Rodrigo de Luis: Crónicas de la Historia paralela (I)

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The Fresquitos: la banda que pudo reinar

«¿Vas a comerte eso?», me preguntó Walter Piñonero desde el otro extremo de la mesa del restaurante en que nos habíamos citado. Acababa de ofrecerme una muestra corregida y aumentada de su consabida voracidad, deglutiendo el bocadillo de calamares que se había traído de casa antes de que el chef hubiese tenido tiempo de preparar mi Happy Meal. «Eso es una servilleta, Walter —dije—. Por supuesto que no voy a comérmela». «Pues no lo hagas, tío. No lo hagas…». Mientras repetía esas palabras una y otra vez con la mirada perdida en el infinito, proyectando recuerdos de días mejores y trozos de cebolla masticada, comprendí que me hallaba en presencia de un genio. No conseguí arrancarle más declaraciones en todo nuestro encuentro.

Hace bastante tiempo, Dante escribió que la fama es como la flor: tan pronto brota, como muere y se marchita con el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata. No es seguro que Dante apreciara la música rock; sus biógrafos no han llegado a un consenso sobre ese extremo y muchos incluso guardan un silencio más que sospechoso. Pero lo cierto es que la frase —obviando la absurda referencia a la flor, a sus naturales ciclos biológicos, a la acción solar y a la ingratitud de la tierra— parece haber sido concebida ex profeso para definir la suerte del grupo que nos ocupa. Eso es, al menos, lo que a mí me gusta pensar.

Es común asociar los años sesenta a Mary Quant, a Michael Collins girando tontamente alrededor de la luna, al apogeo de la contracultura y a la independencia de Lesotho. Pero una década que acogió el pop-art y los happenings de Kantor, no podía por menos de reservar espacio a una de las propuestas más interesantes que conocieron los Días. Estoy hablando, huelga decirlo, de The Fresquitos.

En 1964, The Fresquitos estaban en la cresta de la ola. El batería de origen judío Neftalí Adelmann apenas podía imaginarlo cuando, dos años atrás, convenció a Walter Piñonero, Peter O’ Boogie y a su primo Franklin Pi para formar una banda que aunase el espíritu del surf-rock con la metafísica alemana contemporánea. El éxito les sonrió en sus primeros singles: las canciones Así se te lleve una ola mientras surfeas, nena, El imperativo categórico de tu amor (nena) y Nena, nena, nena (nena) reventaron el mercado musical con un estilo denso pero desenfadado. Una irrupción tan repentina no podía estar exenta de polémica. Algunos medios acusaron al grupo de manipular las listas de ventas. «Manipulas unas cuantas listas de ventas y ya te llaman manipulador de listas de ventas y mataperros —declaró O’ Boogie con indignación—. Yo amo a los animales. Menos a esos asquerosos perros».

Durante los dos años siguientes contaron sus temas por hits: los veranos de California eran soleados, los jóvenes los idolatraban. Sus conciertos fueron derivando poco a poco en tumultos caóticos en los que las fans más exaltadas declamaban párrafos de Husserl y arrojaban ropa interior al escenario. Escrupulosamente, The Fresquitos la devolvían al acabar. «Es que nunca era de nuestra talla», dirían tiempo después. Al primer disco, titulado simplemente Pop (LOLO Records, 1964), le sucedió un trabajo aún más pop: el aclamado Popper (LOLA Records, 1965). En lo más alto de su carrera, cuando eran señalados por la revista Horse & Hound como los «abanderados de una nueva generación alegre y peluda», la psicodelia fue alcanzándolos del mismo modo que a todos sus coetáneos. Influenciados por el ácido, se rindieron a la moda de incorporar instrumentos orientales a su música. El sitar y la tambura ya habían sido explotados hasta el hastío, de modo que a Neftalí se le ocurrió sustituir el charles de su batería por un gong de tres metros y medio de diámetro y grabar todo un disco con un intrépido patrón de semicorcheas. Los esfuerzos del resto de la banda por hacerse oír sobre la base rítmica resultaron inútiles, pero ese inconveniente no impidió que el nuevo álbum de The Fresquitos fuese saludado con entusiasmo por crítica y público. Todo lo que tocaban lo convertían en oro.

Pero llegaron las duras: en 1968 todo se vino abajo. A principios de año saltó la noticia de que Neftalí se había fabricado el parche de un timbal con su propio prepucio circuncidado. Sus explicaciones posteriores (“para el bombo no me alcanzaba”) no bastaron para aplacar las iras de los judíos ortodoxos. Similar escándalo produjeron unas desafortunadas declaraciones del bajista Piñonero (“somos más populares que Ahura Mazda”), que les granjearon la animadversión del poderoso lobby zoroástrico. A todo ello se unió el hallazgo de un nuevo perro muerto —el séptimo— en el garaje de O’Boogie. En ese ambiente viciado, su álbum Fresquitos muy crazy (LOLO, LOLO Records, 1968) fue recibido con cajas destempladas: el establishment quiso ver referencias veladas a las drogas en dos canciones: Snif, snif y Loco caballo galopando por mis venas; las quinceañeras repudiaron la arbitraria interpretación que las letras hacían del pensamiento de Heidegger; los miembros de una iglesia metodista de Oklahoma denunciaron que, reproducido al revés y escuchado con la debida atención, el disco decía «cosas muy raras como de infierno». El 15 de marzo anunciaron su separación.

Hoy, cuarenta y cuatro años después de su final, el olvido los ha atrapado en sus garras. Pocos recordamos su estrellato fugaz y sus discos acumulan polvo en los almacenes de las tiendas. Me consuela que esta crónica pueda contribuir a recuperar su memoria: canciones como El blues del moñete, Ontología de una ola o Crítica de la razón, Pura merecen mejor suerte que la que les ha deparado la Historia. Mientras miro a Walter devorar mi servilleta, maldigo al mundo que le ha dado la espalda y, con el corazón esperanzado, me atrevo a lanzar un grito: ¡Larga vida a The Fresquitos!

 

 

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2 comentarios

  1. niky_santoro

    Genial retrato de uno de mis grupos favoritos de aquellos maravillosos 60, aunque creo que faltó mencionar cuando Walter Piñonero se lió con una artista conceptual japonesa que trajo malos rollos…

  2. Me entristece ver que hayas olvidado el EP del 67 «Parerga y Paralipópmena». Fue la mejor etapa de Piñonero, antes de empezar con la heroína.
    Por lo demás, un artículo muy completo. Da gusto ver que aún hay gente que recuerda a The Fresquitos.

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