
A un libro siempre le delatan las esquinas de sus páginas. En esos pliegues, pocos o muchos, está cada cita, cada pasaje que el lector ha bisbiseado mientras colocaba la muesca, haciendo ceder la esquina sobre sí misma. A veces son un guijarro para el retorno, otras un aplauso contenido, o la marca misma del desconcierto ante las líneas. Pero siempre, siempre, son el retrato más certero de lo que palpita tras la cubierta. Nos perdonarán los defensores de la incolumidad de los libros, pero algunos no sabemos emprender viaje sin dejar nuestro rastro en el camino. Y doblamos las páginas para vivirlos, adictos a ese sello triangular.
Por eso, sin más rodeos, esta es una selección de libros a los que machacarles las esquinas en horizontalidad veraniega. No hay más criterio que ese: sus numerosas dobleces y una relativa actualidad. En el arte de doblar esquinas no se distingue entre bestsellers, premios Pulitzer o rarezas sin edición en español. Pero ninguno es de prestado, claro.
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1. Arte Salvaje, una biografía de Jim Thompson, de Robert Polito (Editorial Es Pop)
El mundo descubrió demasiado tarde a Jim Thompson, aunque hoy esté sentado entre Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Y mientras esperaba a que esa fama llegara —porque sabía que acabaría haciéndolo— se dejó machacar por una existencia mucho más perra de lo que dejó entrever en sus violentas y descarnadas novelas. El periodista Robert Polito se ha sumergido en ese noir que fue su vida, en la prosa a quemarropa de Thompson para descubrir al tipo que mejores psicópatas ha alumbrado en la historia de la literatura. El resultado podría de ser uno de los infiernos terrenales que retrató, pero aquí todo es jodida y cruelmente cierto.
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2. Alabanza, de Alberto Olmos (Editorial Mondadori).
Es 2019 y la literatura ha sido erradicada del planeta. Los rumores dicen que la culpa es de Sebastián, un escritorzuelo que en esas fechas huye junto a su novia Claudia a la tranquilidad del retiro rural para de reconciliarse con la escritura. Una novela antirromántica, posiblemente antiliteraria, en la que Alberto Olmos sustituye la crudeza habitual de su prosa por una dosis extra de elegancia para brindarnos un relato sobre la madurez, la literatura y el sucio páramo de lo cotidiano. Hay un misterio, sexo y una frase lapidaria: «No estoy enamorado de ti». Ni falta que hace.
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Tengo que leer Los Hijos, Talese. Especial interés porque a Talese le falta capacidad crítica. La que le sobra a aPaul Johnson en Americanos.
Tallón es imprescindible porque abre una ventana al futuro.Me interesa lo que dices de Guthrie y de Auslander, el extranjero.
El mundo puede seguir adelante sin Pizzolato, sin Olmos y Gaiman.
Paso de leerme otro libro sorpresa sobre lo que esconde un cuadro holandés. Entre Dolores G Pastor y la luz de Vermeer (detto Femía) han roto el género.
Echo en falta a Marta Sanz, con su lección de anatomía.
Y al mejor autor español del año, un puñetazo de vida en la Meseta castellana, César Pérez Gellida y su trilogía. No me hace falta ir a Louisiana para saber lo que puede hacer un hombre con su sustancia.
Galveston sale a finales de Agosto – principios de Septiembre con Salamandra Black, el nuevo sello negro de Salamandra.
recomiendo «El museo de la rendición incondicional» de la croata Dubravka Ugresic, una suerte de memorias del exilio y reflexiones de la vida. Para leer a paso lento y releyendo.
Leído Los Hijos y El Jilguero, he de decir que el primero es muchísmo mejor que el segundo… (¿una maravillosa historia de poso dickensiano?… ¡Anda ya!)