Lucky Luciano (II): La Guerra de los Castellammarese

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Viene de la primera parte

15 de abril, 1931. El restaurante Nuova Villa Tammaro ocupa la planta baja de una casa de dos plantas; una robusta edificación de aspecto típicamente mediterráneo. Se accede al restaurante por una recogida puerta de madera, de modestas hechuras y discreta cristalera; esa entrada ocupa sólo la mitad de un falso vano rematado por un arco ornamental que trata —con cierto éxito— de conferirle cierta alcurnia a la fachada. En el centro de ese arco hay un adorno tallado en piedra —aunque podría ser escayola; los italianos son hábiles haciendo pasar la una por la otra—, un grutesco colgado sobre la humilde puerta que compensa con su dignas formas las inevitables secuelas de las humedades del clima local. Aunque, todo sea dicho, estamos viviendo la primavera más seca y calurosa desde hace más de medio siglo. Las ventanas del restaurante, de vocación gótica como el edificio mismo, son estrechas y esconden más de lo que muestran; también están rematadas por un arco y una talla de adorno, en este caso un par de cálices de piedra. La casa, decíamos, sólo tiene dos plantas: el bajo donde está el negocio y la planta primera donde Gerado Scarpato, el dueño del restaurante, vive junto a su esposa. Esta otra planta, la del domicilio, es de ventanas más amplias. Su fachada cambia, es de ladrillo visto que ya no imita la piedra, aunque también en ella pende un ornamento tallado: es el escudo de Angri, el populoso pueblo natal de la provincia de Salerno donde nació Scarpato. El restaurante Nuova Villa Tammaro es apreciado entre ciertos clientes italianos por la calidad de sus platos; no es un restaurante cualquiera, sino uno de esos locales de cocina casera muy bien cuidada que con el tiempo termina convirtiéndose en un mesón de prestigio. Cuando uno se acerca al edificio, la sobria pero noble factura de la construcción ya lo anuncia: no estamos ante un vulgar condominio de apartamentos, sino en una villa de estilo rural que bien podría haber pertenecido a un médico calabrés o a un sacerdote napolitano. O, por qué no —aunque no sea el caso— a un mafioso siciliano de segunda fila de Sicilia. Una villa que preside una tranquila calle cercana a la playa, alejada del bullicio de la vida moderna; es un pedazo del viejo mundo hecho de ladrillos y si uno contempla la fachada, se siente inmediatamente transportado a Italia. Pero lo cierto es que no nos encontramos en Italia, Ni siquiera en Europa. Estamos en un tranquilo rincón de Coney Island, en los márgenes de ese monstruo metropolitano llamado Nueva York. Y en este restaurante se va a producir algo que tendrá influencia sobre la vida de muchos estaodunidenses. Aquella noche, entre esas mismas paredes, va a cambiar la historia de la Mafia.

Ristorante Nuova Villa Tammaro

Esa notable noche ha venido a cenar al Nuova Villa Tammaro un individuo particularmente notable, un cliente de excepción. Es Giuseppe “Joe” Masseria, lo más parecido que existe a un potentado italiano en ese laberinto de avenidas, idiomas y razas que es Nueva York. De hecho, se le apoda sencillamente “el Jefe” porque es el máximo capo de la mafia de Manhattan y por ende uno de los rufianes más poderosos de la capital mundial del crimen organizado. Aunque sea Chicago la que se ha llevado la fama, gracias a un Al Capone que está metido en juicios y al que le faltan sólo unos meses para pisar la cárcel, es en Nueva York donde se está cociendo el futuro, y Masseria tiene bien apretadas las riendas de ese futuro. Es un hombre de baja estatura —mide sólo 1’63—, de cara regordeta y más bien poca planta. Si alguien cometiera el error de juzgarlo por su aspecto físico, podría pensar que se trata de un inofensivo sastre italiano, y si ese alguien fuese además lo bastante incauto como para tratar de pasarse de listo con él, podría terminar en el fondo del río Hudson metido en un barril, según las prácticas “funerarias” que los mafiosos sicilianos aprendieron de las sanguinarias bandas irlandesas al desembarcar en el estuario de Nueva York. Durante los años veinte los negocios de Masseria han ido particularmente bien, como a cualquiera que se haya dedicado a traficar con alcohol. La bebida, al ser torpemente ilegalizada por un gobierno que aceptó el envenenado consejo de los puritanos, se ha convertido en el origen de muchas grandes fortunas: la de Al Capone, la de los miembros de las “familias” mafiosas en Nueva York y otras muchas ciudades… y también de Joseph Kennedy, cuya familia llegará a gobernar el país gracias al dinero del contrabando. Para la Mafia, el alcohol ha supuesto poder ganar mucho más dinero que con todas sus otras plazas fuertes juntas: el juego, las loterías ilegales y la prostitución. La “Prohibición” ha fortalecido al “sindicato del crimen” hasta niveles insospechados, aunque también ha provocado numerosos conflictos internos, tiroteos, atentados y ríos de sangre. La batalla por controlar los ríos de alcohol que producen dinero y más dinero han convertido los bajos fondos de diversas ciudades en campos de batalla. Nueva York no es una excepción: Masseria lleva casi dos años en guerra con Salvatore Maranzano, un siciliano que nada más bajar del trasatlántico se puso al frente de un nutrido grupo de mafiosos neoyorquinos para plantarle cara, provocando un aluvión de asesinatos en ambos bandos. Aluvión que está a punto de terminar. Lentamente, durante todos aquellos meses de enfrentamiento, la guerra se ha ido escorando en contra de Joe Masseria. Va perdiendo. Pero sigue siendo lo bastante fuerte como para que nadie pueda cantar victoria todavía. Masseria es terco, y todavía es poderoso. No va a rendirse. Tendrían que matarlo para acabar con lo que todavía queda de su tercamente mantenido imperio neoyorquino. Masseria es un objetivo prioritario; seguramente haya un precio para su cabeza. Él lo sabe. De ahí la presencia de los cuatro guardaespaldas que han cenado en una mesa cercana. Para el enemigo resulta casi imposible llegar a él.

Tras disfrutar de una suculenta cena y de un buen vino importado, los camareros recogen los cubiertos de la mesa y Masseria se pone a jugar a las cartas con su mano derecha, Charlie “Lucky” Luciano, mientras sus guardaespaldas toman café; nada de alcohol… están ahí para proteger la vida de su jefe. Con Masseria y Luciano han cenado también Sam Pollaccia, el consigliere del “Boss”, y Vincent Mangano, de cuyo sonoro apodo —el Ejecutor— podemos deducir unas cuantas cosas sobre la naturaleza de sus actividades en la Cosa Nostra. Durante la partida de naipes, que se va alargando en la sobremesa mientras el resto de clientes va abandonando el restaurante, Mangano y Pollaccia se retiran a casa: “es tarde”, o “mi mujer me espera”. Al final, en la tranquila penumbra y ya sólo acompañados por los empleados y los guardaespaldas, Joe Masseria y Charlie Luciano quedan jugando mano a mano. Parece el final de una de tantas noches entre mafiosos, con cartas de por medio. En un momento dado, Luciano se excusa: necesita levantarse para ir al servicio. Masseria asiente y toma un sorbo de su copa mientras su lugarteniente se pone en pie y camina hacia los lavabos.

El Jefe: Giusseppe “Joe” Masseria.

Todo transcurre en pocos instantes, en un tiempo demasiado breve como para poder reaccionar. Cuando “Lucky” Luciano ya está en el servicio, aparecen varios hombres por la puerta del restaurante. La actitud de esos hombres y sus zancadas —decididas y rápidas— no dejan mucho lugar a dudas. Joe Masseria es un mafioso curtido, así que percibe de inmediato cuál es la naturaleza de la situación. Aquellos hombres han entrado para matar a alguien. Ha de ser alguien importante, un objetivo realmente difícil para que se molesten en enviar a cuatro individuos de golpe. Y Masseria sabe que en el restaurante sólo hay un objetivo que merezca tanto despliegue: él. A su pensamiento acude la guerra que lleva librando contra Salvatore Maranzano desde hace tanto tiempo. Masseria gira la cabeza hacia la mesa de sus guardaespaldas, esperando ver cómo se ponen en pie para abortar el golpe. Pero, ¡sorpresa! …sus guardaespaldas ya no están allí. En unas décimas de segundo Joe Masseria lo comprende todo: vuelve a mirar a los asaltantes, y entonces ve que sus caras resultan familiares. No son hombres de su ancestral enemigo Maranzano. Son hombres del entorno de su propia organización: Vito Genovese, Joe Adonis y el mercenario Albert Anastasia. Pero aún hay más. La cara de Masseria muestra sin duda un total asombro cuando ve quién comanda el grupo de asaltantes. Se trata de Benjamin Siegel —al que el mundo conocerá más tarde como “Bugsy”— uno de aquellos gangsters judíos con los que Charlie Luciano mantenía una estrecha amistad desde sus años adolescentes en el Lower East Side. Aquellos mismos judíos, por cierto, de quienes Masseria había ordenado a Luciano alejarse. Todo esto es con toda seguridad lo que atraviesa la mente de Joe “The Boss” Masseria a la velocidad de la luz. Es un breve momento de lucidez, de revelación, en el que el máximo capo de Manhattan descubre lo que se ha estado cociendo a sus espaldas. Charlie “Lucky” Luciano no va a regresar del lavabo. Es Charlie Luciano quien se la ha jugado.

El “Boss” se da cuenta de que no saldrá con vida de su restaurante favorito. “Bugsy” Siegel y sus acompañantes alzan los brazos —portando cada uno de ellos un revólver— en dirección a Joe Masseria. El hampa de Nueva York va a tener un nuevo jefe.

Mustache Pete & The Young Turks

Desde que formó su propia pandilla de delincuentes juveniles en la adolescencia, cuando aún usaba su nombre de nacimiento —Salvatore Lucania—, Charlie Luciano había ido adentrándose en el mundillo del crimen organizado y ganando una creciente reputación. Primero trabajando para diversas bandas donde se codeaba con nombres relevantes de la Mafia, presentes y futuros, y donde la agudeza de su mente criminal llamaba la atención. Tratándose de un individuo brillante era cuestión de tiempo que un gran líder terminara fijándose en él y promocionándolo dentro del escalafón de la Mafia. Del mismo modo que la inteligencia del joven Al Capone había llamado la atención de Johnny Torrio —quien lo apadrinó, fue artífice de su traslado a Chicago y propició su posterior reinado—, Luciano fue ascendido por Joe Masseria, quien no dudó en convertirlo en su hombre de confianza. Como sucedió con Capone, Luciano llegó a un puesto de importancia en una época idónea: los años veinte, cuando el dinero iba a entrar a espuertas en el Sindicato del Crimen en una medida nunca antes vista. Aquello le iba a permitir enriquecerse rápidamente.

Charlie Luciano nació en Sicilia pero su visión de la Mafia era la de un norteamericano.

Pero Luciano nunca se sintió completamente cómodo bajo las órdenes de su jefe. Joe Masseria era un mafioso a la antigua usanza, un “Mustache Pete”. Se usaba este sobrenombre para aquellos mafiosos que habían empezado su carrera criminal en Sicilia y habían llegado a EEUU ya adultos, por lo general huyendo de procesos jurídicos o “vendettas”. Estos individuos tenían una visión muy tradicionalista de la Mafia, que a menudo resultaba difícil de entender para sus subalternos más jóvenes, los “Young Turks”. Porque, como todos los “jóvenes turcos”, Luciano había llegado a América siendo sólo un niño y había comenzado su actividad criminal no en aquella árida isla de costumbres casi medievales, sino en las coloristas y trepidantes calles de Nueva York. Luciano estaba pues acostumbrado a tratar con delincuentes de toda procedencia desde que era prácticamente un niño. Para él, lo importante no era la raza o nacionalidad de un cómplice, sino su valía y su lealtad. De hecho, algunos de sus mejores amigos, a quienes los que consideraba además sus más valiosos colaboradores, no eran sicilianos. Meyer Lansky era un judío de origen ruso y “Bugsy” Siegel era un judío de origen alemán. Incluso su querido colega Frank Costello era calabrés y no siciliano. Además, durante el ascenso criminal de Luciano, un importante gangster judío —Arnold Rothstein— había confiado en Luciano y sus amigos, y los había apadrinado durante una temporada sin importar dónde habían nacido o cuál era el color de su piel, de su cabello o cuál era su religión. Luciano acostumbrado a un mundillo del hampa muy internacionalizado, así que cuando entró en la Mafia de mano de Masseria tuvo que adaptarse a un ambiente mucho más restrictivo, donde sólo los italianos tenían cabida, y eso no le resultó fácil. Entrar en la Mafia era una oportunidad única, pero a cambio se vio obligado a tragar unos cuantos sapos. Nunca pudo entender que Masseria le obligase a romper su asociación con el astuto Lansky sólo porque no era italiano. Lo mismo con otros de sus amigos y colaboradores. Aunque en la práctica Luciano no quiso romper del todo esas amistades y mantuvo el contacto con discreción, no le resultaba confortable tener que fingir que creía en una Mafia a la siciliana. Tampoco entendía que miembros de la “familia” mafiosa se burlasen de Frank Costello a causa de su procedencia. Costello era italiano y sí podía participar en los asuntos de la organización, pero no era de Sicilia, sino de Calabria, y eras objeto de burlas y desprecios por su origen y también por su actitud —muy poco siciliana— de oponerse al abuso de las armas.

Toda esta incomodidad, sin embargo, no iba a ninguna parte. Luciano no podía ni soñar con rebelarse. Sabía que estaba condenado a vivir bajo el arcaico régimen de Masseria. Para deshacerse de un jefe molesto no bastaba solamente con asesinarlo; había que tener muchos y sólidos apoyos para sobrevivir a la guerra que se desataría a continuación del asesinato. Luciano era joven y no tenía esos apoyos. En caso de rebelión estaría completamente solo. Pero el dinero era un buen consuelo: aunque Joe Masseria no era una grata compañía, Luciano sabía que a su lado podría enriquecerse en muy poco tiempo. Así que se mostró completamente leal con su jefe. Cumplió el papel de valioso lugarteniente y obvió todos aquellos detalles que no le gustaban. Si hubiera dependido solamente de su incapacidad para rebelarse, aquella situación podría haberse prolongado durante muchos años.

Pero Luciano no era el único a quien molestaba la presencia de Masseria y a “The Boss” pronto le surgirían rivales inesperados.

Los castellammarese

Castellammare del Golfo es un pueblo siciliano que obtuvo su nombre del robusto castillo que se erige en el extremo de un saliente de tierra, que divide en dos el puerto pesquero, como un cuerno que naciese del centro justo de la balconada al mar de la diminuta ciudad. Aunque, más que castillo, es un modesto fuerte costero. Pero ya se sabe, en los pueblos, que tienen tendencia a engrandecer por el nombre lo que es modesto por sus hechuras. Con todo, la verdad es que Castellammare es un pueblo relativamente grande para los estándares sicilianos. Sus pintorescas casas se escalonan a lo largo de una zigzagueante red de callejuelas siempre ascendentes, porque la población creció sobre los faldones de la imponente montaña que preside el paisaje, faldones que llegan prácticamente hasta el mar. Hoy, en pleno siglo XXI, es un asombrosamente bello resorte de vacaciones, un pintoresco pueblo en forma de media luna que abraza un mar siempre azul a la sombra de una montaña siempre verde. Es un pueblo de postal, ubicado en una bahía enmadrada en un golfo; flanqueado de numerosas playas, calas y caletas que —como la misma ciudad— son material de primera clase para fotografías e incluso lienzos. Castellammare del Golfo, ahora, hasta tiene un puerto deportivo.

Años veinte: Castellammare del Golfo en fiestas.

Pero en los años veinte, siendo ya bella, Castellammare era también una ciudad torturada y problemática. Una población que, como casi todas en Sicilia, estaba consumida por la pobreza y el oscurantismo. Sus calles de piedra estaban teñidas por la sangre, habitadas por sombras y fantasmas que guardaban secretos innombrables. En los años veinte, muchos de los varones de Castellammare estaban, habían estado o estarían alguna vez en la cárcel. Otros tantos habían muerto en “vendettas” y tiroteos, producto de guerras mafiosas entre clanes rivales de la comarca. Otros más se habían marchado al extranjero huyendo de un incierto destino que sólo conocía dos finales: la celda o la tumba. O se habían marchado huyendo sencillamente de la pobreza. En cuanto a las mujeres, muchas vestían ya de negro siendo jóvenes; relegadas al papel de actrices secundarias en las interminables guerras libradas por sus hombres, se refugiaban en un apego ancestral al honor y la dignidad. Por unos y por otras, reinaba el silencio en las callejuelas de Castellammare. Se desconfiaba de las autoridades, que eran el principal enemigo desde tiempos inmemoriales, desde antes incluso de lo que la propia tradición pudiera recordar. Algo que no resultaba extraño en una isla continuamente invadida por unos y por otros, un “punching ball” del Mediterráneo en el que, por lo general, sólo se habían enriquecido los extranjeros —árabes, franceses, españoles, italianos… porque también los italianos habían sido extranjeros allí—, que habían venido a llevarse el sudor y la sangre de los varones, y la honra de las hembras. Como en otros muchos lugares de la isla, la Mafia era la institución más extendida, más respetada y mejor asimilada por los castellammarese. Porque la Mafia había sido el único ejército propio que los sicilianos habían conocido a lo largo de los siglos, el único que había velado por ellos y por nadie más. Pero también se desconfiaba de muchas poblaciones cercanas, que a menudo se convertían en territorio hostil cuando surgían problemas entre clanes vecinos, o cuando se disputaban los favores de la poderosa Palermo, la capital, que estaba situada —con medios de locomoción tradicionales— a unas horas de camino. La Mafia local había alcanzado unas considerables cotas de poder en la región, hasta el punto de desarrollar un fuerte sentido de identidad, de ser diferente. Los habitantes de Castellammare del Golfo habían cultivado un feroz localismo que se llevarían consigo cuando emigraran a otros lugares.

No resulta extraño, pues, que en Nueva York hubiese un buen número de mafiosos originarios de aquel lugar, que formaban uno de los grupos más cohesionados del hampa. Cada vez que un castellammarese había desembarcado en América bajo la atenta mirada de la Estatua de la Libertad, habían sido recibido, cobijado, ayudado y promocionado por otros castellammarese que ya se habían establecido allí. Había un estrecho vínculo entre ellos. Pronto constituyeron un importante grupo distintivo dentro de la Mafia neoyorquina, que terminaría transformándose en una auténtica facción caon ambiciones propias. Entre los castellammarese de Nueva York había nombres que serían muy importantes en el futuro de la Cosa Nostra: desde el elegante Joseph Bonanno — “Joe Bananas”, que terminaría convirtiéndose en uno de los mafiosos más adinerados de su tiempo— hasta el férreo Joe Profaci, pasando por el longevo Stefano Magadino o el hábil Joe Aiello. Todos ellos enviaban a casa noticias sobre lo mucho que estaban floreciendo  los negocios en Nueva York. Y esas noticias no pasaban desapercibidas para Vito Cascioferro (“Don Vito”), el poderoso patriarca de la Mafia en Castellammare del Golfo. Muy interesado en alargar sus tentáculos hacia los provechosos negocios que estaban surgiendo al otro lado del Atlántico, Don Vito envió a un hombre de su confianza para liderar a los castellammarese de Nueva York y plantarle cara al poderoso Masseria. Ese hombre era Salvatore Maranzano, un robusto y elegante individuo de treinta y nueve años, que podría haber pasado por un honrado importador o por el honrado pero decidido dueño de una cadena de restaurantes. De hecho, Maranzano estaba bastante más cultivado que el común de los mafiosos. Era un individuo de letras, cosa que no resultaba habitual en una Sicilia plagada por el analfabetismo.

Salvatore Maranzano, líder de los castellammarese de Nueva York.

Unidos por aquellos férreos lazos territoriales y muy bien organizados, los castellammarese se sentían lo bastante fuertes como para empezar a plantarle cara al hasta entonces indiscutido “jefe” de Manhattan. Con la llegada de Maranzano a América en 1925 se convirtieron, de facto, en una facción independiente movida por nuevas ambiciones. Hacia 1928, los roces entre los castellammarese y los hombres de Masseria comenzaban a resultar frecuentes. Los primeros empezaron a asaltar camiones de licor propiedad de Masseria, y éste a su vez ordenaba asaltar camiones propiedad de Maranzano. Durante meses se produjo una “guerra fría” en la que ambos bandos se robaban alcohol mutuamente y entorpecían los negocios de la otra parte como buenamente podían. Los pequeños incidentes a nivel de calle se sucedían una y otra vez, dejando cada vez más patente que Maranzano había venido para intentar hacerse con el cotarro y que los dos bandos estaban destinados al conflicto.

Masseria no fue el único jefe criminal que se sentía soliviantado por el atrevimiento de los castellammarese. Al Capone, el más insigne aliado de Joe Masseria en el mundo del hampa, se encontró con que Joe Aiello aterrizaba en Chicago desde Nueva York, dispuesto a hacerse con un trozo del pastel. Aiello no era rival para la temible organización de Capone, pero se las arregló para crearle quebraderos de cabeza. Los suficientes como para estrechar la alianza entre Capone y Masseria, ambos con un enemigo común. Así que entre Maranzano y Masseria —entre los castellammarese y el resto de la Mafia neoyorquina— las cosas se estaban poniendo feas. Sin embargo, ninguno de los dos bandos parecía ansioso por comenzar una guerra abierta, Sabían que liarse a tiros resultaría muy costoso, en vidas y en dinero. Una guerra sería perjudicial para los negocios, atrayendo la atención de la policía y de las autoridades. Y también despertando el apetito de otras bandas criminales que podrían sentirse tentadas de intentar aprovechar la situación para ganar territorios a costa de los combatientes. Un jefe mafioso que sepa lo que le conviene intenta evitar una guerra. Sin embargo, era cuestión de tiempo que la escalada de tensión degenerase en violencia incontrolada, porque había dos Mafias pugnando por hacerse con el control de Nueva York y la convivencia a largo plazo era una utopía. Y claro, cuando entre criminales se producían problemas graves, terminaban recurriendo —lo quisieran o no— a la herramienta que mejor conocían: la violencia.

El afortunado

Cuando estaba terminando la década de los años 20, Charlie Luciano tenía mucho en que pensar. La escalada bélica entre dos mafiosos de la vieja escuela, Masseria y Maranzano, amenazaba con perjudicar negocio en un momento clave, cuando las inmensas ganancias del alcohol tenían que ser contabilizadas, blanqueadas y reinvertidas en otros negocios con la mayor discreción posible. Masseria y Maranzano se habían fogueado como criminales en la arcaica Sicilia y eran presos de antiguos prejuicios sobre el honor. Cada vez parecían estar más dispuestos a que sus bandas se comportarsen en las calles neoyorquinas como lo habían hecho en las callejuelas de Palermo, de Castellammare del Golfo, de Corleone o de Menfi. El enfrentamiento entre ambas facciones era ya patente y sólo se necesitaba que algún mafioso clave fuese abatido a tiros para desatar la masacre. Y este pensamiento, a Luciano, le resultaba descorazonador. Había visto el ejemplo de Chicago: cuando Capone no había conseguido evitar que sus rivales lo arrastrasen a un intercambio de tiroteos, eso había atraído la atención de las autoridades, que podían tolerar los negocios de los criminales, pero no que la ciudad se convirtiese en el escenario de tiroteos al estilo “Far West”. Como consecuencia, el poderoso “Scarface” estaba sufriendo el acoso del FBI, que previamente lo había dejado en paz, pero que ahora estaba empeñado en meter a Capone en la cárcel. Charlie Luciano no quería que sucediese lo mismo en Nueva York, pero tenía pocas herramientas para evitarlo. Joe Masseria era su jefe y Luciano tenía que plegarse a sus deseos. Y el rival, Salvatore Maranzano, pese a ser un hombre culto e inteligente, no dejaba de ser otro “Mustache Pete” criado con el olor de la pólvora, cuya escuela de la vida había sido también por la “lupara”, la típica escopeta siciliana de dos cañones.

“Lucky” Luciano sufrió una brutal paliza que lo dejó malherido y que era muy probablemente una invitación a reflexionar.

Luciano sabía que la “Prohibición” no sería eterna, y que una de las mejores maneras de asegurar el futuro de la Cosa Nostra consistía en redistribuir y reinvertir los beneficios de sus negocios con tranquilidad, sin la molesta vigilancia del FBI ni de ningún fiscal deseoso de acabar con la Cosa Nostra o sencillamente de acaparar titulares en los periódicos. No era momento para una guerra. Y no era el único mafioso que sentía de ese modo. Casi todos los mafiosos de su generación, los que se habían criado en EEUU, veían el asunto de manera similar. Muchos mafiosos se sentían incómodos con la situación, tanto en el bando de Masseria como en el bando de Maranzano. Pero todos ellos estaban condenados a someterse a los designios de sus anticuados jefes y a hacerse a la idea de que la guerra resultaba inevitable. Así que poco podían hacer excepto esperar el curso de los acontecimientos. En ese paréntesis, Charlie Luciano pasaría por una experiencia que, además de ganarle su legendario apodo —“Lucky”, el afortunado— le haría entender que no podía seguir esperando eternamente.

Sucedió en 1929. Charlie Luciano fue sorprendido por tres hombres en plena calle, quienes —a punta de pistola— lo obligaron a subir a un automóvil. Lo llevaron a una playa de Staten Island. Pensó que aquellos iban a ser sus últimos minutos sobre la faz de la tierra. Los hombres empezaron a golpearlo sin piedad. Le pegaron una escalofriante paliza e incluso llegaron a apuñalarlo. Aunque, pese a lo que diría después la leyenda, no le cortaron la garganta, ni le dispararon, ni le infligieron heridas que pudiesen ser mortales. Aun así, la agresión fue verdaderamente brutal. Después, abandonaron al maltrecho Luciano allí, en la misma playa, donde fue encontrado más tarde, inconsciente.

Luciano se recuperó de sus heridas y finalmente no le quedaron secuelas demasiado graves, excepto alguna cicatriz y el característico párpado caído que podemos ver en algunas de sus fotografías, y que es uno de los rasgos típicos de su figura. Las habladurías pintaron el atentado como un intento de asesinato; dado que había logrado sobrevivir, Luciano se quedó para siempre con el apodo de “Lucky”. Pero lo cierto es que el atentado era más una advertencia. Si hubiesen querido acabar definitivamente con su vida, lo hubiesen tenido fácil: un tiro en la cabeza y “Lucky” Luciano jamás hubiera salido con vida de aquella playa. La brutal paliza era más bien como un aviso: “eres un tipo valioso, eres más razonable que Masseria… y sería una pena que tuviéramos que matarte”. Luciano entendió el mensaje, especialmente cuando averiguó que la paliza había sido cortesía de Salvatore Maranzano. En vez de reclamar inmediata venganza y ponerse como loco a buscar a sus agresores —como era propio de la mentalidad siciliana—, Luciano hizo lo que se le daba mejor: empezó a pensar.

Resultaba obvio que el periodo más sangriento de la guerra estaba a punto de desatarse. Luciano supo que si quería sobrevivir tendría que tomar las decisiones adecuadas. Pero no resultaba nada fácil. Aquella guerra era como una partida de ajedrez y necesitaba acertar no sólo al decidir qué pieza mover, sino también con el momento oportuno para moverla… y confiar además en que sus rivales no tuviesen preparada una jugada mejor. Le habían dado un primer aviso. Y Luciano nunca fue un hombre que desestimase los avisos. Era un estratega. Y empezó a redoblar sus precauciones.

Pero si jefe se había cansado ya de precauciones. Joe Masseria había decidido ya ir de pleno a por el jaque mate. Su siciliano sentido del honor y la venganza iba a resultar demasiado excitable como para ser capaz de evitar finalmente la guerra abierta. Masseria iba a convertir los bajos fondos de Nueva York en una nueva Sicilia. Con lo cual, las cosas iban a ponerse aún peor.

En el amor y en la guerra

Joe Aiello, presdiente de la Unione Siciliane para disgusto de Joe Masseria… y de Al Capone.

Estamos en una fría noche de febrero de 1930. El gangster Gaetano Reina sale del domicilio de su amante y comienza a caminar por la calle. Nacido en el hoy celebérrimo pueblo de Corleone, el mismo donde nació el protagonista de El Padrino, Reina es un tipo importante en los bajos fondos. De hecho ha sido un aliado de Joe Masseria desde los viejos tiempos, cuando le fue de inestimable ayuda para establecer su imperio en Manhattan. Pero los tiempos y las lealtades cambian. Nueva York se está volviendo demasiado grande y moderna para la mentalidad anticuada de Masseria. Gaetano Reina, pues, ha desarrollado ciertas simpatías hacia los castellammarese, que están demostrando ser hábiles a la hora de ganarse nuevos amigos porque presentan una visión más prometedora de los negocios. Reina finge seguir siendo el leal viejo amigo de siempre, pero sus ambiciones están ya en otros lares. Y alguien se lo ha dicho a Joe Masseria. El “Boss”, ni que decir tiene, no se lo ha tomado demasiado bien. Aquella fría noche, mientras Gaetano Reina se dispone a volver a su casa, alguien se le acerca sigilosamente por detrás. Es un individuo de aspecto patibulario, con una poderosa mandíbula y unos fieros ojos, cuya mirada a veces bizquea pero que ni así resulta de resultar amenazante. Ese individuo es, de hecho, un rostro familiar en nuestra historia. Se trata de Vito Genovese. Y trae muy malas noticias. Alza una escopeta de doble cañón y apunta directamente a la cabeza del desprevenido Gaetano Reina. ¿Qué ocurre a continuación? Un estampido seco… y los sesos de Reina desparramados sobre la acera. A Joe Masseria no le gusta que lo traicionen.

Otra cosa que tampoco le gusta al “Boss” es que no se le brinde apoyo en aquellos momentos en que lo necesita para extender su influencia —o la de sus amigos— al ámbito “político”. Y un oriundo de Castellammare va a pagar por ello.

Masseria había intentado ayudar a Al Capone a hacerse con el control de la Unione Siciliane, la cual era —sobre el papel— una asociación cívica que trataba de fomentar la colaboración entre los inmigrantes sicilianos repartidos por diversas ciudades de los Estados Unidos. Una especie de hermandad civil, lo que hoy llamaríamos una entidad sin ánimo de lucro. En la práctica, sin embargo, la Unione Siciliane era un lobby para influir en las tendencias electorales de los italoamericanos, que estaba controlado por las mafias del cinturón industrial del norte, Detroit y, muy especialmente, Chicago. El control de la Unione llevaba tiempo siendo origen de disputas entre criminales: el antiguo presidente Giuseppe Giunta había sido asesinado por orden de Al Capone. Tras el asesinato, el famoso “Scarface” pretendía extender su omnímodo poder a la Unione. Pero Capone era de origen napolitano y además no era un inmigrante, sino que había nacido en los EEUU. Así pues, sus incontables influencias no bastaron para poner la Unione Siciliane bajo su poder. Fue uno de sus nuevos enemigos, el castellammarese Joe Aiello, quien terminó convirtiéndose en el nuevo presidente de la Unione, para disgusto de Capone y del propio Joe Masseria.

Masseria había intentado apoyar a su aliado haciendo que un personaje importante de la Unione, Gaspar Milazzo —líder local de la asociación en Detroit— intercediera en favor de Capone. Pero Milazzo, quien casualmente era originario de Castellammare del Golfo al igual que Joe Aiello, no quiso prestar ese apoyo. Cuando Aiello se hizo con el cargo, un enfurecido Masseria se sintió públicamente humillado y pensó que lo habían dejado en ridículo ante su poderoso amigo Capone. Su honor siciliano había sido afrentado y reclamaba venganza. Gaspar Milazzo, al negarle su colaboración, le había escupido en la cara. Tenía que pagar. Aquel mismo febrero en que Gaetano Reina había sido asesinado, Gaspar Milazzo fue abatido a tiros en una lonja de pescado de Detroit.

Con aquellos dos asesinatos, Masseria sólo consiguió reforzar las alianzas entre sus enemigos, actuales o posibles. Los hombres de Gaetano Reina —entre ellos, Tommy Lucchese y Tommy Gagliano—, alarmados por la eliminación de su jefe, pidieron la protección de Salvatore Maranzano y a cambio ofrecieron ponerse al servicio de los castellammarese en su guerra  contra Masseria. Por otra parte, un paisano de Castellammare del Golfo —Gaspar Milazzo— había muerto y la orden había provenido directamente de Joe Masseria. Así que los castellammarese, ahora aliados con los miembros de la antigua familia del difunto Reina, decidieron también que el enfrentamiento tenía que pasar a un nuevo nivel. Estas muertes fueron las chispas que provocaron el incendio. La Mafia neoyorquina era un garaje encharcado de gasolina en el que todos llevaban ya tiempo jugando con cerillas. Joe Masseria había sido el primero en dejar caer una cerilla. La venganza no iba a hacerse esperar.

Jaque al “Boss”

Giuseppe “La Garra” Morello

Giusseppe Morello era más conocido en los bajos fondos como “La Garra”, a causa de que tenía un brazo deforme de nacimiento, con la mano en forma de pinza. Era uno de los más antiguos y valiosos colaboradores de Joe Masseria, a quien solía servir de consejero y para quien recaudaba fondos en una oficina de Harlem, donde los subalternos y tributarios de la Mafia acudían ante su mesa para entregar periódicamente sobres repletos de billetes. Morello había nacido en Corleone, como el difunto Gaetano Reina, pero al contrario que éste no había traicionado a Masseria y seguía trabajando para su jefe con total lealtad. Y allí estaba, en su oficina, cuando se produjo la visita menos deseable que uno podía recibir en los años treinta: Albert Anastasia, un futuro capo mafioso que por entonces ejercía como pistolero a sueldo y que era uno d elos individuos más letales del mundo del hampa. A Anastasia se le conocía con el sobrenombre de “Mad Hatter” (“majara”) aunque tiempo después la prensa terminaría otorgándole el sonoro sobrenombre de “Su Excelencia el Ejecutor de Asesinatos Inc.” Por aquel entonces Anastasia aún ejercía como mercenario hacía “trabajos” para quien mejor le pagase. Y los castellammarese le habían pagado bien por deshacerse de Giusseppe Morello. Anastasia no fallaba nuncay esta vez no iba a ser una excepción: Morrello fue acribillado a tiros en la mesa de su despacho. Similar suerte sufrió muy poco después otro de los hombres de confianza de Masseria, “Fat Joe” Pinzolo. También estaba sentado en su propio despacho cuando por la puerta apareció Tommy Lucchese, uno de los hombres de Gaetano Reina que había acudido a los castellammarese tras el asesinato de su jefe. Pinzolo sucumbió a las balas y, aunque Tommy Lucchese fue detenido y oficialmente acusado por la policía como autor del crimen, terminaría siendo absuelto por falta de pruebas.

Las muertes de Morello y Pinzolo fueron un duro golpe para Masseria. Quizá debería haber pensado si no le convenía intentar detener las hostilidades en aquel mismo momento, pero no: él continuó con sus planes. Por ejemplo, seguía decidido a derribar el control que los castellammarese, por medio de Joe Aeillo, tenían sobre la Unione Siciliane. Masseria todavía estaba empeñado en enmendar su anterior humillación —o lo que él veía como una humillación— ayudando a Capone a apoderarse de la Unione. No es que Al Capone necesitara esa ayuda. De hecho, “Scarface” ya tenía contra las cuerdas a Joe Aiello. Varios de los ayudantes del presidente de la Unione habían sido asesinados y Aiello pasaba la mayor parte del tiempo refugiado en la sede de la asociación en Chicago, temiendo pisar la calle por si los hombres de Capone se le echaban encima. Se veía hasta tal punto metido en problemas que incluso planeaba su huida a México. Pero Capone probablemente se conformaría con dejar que Aiello se marchase por sus propios medios, cosa que estaba a punto de suceder. Acosado por el FBI, lo último en lo que pensaba era en ordenar asesinatos innecesarios. Aiello ya estaba lo suficientemente asustado como para molestarse en asesinarlo con la policía mirando de reojo. Sin embargo, su aliado Joe Masseria no pensaba igual. Quería “resarcir” su imagen ante Capone por el asunto de Gaspar Milazzo, así que envió desde Nueva York a uno de sus ejecutores de confianza, Al Mineo. ¿El encargo? Eliminar a Joe Aiello.

Mineo, armado con una ametralladora, se ubicó en la ventana de una segunda planta frente al edificio de la Unione. Esperó pacientemente a que Aiello decidiera asomar la cabeza. Cuando finalmente vio al presidente de la Unione pisando la calle, disparó. La ráfaga de balas alcanzó su objetivo, pero no produjo heridas mortales y Joe Aiello consiguió huir hacia un extremo de la calle. Pero Al Mineo, astutamente, había apostado otro hombre en otra ventana para cubrir esa posible huida. Una nueva ráfaga de ametralladora tumbó a Aiello, quien ya no se levantó. Los agresores huyeron, y Joe Aiello fue llevado urgentemente al hospital, pero no sobrevivió. Los médicos encontraron nada menos que sesenta balas en el interior de su cuerpo. Otro importante castellammarese había muerto a manos de Masseria.

Joe Masseria se sintió satisfecho: había demostrado a Al Capone que era capaz de enmendar sus fallos y había dejado libre la presidencia de la Unione Siciliane. Aunque casi todo el mundo en los bajos fondos —y en la prensa— sospechó equivocadamente que el asesinato había sido ordenado por el propio Capone. Sea como fuere, la guerra continuaba.

Al Mineo y Steve Ferrigno, abatidos por los castellammarese.

En Nueva York, varios hombres de Maranzano habían alquilado un apartamento en un edificio donde se había visto entrar y salir a Joe Masseria. El “Boss” era un objetivo difícil y aquella era una oportunidad única para acabar con él. Sin embargo, llevaban un tiempo en el apartamento y su presa no había vuelto a dar señales de vida. Sin embargo, un día divisaron a Al Mineo —que había asesinado a Joe Aiello tan sólo dos semanas antes— atravesando el patio ajardinado de la finca, junto a su mano derecha, Steve Ferrigno. Decidieron que, en ausencia de la presa mayor, bueno era lo que tenían al alcance. Desde la ventana del apartamento, los castellammarese asesinaron a Mineo y Ferrigno. De este modo, Joe Masseria perdía a otros dos importantes aliados de golpe. Sus hombres de peso estaban empezando a caer como moscas. Aquello era muy preocupante. Y sobre todo era muy preocupante, cómo no, para el principal escudero de Masseria: Charlie “Lucky” Luciano.

Al principio del conflicto, Luciano había permanecido fiel a su jefe porque le había parecido la jugada más natural y conveniente. En el momento de desastarse las hostilidades, Masseria tenía más hombres que Maranzano en una proporción de tres a uno o incluso de cuatro a uno. También tenía contactos más importantes y gozaba de una alianza clave con Al Capone. Sobre el papel, Masseria había tenido todas las de ganar. Pero la práctica estaba contradiciendo a la teoría y Luciano, que no se caracterizaba por dejar de analizar las situaciones, era perfectamente consciente de ello. Varias cosas le ayudaron a llegar a la conclusión de que la guerra se había tornado en contra de Masseria y que el “Boss” no iba a poder darle la vuelta a la tortilla por varias buenas razones. Una, que los castellammarese eran un grupo más sólido y mejor organizado: el que la mayor parte de ellos proviniesen del mismo pueblo confería un grado extra de cohesión a su facción. Dos, que los castellammarese eran hábiles golpeando a sus enemigos e iban directamente a por los hombres clave de Masseria, mientras que Masseria seguía pensando en contentar a Al Capone y así dispersaba sus esfuerzos en perjuicio propio. Tres, que Masseria no estaba consiguiendo garantizar la seguridad de sus hombres de confianza: varios de ellos habían muerto y el propio Luciano había sido atacado tiempo atrás. Cuatro, que aunque el más importante aliado de Masseria, Al Capone, aún estaba en la cumbre de su poder, había sin embargo algunos negros nubarrones en el horizonte —el FBI, la fiscalía y traiciones internas en su banda— que parecían augurar un futuro interno para “Scarface”. Cinco, que Salvatore Maranzano había sido más hábil recolectando nuevas alianzas entre los líderes mafiosos del resto del país, y diversas familias le estaban poyando ya con envíos de dinero y armas, probablemente a cambio de tratos ventajosos con Nueva York si Maranzano conseguía ganar la guerra y hacerse con el control de la ciudad. Seis, que algunos hombres de Masseria, cansados de tanta guerra y hartos de jugarse la vida por un negocio que para colmo estaba empezando a resentirse por efecto del conflicto, estaban desertando e incluso uniéndose a los castellammarese. Y siete, que Salvatore Maranzano estaba dispuesto a recibir con los brazos abiertos a esos hombres de Masseria que abandonaban a su jefe.

Luciano no se llevaba a engaño ante todo esto. Aunque la guerra aún no estaba definitivamente perdida, llegó a la conclusión de que su bando no podía vencer. En la partida de ajedrez de la “Guerra de los Castellammarese”, había llegado el momento de que “Lucky” Luciano hiciese su jugada definitiva. Y sólo había una jugada que le convenía hacer.

Salvatore Maranzano, desde que ordenó que Luciano recibiese una brutal paliza de advertencia, había esperado pacientemente a que el principal hombre de confianza de Joe Masseria llegara a la conclusión de que no le convenía seguir en aquella situación y decidiera dar un paso en consecuencia. Luciano era el hombre que tenía la llave para acabar con Joe Masseria de forma rápida y económica. Y Maranzano era el hombre que podía garantizar un futuro en la Mafia para Luciano.

Era solamente cuestión de tiempo que se pusieran de acuerdo.

Una cena y una partida de cartas

“Lucky” Luciano decidió finalmente sentarse a hablar con el enemigo a espaldas de su jefe y contactó con Salvatore Maranzano. Era una jugada arriesgada —imaginemos la reacción de Masseria si descubría que Luciano estaba planeando una traición— pero Luciano veía ya esta jugada como la única posible. Además, desde hacía años había anhelado la posibilidad de deshacerse de Masseria y sus ideas arcaicas. Ahora tenía su oportunidad… y tampoco le quedaba más remedio.

Un policía observa el cadáver del hasta entonces jefe de la Mafia neoyorquina, Joe Masseria.

Pero Luciano era listo y no se resignaría a vender a Masseria a cambio de nada, ni siquiera aunque en la práctica su bando estuviese ya siendo derrotado y necesitara salvarse. Luciano sabía que también Maranzano estaría ansioso por llegar a un acuerdo: prolongar la guerra significaba que todos seguirían perdiendo mucho dinero y recursos humanos, y que la policía, alertada por los crímenes y tiroteos, estaría cada vez más encima, entorpeciendo aún más los negocios. Cualquier cosa que acortase el conflicto resultaría beneficioso para todos. Esa era la carta que el astuto Luciano podía jugar para negociar: él era el hombre clave que podía terminar con la guerra. Y jugó su carta. Ofreció a Maranzano la vida de Masseria en bandeja, a cambio de diversas condiciones: una, que los hombres de la organización de Masseria fuesen amnistiados y asimilados en una nueva familia mafiosa que estaría comandada por el propio Luciano. Dos, que aquella nueva familia de Luciano recibiría una parte del pastel, obteniendo el control sobre una zona de Nueva York —todo el West Side de Manhattan— para hacer tranquilamente sus negocios allí. Luciano también se aseguró de que Maranzano —quien, como Masseria, no dejaba de un anticuado “Mustache Pete”— le permitiera volver a trabajar codo a codo con sus viejos amigos judíos, como Meyer Lansky o “Bugsy” Siegel, pese a que aquello fuese en contra de la arcaica tradición siciliana.

Salvatore Maranzano aceptó las condiciones de Luciano, incluso la de su colaboración con elementos no italianos. Podía ser un siciliano anticuado, pero era un individuo inteligente y había comprendido que en América las cosas funcionaban de un modo distinto a Sicilia. ¿Que Luciano quería emplear a colaboradores “extranjeros” y hacerse amigo de todos aquellos judíos? De acuerdo. Maranzano había comprobado que en EEUU el mundo del crimen era un “melting pot”, un mestizaje, un reflejo de aquel país hecho de inmigrantes.

Hubo acuerdo. Las horas de de Joe Masseria, pues, estaban contadas.

Y es aquí cuando volvemos a la adusta villa de estilo mediterráneo donde se ubicaba el restaurante Nuova Villa Tammaro, la que describíamos al principio de este episodio. Es aquí cuando vemos a Joe Masseria cenando junto a “Lucky” Luciano y varios de sus hombres. Cuando vemos cómo el resto de la clientela se va marchando y cómo también, uno tras otro, también los mafiosos se van retirando porque “es tarde”. Cuando vemos a Luciano pedir permiso para ir al servicio y esfumarse por una puerta trasera. Cuando vemos cómo los guardaespaldas de Joe Masseria también desaparecen misteriosamente de su mesa. Y cuando vemos a un grupo de hombres que atraviesan decididos la entrada del restaurante, sacan sus pistolas, apuntan a Joe Masseria y disparan.

Joe “The Boss” Masseria queda tendido boca arriba en el suelo del restaurante, con los brazos en cruz, sobre un charco de sangre. Cuando llega la policía, los empleados no han visto nada: estaban en la cocina fregando los platos, o metiendo algo en el almacén. Gerado Scarpato y su esposa no sabrían reconocer a los asaltantes y todo lo que saben del difunto es que era un cliente habitual que dejaba buenas propias. Los policías toman declaración —aun a sabiendas de lo inútil de la medida— y hacen fotografías del cadáver. Algún agente, casi como una broma, coloca un naipe entre los dedos de una de las manos del difunto, como si Masseria hubiese muerto aferrándose todavía a algún último as que llevase escondido en la manga. Estos “spaghetti”, son tramposos hasta cuando mueren.

La “Guerra de los Castellammarese”, la guerra más importante en la historia de la Mafia, acaba de terminar. Ahora Nueva York tiene un nuevo jefe, Salvatore Maranzano, y la Mafia moderna está a punto de nacer.

Pero no será un parto sin dolor. El fin de Masseria, pese a lo que todos creen y desean, no significa que hayan terminado los conflictos. Maranzano sigue siendo un siciliano que comenzó su carrera criminal en las callejuelas de Castellammare del Golfo, en las rocosas y áridas faldas de los soleados montes de la isla, y sigue pensando que todas las familias mafiosas de Nueva York deben someterse a un único patriarca. Quiere convertir la inmensa ciudad norteamericana en su Castellammare del Golfo particular. Charlie “Lucky” Luciano, sin embargo, apenas tiene ya unos borrosos recuerdos infantiles de la isla donde nació. Las calles de Nueva York han sido su verdadera escuela. No entiende —o mejor dicho, no quiere entender— de tabúes ancestrales, ni de patriarcados, ni de Vírgenes, ni de santos, ni de innecesarias “vendettas” por honor. Él piensa únicamente en el dinero. Para él, la Mafia no es un ejército de resistencia de los sicilianos oprimidos frente al mundo, ni una secta secretista basada en teatrales ceremonias cuyo origen se pierde en la penumbra de los siglos. Para “Lucky” Luciano, la Mafia es un negocio y nada más que un negocio. Aunque, tras la muerte de Masseria, Maranzano y Luciano mantendrán una breve alianza de conveniencia, en el fondo siguen perteneciendo a mundos muy distintos. La desconfianza mutua va a minar rápidamente su relación. De la amistad a la más furibunda enemistad hay un solo paso —como del amor al odio— y ése es un paso que, una vez dado, ya no tiene vuelta atrás.

Gracias al acuerdo entre Salvatore Maranzano y Charlie Luciano se acaban de poner los cimientos para una nueva Mafia en la que, paradójicamente, no habrá sitio para los dos. (continúa)

10 comentarios

  • Así se ha construido gran parte de lo que hace de NY y Chicago 2 ciudades únicas. Da gusto poder leer los hechos con el rigor que requiere este texto. La mafia nunca dejará de tener ese toque místico que hace que la admires a la vez que la repudias…

  • Me ha encantado el artículo, como siempre un placer leerle señor Rodriguez, consigue que la historia más sencilla, narrada por usted resulte apasionante. Si a esto le unimos el inherente atractivo de la Mafia (y más la neoyorquina) tenemos un artículo redondo.

  • grandísimo reportaje.

  • Perfectamente redactado y de muy ameno seguimiento, adictivo. ¡Gran trabajo!

  • Impecable.

  • Enhorabuena.

    Ameno y didáctico …¿qué mas se puede pedir?

    A pesar de ciertas cualidades de gestión organizacional de estos CEOs de la Mafia….que se enfatizan, nunca hay que perder de vista que todos ellos sin excepcion son …pues eso…unos asesinos, unos villanos. Escoria. Ya se que este horizonte no se pierde nunca pero vamos, por si alguien cede a la simpatía en algún momento…

  • Que bien nos traes y nos llevas…

    Muchas gracias. Un placer.

  • Muy bien,señor Emilio.Gran descripcion de la nueva y vieja mafia.Eso si,la mafia tradicional siciliana duro lo mismo que la americana,por lo tanto sus planteamientos para un entorno italiano no estaban para nada equivocados.Y nunca pierdas de vista el hecho de que todo un Carlo Gambino se desplazo a Palermo a presentar sus respetos al tradicional y ultracatolico Salvatore Riina.

    • Hola, Vince:

      Evidentemente, había actitudes que en en USA no resultaban indicadas pero que en Italia funcionaban a la perfección, como lo de matar a todo el mundo y a sus respectivas familias… diplomática estrategia repleta de sutileza y sensibilidad que utilizaba tu amigo Toto Riina, el hombre que hace que Hannibal Lecter parezca un Teletubbie.

      “¿Mafia? No sé qué es eso… algo me suena haber leído en los periódicos”.

  • Muy bien redactado??
    En mi opinión está lleno de incorrecciones pero en fin…
    El contenido al menos es aceptable.

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