The Fresquitos: la banda que pudo reinar
«¿Vas a comerte eso?», me preguntó Walter Piñonero desde el otro extremo de la mesa del restaurante en que nos habíamos citado. Acababa de ofrecerme una muestra corregida y aumentada de su consabida voracidad, deglutiendo el bocadillo de calamares que se había traído de casa antes de que el chef hubiese tenido tiempo de preparar mi Happy Meal. «Eso es una servilleta, Walter —dije—. Por supuesto que no voy a comérmela». «Pues no lo hagas, tío. No lo hagas…». Mientras repetía esas palabras una y otra vez con la mirada perdida en el infinito, proyectando recuerdos de días mejores y trozos de cebolla masticada, comprendí que me hallaba en presencia de un genio. No conseguí arrancarle más declaraciones en todo nuestro encuentro.
Hace bastante tiempo, Dante escribió que la fama es como la flor: tan pronto brota, como muere y se marchita con el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata. No es seguro que Dante apreciara la música rock; sus biógrafos no han llegado a un consenso sobre ese extremo y muchos incluso guardan un silencio más que sospechoso. Pero lo cierto es que la frase —obviando la absurda referencia a la flor, a sus naturales ciclos biológicos, a la acción solar y a la ingratitud de la tierra— parece haber sido concebida ex profeso para definir la suerte del grupo que nos ocupa. Eso es, al menos, lo que a mí me gusta pensar.
Es común asociar los años sesenta a Mary Quant, a Michael Collins girando tontamente alrededor de la luna, al apogeo de la contracultura y a la independencia de Lesotho. Pero una década que acogió el pop-art y los happenings de Kantor, no podía por menos de reservar espacio a una de las propuestas más interesantes que conocieron los Días. Estoy hablando, huelga decirlo, de The Fresquitos.
En 1964, The Fresquitos estaban en la cresta de la ola. El batería de origen judío Neftalí Adelmann apenas podía imaginarlo cuando, dos años atrás, convenció a Walter Piñonero, Peter O’ Boogie y a su primo Franklin Pi para formar una banda que aunase el espíritu del surf-rock con la metafísica alemana contemporánea. El éxito les sonrió en sus primeros singles: las canciones Así se te lleve una ola mientras surfeas, nena, El imperativo categórico de tu amor (nena) y Nena, nena, nena (nena) reventaron el mercado musical con un estilo denso pero desenfadado. Una irrupción tan repentina no podía estar exenta de polémica. Algunos medios acusaron al grupo de manipular las listas de ventas. «Manipulas unas cuantas listas de ventas y ya te llaman manipulador de listas de ventas y mataperros —declaró O’ Boogie con indignación—. Yo amo a los animales. Menos a esos asquerosos perros».
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Genial retrato de uno de mis grupos favoritos de aquellos maravillosos 60, aunque creo que faltó mencionar cuando Walter Piñonero se lió con una artista conceptual japonesa que trajo malos rollos…
Me entristece ver que hayas olvidado el EP del 67 «Parerga y Paralipópmena». Fue la mejor etapa de Piñonero, antes de empezar con la heroína.
Por lo demás, un artículo muy completo. Da gusto ver que aún hay gente que recuerda a The Fresquitos.