Con un seis y un cuatro: Pintando a Franco

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Todos los españoles somos, como decía de sí mismo Jardiel, feos, bajitos y verdosos, y debido a ello, complicados de retratar. Solamente iluminados como Goya fueron capaces de sacar de la cara de oler mierda al estilo Victor Mature que tenía Fernando VII en algún brillante retrato, pero con Franco parece que nuestros retratistas fueron incapaces de idealizar a esa especie de vecino de abajo que era el ferrolano, y tampoco creo que fuera peor modelo que Fernando VII. Dejamos fuera de la comparativa a Carlos II por su cara hors catégorie. El pobre era más feo que un trueno.

Entre la biblioteca que me dejó mi padre, llena de clásicos, de libros de historia de Galicia y de coleccionables del ABC, está una Vida de Franco que vino en el Blanco y Negro del periódico de las grapas el año 1985, a los diez años de la muerte del dictador, sobre la que voy a construir estas líneas acerca de los retratos que le hicieron en vida. También me he leído (la hagiografía del ABC solamente la he hojeado) el artículo La construcción de un mito. La imagen de Franco en las artes plásticas en el primer franquismo (1936-1945), que Ángel Llorente Hernández publicó en 2002 en la revista Archivos de la filmoteca: Revista de estudios históricos sobre la imagen. Sobre este tema casi solamente se puede escribir de oídas, ya que ver los retratos en persona debe de ser bastante complicado si tomamos como referencia la experiencia del artista Fernando Sánchez Castillo, quien obsesionado con la iconografía franquista, además de prensar los restos del Azor —espero que sin los paneles pintados por mi héroe Urbano Lugrís dentro—, ha intentado hacer una serie fotográfica sobre las estatuas ecuestres de Franco, consiguiendo solamente permiso para ver una de la docena que hay escondidas por ahí, la que estaba en Barcelona, según decía hace poco en una entrevista en la que presentaba su intervención en el famoso yate. Debe de ser más fácil ver La Natividad con San Francisco y San Lorenzo debajo de la cama del mafioso napolitano que la robó hace ya cincuenta años que cualquier retrato de Franco. Imagino que de pequeño, en el Museo del Ejército de Madrid, edificio lamentablemente abandonado en la actualidad, vi algún retrato del dictador en directo, pero no lo recuerdo. El único que tengo en la memoria, y muy mal, es uno que se exhibió en una exposición sobre Madrid y Barcelona, creo que en el Círculo de Bellas Artes, en el que aparece Franco estilizado y vestido de falangista, envuelto en una bandera de España con un roquedal de fondo, y que pertenece a la colección del Museo Reina Sofía —aunque en su basurera página de red no aparece—. Ese es el mejor retrato pintando a Franco, sin duda. Zuloaga sabía lo que hacía. Me parece que en la sala sobre la Guerra Civil que hay en el Museo Naval de Madrid hay un retrato del dictador, imagino que será en el que sale vestido de almirante de la Armada que le hizo Gabriel Morcillo.

Siete caballos vienen de Bonanza

Casi los más lamentables y graciosos de los cuadros de Franco son los retratos ecuestres (ay, para cuándo esa estatua ecuestre de Gallardón en Madrid). Si a la pinta de estar subido en un caballo de juguete que tiene Franco en estos retratos le añades la voz de futbolista brasileño que tenía y de la que tan bien se han apropiado Garzón y Valerón, te da la impresión de estar viendo Novio a la vista o alguna antigualla de vicetiples. Estoy de acuerdo con Llorente Hernández cuando habla de la mediocridad de los retratos de Vázquez Díaz al dictador; solamente en los retratos a lápiz parece cómodo, aunque al menos en el ecuestre se basó en el Palafox de Goya y no fue más atrás a buscar otras glorias, como también hizo en el suyo Juan Antonio Morales, donde Franco refrena el caballo para ver pasar las alegres banderas victoriosas. Asignado al Museo del Ejército, aunque en su sitio de red no hay ni rastro de la colección que contiene —habrá que hacer una comparativa de las páginas de los museos españoles a ver cuál es peor—, está el Retrato del Generalísimo Franco que pintó en el 39 Fernando Álvarez de Sotomayor con las ruinas del Alcázar de Toledo de fondo, uno de los escenarios más queridos por sus retratistas o, imagino, el que siempre les decían a los pintores que pusieran por detrás. En este retrato el caballo es gigante y Franco, que tampoco es que fuera muy espigado, parece más Baltasar Carlos delante de un Exin Castillos que el poderoso Campeador salvador de la raza, pero al menos está bien pintado, es equilibrado. Por favor, tras nombrar al Cid que no se le ocurra a nadie comparar la apostura de Franco con la de Charlton Heston. Franco era, como dice mi madre de las personas bajitas y rellenas, una patata ferrolana. Mejor definición imposible.

Power Ranger

Viendo sus retratos de poder no da mucho miedo el único rebelde gallego del siglo XX —o de la historia, si al Obispo de Orense de la Guerra de Independencia lo clasificamos como extremeño—; solamente en ese tremebundo retrato en escorzo con el Valle de los Caídos de fondo que pintó Luisson, ya con las Ray-Ban de Risky Business y ese perfil afilado de Falla de sus últimos años, en el que sale carcajeándose a las puertas de la Basílica, un escalofrío te recorre la espalda. En el polo opuesto, el más divertido de los retratos de poder —que me encantaría ver si no lo han picado— es el mural que pintó el boliviano Arturo Reque para el ahora Instituto de Historia y Cultura Militar, en el que aparece Franco arrodillado durante el rodaje de Águila Roja con armadura, escudo y espada rodeado de soldados, falangistas, requetés, frailes y demás fauna de la Cruzada. A los lados de todos estos personajes que miran arrebolados a su Gran Guía aparecen escenas de guerra y desfiles de la victoria. El día en que Lego haga su caja Lego 25 años de Paz debería inspirarse en esta delirante imagen.

El resto de los retratos son todos muy parecidos: fondos de inspiración velazqueña, cortinajes enmarcando el lienzo y una mesa con un bodegón alegórico a los poderes del Caudillo, quien posa de tres cuartos casi siempre con la mirada perdida y bastante serio, cambiando de uniforme según el sitio para el que fuera pintado el cuadro. Ernesto Giménez Caballero se da cuenta de esto y en su descacharrante texto del 38 La sonrisa de Franco dice Franco es la sonrisa. Su más profundo secreto. No estamos conformes con los retratos que pintan a Franco: serio, cejijunto, grave, doctoral. (…) Pero Franco es la sonrisa. La sonrisa de Franco ha conquistado a España. Y nos ha conquistado a todo el pueblo”. Son retratos aburridos, de museo de provincias o Gobierno Civil, todos quizá menos uno de Agustín Segura con Franco en plena campaña, con mapa y prismáticos, sin afeitar y cara de recién levantado, como Felipe IV pero cazando otra cosa distinta a ciervos, y que tiene su gracia.

Ya hemos pasado

Del resto, y es una pena no comentar las fotografías pescando salmones de tamaño jurásico, o las de los críos abriendo los regalos en Navidad, queda un autorretrato espantoso —hay que ver lo artistiñas que se creen todos los dictadores— y una buena pintura, un retrato de Franco con su esposa, ya mayores, pintado por Revello de Toro en el 74, muy melancólico y en la que parece que la pareja está viendo una ópera en el Real o 300 Millones en la tele, aunque cada uno mira para un lado, y en el que el Generalísimo figura bastante cansado. Tiene un poco el aroma enfermizo de La Morfina de Rusiñol. De lo íntimo que parece, este cuadro debería tenerlo la familia. Lo tendrá Pocholo, fijo.

Poca pintura entre tanto cuadro podría ser el resumen; kitsch sin gracia e imaginación nula. Quizá Franco obligaba a los pintores a hacer los retratos con el brazo incorrupto de Santa Teresa que tenía en su mesilla de noche y que utilizaba para apagar el despertador cuando sonaba cada mañana y por eso les salieron tan chuchurríos.

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