1. La cabaña del niño
Cuando estaba en el colegio tenía envidia de casi todo el mundo. Por ejemplo, tenía envidia de mi primo, que siempre venía al pueblo en un coche mejor que el nuestro, que tenía un instrumento musical mejor que el mío —él es pianista y yo tocaba la trompa, cuyo enrevesado tubo de latón produce un sonido bellísimo, pero que seamos serios, no deja de ser el instrumento del niño gordito estándar—, y además es que jugaba al fútbol mucho mejor que yo. Lo malo es que mi primo no era el único objeto de mi envidia; también envidiaba a los chicos que tenían las Nike Air Jordan, a los que tenían moto y a los que tenían éxito con las chicas. Y a las chicas, que lo tenían fácil para tener éxito. Y a los que corrían más, a los que saltaban más y a los que sacaban mejores notas —bueno, a esos no porque yo era un empollón—.
Eso sí, a los que de verdad tenía envidia, pero de la áspera, de esa que duele como duele la sangre en las encías cuando no quieres que se te cure la herida, era a todos y cada uno de los chicos que salían en las películas y las series de televisión americanas. Claro, eran más guapos, mejores deportistas y tenían más éxito con las chicas que yo; y además solían tener moto o coche —¡a los dieciséis años!—. Con todo, lo que en realidad envidiaba, lo que activaba mi imposible codicia, eran sus cabañas en el árbol.
Lo malo es que para tener cabaña en el árbol había que tener árbol y para tener árbol había que tener un patio donde plantarlo; y claro, en nuestro piso de cincuenta metros cuadrados teníamos muchas plantas, pero aunque yo las llenase de clicks de famobil, pues no era lo mismo.
Hasta que una noche miré dentro de mis sábanas.
Metido en la cama, completamente cubierto y sujetando el centro de la manta con el codo, encontré un espacio único. Un espacio propio y ajeno al mundo. Un espacio para volar y para pensar. Había encontrado mi cabaña.
Mi cabaña era una superficie tensada como las que había construido Frei Otto en el Estadio Olímpico de Munich, aunque yo no sabía quién era Frei Otto ni qué era una superficie tensada ni dónde estaba Munich. Mi cabaña no era de madera ni estaba en un árbol; era de tela y de espacio y estaba en una cama alzada sobre diez volúmenes de la Enciclopedia Larousse. Nunca la había tocado con las manos hasta ese día, que usé la mitad de sus tomos como si fuesen ladrillos. Allí debajo, solo y feliz, tuve por primera vez la sensación de que el infinito era un lugar placentero. Y que estaría bien para pasar en él pequeñas temporadas.
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Dos grandes historias de cabañas.
Jack y su cabaña con 94 años, justamente eso, un lugar al que escapar http://pisandocharcos.net/wordpress/2013/12/la-historia-de-jack/
Y una cabaña en el desierto.
http://pisandocharcos.net/wordpress/2013/11/la-cabana-y-el-desierto/
Por si les interesa:
http://materiaconstruida.blogspot.com.es/2013/07/la-cabana-del-filosofo.html
http://cabinporn.com/
¿Cómo se puede tener 40 años habiendo sido niño cuándo Jordan era Jordan?
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Menudo pluf el cementerio de César Portela… haced una búsqueda en google y veréis qué ñordo arquitectónico.