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Amélie Nothomb: «Don Quijote es el hombre y el héroe absoluto»

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París. Juan Pedro Quiñonero

Tras un respetabilísimo “Bonjour Monsieur”, “Bonjour Madame”, Amélie Nothomb, toda de negro, pálida como una brujita tímida entrada en años, sin maquillar, me conduce en silencio por un largo pasillo oficinesco con incontables puertas cerradas. Esbelta, segura, se detiene sin pestañear, abre una puerta gris ceniza, una entre muchas otras, frente al ventanal de un jardín interior con plantas de sufrida palidez urbana. “Entre, usted primero”, me dice; tranquila, confiada, sin ninguna huella de los estragos de su lejana adolescencia anoréxica. Entro. En una minúscula celda de oficina, sin ventanas, los libros y paquetes sin abrir se amontonan hasta el techo. Hay cartas abiertas y sin abrir por todas partes. Sobre una mesita de ruedas. Sobre los estantes. Sobre la grisácea mesa metálica que nos separa muy dignamente. Ella sentada, muy tiesa, serena, esperando silenciosa. Yo, no menos silencioso, buscando sin encontrar un lápiz, un bolígrafo o algo así, cuya búsqueda prolongo no sin cierta coquetería.

¿No piensa tirar a la basura todas estas cartas que se amontonan por todas partes?

¡No..!

Es usted muy piadosa.

Siento mucho respeto y cariño por mis lectores. Me escriben muchísimo. Paso varias horas al día respondiendo, como puedo.

Son su fondo de comercio.

¡No..! Los quiero y respeto. Aunque no siempre puedo atender sus peticiones. Hay quienes me piden el teléfono de una tenista francesa o un rockero americano. No sé qué decirles. Otros me piden una cita, quieren conocerme.

Debiera buscarse una secretaria.

Me gusta responder personalmente a mis lectores. En la medida de mis posibilidades. Puede llegar a ser un trabajo duro. En ocasiones, tras varias cartas intercambiadas, algún lector dice querer conocerme personalmente para dejar de ser un personaje de ficción, un ser imaginario.

Pura ilusión.

Vivo en mi mundo de ilusión desde niña. Cuando aprendí a escribir mis padres me obligaban a escribir todas las semanas a mi abuelo belga. No sabía qué decirle pero terminaba escribiendo. Debía inventármelo todo, contar historias.

Y siguió escribiendo cartas.

Quizá, sí. La escritura y sus mundos de imaginación son una realidad bien palmaria. En mi caso, me levanto muy de mañana, a las cuatro o las cinco. Escribo durante tres, cuatro, cinco horas. Luego, a lo largo del día, hago otras cosas. Y respondo a mis lectores.

Hay algo angustioso en esa reclusión en uno, varios o muchos mundos imaginarios.

En la vida hay de todo. Cosas angustiosas, felices, tristes, crueles, hermosas. La literatura, las palabras, crean nuevos mundos que están ahí. Y las palabras nos ayudan a descubrir.

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7 comentarios

  1. La ilustración que acompaña este artículo de quién es? por que me suena la firma.

  2. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Je t’aime, Amélie

  3. Ella como personaje me parece insoportable (siempre me recuerda a la Bonham Carter) pero «Estupor y temblores» me pareció genial.

  4. Pingback: Una temporada en el infierno

  5. «Estupor y temblores», buena novela, sí señor.

  6. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Estupefacta y temblorosa: la japonesidad de Amélie Nothomb a través de su autobiografía

  7. Pingback: Estupor y temblores de Amélie Nothomb | Carmentas

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