
Coged un libro, abridlo y cotillead la dedicatoria. Detrás de ella está el verdadero yo del escritor, el motor que alimenta sus historias, su vida fuera de la ficción, la fuente de la que bebe su imaginario. Una dedicatoria puede servir para jugar a adivinar qué personaje del libro es el autor. Julian Barnes no es un tipo original en este campo. «Para Pat». «A Pat». «Para Pat». «A Pat». Un mismo nombre que se repite como una sinfonía en todas y cada una de sus novelas.
Pat es Patricia Olive Kavanagh. Sudafricana, formada en la Universidad de Durban e hija de periodista. En su país natal trabajó en radio, publicidad y coqueteó con el mundo del cine. Dicen que su elegancia recordaba a Katharine Hepburn, pero a los veinticuatro años dio el salto a Inglaterra y dejó la interpretación por el mundo editorial. En la firma AD Peters y a la sombra de August Dudley Peters se forjó como agente literaria. Como la mejor. La más discreta. Aunando la firmeza y la capacidad para escuchar siempre a sus autores. Y en paralelo, se convirtió en el gran amor de Julian Barnes.
Se conocieron en 1978 y Barnes debió de decirle a Kavanagh algo así como: «Escuche ahora mi versión. Insisto. Mire, tómeme del brazo, así, y demos un paseo. Tengo muchas cosas que contarle, le gustarán», que es lo que le dice Louise Colet a Flaubert en El loro de Flaubert, la novela que consagró al escritor inglés. Aunque, bien pensado, Barnes debió de ser más persuasivo que Colet, que nunca llegó a casarse con Flaubert, porque Pat y Julian pasaron por el altar el 1 de septiembre de 1979.
La carrera profesional de Barnes, que publicó su primer libro, Metroland, en 1980, creció a la vez que su historia de amor. Como crecían las plantas del jardín de su casa del norte de Londres, convertida en punto de encuentro de todos los que querían hacer carrera en las letras inglesas, los que soñaban con ser el nuevo Dickens o la Austen del siglo XX. Grandes aficionados a la cocina, en la mesa del matrimonio Barnes-Kavanagh se sentaron James Fenton, Martin Amis, Ruth Rendell… y un largo etcétera. La nueva generación de la literatura británica pasó por aquellas cenas en las que Julian elegía el vino y Pat servía la ensalada. Unas reuniones que siempre acababan con un paseo por el jardín, el orgullo de los Barnes-Kavanagh, que no tenían hijos.
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Estupendo artículo. El amor de un hombre por una mujer que no le merecía.
Por cierto, es Jeanette, no Jeannete. :)
Julian. Julian. Qué grande es, fue y será. En el 2008 contestó muy amablemente a una carta que le envié – mi instituto le acababa de conceder un premio por Arthur&George; premio que, por ser su jurado estudiantes, han venido a recoger en persona desde García Márquez hasta Murakami. Pues bien, le escribí para que viniera a recogerlo y, con su elegancia de gentleman inglés, declinó: Pat se ha ido hace poco, me dijo.
Pero, finalmente, enmendó aquella ausencia y se presentaba en el instituto (en él ,estudié hace algunos años) para emoción y alegría de los que allí estábamos, ¿no? ;) Hermosísimas palabras las suyas. Con la clase de Barnes se nace.
Fue incapaz de perdonar la «infidelidad» a su amigo Martin Amis pero sí que pudo perdonar una auténtica infidelidad a su esposa Pat, que se fugó nada menos que con ese adefesio de Jeanette Winterson.
¡Vaya calzonazos!
Gracias por el artículo Lara!
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Me sorprende comprobar la simplicidad y el moralismo ramplón de algunos de los comentarios sobre la vida de Julian Barnes. «Jeanette no le merecía» , «calzonazos» etc. viendo especialemente la profundidad, la complejidad y el profundo amor que se profesaron su esposa y él. No me considero digno de juzgar una historia de amor así. Esas historias se viven, marcan para siempre y punto.
¿Qué instituto es ese del premio? Preciosa historia
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