
Cáncer. La sola palabra da miedo, ¿verdad? Y por si no lo hiciera, le añadiremos un adjetivo: terminal. Tiene un cáncer terminal. Y no lo sabe. Ha venido a nuestra consulta para un simple chequeo, pero esto es lo que hay. Con veintitrés años y toda la vida por delante, en su caso una coletilla particularmente desafortunada. A ella le queda poco que vivir, quizá solamente meses. Y se lo tenemos que decir. Nosotros, que somos el médico, a ella, que es la paciente. Y tenemos que hacerlo cumpliendo una norma: en ningún momento nos puede dar la risa.
No es una frivolidad, de verdad que no. Es un experimento. La escena es de Mi vida sin mí, una película de Isabel Coixet, y los actores son Carlos Areces y Andreu Buenafuente, dos superpotencias de la comicidad. Queremos saber si pueden interpretarla no sin reír, sino sin hacer reír. El uno al otro y ambos a nosotros, que somos la audiencia y el verdadero sujeto experimental. Sin chistes, sin payasadas y sin el abrigo de la intimidad. Con una cámara delante y con la propia Coixet tras el artefacto, para mayor gravedad. Y a ver qué pasa, si es que pasa algo. Que el héroe puede prescindir de sus superpoderes es algo confirmado desde Clark Kent, pero ahora sabremos cómo reaccionaría la humanidad si Superman se negase a volar. Cáncer. Veintitrés años. Areces y Buenafuente. Cámara. Acción.

No lo diga usted, que ya lo decimos nosotros: es un experimento imperfecto. Empezando solo por el sesgo, ya que forma parte de una pieza que tiene la comedia por tema central. Se lo puede permitir, no obstante, y se lo debe permitir. El culo del mundo, que así se llama, no es una obra académica. Es un documental sobre tres cosas: el humor, la televisión y Andreu Buenafuente. Y sobre lo que le ocurre a estas tres cosas cuando dejan de ser una sola para ser, en efecto, tres.
Se puede explicar con menos lírica, por supuesto. El último programa de Buenafuente, Buenas noches y Buenafuente, fue cancelado en mayo de 2012, cuando llevaba poco más de un mes en Antena 3. Iba por el siete por ciento se share, cerca de un millón trescientos mil espectadores, y bajando. La última vez que el presentador pasó por aquella cadena con su fulgurante late night, de 2005 a 2007, lo hizo con una media del veinte por ciento, para hacernos una idea. Por eso la cadena decidió que ahora Buenafuente no estaba funcionando, por primera vez tras quince años dirigiendo televisión y una concatenación de éxitos sin precedentes en la televisión nacional, entre ellos Sense titol, La cosa nostra, Una altra cosa y el propio Buenafuente. Un tortazo de los que no constituyen novedad en televisión, por supuesto. Este negocio, ya se sabe, es un misterio que solo admite ecuación si viene neutralizada por un gran factor equis, el equivalente matemático de tener un tío en Graná. Nada que no dijese George Burns y repitiese después Bart Simpson cuando anunciaron que el mundo del espectáculo es una diosa ramera.
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Dicen que que hay que ser andaluz para apreciar el humor de los Morancos. Quizá haya que ser catalán para apreciar el de Buenafuente; tal vez por eso tuvo tantos éxitos en la «televisión nacional «.
Y en cuanto a la bobada de Giliberto sobre que a la gente no le gustan los humoristas serios, que se lo pregunten a otro catalán, este sí prodigioso humorista: Eugenio.
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¿En qué minuto del documental sale Berto Romero, ese tío tan «gracioso»? Es para pulsar el botón de FFWD >>.
alucino, con el de los morancos, habráse visto humor más simple y más tonto? igual hace 20 años te hacían gracia pero ahora? son patéticos y no me extraña, porque lo que representan es patético.