Hebras y nodos

Lo que nos hicimos dejando de aburrirnos

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¿Cuándo fue la última vez que te aburriste de verdad? No el aburrimiento de esperar —ese ya no existe, el teléfono lo liquidó hace años— el otro. El que dura. El que incomoda un poco antes de abrirse hacia algún sitio inesperado. La pregunta no tiene respuesta cómoda, y esa incomodidad ya dice algo.

Hay pensadores que dedicaron su vida entera a señalar exactamente esto, cada uno desde su trinchera, con las herramientas pobres que tenían. Lo que tenían delante —la televisión, la burocracia, la escuela industrial— hoy parece casi inocente. Y ya entonces estaban desesperados. Eso es lo que impresiona, más que el hecho de que acertaran: la desproporción. Si hubieran vivido lo que hay ahora —un sistema que aprende de cada uno de nosotros con una paciencia estadística que no tiene nada de humana, que sabe mejor que nosotros lo que vamos a querer dentro de diez minutos, que ha conseguido que cedamos nuestra atención de forma voluntaria, encantada, sin que nadie lo pidiera por escrito— la desesperación habría sido de otra naturaleza. La nuestra debería serlo también. Y, sin embargo, aquí estamos, más o menos tranquilos, mirando la pantalla.

Nadie nos engañó. Dejamos de hacer la pregunta. Y esa es una distinción que importa.

Ivan Illich pasó años intentando articular la diferencia entre una herramienta que te sirve y una herramienta que te usa. Hay un umbral a partir del cual la institución que nació para liberar empieza a oprimir, la herramienta que nació para ampliar la autonomía empieza a reducirla. Lo escribió en 1973, pensando en la escuela y en el automóvil. La misma pregunta —¿a quién sirve esto realmente?— señala hoy a algo que cabe en el bolsillo y que la mayoría acepta sin planteársela.

Lo que Illich no podía imaginar, aunque lo intuía, es la elegancia con que el sistema resolvería el problema de la resistencia. No hace falta obligar a nadie. Basta con que la herramienta sea suficientemente placentera, suficientemente conveniente, suficientemente rápida. Que el coste de usarla sea invisible y el beneficio inmediato. Que la pregunta sobre a quién sirve parezca, en el mejor de los casos, una rareza intelectual. Illich era austriaco, sacerdote, y hablaba seis idiomas. Lo llamaban utópico, que es como se llama a alguien cuando no se quiere discutir lo que dice. Murió en 2002 en Bremen, rodeado de amigos, con un tumor en la cara que llevaba años sin tratar porque desconfiaba de la medicina institucional. Coherente hasta el final, o testarudo hasta el final, que a veces es lo mismo.

Guy Debord llegó al mismo territorio desde otra orilla y con menos paciencia. Su La sociedad del espectáculo, publicado en 1967, parte de una idea que en apariencia es sencilla y en la práctica lo cambia todo: el capitalismo tardío no vende productos, vende representaciones de productos. No vende experiencias, vende imágenes de experiencias. Y el ciudadano moderno, atrapado en esa red de representaciones, acaba prefiriendo el mapa al territorio, la foto de la cena a la cena. Lo escribió con la televisión como horizonte y ya entonces veía en ella algo que iba más allá de un medio de comunicación: una reorganización de la vida entera en torno a la representación de la vida. Fue aclamado en mayo del 68 y olvidado en junio del mismo año, un ciclo habitual. Murió en 1994 de un disparo que se hizo él mismo, dejando una nota que decía que no podía hacer nada más. Si hubiera vivido para ver una plataforma que convierte cada momento de existencia en contenido publicable, que instala la lógica del espectáculo no ya en el consumo sino en la identidad misma, en cómo uno se piensa y se narra y se presenta ante los demás, probablemente no habría cambiado una palabra de lo que escribió. Solo habría añadido más páginas antes del disparo final.

Neil Postman era más tranquilo y pedagógico, y quizá por eso lo ignoraron con más amabilidad. Publicó Divertirse hasta morir en 1985 y su argumento era que el formato devora el fondo. Que no importa lo serio que sea el contenido si el envoltorio es entretenimiento. Que la política presentada como espectáculo se convierte en espectáculo, que el pensamiento presentado como píldora se convierte en píldora, y que de ese proceso no se sale poniendo mejor contenido dentro del mismo formato. Tenía una distinción que sigue siendo útil: distinguía entre la distopía de Orwell, donde el poder destruye la información, y la de Huxley, donde el poder la ahoga en placer. Lo que le preocupaba es que Huxley hubiera acertado. Que no nos vigilarían hasta someternos, que nos entretendrían hasta que ya no quisiéramos otra cosa. Murió en 2003. No llegó a ver el scroll infinito, el bucle de recomendaciones, la métrica de tiempo de pantalla como indicador de éxito empresarial. Pero ya lo había visto.

Hannah Arendt es más difícil de meter en esta conversación porque su nombre carga con demasiado peso y demasiadas citas de sobremesa. Pero hay algo en su trabajo que sigue siendo necesario aquí, precisamente porque ella no hablaba de tecnología. Hablaba de algo más antiguo: la ausencia de pensamiento como condición estructural. Cuando cubrió el juicio a Eichmann en Jerusalén y encontró no a un monstruo, más bien a un burócrata, y lo que describió no era solo un caso histórico. Era una estructura. La banalidad del mal no requiere maldad. Requiere que el individuo deje de preguntarse qué está haciendo y por qué, y se convierta en un nodo eficiente dentro de un sistema bien diseñado. Hoy esa estructura tiene versión digital. Se llama optimizar métricas. Se llama no salirse del sprint. Se llama que la pregunta incómoda no tiene seguidores y por eso no existe.

Paulo Freire lo vio desde la escuela, que es donde siempre se ve antes. Su Pedagogía del oprimido, publicado en 1968 en Brasil y prohibido casi de inmediato, describía lo que llamó educación bancaria: el conocimiento depositado en el alumno pasivo, que no pregunta, no discute, no construye nada, solo acumula y devuelve en el examen. El problema, decía Freire, no era la ignorancia. Era la domesticación del pensamiento, la construcción sistemática de personas que saben recibir información, pero no saben qué hacer con ella. Leerlo hoy produce una incomodidad específica, porque la educación bancaria que él describía con horror se ha vuelto el modelo de consumo informativo dominante. El feed es el aula de Freire multiplicada por mil millones de alumnos que nunca levantan la mano.

Lewis Mumford, que escribía sobre tecnología y ciudades desde los años treinta, tenía un concepto que usaba con mucha precisión: la megatécnica. Los sistemas tecnológicos complejos que, más allá de cierto tamaño, dejan de servir a las personas y empiezan a servirse de ellas. No porque sean malvados, que esa es la salida fácil, sino porque la lógica interna del sistema —crecer, optimizar, expandirse— acaba siendo más fuerte que cualquier intención original. Mumford murió en 1990, antes de internet. Pero la megatécnica que describía tiene hoy nombres propios y cotización en bolsa.

Echarse una siesta con alguien que se quiere. Sin teléfono, sin ruido de fondo, sin nada encendido en ningún rincón. Solo el peso del otro cuerpo, la respiración que se va acompasando, el tiempo que pasa sin hacer nada con él. Una de las pocas experiencias donde la mente no tiene instrucciones. Donde algo ocurre, pero no para ser contado después.

Sorprende lo extraño que se ha vuelto. No la siesta en sí, que sigue existiendo, esa cualidad específica de no hacer que lleva consigo. La capacidad de estar en un lugar sin producir nada, sin registrar nada, sin convertirlo en experiencia narrable. En algún momento, sin que nadie firmara ningún decreto, eso se volvió raro. Casi sospechoso. Y esa rareza es el síntoma más honesto de lo que ha pasado, más revelador que cualquier estadística sobre tiempo de pantalla. Porque las estadísticas hablan de hábitos y esto habla de algo más profundo: de qué tipo de experiencias consideramos que valen la pena. De qué le pedimos al tiempo.

Lo que se ha erosionado no es la inteligencia. Es algo previo y más frágil: la disposición a no hacer nada con el tiempo, que es la única condición en que ciertas cosas pueden crecer. Pessoa lo sabía. Anotó en algún momento del Libro del desasosiego que había pasado una tarde entera mirando por la ventana sin pensar en nada concreto, y que aquello había sido uno de los actos más productivos de su vida. No lo decía en broma, aunque tampoco del todo en serio. Lo afirmaba con esa precisión suya de quien ha aprendido a distinguir entre el tiempo que avanza y el tiempo que cala. El tiempo que cala es exactamente lo que el sistema no puede monetizar. Y lo que, por tanto, tiene todos los incentivos para eliminar.

La respuesta fácil a todo esto es tecnológica: mejores algoritmos, más regulación, diseño más ético. La respuesta difícil es humana. No porque las otras sean inútiles, es que ninguna toca el problema de fondo, que no es técnico. Es de criterio. La diferencia entre usar una herramienta sabiendo lo que hace y dejarse usar por ella sin preguntárselo.

El criterio no se descarga. No se optimiza. Se construye despacio, con fricción, con la incomodidad del texto que no se entiende a la primera y la conversación que no tiene respuesta inmediata. Es lo que siempre se llamó humanismo en su versión menos solemne y más útil: la insistencia en que pensar es un acto que requiere condiciones, y que esas condiciones hay que protegerlas deliberadamente porque nadie más tiene interés en hacerlo. No el humanismo como colección de textos canónicos ni como actitud nostálgica. El humanismo como práctica. Como la decisión cotidiana, pequeña y algo contracultural, de dejar que una idea llegue a su propio final antes de buscar la siguiente.

No es casual que los directivos de las empresas que construyen las plataformas más adictivas de la historia manden a sus hijos a colegios sin pantallas. La Waldorf School of the Peninsula, en Los Altos, en el corazón geográfico de Silicon Valley, lleva años llenando sus aulas con los hijos de personas que se dedican profesionalmente a diseñar sistemas de captura de atención. El currículo: barro, cuentos, música, conversación. Lo publicó el New York Times en 2011 y fue noticia durante cuarenta y ocho horas antes de desaparecer, que es el tiempo de vida útil de las noticias incómodas. No es hipocresía, o no solo. Es la confesión de que saben exactamente qué destruye la capacidad de pensar con criterio propio. Y que eso que saben lo reservan para los suyos. Para los demás tienen otro producto. Es el negocio más antiguo del mundo, puesto al día.

Lo que propusieron todos aquellos pensadores, cada uno a su manera y desde su época, no era volver atrás. Era volver a la pregunta. A la discusión que no tiene ganador predeterminado. A la lectura que lleva a donde uno no esperaba ir. A la conversación que enriquece porque el otro sabe algo que tú no sabes y tiene la generosidad de decírtelo. A echarse una siesta con alguien que se quiere, que no produce nada medible y por eso produce todo lo que importa.

Que lo vieran venir con lo poco que tenían entonces, y que aun así nadie encontrara el momento de escucharlos con la atención suficiente, tendría que producir algo más que melancolía intelectual. Tendría que producir urgencia. Y quizá algo parecido a la vergüenza, que es una emoción que ha pasado de moda pero que a veces es la más honesta.

La atención sostenida viene de la distracción tranquila. Ahí está todo. Es lo que todos ellos pedían y es lo que el sistema actual tiene menos interés en que se desarrolle. Empieza, quizá, en el sitio más pequeño posible: en aprender a estar en un lugar sin producir nada. En recordar que antes de ser usuarios, datos o perfiles, hay cuerpos que necesitan otras cosas. Cosas que no caben en ningún formato y que, por eso, justamente por eso, siguen siendo las más propias.

¿Cuándo fue la última vez que te aburriste de verdad? La pregunta sigue ahí. Y lo que uno haga con ella —interrumpirla o dejarla estar— ya dice algo sobre dónde está parado.

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