Ciencias

El infierno dantesco según… ¡Galileo!

infierno
El mapa del infierno dantesco según Sandro Botticelli (1480)

El gran —y antipático— físico Dirac sentenció que «los científicos tratan de decirle a la gente, de manera que todos le entiendan, algo que casi nadie sabe. Los poetas hacen exactamente lo opuesto». A pesar del desencuentro que supone semejante sentencia —más compartida de lo que pueda suponerse—, la poesía se ha sentido a menudo atraída por la ciencia, aunque con menos afán del debido[1]. Con, eso sí, la gloriosa excepción del magno poema De Rerum Natura de Tito Lucrecio Caro relacionando los átomos con la epicúrea alegría de vivir. Si la poesía, además, está imbricada con la religión, el desencuentro con la ciencia ya es irremediable, dicho sea así por amabilidad. Y con la tecnología, a excepción de la arquitectura, ya es el acabose. El ejemplo que me parece más apropiado y sorprendente en el sentido anterior posiblemente sea la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Contradiciendo a Dirac, Dante describe con belleza sin par, y de manera que todos lo entienden, el misterioso más allá tras la muerte. Al menos el infierno, por recios que sean los estremecimientos que el extenso poema provoque, porque los estadios del purgatorio y, sobre todo, del cielo, van quedando más oscuros —incomprensibles— conforme crece la intensidad de la luz que irradian.

Al ser el infierno el mejor y más detalladamente descrito por Dante, su estructura se intentó imaginar con el máximo rigor, primero técnico y luego científico. Al parecer, quien primero, o al menos más seriamente, intentó hacerlo fue nada menos que Filippo Brunelleschi, gran admirador de Dante.

Brunelleschi fue uno de los grandes arquitectos de la historia y, además, magnífico escultor. A él se debe la revolucionaria cúpula de la catedral de Florencia o Santa María de la Flor. Es famosa la genialidad que tuvo para cubrir el crucero del descomunal templo gótico del que nadie sabía cómo abovedar.

¿Cómo se podría explicar la configuración del infierno de Dante? Describir el purgatorio y el paraíso eran, lógico por lo dicho anteriormente, menos tentadores. Pero Brunelleschi, por falta de tiempo al estar siempre ocupado en asuntos terrenales o bien porque no veía la manera, le pasó su deseo, casi proyecto, a uno de sus discípulos: Antonio di Tuccio Manetti.

Más que imaginar la estructura del infierno en base a los versos de La Divina Comedia, el maestro le aconsejó al joven Manetti que trazara un mapa plausible desde el punto de vista matemático y geográfico tratando fielmente los datos de formas y distancias explicitadas por el poeta con gran precisión. Las profundidades de las fosas y los diámetros de las circunferencias los daba Dante en millas con una precisión rigurosa.

Manetti publicó sus resultados en 1481. Aquello no se lo creyó nadie, pero entre las crueles mofas hubo intentos serios de precisar aquella burda descripción del infierno de Dante. El más furibundo opositor de Manetti fue un tal Alessandro Vellutello, buen poeta y negado como arquitecto. Lo que sí consiguieron las recreaciones literarias de Vellutello fue inspirar a Giovanni Britto, un grabador e impresor de fuste. Sus 87 grabaciones del infierno de Dante mejor no contemplarlas si se es sensible con tendencia a sufrir escalofríos espasmódicos.

Y así llegamos a 1587, cuando la Academia Florentina encargó a un joven disipado y entusiasta, pero al parecer matemático muy prometedor, nacido en Pisa y llamado Galileo Galilei, que afrontara la descripción exacta de la localización, el tamaño y la forma del infierno dantesco.

Galileo aceptó alborozado la propuesta y poco después impartió dos lecciones para la Academia que luego se publicaron en forma de libreto de casi cincuenta páginas en octavo[2]. El futuro gran científico contaba con veintitrés años de edad.

Al principio de la introducción de la primera conferencia, Galileo ya deja ver, sin inquietud alguna, su fina ironía. Sobre el infierno dice así: «Escondido de todos los sentidos, por experiencia no es conocido por nadie; es un lugar al que es fácil bajar, y del que, sin embargo, es difícil salir, tal como nos relata nuestro Poeta —Dante— cuando dice Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis y en las palabras de su guía —Virgilio—: Fácil es el descenso al Infierno/ Pero retirar el pie, y fuera del aura muerta/ Poder volver al aura pura, / Esta es noble labor, ¡labor dura!». A cuento creo que viene la admonición que don Antonio Machado nos hace en la canción número X de su Cancionero apócrifo, recuerdos de sueño, fiebre y duermevela.

¡Bajar a los infiernos con el Dante!
¡Llevar por compañero
a un poeta, con nombre de lucero!
¡Y este fulgor violeta en el diamante!
Dejad toda esperanza… Usted primero
¡Oh, nunca, nunca, nunca! Usted delante.

Lo que recomendé al lector de no enfrascarse en los grabados de Britto pudo parecer exagerado o extravagante por mi parte, pero ahora hago una recomendación aún más inapropiada: mejor que no lea la descripción de Galileo. Pero en este caso, lejos de sufrir espasmos y sudoración, lo que le ocurrirá es que no entenderá nada, aunque con una característica divertida: si se concentra y trata, lápiz en mano y ante un pequeño fajo de folios, de reproducir las explicaciones de Galileo, llegará a la indiscutible conclusión de que él lo entendió aún menos. Veamos una muestra.

«Abreviemos y simplifiquemos el razonamiento. Imaginemos una línea recta que provenga del centro de la tierra —que sigue siendo centro de la gravedad y del universo— hasta Jerusalén, y un arco que desde Jerusalén se extienda sobre la superficie del agua y de la tierra por la duodécima parte de su mayor circunferencia: terminará, entonces, este arco, con una de sus extremidades en Jerusalén; de la otra, hasta el centro del mundo, tracemos una línea recta y dibujemos un sector de círculo contenido por las dos líneas que provienen del centro y por el ya mencionado arco: imaginemos, luego, que estando inmóvil la línea que une Jerusalén con el centro, se mueva girando el arco y la otra línea, y que siguiendo ese movimiento vaya cortando la tierra, y se mueva hasta volver al mismo punto que empezó; será cortada de la tierra una parte similar a un cono: el cual, si imaginamos que sea extraído de la tierra, quedará, en el lugar donde estaba ubicado, un hoyo con forma de cónica superficie; y este es el Infierno».

Entresacamos del galimatías oral —es una conferencia— que el embudo de Dante se ha transformado en un cono perfecto centrado en Jerusalén; bien, el problema es que Galileo empieza a extraer datos de la Divina Comedia, sobre todo distancias en millas —la principal es el semidiámetro o radio del cono: 405 15/22 millas— y la descripción geométrica de cada etapa del averno dantesco alcanza una precisión admirable.

Que la representación cuantitativa del infierno de Galileo no la entendiera ni él era irrelevante: siempre nos podemos conformar con la fe, pensarían los asistentes a sus dos conferencias, que para eso está. Pero la ciencia, precisamente fundada en gran medida por el Galileo ya maduro, avanzó y el intrigante infierno siempre atrajo a mentes prodigiosas que aportaron argumentaciones sólidas de sus propiedades físicas y estructura más allá de su geometría. Al menos ingeniosas.

De las más famosas entre estas, cuyos detalles animo al lector a que los busque en internet, olvidándose —o no— de la IA y ateniéndose simplemente a si el infierno es exotérmico (desprende calor al exterior) o endotérmico (lo absorbe), extraigo la solución científica que considero más plausible.

Tras análisis termodinámicos rigurosos basados fundamentalmente en las leyes de Boyle y Mariotte, el autor concluye resumidamente lo siguiente.

«Si aceptamos lo que me dijo Julia el año pasado: «hará frío en el infierno antes de que me acueste contigo», y teniendo en cuenta que el jueves me acosté con ella, doy por cierto que el infierno es exotérmico y que, por lo que siguió después hasta hoy, ya está congelado».

A tal conclusión llegó un estudiante, brillante sin duda, de segundo curso de física.

 

[1] Ver, por ejemplo, Urania y Erató, un divertimento sobre la relación entre la ciencia y la poesía, Renacimiento, 2022, de este autor.

[2] En español, traducido por Roberta Buffi, se puede encontrar El infierno de Dante, figura, lugar y tamaño, Galileo Galilei, publicado por Archivos Vola en 2019.

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