1 de septiembre de 1939. El ejército alemán traspasa las fronteras de Polonia violando el territorio soberano de su nación vecina. Se trata del Fall Weiss. No es el primer acto de agresión internacional del régimen de Adolf Hitler, pero esta vez ha terminado de sacudir la conciencia de las naciones occidentales. A nadie se le escapa que ya es inevitable un conflicto armado europeo como extensión del que se acaba de iniciar en tierras polacas. De hecho, un par de días después, el Reino Unido y Francia responden declarando la guerra a Alemania. Las alarmas suenan en todo el mundo; está a punto de desencadenarse una nueva Gran Guerra, apenas dos décadas después de finalizada la anterior.
Los Estados Unidos, por el momento, parecen tener la intención de mantenerse ajenos al enfrentamiento. La mentalidad no intervencionista todavía tiene un considerable peso en la opinión pública del país, cuyo gobierno decide no participar, al menos no de manera abierta, en la nueva guerra. Así, mientras la situación no cambie, los puertos navales estadounidenses parecen un refugio seguro para los grandes buques europeos a los que la guerra ha sorprendido en alta mar. Por casualidad, cuando estalla la guerra se encuentra haciendo escala en Nueva York el Normandie, trasatlántico que constituye el orgullo de la flota civil francesa; por entonces es uno de los barcos de pasajeros más grandes nunca construidos. En el momento en que Francia entra en guerra, la preocupación se apodera de la tripulación del Normandie, que solicita refugio a las autoridades norteamericanas; salir al mar los dejaría a merced de algún submarino alemán. El buque obtiene permiso para permanecer anclado en el muelle nº88, en el West Side de Manhattan, mientras dure el conflicto. Unos días después, otros dos famosos trasatlánticos, el Queen Mary y el Queen Elizabeth, buscarán también refugio en Nueva York y serán anclados en los muelles contiguos. De repente, los paseantes neoyorquinos pueden disfrutar de un insólito espectáculo: los tres transatlánticos más gigantescos del planeta, están detenidos el uno junto al otro en el puerto de su ciudad. Impresionante atracción, sin duda.
El Normandie permanecerá inmóvil en el muelle número 88 durante dos años; su capitán y la tripulación original siguen viviendo a bordo, ocupados con su mantenimiento. Aquellos dos años se convierten en una angustia creciente; desde su prolongada escala en Nueva York, los marineros franceses del Normandie contemplan con aprensión el desarrollo sangriento de la guerra europea, y sobre todo el asalto alemán a Holanda y Bélgica, países que caen con facilidad ante los invasores. En la primavera de 1940, pues, las tropas del III Reich están ya a las puertas de Francia. Poco después penetran en territorio francés y desmantelan toda resistencia, que cae como un castillo de naipes. Como la URSS y los Estados Unidos miran hacia otro lado, parece que nada ni nadie podrá detener a Hitler, así que el 10 de junio el hasta entonces timorato Benito Mussolini decide que Italia participe también en el saqueo de Europa, convirtiéndose en aliada de los alemanes. El oportunista dictador italiano declara la guerra a una agonizante Francia y al cada vez más aislado Reino Unido. De hecho, no pasarán ni dos semanas hasta que los franceses se rindan: el 22 de junio, lo que queda del gobierno galo firma el armisticio. Ha dejado de ser un país independiente y ahora está bajo control directo de los nazis. Desde el punto de vista de la legalidad internacional, Francia ya no existe, así que el Normandie es ahora un buque en el exilio, un gigantesco apátrida habitado por un puñado de marineros que ya no tienen una patria a la que regresar. El mando naval norteamericano decide destinar nada menos que ciento cincuenta miembros de la guardia costera a bordo del buque, para evitar posibles intentos de sabotaje por parte de agentes infiltrados. Dado que entre los trabajadores del puerto abundan los inmigrantes europeos, incluidos muchos alemanes e italianos que en algunos casos podrían ser partidarios de los regímenes totalitarios de sus respectivos países de origen, se teme que algún grupo de radicales fascistas camuflados como operarios del puerto pueda intentar un atentado.
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buen post, escribes con soltura y se ve que entiendes del tema. Es un placer leer
Genial artículo, ya tengo muchas ganas de leer la quinta parte. La figura de Lucky es fascinante, y ya perfila lo que podrá pasar en las próximas temporadas de «Boardwalk Empire» si llegan tan lejos.
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Ya era año, copón, pensaba que la cuarta parte la leerían mis nietos.
brillante, como siempre, aunque se me ha hecho mas corta de lo habitual. Queremos la quinta parte ASAP!! :-)
Gran serie de articulos, a ver si el quinto no se hace esperar tanto como el cuarto.
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