
Nueva York. Acaba de empezar el nuevo milenio. Paul McCartney, David Bowie, Björk, Patti Smith son algunos de los músicos que pasan por Sear Sound, el estudio de grabación más antiguo de la ciudad, fundado en 1964 por Walter Sear. En el año 2000 el estudio está dirigido por su mujer, una señora de cincuenta y tantos a la que no le interesa ningún tipo de música que no sea clásica. Parece que en los ochenta dirigió un par de películas de terror de clase B y sus pósteres decoran las paredes del estudio. Lo que McCartney, Bowie, Björk y Smith no podían intuir es que en esa mujer de no más de un metro y medio de altura se esconde uno de los personajes más peculiares de la industria del cine.
Durante su carrera cinematográfica, esa mujer trabajó como actriz, dirigió unas treinta películas porno, fue arrestada dos veces por cargos de obscenidad y se casó con un cineasta mediocre que murió decapitado por un helicóptero pero le dejó su apellido.
El nombre de nuestra protagonista es Roberta Findlay, y esta es su historia.
La pianista
Roberta es contradictoria desde el comienzo. En una entrevista le preguntaron sobre su pasado y dijo: «Es aburrido escuchar sobre la vida de alguien más. Y escuchar sobre su infancia es lo peor. Cuando leo una biografía siempre me salteo las primeras cien páginas. No me interesa».
A su pesar, vamos a hacer un pequeño repaso: nació con el apellido Hershkowitz un 30 de diciembre, quizás en 1948 (el año en el que jura haber nacido) o en 1943 (el año que figura en el registro oficial de la ciudad de Nueva York). La línea de tiempo de su vida se vuelve un poco imprecisa. Fue la tercera y última hija de un matrimonio judío inmigrante de Hungría. Sus padres eran primos hermanos; ella misma dice: «Podría haber sido una cretina, ¡una idiota! Quizás lo fui». Aun así, Roberta aprendió a leer antes de empezar preescolar.
Creció en el Bronx al lado del zoológico y recuerda que de noche escuchaba a los leones rugiendo. Vivía en un barrio judío, sus padres hablaban yídish en la casa, dice que no conoció a una persona no judía hasta la escuela secundaria. Nunca le interesó la religión, tampoco su familia. Al padre le tenía miedo —era alcohólico y violento, no ahorraba golpes para ella y sus hermanos—, su madre era «un individuo gris, una no-entidad». Cuando tenía cinco años le hicieron tomar clases de piano con la esperanza de que algún día se convirtiera en una concertista famosa. Aprendió rápido, se hizo muy buena leyendo partituras pero nunca lo disfrutó: «Desafortunadamente soy muy hábil».
Roberta no tenía amigos, no sabía cómo hacerlos. Dice que siempre le tuvo miedo a la gente. Tampoco tenía amigas (ni las tuvo nunca; odia a las mujeres, y a los niños). No le interesaban los chicos pero terminó envuelta en una relación de dos años con un psicólogo infantil. Él tenía treinta, ella trece: «Esa fue mi primera experiencia sexual. Yo no sabía cómo funcionaba. Técnicamente fue violación».
Roberta creció muy rápido.
A los ocho años tomaba alcohol, a los doce fumaba, como le iba muy bien en clase se salteó dos grados y terminó la escuela secundaria a los quince. A los dieciséis empezó a estudiar música y fue gracias al piano como conoció a su marido. Así comenzó su carrera.
Michael Findlay, varios años más grande que ella, estaba a cargo de un festival de cine mudo en la universidad. Allí Roberta empezó a trabajar haciendo acompañamientos musicales. Nunca había visto una película muda, no sabía ni que existían. Intolerance fue la primera. Gracias a Michael se volvió cinéfila y poco después ya era fan de Billy Wilder, William Wyler y John Ford. Se fueron a vivir juntos y al tiempo se casaron.
Roberta dice que solo estuvo enamorada dos semanas, pero que por alguna razón siguió con él diez años.

Cómo hacer películas baratas
A mediados de los sesenta, Michael y un par de amigos se metieron en la industria del cine haciendo películas de sexploitation, un género cinematográfico de la época, de bajo presupuesto, que se iba a convertir en precursor del cine porno. Estas películas incluían escenas de desnudez y el sexo como tema principal, algo hasta entonces inexistente en el cine debido a la censura y los códigos de moralidad.
En principio, Roberta no tenía interés pero se sumó «para que Michael no sucumbiera ante sus protagonistas femeninas». En 1964 la pareja hizo su primera película, Body of a Female, con Michael como director y Roberta como actriz protagonista.
En un par de años hicieron varias películas juntos sobre drogas, prostitutas, secuestros, violaciones, torturas, asesinatos. No sorprende que Roberta describa a Michael como un tipo perturbado y violento. Según ella, la razón por la que mataba mujeres en sus películas es porque era muy cobarde como para matarlas en la vida real.
Él siempre trabajaba como director. Ella hacía lo que hiciera falta: actriz, compositora, iluminadora, guionista, editora, camarógrafa. Poco a poco, Roberta empezó a tener un rol cada vez más importante en las películas y la dirección de fotografía se convirtió en su principal actividad. También, en su pasión. Ese trabajo, históricamente hecho por hombres (recién en 2026 ganó una mujer por primera vez el Óscar a mejor fotografía), podría haber sido un motivo de orgullo feminista para Roberta, pero a ella no le podía interesar menos el feminismo. Quería ser reconocida como cameraman, no como cameraperson.
Empezó el oficio bajo la dirección de su marido; no sabía cómo funcionaba una cámara y él le dijo: «¿Ves este botón? Solo apriétalo y graba lo que ves». Y así lo hizo. Desde entonces, describe su trabajo como «pintar con luz».
La primera vez que dirigió fue en 1967, a los veintitrés años, aunque de aquello Roberta no sabía «nada de nada». Michael había conseguido unos dos mil dólares para filmar en Bélgica, los actores solo hablaban francés y él ni una palabra; así que ella terminó haciéndose cargo. La película nunca llegó a estrenarse y es posible que descanse en el armario de un antiguo funcionario de aduanas de los Estados Unidos, uno de los que confiscaron la única copia tras catalogarla como obscena.
Estaba empezando la década de los setenta, la pareja seguía haciendo películas y una de sus grandes preocupaciones era encontrar lugares donde filmar a bajo costo. Qué destino mejor que Argentina, un país rodeado de leyendas nazis. Aunque el argumento de la película que escribieron no tenía nada que ver con eso, a Roberta la sedujo la idea de filmar en ese lugar «en el que viven nazis alemanes». En 1970 viajaron a Sudamérica para grabar una historia inspirada, muy libremente, en los asesinatos de la familia Manson. Michael como director, Roberta en la dirección de fotografía. Los actores eran todos argentinos y serían doblados al inglés en postproducción. La película se terminó bajo el nombre de Slaughter pero no consiguió distribución, así que quedó descartada hasta 1976, cuando un productor compró los derechos, la reeditó, junto con escenas nuevas que mostraban un supuesto asesinato real, y la estrenó con el nombre Snuff. En el póster se puede leer: «La película que solo se podría haber hecho en Sudamérica… donde la vida es BARATA».
Para el momento en que finalmente se estrenó, Roberta y Michael ya estaban separados y cada uno había seguido su camino. Él continuó dirigiendo y comenzó a desarrollar nuevas tecnologías de filmación. En 1977 se dirigía al festival de Cannes para presentar una cámara de cine en 3D en la que había estado trabajando cuando, a punto de subir al helicóptero con dirección al aeropuerto, la hélice se desprendió y le cortó la cabeza. Hasta ahí llegó la historia de Michael Findlay. Lo curioso es que, aunque Roberta lo sobrevivió ya casi por cincuenta años y su trayectoria es indudablemente más prolífica, si uno busca información sobre ella su nombre siempre aparece ligado al de él.

Del porno blando al porno duro
¿Y cómo siguió el camino de Roberta desde la separación? Con la llegada de la era dorada del porno en los setenta, pasó del cine softcore (o sexploitation) a dirigir películas hardcore. Es decir, sexo real. La primera fue The Altar of Lust, de 1971, sobre una mujer que acude a un psiquiatra para que le «cure» su lesbianismo. No es difícil imaginar cómo termina la cosa.
La historia de la pornografía es bastante difusa como para tener una respuesta certera, pero es verosímil suponer que esta fue la primera película porno dirigida por una mujer. Y, sin embargo, a Roberta no le importan nada las reivindicaciones de género. Una experiencia puntual lo ilustra a la perfección. En 1973 la contrataron como directora de fotografía para la película The Waiting Room, con un equipo de producción íntegramente femenino. Roberta, quien siempre odió a las mujeres, dice que solo aceptó porque la paga era buena y que el resultado fue catastrófico: «Por cada tres mujeres que teníamos, hubiese hecho falta un solo hombre para hacer el trabajo correctamente». A partir de entonces estableció una regla: ninguna mujer iba a formar parte del equipo técnico de sus películas, excepto las maquilladoras.
«Soy mala y desagradable, supongo, pero la verdad es que no siento ninguna compasión por las mujeres que se quejan. Trabajé muy duro y nunca dependí de nadie —ni mujeres ni hombres— para que hicieran nada por mí, así que no veo por qué debería ayudar a nadie más».
Casi todas sus películas porno se estrenaron bajo seudónimos masculinos, pero en 1974 sus productores decidieron estrenar Angel Number 9 con su nombre. La publicitaron como «la primera película sexualmente explícita dirigida por una mujer» y gira en torno a un hombre machista que, como castigo divino, después de morir reencarna en el cuerpo de una mujer. Como Roberta admite, varios de sus guiones se inspiraron en películas reconocidas y esta fue un robo de Goodbye Charlie, de Vincente Minnelli. Irónicamente, algunos críticos de la época pensaron que se trataba de un hombre con un seudónimo femenino, porque «ninguna mujer podría haber dirigido un film así».

«No quiero ver cuerpos desnudos»
Su película porno más emblemática es A Woman’s Torment, de 1977. Inspirada en Repulsión, de Polanski, trata de una mujer mentalmente inestable que huye a una casa remota cuando se entera de que la van a internar en un manicomio. Ahí se ve envuelta en varios encuentros sexuales y violentos donde va perdiendo noción de la realidad y cayendo en la locura. En palabras de Roberta, «la historia de mi vida». En pantalla se entremezclan escenas de sexo con asesinatos. Hay porno, pero también está el terror, el género al que se dedicará más adelante. «Es fascinante. Es, por accidente o por diseño, una de las películas menos sensuales jamás hechas», decía una de las críticas de la época. En efecto, las escenas sexuales de A Woman’s Torment resultan la parte más desagradable de la película: los personajes femeninos se quejan de no sentir placer durante el sexo y hay escenas que son, sin lugar a dudas, violaciones.
Para Roberta, el cine de terror y el cine porno son lo mismo; lo único que cambia es el color de los fluidos corporales. Todo cobra sentido cuando nos enteramos de que odiaba filmar escenas de sexo; no era una cuestión moral, le resultaban repugnantes: «No quiero ver cuerpos desnudos». ¿Cómo seguir filmando porno entonces? Pensándolo como otra cosa.
Después de un rato largo de filmar, para Roberta, los genitales dejaban de ser genitales y pasaban a ser arte abstracto. Otras veces le servía pensar la película con la estructura de una ópera: «Tienes un poco de acción, y después viene la soprano y canta, y esa es el aria: esa sería la escena de sexo. Y después se va, y un poco más de acción, y así sigue».
El dinero también era un problema.
Los presupuestos del porno eran muy limitados, y los actores, malísimos. Dice que hacer actuar bien a un actor porno es imposible. Una vez le dio un guion de más de cien páginas a uno y él le respondió: «¿Qué eres, una loquita del diálogo?». El episodio pareciera pintar a Roberta como obsesiva o pretenciosa, pero ella no veía mérito alguno en sus películas. Nunca estuvo conforme con ninguna de las que grabó y solo las hacía porque era una forma fácil de ganarse la vida.
Lo que más detesta son las lecturas artísticas o académicas sobre su trabajo; para ella, la gente que disfruta de su cine tiene problemas psicológicos. Algo de razón tiene: resulta difícil ver cómo alguien podría disfrutar de una película como Shauna: Every Man’s Fantasy. Vamos a repasar la historia detrás de este film. En 1984 el mundo del porno se vio conmocionado cuando Shauna Grant, una de las mayores estrellas de la época con solo veinte años, se pegó un tiro en la cabeza. Aunque Roberta había grabado dos películas con la actriz, su muerte le afectó poco y nada, pero sí le sirvió de inspiración para un proyecto nuevo: iba a filmar un documental porno con el objetivo de averiguar el porqué del suicidio. De documental no tiene mucho, a Roberta no le interesaba contar ninguna verdad sino lucrar con el tema más popular del momento. La película incluye algunas de las escenas previamente grabadas de la actriz mezcladas con entrevistas a otras estrellas de la época, quienes contestan las preguntas mientras practican todo tipo de posiciones sexuales.
No hace falta aclarar que el producto final, estrenado en 1985, fue muy controvertido y, tanto para la crítica como para la audiencia, de mal gusto. Roberta nunca se arrepintió de haberla dirigido, y hoy en día hasta se ríe en las entrevistas cuando le preguntan por eso.
Ese mismo año abandonó el género que le había dado de comer hasta entonces, aunque lo de Shauna no tuvo nada que ver: fue la llegada de los videoclubes. Resulta que los dueños de los cines porno descubrieron que, en vez de pagarle a un distribuidor por una copia en 35 mm, podían alquilar una cinta VHS de cualquier película y proyectarla por una ínfima parte del costo. Después de todo, tampoco era que los espectadores le prestaran demasiada atención a las cuestiones de calidad. Esto no significó la caída de la industria, aunque sí dejó de ser la forma más rentable de hacer cine para una mujer que solo se dedicaba al porno por el dinero.
¿Qué género se estaba volviendo muy popular entre los jóvenes gracias a los videoclubes? El terror. Y hacia allí fue Roberta.
Entre 1985 y 1989 dirigió seis películas de terror: baratas, malas, rentables, hasta que llegó una que no consiguió ni siquiera distribución y se retiró de la industria. Para ese momento llevaba varios años en pareja con el ingeniero de sonido Walter Sear, con quien trabajaba en su estudio de grabación. Siguieron juntos hasta la muerte de Walter en 2010.
Esta parece una historia de un mundo que ya no existe y su protagonista, una mujer de otra época pero, a sus ochenta y dos años, Roberta sigue trabajando en su estudio de Nueva York, fumando un cigarrillo detrás del otro, bebiendo sus double Jack Daniel’s on the rocks. De vez en cuando acepta una entrevista para hablar de su carrera, criticar a las mujeres y rechazar las nuevas audiencias que tiene su obra: frikis a los que les gustaría saber cómo a una mente femenina se le han ocurrido películas tan depravadas y académicos que sobreanalizan los films con marco teórico.







