¿No sería la vida más bella si estuvieras constantemente sobrecogido por la sublime y pura concavidad de tus cuencos de cocina? ¿Por el dinamismo tubular de tu cigarrillo? Mina Loy.
Solo en cuerpo era una anciana bella y elegante. En su espíritu y su mente seguía siendo una persona joven. Podía ponerse seria, podía ser irreverente, pero nunca trivial… Era una excelente conversadora. En ocasiones venía a casa por Navidad; la primera vez que la invitamos estábamos preocupados: ¿se aburriría? Así que teníamos varias tácticas preparadas para desatrancar la conversación. Estuvo con nosotros cinco o seis horas y en ningún momento desfalleció la conversación. Sin esfuerzo guiaba la charla de un tema a otro. Era una maestra del arte victoriano de la conversación y su vocabulario era el más amplio que he conocido en el mundo de la palabra hablada… Si había diecisiete palabras distintas para expresar algo, ella elegía siempre la que contenía el matiz absoluto que precisaba. Su sentido del humor se colaba en la conversación, así que era muy, muy entretenida […] Solo de manera retrospectiva me he percatado de que siempre obvió dos temas: su pasado y la fotografía. Joseph Mulholland.
I.
El artículo empieza al terminar la historia. En Glasgow, Escocia, circa 1935. Sobre los peldaños de una escalinata se dibuja la sombra de una señora, algo encorvada, tocada con sombrero. Una foto captura el momento. La foto es un autorretrato, seguramente, una de las últimas de la autora. Podemos decir que data el fin de su biografía; su vida llegará hasta 1969.

La sombra tiene dueña: Margaret Watkins, una de las fotógrafas más sugerentes y exquisitas del siglo XX, que mantuvo con éxito un estudio independiente en el Greenwich Village de Nueva York de 1916 a 1928. Desde allí produjo su interesantísima contribución a la fotografía de vanguardia del siglo XX, alcanzando cierto reconocimiento. Hoy no la conoce casi nadie (como muestra diremos que carece de entrada en Wikipedia, y que el logaritmo de Google solo localiza una página en español que la mencione). A su muerte, un vecino abrió una arqueta que la difunta le había dejado con todas sus fotos. Desde entonces y poco a poco su obra se rescata del olvido. Escribo para ayudar a dar a conocer a una artista indebidamente desconocida. Y también para indagar en un misterio: por qué Margaret pasó de reconocida profesional en Nueva York a sombra gótica en Glasgow.
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Ese logaritmo de Google, por favor.
Gracias por el artículo. Me da bastante que pensar.
Hubo una fotógrafa que nunca publicó nada, tomó unas 100 mil fotos y solo reveló una parte por falta de dinero (era niñera). Su trabajo se descubrió cuando era anciana y consiste principalmente en fotografías en las calles de Nueva York y Chicago.
Efectivamente, se trata de Vivian Maier – señores del Jot Down, ¿se animan? (guiño, guiño, codazo, codazo):
http://www.newsweek.com/vivian-maier-created-art-secret-more-50-years-224590
Pingback: Un gato en el tejado del mundo. Noticia de Margaret Watkins
Este es un artículo extraño.
Watkins no está en los libros de historia de la fotografía por el mismo motivo por el que Alma Mahler no lo está en el de la historia de la música. No hicieron gran cosa. El feministeo actual nos lleva a entronizar a mujeres que o bien fueron artistas o científicas secundarias o bien no llegaron ni a eso, pero insistimos en glosar su potencialidad frustrada. Lo anterior sirve como excusa para volver al cuento de la discriminación y demás. Como si los grandes creadores no hubieran hecho lo que tenían que hacer «a pesar de», siendo objeto de discriminación por raza, religión o clase social.
El autor del artículo -y esto es lo más interesante- no cae en la tontería arriba descrita. Por la razón que sea, las mujeres se doblan, se desvían. No tienen el impulso interior y la fuerza inexorable para sacrificarse, dedicarse, por algo tan poco natural y por ende tan masculino como el arte o la ciencia. Lo hacen por los hijos, por eso sí, pero no por la pintura, por la música, o por la física. En el mediometraje de Scorsese «Al natural», de Historias de Nueva York, una chica quiere ser pintora, y vive con un pintor maduro y de fama de quien espera reconocimiento. El pintor le dice que él no pinta porque su pintura sea buena, o por dinero, o por la fama, sino porque no tiene alternativa, y que si ella no hace lo mismo es que no es una verdadera artista.
Hay algunos -pocos- casos de verdaderas artistas de talento, también en la fotografía. Diane Arbus, o Helen Lewitt, etc. (sospechen de cualquier artista que no hace más que retratarse a sí misma). En efecto, uno no puede estar en misa y repicando. Acusaron hace años al director Sergiu Celibidache de machista por intentar bloquear la admisión de una instrumentista en la Orquesta de Munich. Celibidache argumentaba que la música requería dedicación plena, completa, en cuerpo y alma. Sin lactancias ni maternidades, domesticando todo. Lo primero es lo primero, y único. Ahí anduvieron en juicios, alegando ella que tocaba muy bien no sé qué instrumento (de viento). La susodicha usó a su marido para publicar un libro aireando el caso.
El de Watkins es un «pudo ser y no fue». La fotografía pictorialista pasó rápidamente de moda, pues al poco se aceptó que el sentido de la fotografía no estaba en imitar a la pintura, sino que tenía su propio campo exclusivo de expresión. Dejó de fotografiar después, y no hizo nada. Pudo hacerlo, para sí, por necesidad, pero no… Si no es para culpar al mundo machista por haber frustrado la gran carrera de una genial fotógrafa que no pudo serlo, o para rescatar del olvido a una artista genuina, innovadora o de fuerte personalidad que quedó olvidada (no es el caso), ¿por qué volver a ella? Su historia, por lo demás, parece de lo más vulgar. Sin mucho (o nada) de extraordinario.
Es de agredecer que el autor responda a los comentarios pero por favor haga caso a Dr. Zaius y corrija el logaritmo de Google. Un logaritmo es una operación matemática mientras que lo que utiliza Google, y todos los informáticos, es un algoritmo.
Desde luego que sacrificaban. Algunos acabaron en la hoguera, por ejemplo, otros renunciaron a tener una familia, o a llevar una vida material mínimamente digna. Schubert compuso sinfonías que nunca escuchó. ¿Alguien se imagina a una mujer haciendo tal cosa? Algún caso femenino ha habido, pero en los hombres ha sido lo normal: la exclusión o marginalidad social, racial o religiosa no ha podido pararlos, en general. Esa idea de que los hombres, así, en general, han sido unos privilegiados es absurda. ¿Quién tenía más privilegios y libertad, una condesa o un minero? ¿Qué privilegios relativos tenía el minero frente a su esposa? Mientras que los hombres han creado «a pesar de», segregando eso que llamamos civilización, las mujeres no han hecho nada «con la excusa de», continuando atornilladas a la naturaleza. Y hay algo evolutivo, quizás genético, en todo ello.
En el campo de la fotografía hay nombres femeninos importantes. Roberto mencionaba un caso, el de Vivian Maier. Hizo fotos toda su vida, para sí, aunque muchas sólo se pudieron ver después de su muerte. Además, es una estupenda fotógrafa. Para ella la fotografía no era instrumental, no la usaba para llamar la atención, para conseguir dinero o un medio de vida. Casos hay, pero son la excepción.
Un artículo estupendo Juan Claudio. Tengo un estudio de diseño con mi pareja; auqnue soy artista visual (fotógrafa y vídeocreadora) y me es muy grato leer art´culos como este que me trasladan al mundo fotográfico de antes, el que estudié hace años y me evade un poco del actual trabajo que desempeño que es mucho más comercial. Gracias por sumergirme en la fotografía de nuevo.
Me pareció muy interesante el artículo y que bueno que rescaten a las fotógrafas olvidadas, ya que muchas personas no conocen su arte. Gracias por compartir este artículo con nosotros.
Watkins no está en los libros de historia de la fotografía por el mismo motivo por el que Alma Mahler no lo está en el de la historia de la música. No hicieron gran cosa
Vaya fotografías antiguas bonitas!!! Y que decir del artículo!!!
Qué maravilla de artículo, me ha encantado descubrir la historia de Margaret Watkins y su mirada tan moderna para su tiempo. Un placer leer textos así, que rescatan artistas olvidadas y te hacen volver a disfrutar de la fotografía.