
Viene de la cuarta parte.
Tras su sonada salida de los Estados Unidos, el acoso de los paparazzis en busca de la primera imagen del «cineasta fugitivo» en París duró poco: días después de su llegada Roman Polanski saldría a escondidas de su casa rodeada de reporteros, y astutamente distribuiría una serie de fotos suyas en las calles de la capital francesa, regalando la exclusiva a una fotógrafa amiga necesitada de algo de dinero. Al desembarazarse así —siquiera temporalmente— de la atención de la prensa, podía pensar fríamente en dos problemas inmediatos: su preocupante situación financiera (tras meses de importantes gastos judiciales) y la prosecución de su carrera. Recordó entonces que, poco antes de morir asesinada, Sharon Tate había leído la novela Tess, la de los d’Urberville (1891) de Thomas Hardy, y se la había dejado en la mesilla junto a la cama, con una nota indicando que ahí había una gran película por hacer. Polanski decidió que había llegado el momento y convenció al productor Claude Berri para embarcarse en el rodaje: sin embargo, no podía rodar en la campiña inglesa de Dorset donde Hardy ubicó su novela al temer ser extraditado a Estados Unidos en cuanto pisara Gran Bretaña. Por este motivo se vio obligado a recrear ese paisaje en Francia, donde podía sentirse seguro (recordemos que nació en París).
Tess (1979) arranca con una secuencia magistral: tras los créditos iniciales, que se cierran con un lacónico y significativo «to Sharon», Polanski presenta (de manera brillante, reforzando con la cámara el carácter fortuito de la situación) el cruce casual entre el atolondrado y humilde padre de Tess, campesino analfabeto y borracho, y un clérigo que jocosamente le toma el pelo sobre sus supuestos orígenes aristocráticos. Esta trivial y aparentemente insustancial conversación basta para sellar el trágico futuro de la inocente Tess, interpretada por Natassja Kinski. A lo largo de tres horas majestuosas, la película transita desde esa ligereza hasta los abismos de la pasión, la culpa y la condena de su protagonista con soberbia naturalidad.
Polanski se rodeó de magníficos colaboradores para recrear el ambiente de la novela de Hardy, pues Berri no escatimó en medios. Tess fue de hecho la película más cara rodada en Francia hasta entonces. Una vez más Gérard Brach coescribió el guion, y la impecable fotografía corrió a cargo del mismísimo Geoffrey Unsworth (responsable del 2001 de Kubrick) que fallecería durante la filmación, siendo reemplazado por Ghislain Cloquet. El rodaje duró más de nueve meses, entre otros motivos porque Polanski se empeñó en rodar en escenarios naturales durante las cuatro estaciones del año para crear así la sensación de paso del tiempo. El resultado es un film visualmente deslumbrante y narrativamente impecable, que posee la aparente simplicidad de las películas redondas.
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Polanski es uno de los realmente grandes. Siempre con ese toque suyo tan especial, ese tenebroso sentido del humor, esa visión desencantada y lúcida de la existencia. Su compañera y luego esposa, Emmanuelle Seigner, estaba arrebatadora en este su primer film, una auténtica rompecorazones. No me extraña que el excelente Harrison anduviera detrás de ella por los tejados de París, con riesgo de partirse la crisma. Aunque le doy la razón en que como actriz siempre fue quedando rezagada en relación a sus oponentes, algo debió ver Roman en ella (sí, ya sé, pero me refiero a algo más, víboras) para ponerla al frente de ese casi perfecto artefacto que fue «Frenético». Solo cuatro años después, y con unos kilitos más, pero colocados de maravilla, nos seducía de nuevo y de paso a Peter Coyote y Hugh Grant en “Lunas de hiel”, una de esas extrañas películas que poca gente conoce pero que a mí me encanta. Nuevamente aquí, quedaba desbordada por el gran talento de los dos actores anteriores y la estupenda Krystin Scott Thomas, pero insisto en que su presencia física suplía también, como sucedía en «Frenético» y esta vez en un cometido mucho más difícil, sus evidentes limitaciones actorales. No he visto todavía «La Venus de las pieles» pero me fío de de su criterio al decir que está muy bien como acriz; y es que tanto tiempo al lado de Polanski, se le había de pegar algo bueno, ¿no creen?
Pues Piratas me parece un peliculón de aventuras con Walter en estado de gracia. Eso sí, alguna escena de lucha es un poco «caótica»…pero, en general, un gran film de entretenimiento
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Muy interesante, como siempre. Lástima que no se haya profundizado apenas en «La novena puerta», pues es una película que me encanta, y que a mi entender es mucho más jugosa de lo que aparenta. Esperando con ganas el VI (y supongo que último) capítulo.
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Piratas y ¿Qué? son muy malas, pero para mí la peor y más aburrida de sus películas es La Novena Puerta. Normal, basándose en una ‘cosa’ que ni llega a ‘novelucha’. La verdad es que nunca me he podido explicar cómo alguien pudo plantearse que ahí había una película.