
Centauros del desierto, Ben-Hur, Star Wars, Supersalidos… el cine siempre nos cuenta la misma historia con pequeñas variaciones. No tanto porque estén todas ellas protagonizadas de forma más o menos metafórica por un chaval gordito obsesionado con dibujar penes —que también podría ser— sino porque la última, que podríamos englobar en un subgénero que incluya a Porky’s o American Pie, atribuye a la pérdida de la virginidad proporciones míticas y retrata el tortuoso proceso como si de una epopeya homérica se tratara. Y por el impacto que tuvieron en el público se ve que lograron que este se identificase con lo narrado. Los protagonistas en tales películas de iniciación adolescente viven su castidad impuesta con una comezón interior digna de Hamlet; divagan, planean, temen y ansían furiosamente la llegada del Gran Momento, ese cataclismo vital que les hará ingresar en un mundo de nuevos placeres y desafíos y que incluso les transformará interiormente. ¿Realmente es para tanto?
Bien, cada uno tiene su experiencia particular y ha escuchado las de otros lo suficiente como para saber que no es algo de vida o muerte. Es más importante, al menos en algunos casos. Para que se hagan una idea, uno de nuestros lectores, de nombre Mikel, nos dejó escrito en la web tiempo atrás un comentario acerca de su imposibilidad de desflorarse, en el que decía, textualmente: «intenté suicidarme ante la tremenda frustración de no poder desahogar esa energía sexual que me devoraba por dentro». Y remataba: «No por nada siempre se ha dicho medio en serio medio en broma que hasta que uno no folla o no se va de putas no se convierte en un hombre». Vaya por delante que Mikel es un nombre vasco y eso no es casualidad, así que desde aquí le enviamos un fuerte abrazo —casto, que no se haga ilusiones— y le deseamos toda la suerte del mundo. Céntrate, hombre, y no hagas locuras. Pero además de a un desesperante impulso biológico, esta mitificación del asunto también responde como él reconoce a una necesidad de darle trascendencia y significado, a falta de otros ritos de paso para la pubertad en Occidente. En este punto nos centraremos: es la forma de representar ante uno mismo y ante los demás el paso de niño a adulto, y el sexo es la barrera más llamativa entre ambos mundos. Quizá por eso le ha dado tan fuerte a la cantante Miley Cirus por hacer guarrerías sobre el escenario, es una manera de conectar con su público, ese que le sigue desde la infancia, diciéndole «ey, mirad, ya somos mayores, ahora hacemos cosas de adultos».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Hace tiempo leí en un libro muy serio todo él, que la época que definimos como adolescencia, no era más que una creación surgida a partir de cambios tecnológicos, que modificaron la estructura familiar como se conocía.
No había adolescencia porque la costumbre era que los hombres se casaran con niñas, brincandose esa etapa esencial, convirtiendo de golpe a las niñas en mujeres.
Hoy en día parece que la perdida de la virginidad es más un trámite burocrático engorroso, y que se solventa de cualquier modo. Aspirando a una retribución mayor.
La teoría es interesante, pero discutible. Por un lado, eran hombres «maduros» los que se casaban con las niñas, normalmente mayores de veinte años y podían tener perfectamente cuarenta o cincuenta. Eso haría que las niñas se saltaran la adolescencia, pasando del rol de niña al de esposa y madre, pero no afectaría a los chicos que no podrían aspirar a casarse hasta tener un trabajo y una estabilidad – hasta hacerse «hombres», para entendernos.
Por otro lado hay quien duda de que los matrimonios adolescentes fueran tan habituales. La mayor parte de los datos históricos que nos han llegado se extraen de la nobleza y las clases altas, donde por motivos de dotes y alianzas políticas podía ser interesante casar a la progenie muy pronto, pero recuerdo haber leído un estudio donde haciendo un análisis del crecimiento vegetativo de las poblaciones se llegaba a la conclusión de que las generaciones estaban separadas por unos veinte años, lo que les llevaba a pensar que la mayoría de las mujeres se casaba entre los diecisiete y los veintipocos años.
Pingback: Perder la virginidad y otros ritos de paso
El sexo, y con ello que la perdida de la virginidad sea una obsesion, es la Cosa mas increiblemente ultramitificada de la sociedad occidental actual.