Ricardo Cantalapiedra: La rebelión del instinto

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El instinto es un sentido psicosomático casi atrofiado. Participa de la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. Marca la vida de los animales, pero en la raza humana está en vías de extinción. Una pérdida fundamental: muchos de los grandes hallazgos de la humanidad han sido propiciados por el instinto; y muchos grandes fracasos, por la falta de instinto. Incluso todos nosotros somos frutos de un instinto, a veces desafortunado.

Se nos ha definido a los hombres y mujeres como seres racionales. Los demás animales, al parecer, son irracionales. La racionalización inmoderada nos está volviendo máquinas más o menos sofisticadas, pero sin algo precioso que nos es común con toda la fauna. La educación y la razón difuminan e incluso borran el instinto, aunque todavía siga muy presente en el lenguaje. Pero la razón, patrimonio inmaterial de las personas, es también base de la locura y la infelicidad si se ve privada de lo instintivo.

Hay diversas interpretaciones del Capricho El sueño de la razón produce monstruos, número 43 de la serie de 80 láminas de Francisco de Goya. En el autógrafo del Museo del Prado se dice: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”. La portada del manuscrito de la Biblioteca Nacional reza: “Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones”. Es más completa la leyenda de El Prado. ¿Qué pasa cuando los hombres no oyen el grito del instinto? Pues, sencillamente, que todo se vuelve inhumano, extraño a la persona; se esfuma “la madre de las artes y el origen de las maravillas”.

Ese hombre que parece dormido, cansado o abatido en el aguafuerte, no está rodeado de monstruos. Son animales los que revolotean a su alrededor: gatos, murciélagos, búhos. En la mesa hay papeles y dos lapiceros o plumas. Quizá estemos ante un escritor, un pintor, un artista, una persona que ha perdido el hilo de su obra al enfrascarse en razonamientos superfluos. Se le ha escapado el instinto. Esos bichos están ahí para despertarle y recordar que, si se deja llevar únicamente por la razón, solo le van a salir sombras, noche, monstruos. La lámina de Goya es un alegato contra la educación excesivamente racionalista que padecemos desde hace siglos y que nos hace desdeñar progresivamente la parte animal de la personalidad.

Este tipo de educación angelical no ha hecho más que pervertirnos y hacernos perder el norte de la vida. No sé qué mente dislocada le dictó a Fidel Castro estos angelicales axiomas que contienen metralla celestial y coinciden con el pensamiento del Vaticano: “La educación es una lucha contra el instinto. Todos los instintos conducen al egoísmo”. ¿Qué entiende Fidel por instinto? ¿Lo que no está de acuerdo con sus intereses? Eso es una barbaridad en la que Castro comulga con la pedagogía tradicional e inhumana. Los animales no tienen inteligencia (todo depende de lo que se entienda con esa palabra), pero tienen instinto y están llenos de razones instintivas que nunca les fallan. De hecho, tienen organizada su existencia con mucha más perfección que nosotros. El mundo animal es una referencia inexcusable para el universo de las personas. Es admirable la forma en que las bestias se rigen en sus actividades sociales, económicas y políticas: todos ellos saben cuál su papel en el grupo, todos trabajan en las economías de la manada, todos siguen al jefe natural y todo funciona con una lógica que jamás ha conseguido llevar a la práctica la Humanidad. Los animales tienen mucho más que ver con la Naturaleza que la inteligencia humana, ensoberbecida estúpidamente por las elucubraciones de unos cuantos sabios que en el fondo son voceros de la ignorancia.

Dice Voltaire (Diccionario Filosófico) que el instinto “es la conformidad secreta de nuestros órganos con los objetos… El instinto gobierna a los hombres como gobierna a los gatos y a las cabras; y es una semejanza más que tenemos con los animales”. Ahí está la cuestión, en la “conformidad secreta”. Porque las personas tenemos que mantener el instinto prácticamente en clandestinidad. La razón se ha hecho dueña y señora de los hombres, con el hándicap de que en demasiadas ocasiones es una clamorosa sinrazón. La razón es manipulada soezmente. El instinto no puede ser manipulado, solo perfeccionado.

Con todos los respetos hacia la diosa Razón, hay que decir también que ella todo lo complica y que son muy pocos los que la utilizan de forma razonable, cuando no malintencionada. Los artistas deben tener mucho más respeto al instinto que a la razón. Y los demás, también. Alguien dirá que hay instintos asesinos, pero esos no son instintos, eso es una rama de la patología. La solución de los problemas económicos, políticos y sociales en que estamos enfangados debe llegar por una vuelta al instinto, por una contemplación meticulosa de la vida animal. Ya está bien de corazonadas, intuiciones, presentimientos, presagios, impulsos,  propensiones o inclinaciones que no son otra cosa que disfraces de la intolerancia y sucedáneos baratos del instinto perdido.

Esto no es un panfleto. Esto es simplemente una rebelión más que justificada del instinto que nos intentan arrebatar neciamente para acabar con nosotros. El instinto y la razón, unidos, jamás serán vencidos. Pero, a pesar de que pueda parecer lo contrario, no es fácil volver a los instintos. Nos los han raptado.   

 

2 comentarios

  • Uno de los dos vivimos en un universo paralelo. En mi opinión, en nuestra sociedad prevalecen indiscutiblemente el instinto a la razón. Sólo hay que mirar alrededor. Estoy de acuerdo con “el instinto y la razón, unidos, jamás serán vencidos”, pero discrepamos absolutamente en el diagnóstico.

    • Suscribo. Y añado que los ángeles son indiscutíblemente machos, puesto que sino sería las ángeles.

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