Entrevistas Sociedad

Tsevan Rabtan: «Pedro Sánchez es el responsable número uno del deterioro institucional»

Tsevan Rabtan para Jot Down

Tsevan Rabtan nació en internet, en las webs de ajedrez online, y se hizo adulto en el viejo nickjournal de Arcadi Espada, tierra madre de tantos blogs y escenario de gigantescas batallas virtuales. Esconde a un abogado español, madrileño de nacimiento, que ha escrito en El Mundo, Letras Libres, Hay Derecho y Jot Down, y que mantiene desde hace dos décadas el blog Las cuatro esquinas del mundo. En 2017 publicó Atlas del bien y del mal (GeoPlaneta) y ahora regresa con Anatomía de la ley (Deusto, 2025), un ensayo ambicioso que recorre la historia del derecho desde la primera tribu hasta la inteligencia artificial, pasando por Mesopotamia, Roma, los canonistas medievales y la España de Pedro Sánchez. La usurpación del nombre del autócrata de los mongoles zúngaros, advierte su editorial, no le salió gratis: se le pegó a la piel y se ha convertido en una segunda identidad a la que ya no puede renunciar sin el castigo del Eterno Cielo Azul.

Su despacho es el de un abogado que lee más de lo que factura, o al menos eso sugiere la proporción entre libros y expedientes. La conversación arranca al revés que el libro: empezamos por el futuro, seguimos por el presente, retrocedemos al pasado y terminamos con la persona que se esconde detrás del seudónimo. Rabtan habla como escribe, con frases largas que siempre encuentran su destino, y con una paciencia de ajedrecista que solo se quiebra cuando detecta mala fe en el interlocutor. Entonces llega el jaque en dos movimientos y la anécdota que sus hijas no dejan de recordar.

Empiezo con la pregunta con la que arranca Anatomía de la ley, el fantasma en la máquina. ¿Somos tan inteligentes como para inventar una máquina más inteligente que nosotros?

No lo sé, la verdad. Y creo que no lo sabe nadie. Pero yo esperaría que sí. Más que el que haya una persona con inteligencia suficiente para ello, quizás la humanidad en su conjunto, tras mucho trabajo, muchos estudios y mucha ayuda de la propia inteligencia artificial según vaya creciendo, pueda producirlo. Los seres humanos somos resultado de un proceso casual, por decirlo de esta manera, y aquí estaríamos hablando de un proceso dirigido. Pero, aunque sea así, yo espero que sí. No creo que nadie pueda dar una respuesta a esto.

¿Por qué eliges precisamente la metáfora del fantasma en la máquina para referirte al futuro del derecho en relación con la inteligencia artificial?

Es una imagen que me gusta mucho porque creo que mucha gente no la termina de captar. Es esta idea de recursividad en la inteligencia, en la conciencia, y tiene que ver con una de las dificultades precisamente para que ahora mismo podamos hablar de inteligencia artificial: no sabemos cómo funciona el cerebro. Sabemos que no hay nadie manejando los mandos, pero no sabemos cómo funciona. Si no sabemos cómo funciona, ¿en qué medida podemos reproducirlo, recrearlo? Estamos casi apostando a que surja de manera estocástica. Esa imagen, si la tienes presente, te permite entender muchas más cosas.

Planteas la posibilidad de que la creatividad y la intuición sean un output de una máquina biológica computacional, lo cual me abre una pregunta. ¿Cómo afecta la intuición y la creatividad al derecho?

A priori parece que ambos conceptos no están llamados a intervenir en un campo que pretende ser racional y normativo. La cuestión es que el derecho es un producto, y como producto que es, tiene que ver con las intuiciones, tiene que ver con la creatividad. Otra cosa es que luego estas intuiciones morales que están detrás de todos los aparatos normativos se desarrollen de una determinada manera, se les dé una estructura, se discutan incluso, porque los seres humanos somos grupales y por tanto discutimos entre nosotros. Uno puede tener una intuición, otro puede tener una diferente o con matices. Y de esos discursos surgen unas estructuras que intentan o que aparentan ser lógicas. Pero detrás de cualquier construcción, y más de una construcción como el derecho, como ocurre con la moral y como ocurre en general con todo lo que podríamos definir como no científico —y yo cuando hablo de ciencia intento limitar casi a las ciencias más duras—, la intuición y la creatividad siempre tienen un papel.

En el derecho, el razonamiento abductivo es habitual. Un juez, un abogado, un fiscal forman una hipótesis sobre lo ocurrido a partir de pruebas fragmentarias, indicios y testimonios. ¿No dirías que en cierto modo la IA ya funciona con ese razonamiento abductivo, generando hipótesis plausibles a través de datos incompletos?

No creo que genere hipótesis como las generan los seres humanos, como las genera el cerebro humano. Creo que lo que hace es mezclar, utilizando pesos que además han sido predefinidos, respuestas humanas previas. Pero no creo que haya esa creatividad que se atribuye quizás no solo a los seres humanos, sino en general a los seres vivos. La intuición que tengo es que la capacidad del cerebro de formular hipótesis, incluso con datos mínimos, parciales, con información insuficiente, tiene que ver con la captación permanente de estímulos del exterior y con la necesidad de sobrevivir. Nuestros cerebros están diseñados para sobrevivir. Los cerebros de las máquinas no están diseñados para sobrevivir. Y creo que ese elemento es el que falta.

Muchos expertos creen que aún estamos lejos de una IA fuerte. Descartando la IA general, la IA que tenemos, entrenada con jurisprudencia, ¿no tiene más fiabilidad que muchos abogados?

En el libro defiendo la utilización de la IA que tenemos. Que no es en realidad una inteligencia artificial, pero que puede ser un instrumento extraordinario. Eso sí, requeriría esfuerzo, inversión, retroalimentación, control. No creo que ahora mismo esté madura, pero la realidad es que yo utilizo distintas IA con cierta frecuencia, más que antes. Antes utilizaba buscadores o mis bases de datos de jurisprudencia. Luego reviso siempre lo que me da y muchas veces me da respuestas equivocadas, pero tiene una utilidad innegable. Y una IA específicamente diseñada para la justicia, con retroalimentación, con un control que pudiera ser mejorado a lo largo de los años, no solo creo que sea útil, sino que creo que va a ser inevitable.

¿Cuáles son las aplicaciones inmediatas realistas que podrían mejorar ya el sistema judicial español?

Si hablamos del proceso judicial, se abriría un campo muy amplio al control de las fases más automatizables. Podríamos eliminar multitud de intervenciones humanas que son necesarias para garantizar los derechos de las personas dentro del proceso, en las que la intervención humana, más que garantizarlos, lo que hace es retrasar resoluciones y aumentar los costes. Eso sería inmediato. Pero si hablamos de la justicia o de la ley en general, una especie de revisión de nuestro aparato legal utilizando la IA no solo sería utilísima, sino que es ya imprescindible. La cantidad de normas es de tal calibre que son inmanejables para los operadores jurídicos. Y eso se podría reducir muchísimo eliminando duplicidades, haciendo los textos más sucintos y, además, con un elemento muy interesante desde el punto de vista del ciudadano: la posibilidad de controlar la mediatización de la ley para intereses espurios. Con un aparato legal tan grande, con tantas fuentes normativas, con tantas autoridades que producen derecho, es muy fácil ocultar intereses espurios y no fiscalizables mediante la acumulación normativa. Cualquiera que tenga relación con la burocracia lo sabe perfectamente. La IA en esto cambiaría por completo el panorama.

Te veo más emocionado con la IA aquí que en el libro.

En el libro lo que hago sobre todo es plantear muchas incógnitas sobre la posibilidad de una IA fuerte. Me ha pasado una cosa curiosa: cuando he leído análisis sobre la IA en el ámbito jurídico, sobre todo de juristas, he visto que hay una confusión entre la IA que tenemos y una IA general. Por eso gasto tantas hojas en analizar qué es una IA, qué sería una IA general. Esa segunda parte es mucho más ruidosa, mucho más discutible. Pero en cuanto a la IA que tenemos actualmente, mejorada, su utilidad va a ser indiscutible en esto como en cualquier otro campo.

Tsevan Rabtan para Jot Down

Hablas del riesgo de los Estados vigilantes. ¿Qué mecanismos democráticos deberían blindarse para que el uso de la IA no derive en un control absoluto sobre los ciudadanos?

No creo que se pueda controlar democráticamente la IA en cuanto a tal. Es como decir: «¿Qué control democrático hay del uso de las armas nucleares?». Donald Trump ha sido elegido presidente de los Estados Unidos en una votación, pero ¿en qué medida eso controla? El control de la IA se tiene que producir en otro ámbito. Mediante el desarrollo, a través de la propia IA, de controles de la propia IA. Es decir, mediante un desarrollo tecnológico, como ocurre con los controles en materia de ciberseguridad o en materia de uso de armamento. La mediación de un montón de personas, distribuir el poder, distribuir el control. Pero no tanto democráticamente. Tener los conocimientos suficientes para considerarse una persona informada en esta materia es muy complicado. Es más un tema institucional que democrático.

¿Dónde ves más riesgo: en la delegación ciega a la máquina, en los sesgos que arrastran los algoritmos o en la falta de preparación de quien legisla sobre ello?

En la falta de preparación de los que van a legislar hay siempre un riesgo, pero ese riesgo existe ya. Aumenta y disminuye a la vez. Aumenta en el sentido de que personas incompetentes van a tener la sensación de que se manejan bien porque hay una máquina que les está haciendo el trabajo. Y disminuye en otro sentido: si la máquina hace un buen trabajo, mejora el resultado, porque si les dejamos a ellos hacer ese trabajo solos, van a producir un resultado nefasto, como ya ha ocurrido. Creo que tiene que haber una evolución orgánica. Si apartamos el escenario futurista de una IA general, la IA actual es un instrumento magnífico. Si se utiliza bien, dará buenos resultados. Si se utiliza mal, puede darlos malos. Lo que me interesa especialmente es el tema de los sesgos. Es muy peligroso sesgar los modelos. Lo que tenemos que controlar es el uso de los modelos, no limitar los modelos en sí, produzcan el resultado que sea, aunque no nos guste. Aunque te aparezca una IA fascista.

¿No existe el riesgo de una judicatura futura gestionada por IA, unos jueces-bot para la primera instancia y togados biológicos para las superiores, de tal manera que se perpetúe la diferencia entre la justicia de ricos y pobres?

Ese diseño sería distópico y no estaría justificado. Pero reformulemos la pregunta especularmente. ¿Qué es mejor para el ciudadano de a pie: un sistema como el actual, en el que sucede esto mismo, pero peor, o un sistema en el que un buen módulo, bien diseñado, decida a favor de una persona con pocos recursos económicos, incluso contra una gran multinacional que le está prestando un mal servicio? Porque resulta que tú no accedes a la justicia porque es muy caro, porque es costoso, porque no sabes. A lo mejor una IA te podría facilitar ese proceso. Pensemos en los pequeños contribuyentes en España: están perdidos. Un gran contribuyente tiene medios a su disposición para, incluso pasados los años, ganar un procedimiento, esperar que archive, esperar que prescriba. Con una IA bien planteada, esto se minimizaría. Cualquier sistema que introduzcamos tendría que estar sujeto a revisión constante, y la propia IA debería estar sujeta a revisión constante.

¿Crees que hay ya jueces que están utilizando ChatGPT?

Hace meses habría contestado: «No lo sé». Ahora ya sabemos que sí, y que incluso ya se ha sancionado a alguno. Como es un sector en general más bien conservador, puede que su uso aún no esté muy extendido. Creo que hay jueces vagos, pero seguirán utilizando lo que utilizaban antes, que es el corta y pega tradicional. Eso con seguridad, porque ha existido siempre. Pero va a ser inevitable. Todo el mundo lo utiliza. La inteligencia artificial, por ejemplo, se está utilizando masivamente para redactar correos electrónicos, que son las comunicaciones más usuales entre las personas. ¿Por qué? Porque la gente no sabe escribir. Ha olvidado escribir bien. Y sobre todo la gente más joven. Y la verdad es que están mejor escritos en general los correos electrónicos últimamente.

Vamos al presente. Dices que la justicia española ha pasado de la negligencia al abandono deliberado. ¿En qué momento exacto se tuerce el rumbo?

El rumbo se viene torciendo desde hace mucho tiempo. La Administración de Justicia es una parte de la Administración que no nos ha interesado a los españoles especialmente. No nos ha interesado hacer inversiones específicas, mantenerla, desarrollarla correctamente. Pero creo que en un momento determinado, que surge con posterioridad a la crisis de 2008, el plan ha sido la negligencia deliberada. Que yo creo que busca la finalidad de sustituir el sistema que tenemos por otro distinto. Y una manera de sustituir algo que funciona mal por algo diferente es provocar que funcione aún peor. No pretendo que haya habido una conferencia en la sombra con una fecha del calendario. No creo que sea algo tan conspiranoico. Pero sí creo que eso está en la mente de los que nos gobiernan. El gobierno posterior a la crisis del Partido Popular directamente no se ocupaba de esto, estaba con otras tareas que le apremiaban más. Pero tampoco tenía especial interés en la justicia. La manipulación de la justicia mediante el nombramiento de los más altos cargos existió también con el Partido Popular. Pero yo sí creo que en el momento en el que entra el gobierno socialista, se introduce en la agenda el dinamitar el sistema que tenemos y sustituirlo por otra cosa diferente.

¿Tú consideras a Pedro Sánchez responsable del deterioro institucional?

Pedro Sánchez es el responsable número uno del deterioro institucional. Es el presidente del Gobierno. Por encima de todos los demás. Luego se pueden calibrar todas las culpas que uno quiera, pero es el responsable número uno. Y, en particular, en mi opinión, por un acto concreto: la formación del último gobierno. Lo demás es discutible, es un tema de programa político, cada uno puede tener su opinión. Pero hay un momento que para mí es un antes y un después: la formación del gobierno mediante un acto de corrupción política absoluto.

¿No es algo global, más que español? Veo un gran paralelismo entre lo que describes y lo que ocurre en Estados Unidos.

Hay un gran paralelismo entre Trump y Sánchez. Son figuras muy similares, muy parecidas, con sus diferencias, pero esencialmente se parecen bastante. Ahora, la estructura del Poder Judicial en Estados Unidos y las características del derecho anglosajón son muy diferentes del derecho español. El Tribunal Supremo norteamericano es no solo un auténtico tribunal de instancia, sino que además es un tribunal constitucional, por decirlo de alguna manera. En ese sentido, sería como si aquí fusionásemos el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo. La politización del Tribunal Constitucional español no es nueva. Lo que ha sucedido es que el perfil de los magistrados ha caído en picado. Aunque era un tribunal politizado, ese perfil que tenían los hacía más respetables. A lo mejor en el 1 % de las ocasiones inclinaban la balanza en favor de los intereses del que mandaba. Hay un ejemplo para mí muy claro: la doctrina Parot, que fue un torcimiento evidente de la ley para mantener a los etarras más tiempo en prisión del que correspondía. Eso se rompe con los últimos nombramientos. El Tribunal Constitucional ha pasado de ser ese tribunal en el que podías esperar sorpresas a convertirse en un tribunal en el que prácticamente todo el mundo espera ya una resolución 7 a 4. Además, ha cerrado el recurso de amparo salvo a los políticos, que es una cosa de la que no se habla. El ciudadano de a pie lo lleva claro con el Tribunal Constitucional.

¿Funciona el «que te haga el juego», que dijo Ábalos? ¿Funciona esa presión sobre los jueces?

Siempre ha habido ejemplos de lawfare. Y es probable que en algún procedimiento judicial esté funcionando. Si me dejo llevar por mis sesgos, veo algunas resoluciones que me parecen en verdad sorprendentes. Los jueces no actúan igual cuando están bajo el foco. Son como cualquier otra persona: no actuamos igual cuando estamos en la calle que cuando cerramos la puerta de nuestra casa. Cuando los casos son notorios, de repente ves cosas que nunca habías visto. Que se presenten determinados recursos que a veces se admitan, que haya votos particulares en resoluciones interlocutorias, que un fiscal discuta una fianza, cosa que yo no he visto en mi vida. Cosas extrañas. Pero si tú quisieras utilizar tu influencia con alguien, no lo harías con un micrófono y en público. Lo harías levantando el teléfono o haciendo una visita. Lo que se ha hecho toda la vida.

¿Podría pasar aquí algo como lo de México, donde ahora se eligen jueces por voto popular?

Lo de México no es resultado de que los ciudadanos perciban que los jueces hacen política. Es resultado de un programa político. Un programa político ha decidido sustituir a los jueces por jueces designados popularmente, lo cual ha dado lugar a un proceso absolutamente disparatado del que se están arrepintiendo ya. Hay algunos perfiles de jueces elegidos que son alucinantes.

En el libro denuncias la inflación legislativa y la mala calidad de nuestras leyes. ¿Qué mecanismos podrían frenar esa hiperproducción normativa?

A mí el único mecanismo que de verdad me lleva a tener alguna confianza, si hay voluntad política, es precisamente el uso de la IA. Antes el proceso ha ido siempre a favor de la burocratización, de la hiperlegislación. ¿Por qué? Porque favorece a los que controlan el proceso, es decir, a los intermediarios. Y como ahí hay mucho dinero, mucho poder implicado, pues vamos dejándolo. Solo a través de un instrumento que tuviera esa capacidad de hacer una limpia creo que podríamos ponerle freno.

¿Consideras que la ley del solo sí es sí ha sido el mayor despropósito legislativo de la democracia española?

Ha habido muchas leyes malas. La reforma del Código Penal de 2015 del Partido Popular es malísima técnicamente. Pero simbólicamente la ley del solo sí es sí puede serlo, en el sentido de que es la manifestación más evidente de ese despropósito de utilizar el Código Penal con una finalidad propagandística. Se convirtió en una reforma estrictamente propagandística para introducir algo que no era necesario en absoluto. La única idea con la que yo coincidía, que había un exceso de punitivismo en nuestra legislación, desapareció por completo en el momento en el que empezó a salir gente de la cárcel. Si los promotores de la reforma hubieran dicho que eso podía pasar, habrían tenido un refugio moral. Pero la finalidad última no era esa: era vender una fotografía en la que en España las mujeres estaban absolutamente desprotegidas y el sexo consentido no era delito, cuando todo eso ya estaba. Ese elemento propagandístico es el que lo ha convertido en un símbolo de cómo no hacer una ley.

Tsevan Rabtan para Jot Down

¿Es irreversible la politización de la justicia en España?

Irreversible, claro. En general, del desastre se sale muy poco. A largo plazo creo en el incremento de la civilización, los datos históricos me lo permiten. Lo malo es si te toca el corto plazo, y el corto plazo a veces puede ser treinta años. Si eres un alemán que tiene veinte años en 1930, puede venirte alguien a decir «pero a largo plazo, si consideramos un periodo de siglos…». Ya, pero yo vivo en 1930, ¿qué me estás contando? No soy muy optimista. La cosa ha ido a peor y el escenario no invita a ningún tipo de optimismo.

¿Dónde se nota más el debilitamiento de la justicia como salvaguarda frente a la arbitrariedad: en los juzgados ordinarios, en las altas instancias o en la legislación?

En primer lugar, en la legislación, en segundo lugar, en la administración y luego, en los temas politizados, en las altas instancias. El sitio en el que todavía medio se mantiene casi bien es en los juzgados normales. Hay de todo: jueces muy buenos, jueces muy malos, gente que yerra, gente que acierta. Pero en ese nivel ordinario, en las decisiones, el elemento personal se mantiene. Lo peor es, sin duda alguna, la legislación y la administración en particular.

¿Qué papel juegan los medios de comunicación en la presión sobre la justicia?

Es muy importante la presión. Los medios obedecen a dos impulsos: por una parte, la necesidad de conseguir que su voz sea mayoritaria, y por otra, obedecen a intereses que tienen que ver con su creación, con su mantenimiento. Son correas de transmisión del debate político, pero no solo eso. Tienen sus propias dinámicas, y sus propias dinámicas en general favorecen la desinformación más que la información. En el ámbito jurídico, totalmente. Es rarísimo que veas una noticia en un periódico sobre un tema jurídico y digas «qué bien está». Rarísimo.

Vamos al pasado. En el inicio del libro te remontas a la primera comunidad humana. ¿Por qué era inevitable que surgiera algo parecido a la ley?

Porque como somos tribales y vivimos en grupos, en un momento determinado va a surgir la necesidad de superar determinados umbrales en los que ya hay una presión grupal, que es la que mantiene el sistema moral, a otra que exija tomar decisiones jurídicas. Y esas decisiones generan una dinámica que es la que intento explicar en el libro. La ley existe prácticamente desde el principio. No creo que haya un grupo humano sin alguna forma rudimentaria de derecho. Es inevitable como consecuencia de nuestro carácter grupal. Intrínseco a él.

Planteas que la ley es una forma de encauzar la violencia. ¿Sigue siendo esa la esencia del derecho actual?

En su origen lo es, pero hay una complejización de la ley, la aparición de un aparato, que puede dar lugar a que en cierto sentido la ley sirva para retroalimentar ese aparato. Pero en última instancia ese fin justificador sigue estando ahí. La mayoría de las personas quiere creer en que pueda existir una norma, en que pueda resolverse, a veces con sufrimiento, pero de la manera más pacífica posible, cualquier discusión. Eso existe incluso en un régimen totalitario. Estoy convencido de que el ciudadano de la URSS con Stalin o de la Alemania nazi, en el día a día, quería creer que, si tenía una discusión con su vecino sobre si abrir un hueco en la ventana o no, podía ir a un tribunal y allí se discutiría de una manera racional.

Cuando analizas el derecho de Mesopotamia y del antiguo Egipto, ¿ves más continuidades que rupturas con el derecho moderno?

Esos elementos iniciales de donde surge el derecho y esa finalidad a la que me refiero permanecen. Y sobre todo un elemento al que me refiero muy a menudo y en el que no sé hasta qué punto he sido capaz de hacer suficiente hincapié: la cosificación de la voluntad del soberano a través de las normas y cómo esa cosificación aumenta el poder y a su vez hace que se distribuya. Pero no tiene nada que ver el derecho de esas sociedades con el actual. Es un cambio enorme, de tipo social. Como tampoco tiene nada que ver el derecho romano, aunque el derecho romano es la base del derecho occidental. Está presente como producto histórico, pero esas categorías habrían surgido casi con seguridad en cualquier sociedad similar a la nuestra. A diferencia de lo que sucede en China, cuya evolución refleja particularidades propias de la sociedad china.

El derecho medieval mezcla lo jurídico y lo religioso. ¿Estamos viendo una vuelta a esa mezcla, sobre todo en Estados Unidos?

Creo que eso es un tema propagandístico, no creo que tenga importancia desde un punto de vista técnico. Si hago hincapié en el análisis del derecho medieval y del derecho canónico es porque intento descubrir cuándo surge en Occidente el momento en el que empezamos a pensar en un escenario que nos lleve a los derechos fundamentales, a la libertad. Eso tiene que ver con las disquisiciones que se producen entre los canonistas. El problema con el derecho islámico es distinto: si relacionas el derecho con un mensaje religioso en el que hay elementos inmutables, te encuentras con un problema. Ese problema lo resolvimos en Occidente en la Edad Media. Los canonistas se pusieron a pensar sobre si en el paraíso terrenal todo era común y el mundo debería ser comunista. Y fueron capaces de desarrollar un sistema que decía: sí, el paraíso estaba muy bien, pero como hemos caído en desgracia, ahora podemos tener propiedad privada. De esa evolución, cuando le quitas todo el aparato religioso, nace el derecho moderno. En el islam hubo un momento, en la época de los abasidas, en el siglo IX, en el que ese proceso pudo tener lugar. Pero ese momento pasó y su derecho sigue siendo, en cierto sentido, medieval. La única manera de superarlo sería convertir la religión islámica en una religión privada, y eso es contradictorio con su naturaleza. Ese es un tema muy complicado que no sé qué solución histórica tendrá.

¿Es la justicia un concepto fijo o maleable?

Es un concepto que cambia, pero que tiene unos componentes de corte biológico e histórico que más o menos permanecen con cierta estabilidad y cierta inercia. No es inmutable, se modifica con el tiempo, pero se modifica despacio. Si te opones a lo que podríamos llamar el mainstream de los sentimientos de la mayoría, vas a fracasar con absoluta seguridad, como ha demostrado la historia. Los cambios legislativos en las sociedades se tienen que hacer con mucho tino y, muchas veces, engañando a la gente. Que es el elemento que está detrás de lo de Tancredi en El Gatopardo: cambiar para que todo permanezca igual. Aunque Maquiavelo decía lo contrario y era mucho más inteligente: dejar las cosas igual para que cambien. Las instituciones históricas tienen inercia. Un ejemplo muy claro en España: la legislación en materia de matrimonio homosexual en 1985 habría sido absolutamente imposible. El cambio que se ha producido en los últimos cincuenta años es enorme, pero no se habría producido de un día para otro.

Lo dices por el movimiento woke.

Claro. En el movimiento woke hay una parte en la que pueden tener razón, pero han forzado de una manera antinatural. Y no han admitido la discusión. Ahí está la clave. Cualquier asunto en una sociedad civilizada es discutible, pero siempre que precisamente lo dejes en el ámbito de lo discutible. En el momento en el que cierras la discusión, lo que aparece es «esto es así y no admito debate, y si no eres tal, te expulso de la tribu». Han intentado blindar proyectos políticos convirtiéndolos en derechos, y han cometido el error de pensar que una mayoría transitoria les legitimaba para introducir un discurso que en realidad no era querido por la mayoría de la gente. La mayoría de la gente lo fue soportando porque va a lo suyo, pero ha llegado un momento en que ha empezado a afectarles de manera concreta y esto puede provocar que termine en compañía de gente con la que seguramente no comulga.

¿Tú lo veías venir?

Desde hace muchísimas décadas. Está ocurriendo en toda Europa y está ocurriendo en España. La juventud española es muchísimo más de derechas que lo que éramos nosotros hace treinta o cuarenta años. Yo, que habría sido definido en un lugar más centrado del espectro político, me he visto convertido prácticamente en un fascista en un momento determinado. Apenas he cambiado. Ese es el problema de determinados discursos. Cuando la gente rompe esa especie de cárcel y dice «vale, soy un facha», cuidado, porque a lo mejor ese exabrupto termina convirtiéndole en alguien que de verdad escucha a un montón de gente que dice tres cosas razonables y veinticinco que no lo son. Pero tú eres el que le ha expulsado a ese campo de juego. Por tu conducta. Ese es el peligro.

Vamos ya con la persona. Tu seudónimo nació jugando al ajedrez online. ¿Te sientes más estratega sobre el tablero o en los tribunales?

Como fue absolutamente casual utilizar ese nombre, no me identifico con ningún mongol. Aunque siempre me ha interesado la historia del pueblo mongol, la época de Gengis Khan. Creo que en el imaginario aparecen como unos señores bárbaros que mataban a mucha gente, que es verdad, pero hicieron muchas más cosas y son unos grandes desconocidos. En el ámbito legal no me considero ni buen estratega ni mal estratega. Los abogados lo que tenemos que hacer es favorecer los intereses de nuestro cliente, aunque no comulguemos con sus ideas. Más que estratega, si soy algo sería un táctico: me veo más como un capitán que dirige un batallón que como un general con un mapa dirigiendo cuerpos de ejército.

Dices que el ajedrez enseña lógica, paciencia, cálculo. Pero en redes mucha gente te atribuye el placer de la demolición rápida. ¿Disfrutas más con un jaque mate elegante o con un zasca bien puesto?

No creo practicar eso, y si lo practico será de manera inconsciente. A mí me interesa discutir, aprender de la gente con la que discuto. Pero tengo cierta tendencia a cansarme cuando noto mala fe en otros, y a veces es verdad que confundo la mala fe con problemas de comunicación, y entonces soy un poco brusco. Si mis hijas estuvieran aquí te dirían que sí. Ellas recuerdan una anécdota muy divertida en la presentación del anterior libro. Di un speech, hubo preguntas del público, y alguien me preguntó si yo creía que existían auténticas malas personas o si todo era producto de las circunstancias. Yo respondí con un «no», sin más. Todo el mundo se empezó a reír porque fue una respuesta muy cortante. Mis hijas siempre se ríen recordando: «Y ese pobre hombre salió pensando, este tío imbécil, que no me da ni un argumento».

O sea, que piensas que sí hay auténticas malas personas.

Claro que las hay. Hay unos ejemplos extraordinarios en la historia.

Tsevan Rabtan para Jot Down

Tu blog Las cuatro esquinas del mundo fue un refugio para reflexionar sin filtro. Con el ruido de Twitter, ¿no te da nostalgia aquella época de los blogs?

Sí, de hecho, en alguna ocasión he pensado en volver a escribir más, incluso abrir los comentarios. Twitter cada vez me cansa más. En Twitter no se puede discutir, no existe la discusión. Lo único que hago es decir lo que pienso de vez en cuando y charlar con algún amigo, con gente que ya conoces, que sabe de qué vas. Pero con desconocidos he descubierto que es inútil, una pérdida de tiempo en el 90 % de las ocasiones.

En redes te han llamado de todo: brillante, temible, arrogante, necesario. ¿Qué insulto u homenaje te ha divertido más?

Hubo alguien que en un momento dado me dijo que era muy brillante pero que era lo que más detestaba en el mundo. Algo así. Que era como decir a la vez «te quiero» y «te odio». Pero en general, los zascas, los insultos, quedar por encima de los demás no es algo que me interese. Me interesa la gente que razona bien y sobre todo la gente que razona de buena fe. Cuando ves que alguien, de tus cinco argumentos, escoge el peor para destacarlo y obvia los otros cuatro, es muy cansado, tienes que estar reproduciendo la discusión. Eso es lo que me agota.

¿Eres un abogado exitoso económicamente?

Sí, yo creo que sí.

Como abogado tuitero, ¿qué piensas de los jueces tuiteros?

Hay de todo, pero los que conozco en general son bastante razonables. Me parece bien que estén en Twitter porque son accesibles a la gente y así muchas personas ven cómo piensa un juez, que creo que es interesante. Y como ha habido tanta mala información sobre su trabajo, me parece bien que lo defiendan. Por su posición, aunque tienen jurídicamente derecho a la libertad de expresión total y absoluta, sí deben tener cierta precaución. Pero, al margen de eso, una mínima precaución, me parece que en general hacen más bien que mal.

Si tuvieras tiempo para entrevistar a alguien relevante del mundo jurídico español para Jot Down, ¿con quién te apetecería conversar?

No porque tenga un interés particular, sino porque me parece que podría ser muy interesante en general para los lectores: Marchena. No solo por su perfil, sino por lo que ha vivido. Ha estado involucrado en una serie de cuestiones que tienen mucha trascendencia desde el punto de vista de la justicia. El tema del Consejo General del Poder Judicial, el propio procés. Creo que sí podría tener interés una entrevista así.

Si mañana tuvieras que renunciar a una de tus facetas —abogado, bloguero, agitador digital, polemista—, ¿cuál soltarías sin dolor y cuál no?

Podría renunciar a todas ellas. Sin ningún problema. Si contase con dinero para vivir, ya que la abogacía para mí es una profesión. Y todo esto de Twitter, bloguero y demás es una manera de divertirme, pero me puedo divertir con muchas otras cosas. La notoriedad tuitera no me da ningún placer especial, a diferencia de lo que creo que le pasa a muchas otras personas, que les encanta la notoriedad. Yo no la he buscado, creo que me ha venido un poco dada. Podría renunciar a todas sin mayor problema. Lo único que necesito es una buena conexión a internet y un sitio para poner mis libros. Con eso y con mi familia cerca no necesitaría nada más.

Tsevan Rabtan para Jot Down

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Un comentario

  1. Yo ampliaría, la verdad, y diría que de la degradación de la justicia tienen culpa el PP y el PSOE, por el afán de los partidos de parasitar toda la administración del estado. Pero si de esto nos tienen que salvar los admiradores de Orban, aviaos estamos (o los de Maduro, tanto da). Desgraciadamente, despolitizar la administración no está en el programa de nadie que tenga opciones electorales, y así nos va en ese país.

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