Churchill’s era el pub vertedero por excelencia de Reading en los 70. Ahí solo iba lo peor de cada casa, los desechos humanos que tenían vetada la entrada en los demás pubs: los delincuentes, los violentos y los toxicómanos. La mayoría de su clientela, de hecho, encajaba sin problemas estos tres apelativos. Su único atractivo y razón de ser era el hecho de que se pudiera beber alcohol toda la noche hasta que saliera el sol.
En medio de la noche, se abren las puertas de par en par y aparece un tipo alto y desgarbado, de pelo largo, con gabardina y botas de clavos, las pupilas como platos. Se va al medio de la pista de baile, se quita la gabardina y debajo de ella está completamente desnudo. Como si nada más importara, se pone a bailar.
—¿Quién es ese payaso? —pregunta por lo bajo un parroquiano a otro.
—Cuida esa boca, gilipollas. Ese es Robin Friday, el mejor futbolista que he visto en mi vida.
Efectivamente, Friday fue un auténtico personaje de la noche inglesa. Impredecible dentro del campo, lo era más todavía fuera del mismo: excéntrico, borracho, drogadicto, criminal, violento… y aun así, cuando al prestigioso periodista de la BBC David Coles le encargaron elaborar una lista de los mejores jugadores de la historia, en una lista de 50 en la que figuraban nombres como Pelé, Cruyff, Beckenbauer o Maradona, estaba Robin Friday.
22 años antes del suceso que abre este artículo, en 1952, Robin y su hermano gemelo Tony nacían en el barrio londinense de Acton. Hijos de una familia obrera de clase baja, sus vidas estarían profundamente marcadas por sus orígenes.
De hecho, el primer gran punto de inflexión en su trayectoria profesional y en su vida vino ya de crío. Robin empezó a destacar en el campo de fútbol, aunque era además un buen tenista, boxeador, destacaba también en cricket, era un gran jugador de bolos y un magnífico dibujante. Sin embargo fue siempre el fútbol la mayor de sus aficiones, y con 13 años su padre lo apuntó a unas pruebas para jugar en el Chelsea, que pasó sobradamente. En cualquier caso, ni su juego ni su forma de ser encajaban con las formalidades de las categorías infantiles en los equipos profesionales. Tras un año en el Chelsea volvió a jugar en divisiones inferiores y a los 14 tanto él como su hermano ya empezaban a jugar con adultos en ligas menores, donde su talento se vería relegado tantos años a lo largo de su trayectoria.
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Muy interesante, enhorabuena.
GRACIAS.
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Gran historia.
Crack!
Ese tío siendo un niño de 16 años seguramente había vivido muchas más experiencias (aunque la mayoría malas) que muchos adultos juntos de 30 años de hoy en día
¡Una entrega más de la acreditada serie «Delincuentes deportivos»!
Por complementar…
http://laleydelacalle.blogcindario.com/2012/09/01899-robin-friday-el-hombre-que-pudo-reinar.html
Por complementar aun más: http://www.salmonpalangana.com/2013/04/el-mejor-futbolista-que-jamas-viste/
Cualquier experto en leer en facciones humanas, ve al momento en la primera foto en primer plano, que el psicópata asoma entre esos ojos extraviados, de mirada embotada por el animalismo. Su destino se podía ver ahí ya con toda claridad.
Pagaría por verlo jugando con o contra los metrosexuales y galácticos de hoy en día.
Gran trabajo en sacar a la luz la vida y obra de este gran personaje. Grandisimo artículo.
Enorme artículo magistralmente escrito, no parpadeé desde el inicio.
Bueno, eso es porque tiene usted un problema en los ojos. Vaya al oftalmólogo.
Trinche Carlovich 2.0
Genial, sin duda, tanto el artículo como el personaje. Lo estaba leyendo y a la mente me venía (salvando siempre las distancias) otro gran talento de mala vida, Juan Castaño Quirós, «Juanele».
Uf, yo estudié en Reading durante un año (1988-89) y los días de partido los hinchas del equipo se trasladaban en manada a Elm Park escoltados por la policía a caballo mientras lanzaban toda clase de insultos y gestos obscenos a los negocios de los inmigrantes que se alineaban en Oxford Street. Solo fui una vez al campo -era un partido de Copa- y hubo graves altercados entre ambas aficiones. Por suerte el estado no estaba lleno y los corrimientos de gente -cuando la hinchada rival logró derribar la valla de protección para liarse a hostias con la local- no provocaron estampidas ni taponamientos de gente a lo Heysel. Una experiencia de alto voltaje. Y eso que el equipo por entonces estaba en Segunda División… Como en San Mamés, en ningún lado.
Olé!
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