Numerosas ciudades de trazado árabe se prestan a imaginar una plaza con un solo acceso, una esquina que al girar nos vomita en el mismo lugar donde hemos comenzado nuestra andadura, o un acceso tapiado que en su día vio pasar a multitud de transeúntes. Nos encontramos, pues, en Palma de Mallorca o Valencia, como gusten. Pueden también optar por las más exóticas Fez, Marrakech o Chefchaouen, caprichos urbanos dignos de Las Ciudades Invisibles [1]. En cualquier caso, estamos en una plazoleta a la cual solamente podemos acceder por uno de sus lados. En el extremo opuesto al acceso se yergue un muro que impide el tránsito desde la calle situada al otro lado del mismo. El bullicio al otro lado del muro es la única experiencia sonora en este espacio.

Fotografía: Patricia Mato-Mora
Me pregunto: el delicado gesto arquitectónico de demoler el muro, cambiando completamente la vida de la plaza, ¿es un proyecto de arquitectura? Graffiti a ambos lados del muro, ¿son un proyecto de arquitectura? ¿Y si solamente se pinta un mural en el interior, estoy hablando de arquitectura, o tan solo de arte urbano? Me dicen por aquí que no, que no es arquitectura. Con suerte soy una artista con pintura dentro de un pulverizador; en el peor de los casos soy una delincuente.
Derribos escandalosos
Son escasos los proyectos en los cuales prima la sutileza cuando el presupuesto no es un problema. Quien se haya aventurado a proyectar sin edificar habrá tenido que explicar, en más de una ocasión, que la delicadeza de su propuesta no se debe a una falta de testosterona, sino a la convicción de que construir rascacielos no es el único ni el mejor legado al que puede aspirar un arquitecto. Y es que, a veces, hay que reconocer que no por antigua o desfasada la arquitectura que uno se encuentra deja de ser compleja, interesante, y digna de ser mantenida; me atreveré a decir, ya que estamos, que puede que ese sea el caso por no haber sido obra de un arquitecto.
Quienes se hayan servido de mi introducción para transportarse a la marítima Palma de Mallorca conocerán ya el mediático caso del barrio de Santa Catalina. Obrero en su génesis, en los años de las vacas gordas este distrito vio cómo arquitectos y urbanistas derruían bloque tras bloque. Se erigían en su lugar insípidos edificios vagamente inspirados en un vanderohismo [2] caduco que, gracias a los catedráticos precámbricos que poblaban las escuelas de arquitectura, continuaba recitando el mantra less is more [3], sin haberse enterado de que Venturi había ya declarado que less is a bore [4], y por supuesto era ajeno a Bjarke Ingels [5]. A día de hoy, los proyectos que se llevaron a cabo, tales como centros para mayores y bibliotecas, no pueden mantener sus servicios mínimos: todo el presupuesto se gastó en arramblar con lo que había y construir desde cero. Las autoridades locales se ven sin más que deudas, incapaces de mantener la infraestructura urbana; mientras que los habitantes se ven privados de los paisajes urbanos en los que crecieron: como la cáscara de un huevo, los cascotes de lo que un día fueron elegantes muestras de arquitectura isleña sirven de muy poco.
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«Arquitectura humana» podría ser un mejor nombre. Lo cual plantea la pregunta, ¿hay alguna arquitectura que no sea humana? Por supuesto, y la sufrimos todos los días: es esa arquitectura para la que los habitantes de sus creaciones no pueden ser creadores, sino un público obtuso al que epatar, meros figurantes en el escenario que ha dibujado el arquitecto.
Muy a favor de esta forma de entender la ciudad y de fomentar estas intervenciones. Pero qué pereza ya con el urbanismo de género o la arquitectura femenina o como se quiera llamar. Es un enfoque de pensar la ciudad para el usuario, sea éste niño, adolescente, favorecido o desfavorecido o tercera, cuarta o quinta edad y del colectivo o etnia o adscripción sociosexual que le corresponda.
Si me permites, son muchos los términos que aparecen en este sugerente texto -sutil, bello, útil, complejo, caro o barato, brusco o ligero-, como para acabar reuniéndolos a todos bajo el único calificativo general de ´arquitectura femenina`.
Es muy acertado, y muy honesto, terminar acudiendo a la razón del que se escuda en la acepción 6ª de DRAE del término ´femenina` para intentar comprender -¿acaso disculpar?- a aquellos interlocutores a los que tuviste que padecer. Pero en absoluto comprensible cuando hablamos de intervenciones -las arquitectónicas- a la que no sólo recurriremos durante una larga vida útil -o inútil- sino que, además, acudiremos y las haremos realidad y las viviremos por igual, hombres y mujeres.
Lo que en fin quiero decir, es que a tu texto -ya digo, por lo demás impecable-, quizá le falte la verdadera reivindicación de la vitalidad de la arquitectura (aún con un bote de spray en la sudadera) frente a la mortalidad del burócrata y/o ególatra, batalla que sí planteas, de frente, en la actuación del Comboi a la Fresca.
La arquitectura la hacéis (y depende de) hombres o mujeres, pero la hacemos realidad, sin distinción, los seres humanos.
(Por lo demás, siempre curioso, he visto -aun superficialmente- el proyecto de intervención de ´luz e invisibilidad` que planteaste a la AA para Japón http://pr2012.aaschool.ac.uk/students/patricia-mato y, si me lo permites, creo que es magnífico y te animo a que persistas con él, aunque quizá eso te obligue al duro trabajo de reubicar el trabajo. Es una idea fabulosa :)
Gracias por tu texto, Patricia.
Un saludo.
La antítesis de la «arquitectura satánica».