
Entrando o saliendo de Libia por Túnez, siempre miraba hacia el mar a la altura de Bukamash buscando «la isla». Decían que era la única de todo el país, pero, por mucho que buscara un trozo de tierra rodeado de agua, nunca aparecía. Daba igual porque siempre había temas más urgentes por contar: desde la penúltima llegada en masa de cadáveres a la costa hasta el último barrio tripolitano en ser desconchado a conciencia por los combates entre milicias. Todo era monótono y deprimente, por lo que una isla en Libia parecía el lugar perfecto al que escaparse de todo aquel ruido. Contemplar el caos desde un mar en calma, al menos por un día.
A sesenta kilómetros de la frontera de Túnez, Zuwara era siempre un buen sitio para quedarse y trabajar. Aquella villa costera bereber no solo era tranquila para los estándares del país, sino que estaba repleta de historias. Resultó que, además de desplazados de guerra y migrantes subsaharianos camino de Europa, también había un grupo ecologista en la ciudad. Pensé que era una oportunidad de contar algo distinto incluso antes de saber que desarrollaban su labor en Farwa. Así se llama la isla.
Busqué la asociación en esa plaza desangelada a la que llaman Piazza desde los tiempos de la ocupación italiana, como si ese vocablo romano pudiera insuflarle algo de vida. Justo ahí, en la planta baja de un hotel abandonado que había perdido los cristales antes de su inauguración, era donde los ecologistas tenían su sede. En el interior había fotos de tortugas, flamencos y unos lagartos verdes muy curiosos en las paredes. Eran los habitantes de Farwa. Sobre un mapa de la costa colgando en la pared, Shokri Dahe, un ecologista corpulento pero de gesto amable, destripó el misterio de por qué nunca llegaba a ver la isla a mi paso por Bukamash: Farwa había sido unida a tierra firme de forma artificial.
A mediados de la década de 2000, Saadi, el tercer hijo de Gadafi, impulsó un proyecto multimillonario para construir un enorme complejo turístico en Farwa: siete hoteles, setenta jaimas en torno a un oasis, algunas de ellas flotantes y todas equipadas con los servicios más modernos; un campo de golf y dos puertos deportivos. Todo en apenas cuatrocientas setenta hectáreas que, además, se convertirían en una zona de libre comercio. Farwa estaba destinada a ser una especie de Singapur gadafista del tamaño de Sitges en el corazón del Mediterráneo, pero la guerra de 2011 hizo que solo se ejecutara la primera parte del proyecto: unir la isla con la costa. Solo aquello ya resultó desastroso: «Las corrientes marinas fueron bloqueadas, por lo que las aguas entre la antigua Farwa y la localidad de Bukamash se empantanaron», explicó el ecologista sobre aquel mapa, señalando la lengua de tierra en cuestión con el dedo. Pero eso no era lo peor. Aquellas aguas pútridas se envenenaron aún más tras el vertido de residuos desde una planta química a pocos metros de allí. Era un caudal de mercurio y cadmio que se había descontrolado tras el abandono de la planta durante la guerra.
En 2013, Dahe y los suyos enviaron muestras de tierra, hierba y agua de la zona a un laboratorio de Túnez para que las analizaran. Los niveles de contaminación eran tan elevados que tuvieron que repetir las pruebas; no se lo acababan de creer. No obstante, el olor pestilente del agua entre el puerto y la isla ya aportaba pistas, y más aún la cantidad de abortos espontáneos, bebés con malformaciones y casos de cáncer en la zona. Aquel estudio confirmaba, ya de forma científica, que esa masa de agua negra e inerte frente al pequeño puerto pesquero había envenenado los olivares de alrededor, los dátiles, los limoneros, los matorrales de los que se alimentaban unos escuálidos rebaños de cabras, la tierra y los pájaros que le arrancaban sus gusanos… «Cuando hablamos de la importancia del medio ambiente muchos se lo toman como si se tratara de un lujo en mitad del desastre que hoy es Libia. No entienden que puede ser algo tan básico como lo que comes, que aquí es lo que te mata», me dijo Dahe, antes de invitarme a acompañarle a la isla al día siguiente.
«El desastre que hoy es Libia» al que se refería el activista en 2018 se mantiene hasta hoy, con dos gobiernos disputándose el poder en el país: uno en el este y otro en el oeste. La confrontación entre esos dos Estados paralelos es lo que hace que nada funcione. Zuwara también contaba con un cajero automático siempre encendido para avisar a los libios de que estaba «fuera de servicio». Los zuaríes guardaban cola frente al banco en espera de cobrar una pequeña parte del sueldo que les correspondía por trabajos en la administración que casi nadie desempeñaba. Con suerte, recibirían 200 dinares (unos 30 euros al cambio en el mercado negro) de un salario medio de mil, pero podían pasar meses sin ver ni siquiera esa propina.
Los del Comité de Crisis de Zuwara decían que no sabían ni por dónde empezar. Estaba el colapso de las infraestructuras más básicas, desde sumideros y alcantarillas a carreteras; los migrantes y los desplazados de las guerras del sur; los problemas de seguridad con el arco de pueblos árabes alrededor (Zuwara es el único enclave bereber de la costa libia); una refinería explotada por la multinacional italiana ENI, en el extremo este de la ciudad, de la que sospechaban que no cumplía los protocolos de seguridad. Por supuesto, también supuraba la planta química de Bukamash, el desastre en la isla de Farwa… Un mes antes, un grupo de voluntarios había conseguido abrir un canal en esa lengua de tierra que había convertido las aguas en una inmensa fosa séptica. Durante las dos semanas largas que duró la operación se aprovechó para limpiar la isla y acondicionar su única construcción. Era un faro levantado por los italianos en 1923.
Tesoros
Si entre semana Zuwara nunca se desperezaba antes de las diez de la mañana, el viernes, día de fiesta musulmán, no se movería ni el polvo en suspensión hasta pasada la hora de comer. Sin apenas tráfico y con los checkpoints desatendidos por milicianos que aún dormían, ese era el mejor momento para viajar entre las ciudades de la costa libia. Los migrantes lo sabían y aprovechaban para llegar a Zuwara desde Trípoli evitando sobresaltos o, al menos, reduciendo riesgos en puntos calientes como Janzur, Sorman, Zawiya o Sabrata. La otra anomalía vespertina era la de tres ecologistas y un periodista camino de la isla. Empezó a diluviar nada más salir de Zuwara. Treinta minutos más tarde, giramos hacia la derecha tras pasar la central química y accedimos al puerto de Bukamash. Farwa está justo enfrente, pero apenas la distinguíamos entre la espuma que el vendaval arrancaba a las aguas muertas. Los tres voluntarios decidieron esperar a que el tiempo diera una pequeña tregua para saltar a la única lancha operativa del puerto. Las aguas eran poco profundas, por lo que tendríamos que hacer a pie los últimos doscientos metros. Meter las pantorrillas en aquella sustancia hedionda me produjo bastante aprensión, pero la naturalidad con la que lo hacían los demás me ayudó a superar los escrúpulos.
«¿Ves ese edificio justo enfrente? Es el palacio», me dijo Nader, señalando el faro italiano. Aquel diplomado en Turismo bien podría estar trayendo grupos a este lugar de no ser por la guerra, aunque el agua a la altura de nuestras rodillas ya estaba envenenada desde hacía mucho antes. Nader le habría contado a su grupo que las ruinas fenicias, púnicas y romanas de Pisida quedaban a su espalda, y parte de ellas bajo aquel mar de mercurio. A principios de los 2000, la policía de Gadafi cortó el acceso al puerto durante dos días. Nunca se supo lo que encontraron allí, pero sí que aquello desapareció para siempre en las traseras de varias furgonetas. Tras aquel saqueo, era tan escaso el patrimonio histórico de los bereberes de la costa que uno acababa por entender por qué insistían en llamar «palacio» a la única construcción de la isla. Parecía más un castillo en miniatura de una sola almena desde la que se guiaría a los barcos, cuando este litoral era conocido como la «cuarta costa de Italia». Esa era la fantasía de Mussolini.
Tras décadas de abandono en una soledad insular, el palacio acogía a un grupo de scouts con pocas ganas de salir de sus sacos de dormir. La lluvia arreciaba y los adolescentes remoloneaban distribuidos en las dos únicas habitaciones de un edificio donde no había más que suelo y paredes desnudas. Desde la pequeña torre, a apenas diez metros sobre la arena, los voluntarios explicaron que nos encontrábamos justo en la mitad de esta isla oblonga de catorce kilómetros de largo. El extremo oriental quedaba junto al paso que buscaba recuperar la corriente que saneara las aguas del puerto. Nosotros caminaríamos por la playa hasta el extremo opuesto, donde el equipo quería recuperar un localizador GPS que marcaba la existencia de un nido de tortugas marinas. Tras eclosionar aquellos huevos, se habían abierto camino hacia el mar hacía más de dos meses.
Durante el día, sobre todo en verano, Farwa era un plan para las familias, pero la noche se reservaba a grupos de hombres aprovisionados de boja, ese aguardiente casero hecho con higos. Algunos incluso se traían las armas cuando los flamencos paraban a descansar antes de reemprender su travesía hacia el sur. Decían que, en esas fechas, Facebook se llenaba de selfies de libios posando con esos trofeos de caza rosas. «Lo peor de todo es que esta gente ni siquiera sabe que eso es un crimen», soltó Aymad, un abogado de cuarenta años, mientras aguantaba el chaparrón bajo un poncho de plástico verde. La arena blanca bajo nuestros pies descalzos se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y también la basura. Se podría echar la culpa de todas esas botellas de plástico a los visitantes, armados o no. Pero que las encontráramos en la misma proporción a cuatro kilómetros del palacio ya indicaba que la mayor parte de los residuos llegaban del mar. Hasta cincuenta toneladas de basura habían recogido los ecologistas durante la última batida de limpieza.
Dos horas después de iniciar la marcha, era precisamente una caja de frutas de plástico en una foto en el móvil la que les dio una pista sobre dónde podía estar el dispositivo que buscaban. El GPS también indicaba esa misma posición, así que nos pusimos a excavar con la ilusión del que busca un tesoro enterrado. Hicimos un agujero, y luego otro; miramos de nuevo la caja en la foto y el GPS. «¿Estáis seguros de que es la misma?». Hicimos otro agujero. «Enséñame la foto otra vez; creo que es un poco más allá». Así durante casi dos horas y bajo la lluvia. Pero nada.
Justo cuando escampó, emprendimos la marcha de vuelta: el mar había pasado de un azul nórdico a un intenso turquesa y la arena parecía aún más blanca. El sol acabó secando la ropa empapada del grupo y la decepción en sus caras. Sin mediar palabra entre ellos, los voluntarios comenzaron a recoger residuos en bolsas de plástico que se iban hinchando según nos acercábamos al palacio. Ninguna visita a Farwa era en balde. Aymad decía que se acercaba hasta allí dos o tres veces a la semana y que nunca se cansaba. Luego repitió lo de que «Libia podría ser un paraíso si las cosas funcionaran». Era un mantra cargado de sentido, pero que dejábamos de oír frente a la silueta de la planta química recortada contra el horizonte. Se veía desde todas partes. Hasta cuando le dabas la espalda notabas su presencia.
Volviendo en la lancha a puerto, un pescador que acababa de echar su red en las nos hizo un gesto con la mano ofreciéndonos pescado. Luego fueron dos delfines los que reclamaron nuestra atención. Saltaban juguetones sobre aquel medio hostil, y acabaron acercándose para medir sus fuerzas a ambos lados de la proa. Dos colosos grises y brillantes se abren paso a través de las aguas negras. El vídeo circula por WhatsApp antes de llegar a tierra.






