. Es muy bonito porque no es una conquista, sino un regalo: no quita tu conciencia de fragilidad en absoluto, sino que la descubres como la posibilidad de ser y de amar. Precisamente esa fragilidad estructural, amada y reconciliada, es también el gran poder. En definitiva, eso es Cristo: el frágil que muestra un poder extraordinario precisamente por ese medio.

Has dicho recientemente que el libro al que más quieres hoy, de entre todos los tuyos, es Los contemplativos, y que lo quieres más porque ha sido el más incomprendido. ¿Qué pasó? ¿Dónde estuvo el error de concepción, si lo hubo?

No creo que hubiera ningún error. Puede haber mayor o menor acierto en cada uno de los siete relatos que lo conforman, pero no hablaría de error. Es un libro cuya pretensión es precisamente dejar traslucir el espíritu en lo cotidiano, y eso, como he comentado antes, es una cima, y no siempre se percibe. Creo que al menos hay tres de esos relatos que son al menos aceptables, y para un libro de relatos es un promedio bastante alto. Recuerdo autores de cuentos que tienen uno o dos buenísimos y el resto son mediocres, o al menos no tan especiales. Es el libro con el que me despido de la ficción, porque la ficción exige una vida privada para concebir, gestar y alumbrar ese hijo literario, y yo ahora mismo no tengo esa vida privada, sino una vida bastante expuesta por este momento según mi misión. No tengo ahora mismo el talante de la ficción, no porque no me guste ni porque no haya sido lo mío, sino porque creo que es lo que me ha conducido adonde me encuentro hoy. No creo que en el futuro tenga esa disposición, aunque quién sabe, la vida da muchas vueltas y a lo mejor dentro de unos años estoy en una situación parecida y puedo volver a escribir relatos y novelas. De momento no, y por eso, después de treinta años de ficción, me despedí con Los contemplativos. Hay un relato en este libro, «Biografía de la sombra», que tiene algún punto quizá un poco excesivo, pero me parece muy especial.

¿Tú eres Pavel, el amigo del desierto de tu novela del mismo título?

Todas mis novelas son autoficticias y, por tanto, todos sus personajes, en particular los protagonistas, tienen que ver conmigo. Una novela es una exploración en la identidad con egos imaginarios, y Pavel es un ego imaginario con el que exploré mis posibilidades existenciales.

Pablo d’Ors para Jot Down

Charles de Foucauld, el protagonista de El olvido de sí, al que consideras tu padre en el camino espiritual (tu otro maestro es Franz Jalics), fue un aventurero francés que de una vida disipada acabó entregado a Jesús. Defíneme a Foucauld más de cien años después de su muerte, ocurrida en 1916.

Era un loco de amor por Jesús, su bienamado, como él decía. Yo estuve, y sigo estando, muy fascinado por su figura. He dicho a menudo que, después de la figura de Jesús, Foucauld es para mí el emblema de lo que es una persona. También lo he comparado con Gandhi y con Simone Weil: son biografías muy diferentes, pues cada uno pertenece a una tradición religiosa distinta, el hinduismo, el judaísmo y el cristianismo —Foucauld pasando por el islam, por su contacto con los musulmanes—, pero son personas con una biografía insólita porque han sido verdaderos buscadores. Han escuchado su conciencia y han hecho de esa obediencia a la conciencia un estilo de vida permanente. Eso me admira mucho. Creo que una vida tan limpia en medio de toda su turbulencia como la de Foucauld es una lección extraordinaria. En realidad, las principales lecciones que tenemos los seres humanos son las biografías de otras personas que han sido hombres y mujeres de conciencia. Y quiero decir que una cosa es lo que Foucauld pensó y sintió cuando vivía, otra lo que nosotros pensamos y sentimos de él un siglo después, y otra lo que realmente el espíritu de Dios nos da con esa existencia, que incluye lo que nosotros pensamos y que también va más allá. Eso es lo que yo veo en él: su vida es mucho más relevante y mucho más viva de lo que él pensó y sintió y de lo que nosotros pensamos y sentimos. Es un pozo sin fondo que iremos descubriendo cada vez más, como pasa con la gente que está verdaderamente en su centro, que son pozos inagotables.

Se me ocurre a modo de broma: ¿no debería cobrar Charles de Foucauld los derechos de autor de tu novela? ¿Cómo podría cobrarlos?

[Sonríe] Bueno, Foucauld quiso fundar una congregación y no pudo. Amigos del Desierto, al tenerlo como padre y patrón, de alguna manera está traduciendo históricamente aquello a lo que él aspiró. Así que ya está cobrando, no en sentido material, pero sí espiritual, buena parte de su entrega. Es curioso, porque El olvido de sí, que es casi una hagiografía, la biografía de un santo, es, después de Biografía del silencio y Biografía de la luz, mi libro con más aceptación. Estoy muy contento de haberme metido, cuando lo escribí hace ya unos años, en su alma, y de haber dado voz a las palabras que él habría dicho, o que yo creo que habría dicho, si hubiese vivido en este tiempo.

Para concluir esta conversación, pasamos a la cacharrería, el ruido, la matraca de la actualidad social y política. Estamos en Madrid, con el problema de la vivienda en combustión por el caso Maricarmen y con otros tantos problemas como el de Ceuta y la inmigración. Me parece muy interesante una cita del filósofo Daniel Innerarity. Dice que en la sociedad actual cada vez hay más odio y cada vez menos violencia, física se entiende, como si el odio fuera algo que se puede compartir. ¿Qué opinas al respecto?

Es una pregunta amplia e interesante por muchos motivos. Yo tengo una preocupación muy relativa por la actualidad, porque me preocupa más la eternidad que la actualidad, pero ciertamente la eternidad se traduce hoy, ahora y aquí. Esas dos cuestiones que pones sobre la mesa, la vivienda, por una parte, y la inmigración, por otra, extrañamente, o reveladoramente, son las dos caras de la misma moneda: la necesidad de un espacio propio y al mismo tiempo la necesidad de salir del propio espacio para encontrar uno que responda a nuestra dignidad. Lo que puedo decir al respecto es que, en la medida en la que estamos en nuestro centro, en que no vivimos poseídos por los vientos que corren y las tempestades que rugen, sino anclados en nuestro ser, en esa medida encontramos a estos problemas, y a tantos otros que podríamos poner sobre el tapete, una respuesta que no es simplemente reactiva. Y si estamos centrados, no podemos por menos que distinguir qué es lo que hay que dar al César y qué es lo que hay que dar a Dios. No estoy de acuerdo con la afirmación de Daniel Innerarity de que hoy haya más odio y menos violencia. Creo que, a pesar de las apariencias, hoy hay más amor, mucho más, y hay más consciencia, y que lo que dicen los medios de comunicación es una verdad muy relativa. El mundo no es en absoluto como nos lo presenta la llamada actualidad; el mundo es infinitamente más hermoso, más bello y más justo de lo que nos quieren contar y de lo que nos hemos creído. Esta ponzoña informativa contamina nuestra mente, enturbia nuestro corazón y no nos hace bien. No es cuestión de tener una visión positiva u optimista de la realidad, sino de hacer justicia a lo que hay, y lo que hay es sobre todo amor. Hay muchas más personas que se cuidan y se aman que personas que se destruyen y se odian, y esto casi nadie lo dice. Contamos el tren que descarrila, pero no los cien que llegan perfectos y a tiempo. No quiero dar una versión blanda de la realidad ni negar los hechos tozudos y crudos, pero sí situarlos en su medida.

Y la última. Sé que vas a abrigarte en el silencio —el silencio mundano, se entiende— y que no me vas a responder, salvo sorpresa. En caso de que decidas ir a votar en las próximas elecciones, incluido el voto en blanco, que a mí me parece el voto más espiritual que puede existir, con un Congreso espiritualmente vacío, ¿a qué partido votarás? ¿Te representa alguno?

Votaré al partido de Jesucristo [risas]. Los sacerdotes hemos de intentar ser mediadores entre el cielo y la tierra, entre Dios y el mundo, y, por lo tanto, en la medida en que nos hacemos partidistas, no partidarios, sino partidistas, perdemos a toda la población de personas que no están en ese partido. Esta división entre derechas e izquierdas, progresistas y conservadores, y lo digo de corazón, me es ajena. Creo que hay muchas cosas que conservar y muchas cosas que cambiar. Nunca he declarado mi filiación política, porque realmente para mí no es un punto de partida, sino que en cada situación me toca discernir qué es lo más apropiado. Pero sí quiero aprovechar esta pregunta para decir que en ocasiones he escuchado rezar en alguna iglesia por la justicia, la paz y la democracia, y siempre me ha llamado la atención, porque creo que la justicia y la paz no se mueven en el mismo orden que la democracia. La justicia y la paz son valores; la democracia, siendo el mejor sistema político que hemos inventado hasta el presente, no deja de ser un sistema que hemos inventado, no un valor trascendente a las culturas y a las civilizaciones concretas. Por tanto, creo que la democracia, con todo lo valiosa que es, no es la última palabra sobre el sistema con el que vamos a regirnos los seres humanos en sociedad. Creo que ahora, con todo esto de la inteligencia artificial, seguramente las propias democracias van a ser en buena medida puestas en tela de juicio y empezarán a surgir nuevas formas de regirnos a nosotros mismos. Estamos en un momento fascinante, ciertamente peligroso, pero muy interesante para vivirlo y para aportar lo que cada uno tenga que aportar.

¿Te atrae la idea de convertirte en un votante en blanco, esa especie de gran desaparecido en todas las elecciones?

[Último silencio de la tarde] No me desagrada. No sabría decirte si me atrae, pero no me desagrada. Creo que debemos articular formas de participación ciudadana más reales, más allá de depositar una papeleta en una urna. Desde donde yo me muevo procuro que la participación de todas las personas con las que interactúo sea real y no simplemente nominal. Con esto estoy diciendo que creo que el sistema tiene una enfermedad de raíz. No se trata simplemente de perpetuarlo, sino de reflexionar sobre cómo podemos sanar esa enfermedad para que haya una participación más consciente y no tan meramente formal.

Pablo d’Ors para Jot Down

Compartir:XWhatsAppTelegramBluesky

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*