Cuarenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial el llamado Holocausto había superado con creces esa barrera que impuso Theodor Adorno al proclamar que no era posible escribir poesía después de Auschwitz, hasta el punto de tener que señalar la abyección de melodramatizar lo ocurrido en tantas y tantas películas, docudramas o novelas. Incluso, en un acto de paradójica y algo inquietante normalización, el tema del exterminio se había incluido en las tramas de la sexploitation setentera. Pero en 1985 ve la luz una película, obra de Claude Lanzmann, judío francés cuya familia sufrió la represión nazi, que vino a sacudir las conciencias y traer de nuevo a primera línea precisamente la validez del testimonio, la necesidad de desterrar el olvido, la obligación de tener presente el horror y dejar de trivializar el sufrimiento y la masacre. Con su película, Lanzmann quería dejar bien claro que el cine, el arte, tenía una deuda pendiente con las víctimas del Holocausto dado que para el director francés tratar de reconstruir, mediante ficciones más o menos afortunadas lo acaecido allí, era una suerte de traición al pretender ilustrar con falsas imágenes un hecho tan dolorosamente real. Para Lanzmann únicamente se podía reconstruir el testimonio, la vivencia, construyendo una ficción pero únicamente con los mimbres de la verdad, de lo real, de lo sólido. Y dado que del horror de los campos lo único veraz eran las voces de los supervivientes lo único verdaderamente honesto, lo único genuino, podía ser recoger y reconstruir ese testimonio, como él mismo hace en Shoáh.
Poco después del estreno de Shoáh se publica en Estados Unidos un comic que cuenta la historia de un judío polaco que debe sobrevivir en los campos de concentración. Se trata de una visión caricaturizada, una obra formalmente rompedora, en la que en apariencia se desmitifica, se desnaturaliza el drama humano de los millones de muertos para convertirlo en una historieta de gatos y ratones. Pese a las críticas de ciertos sectores que la despreciaron por su aspecto caricaturesco, esa obra gana el Pulitzer y se transforma en una de las novelas gráficas más importantes, si no la más importante, de la historia: Maus. No quisiera entrar en una crítica formal o exhaustiva de la novela gráfica de Art Spiegelman. Existen cientos de ellas. Pero sí me gustaría analizar, siquiera brevemente, cómo en esta obra el autor se enfrenta al problema de la representación que tantos quebraderos de cabeza le causó en su momento y cómo recoge el reto de Lanzmann.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







me parece muy completa
Pingback: Ficciones de lo real: el testimonio de Maus
Todos los crímenes se cometieron por cristianos, personas del confesión y comunión con sus himnarios repletos de fe, como llego a desviase tanto la conciencia cristina.