Un techo. Esa es la promesa que ya dura veinticinco años en el norte de Armenia. Gyumri, en la provincia de Shirak, es la segunda ciudad más grande del país caucásico. Allí unas cuatro mil doscientas personas siguen viviendo en domiks: alojamientos temporales en los que se refugió a los supervivientes del terremoto de 1988 que perdieron sus hogares. Aunque la ciudad de Spitak fue completamente devastada, la reconstrucción fue más rápida. No obstante, también quedan algunas domiks.
En verano abrasan y en invierno hielan. Cuando llueve, paraguas y cubos ocupan el reducido espacio de las domiks. El engaño comienza en el nombre: domik significa casita en ruso. Pero no son más que contenedores metálicos o chozas remendadas con distintos materiales. Tras el terremoto que sacudió el norte de Armenia en 1988, el Gobierno soviético prometió entregar casas reales al medio millón de supervivientes que perdieron sus hogares. Veinticinco años después, en los refugios temporales todavía sobreviven y conviven personas y ratas. La promesa, mantenida por los sucesivos Gobiernos tras la independencia de Armenia, ya dura un cuarto de siglo. Cuando las personas caen en el olvido, la vida sedentaria no siempre entiende de cimientos.
Los habitantes de Gyumri miden el tiempo así: antes y después del terremoto. Y hablan de sí mismos y de su ciudad en función de esta división temporal. La mañana del siete de diciembre de 1988, el norte de Armenia empezó a temblar a las 11:41. Era miércoles. Veintidós segundos cambiaron las vidas de sus habitantes para siempre. Entre veinticinco mil y cincuenta mil personas perdieron la vida en el norte del país. Otras quinientas mil vieron cómo desaparecían sus casas.
Gyumri, entonces llamada Leninakan, y Vanadzor, fueron algunas de las ciudades más afectadas. Spitak desapareció completamente. Solo quedaron los escombros y los gritos de los que buscaban a sus familiares con vida. Encontrarlos sin vida también era motivo de alegría: «al menos los encontraban», explica Sarkis Saharkian, un taxista de Gyumri.
Una ligera niebla culmina el aura de tristeza en las caras de los habitantes de Gyumri. Un bistró expone cabezas de cabra resecas sobre una vitrina. Una anciana delgada, inclinada hacia adelante, con ropas viejas, un gorro del Real Madrid y zapatillas de estar por casa, entra, se acerca a la vitrina, pide algo a la dueña del bar y se marcha. A su salida, dos chicos dicen que ella todavía vive sola en una domik y ofrecen su compañía para visitar una de ellas.
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