
¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? Quizá nos encontremos con tres de las preguntas más comunes de la historia, ante las cuales suele ser difícil no recurrir a filosofía de la dura. Curiosamente, la conjunción de las tres también se convierte en un gran cuadro que Paul Gauguin decía tener en la cabeza y debía pintar antes de morir. Dicen que una de las características que definen a los seres racionales es precisamente el hecho de ser capaces de plantearse estas preguntas.
Preguntas que nos distinguen de, por ejemplo, las máquinas. De los ordenadores. De las consolas. Pero, a este ritmo, algún día no muy lejano nuestra propia consola será capaz de pasarse por el forro el test de Turing, contar con inteligencia propia e incluso plantearse cuestiones existenciales. Pueden dudarlo, obviamente. Lo que es indudable es que si llega ese momento es muy probable que entre partida y partida la consola nos mire fijamente a los ojos, cual hijo adoptado, y, entre sollozos, nos lance la pregunta incómoda. ¿De dónde vengo? ¿Quién es mi padre? Así que mejor que nos vayamos preparando la respuesta, porque es complicada. Para empezar, su familia no es tradicional. Y es que las consolas, amigos, tienen dos padres. Por lo menos.
Ya llegaremos a eso. Retrocedamos en el tiempo. Y pasémonos de frenada. El icono universal para representar ese momento Eureka es la bombilla inventada por Thomas Edison. Pero si por casualidades de la vida visitan su laboratorio en West Orange (New Jersey) se sorprenderán cuando les cuenten que Edison no inventó la lámpara incandescente. Un tal Joseph Swan —inglés— inventó y patentó la primera bombilla funcional exactamente diez meses antes que Edison. El teatro Savoy, del West End londinense, fue el primer edificio público del mundo iluminado completamente por energía eléctrica —con lámparas de Swan—. Y agárrense; hay referencias de hasta veintidós inventores anteriores, aunque ninguno de ellos fue capaz de encontrar la forma de convertir su idea —o sus prototipos— en un invento viable. La bombilla de Swan fue la primera en gozar de una vida útil suficiente como para ser instalada y por ese motivo se le suele mencionar como el inventor real de la lámpara incandescente. No obstante, Edison consiguió dar poco después con tres características todavía mejores: un material (bambú carbonizado) que le llegó a dar una vida útil de mil doscientas horas a sus bombillas, un mejor vacío al interior de la bombilla (con una bomba Sprengel) y una mayor resistencia, que permitía que fuese económicamente viable su uso en una red eléctrica. Pero lo que marcó la diferencia no fue la bombilla, que en realidad era una anécdota. En palabras del historiador Thomas P. Hughes, hablando sobre Edison: «La bombilla era un pequeño componente de su sistema de iluminación eléctrica, y no más crítica para su correcto funcionamiento que el generador Edison Jumbo, la toma principal, el alimentador de Edison y el sistema de distribución en paralelo. Otros inventores con generadores y lámparas incandescentes, con ingenuidad y excelencia parecidas, han sido olvidados en el tiempo porque sus creadores no presidieron su introducción en un sistema completo de iluminación».
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