
Hubo un tiempo en que Eurovisión podía contemplarse con esa mezcla de ironía, ternura y resaca sentimental con que se mira un artefacto viejo, algo ridículo y sin embargo entrañable, una feria anual del mal gusto continental que, precisamente porque nunca pretendió ser alta cultura, porque se alimentaba de lentejuelas, jurados dudosos, baladas de dermatología emocional y patrioterismo de confeti, conservaba una cierta inocencia de mercadillo. Esa inocencia, si es que existió alguna vez fuera de la imaginación de los espectadores, hace tiempo que se ha podrido. Hoy el festival comparece ante cualquiera que conserve un mínimo reflejo moral como un escaparate obsceno de normalización, una fiesta de la convivencia europea montada sobre el viejo mecanismo de siempre, que consiste en cantar muy alto para no oír los gritos que llegan de fuera del pabellón, mover la cámara hacia una bandera arcoíris o hacia un público lloroso para que el plano general siga siendo soportable y confiar en que la saturación estética haga el resto, esa labor tan útil de desinfectar políticamente cuanto toca. Hace unas semanas, más de mil artistas firmaron una carta abierta pidiendo el boicot a Eurovisión 2026 mientras Israel siga participando, subrayando además una evidencia que avergüenza a cualquiera con memoria reciente, que Rusia fue expulsada tras la invasión de Ucrania y que Israel continúa dentro del concurso pese a la devastación de Gaza.
Naturalmente, a estas alturas todavía queda gente que repite, con esa seriedad ofendida de quien cree haber dicho una cosa inteligente, que no conviene mezclar música y política, como si Eurovisión hubiera sido alguna vez una reserva natural preservada de las tensiones nacionales, del cálculo diplomático, del ridículo identitario y de la propaganda blanda. Hay que admirar la persistencia del analfabeto moral europeo, que consigue ver política en una bandera equivocada, en un discurso de aceptación demasiado explícito o en un beso entre dos hombres, y en cambio no la ve cuando lo que comparece en pantalla es la presencia perfectamente blanqueada de un Estado sobre el que pesa una acusación formal de genocidio ante la Corte Internacional de Justicia y cuya conducta ha sido descrita en esos mismos términos por Amnistía Internacional. No es que la política haya entrado en Eurovisión como un intruso indeseable, es que el festival lleva décadas funcionando como una celebración política particularmente eficaz, puesto que permite a Europa representarse a sí misma como un club sentimental, inclusivo y civilizado al tiempo que aplica con toda tranquilidad la doble vara de medir que le ha convertido en uno de los organismos morales más flexibles del planeta. La Corte, conviene recordarlo aunque estropee la coreografía, mantiene abierto el caso presentado por Sudáfrica contra Israel y ha reiterado sus medidas provisionales. Amnistía Internacionl, por su parte, concluyó en 2024 que Israel está cometiendo y sigue cometiendo genocidio contra la población palestina en Gaza.
En ese contexto, la continuidad de Israel en el festival no constituye una simple anomalía reglamentaria ni una pequeña incomodidad que pueda ventilarse con un comunicado cosmético sobre el poder unificador de la música. Constituye una operación de blanqueamiento. Y la palabra blanqueamiento, tan manoseada a veces por bocas estúpidas, aquí recupera toda su viscosidad original, porque de eso se trata, de tomar una realidad histórica atestada de cadáveres, de ruinas, de niñas y niños descoyuntados bajo los cascotes, de hospitales triturados, de periodistas asesinados, de hambre administrada con burocracia militar, y someterla a un proceso de higienización simbólica por el cual todo ese espanto queda temporalmente suspendido detrás de una canción pegadiza, de un vestuario aparatoso y de una presentadora sonriente que pronuncia la palabra Europa como si todavía significara algo más que una franquicia del cinismo.
Quien objete que una cantante israelí no es el Gobierno israelí, o que un concurso televisivo no bombardea a nadie, o que no se puede pedir a cada escenario del continente que se convierta en tribunal internacional, está formulando en realidad una defensa bastante más brutal de la que cree, porque viene a decir que la cultura sirve precisamente para esto, para fabricar atmósferas de normalidad allí donde la política ha vuelto ya indecente la normalidad misma, para amortiguar con producción audiovisual lo que de otro modo resultaría insoportable mirar de frente. Nadie exige que Eurovisión sustituya a La Haya ni que un estribillo procese penalmente a Netanyahu. Lo que se exige, y parece mentira que haya que deletrearlo, es un umbral mínimo de decencia, una negativa a colaborar en la gran operación contemporánea de convertir el genocidio en ruido de fondo mientras continúan las rutinas del entretenimiento europeo. La campaña de boicot no ha surgido de la nada ni del fanatismo ornamental de cuatro activistas ociosos. Ha reunido a artistas, radiodifusores y trabajadores culturales que se niegan a seguir prestando su voz, su prestigio o su silencio a esta lavandería ética. La carta abierta conocida estos días llama expresamente a boicotear el certamen mientras la UER siga permitiendo la participación de Israel, y recoge además retiradas de varias radiotelevisiones europeas.
Lo más irritante no es siquiera la hipocresía institucional, que viene de serie y apenas merece ya un bostezo, sino la docilidad afectiva con que una parte del público acepta el chantaje sentimental del festival, esa idea de que hay momentos para todo, de que no conviene arruinar la fiesta, de que siempre habrá tiempo de indignarse mañana cuando se apaguen los focos. Como si la frivolidad fuese una tregua políticamente neutra y no una forma de colaboración. Como si la evasión, en determinadas circunstancias, no dejara de ser un derecho íntimo para convertirse en una coartada pública. Eso sí, conviene no despachar el asunto con superioridad, porque Eurovisión ha sido de verdad, y durante muchos años, un refugio para una parte de la comunidad LGTBIQ+, un espacio de exceso, de reconocimiento y de pertenencia para a quienes casi todo lo demás nos exigía discreción, vergüenza o directamente clandestinidad. Eso merece respeto. Merece incluso gratitud. Pero los refugios, por hospitalarios que hayan sido, dejan de ser inocentes cuando el humo empieza a entrar por las rendijas y una descubre que la fiesta sigue cumpliendo una función menos amable, la de distraer, maquillar y dulcificar el marco en el que esa misma comunidad, tan invocada además como emblema de la Europa decente, asiste al despiece en directo de otro pueblo. No se trata de exigir pureza moral a quienes han encontrado ahí alegría, identificación o consuelo, cosa pueril y un punto sádica, sino de comprender que llega un momento en que hasta los lugares queridos piden ser abandonados, no porque hayan dejado de darnos cobijo, sino porque seguir dentro empieza a parecerse demasiado a bailar mientras al otro lado de la pared se amontonan los cadáveres. Un amontonamiento que ni siquiera queda ya confinado a Gaza, como si pudiera archivarse bajo el rótulo tranquilizador de conflicto cercado. En Líbano, la escalada reciente ha dejado ataques sobre Beirut en zonas donde se refugiaban civiles desplazados, y ha alcanzado también espacios de valor patrimonial y religioso con una ligereza que debería haber producido un estruendo mediático mucho mayor del que ha producido. El Ministerio de Cultura libanés ha pedido a la UNESCO una intervención urgente ante los daños sufridos por la ciudadela de Chamaa, y en estos mismos días se conoció la investigación militar israelí por la destrucción de una estatua de Jesús en Debel, episodio grotesco que, de haberlo protagonizado los sospechosos habituales del barbarismo global con turbante y barba, habría llenado portadas, suplementos y editoriales sobre el alma de la civilización. Cuando los talibanes reventaron esculturas, Europa se llevó las manos a la cabeza con una sinceridad casi conmovedora. Cuando el martillo lo empuña un aliado, el patrimonio parece volverse menos fotogénico, menos sagrado, menos digno de duelo.
Todo esto vuelve todavía más grotesca la retórica del festival, ese idioma de cartón piedra hecho de unidad, diversidad, amor y puentes, palabras que en boca de las instituciones europeas suenan ya como el eslogan de una inmobiliaria del espíritu. Porque la verdadera obscenidad no consiste en que un concurso de canciones sea frívolo, nadie le pidió nunca que leyera a Adorno, sino en que pretenda seguir presentándose como escaparate moral de Europa mientras practica la amputación selectiva de la realidad, expulsando a unos invasores y acogiendo a otros, celebrando la inclusión siempre que no obligue a cuestionar la arquitectura profunda de sus alianzas y de sus cobardías. De ahí que el boicot, aun siendo un gesto modesto, incluso insuficiente, conserve una dignidad que el festival ha perdido. No detendrá una bomba, no alimentará a una familia gazatí, no reconstruirá una escuela ni desenterrará a los muertos, pero al menos interrumpe la gran ceremonia de desodorización ética que convierte la matanza en una nota al pie y el derecho internacional en una molestia protocolaria. A veces la decencia no consiste en producir grandes efectos, sino en negarse a seguir colaborando con el decorado. Esto es lo que más incomoda de todo este asunto, que obliga a Europa a verse en un espejo bastante menos glamuroso del que le gusta, el de un continente que todavía se emociona con sus himnos de convivencia mientras administra con sofisticación la jerarquía de los cadáveres, que llora con una balada sobre la paz y después acepta, con un encogimiento de hombros digno de un contable del horror, que la fiesta continúe aunque afuera sigan cayendo casas, cuerpos y campanarios. Eurovisión, en este punto, ya no parece un festival. Parece una prueba de esfuerzo moral. Y la está suspendiendo con una alegría verdaderamente pegadiza.








La obsesión de la Extrema Izquierda con Israel es enfermiza.
Justificar 72.000 asesinatos por vengar a 1.700 sí que es una obsesión enfermiza, o algo peor.
Más de 75.000 asesinados por bombas en Gaza, miles de ellos niños, pero tú sigue con tus mierdas políticas que te da igual todo. Hace falta estar muy podrido.
La obsesión de la Extrema Derecha con justificar el genocidio de Israel en Gaza es enfermiza.
Olé.
La obsesión de Vigasito con la extrema izquierda es enfermiza.
Al genocidio se le llama obsesión y a las dictaduras libertad,a la opresión justicia , y al insulto sin pruebas, derecho , el mundo está cambiando y sin darnos cuenta
La extrema izquierda esa que mencionas, ¿está aquí entre nosotros? Lo enfermizo es masacrar a niños. O acometer limpiezas étnicas.
No le hagáis casito al tontito de Vigasito.
obsesionados con Israel, el último bastión de defensa de occidente antes de que el califato los invada, son un asco los españoles
No todos. Muchos somos perfectamente conscientes del peligro que supone todo lo islámico aunque tengamos que convivir y soportar a tantísimo imbécil que se cree más bueno y «más mejor» por el hecho de abrazar la morería. Así creen que contrarrestan sus miserias y mezquindades diarias.
Tengo en casa un hijo tonteras que compra punto por punto la argumentación de este ¿artículo? Israel no es inocente en cuanto uso de la fuerza, desde luego. Pero a Hamas, como proxy de Irán, no se le ocurrió prever que entrar a saco con semejante violencia en territorio israelí, matando a diestro y siniestro y secuestrando a civiles, le iba salir la cosa gratis. El problema que tenéis son las gafas ideológicas con las que miráis todas las cosas que pasan por el mundo. Yo a Israel no lo quiero en pintura, pero resulta que si me pongo a comparar la sociedad israelí con todo lo que tiene alrededor, encuentro muchos más puntos de coincidencia que con Hamas, Irán, las monarquías petroleras sunies que nos inundan de mezquitas con una visión extrema y rigorista de una religión, por cierto, múcho más retrógada en todos los aspectos que la cristiana católica u de otro signo occidental de la cual es fuente de nuestras culturas. A ver si maduráis ya de una puñetera vez y empezáis a ver el mundo como lo que es, un lugar donde no hay amigos, sino intereses y dejáis de creer en cuentos de hadas. Seréis los primeros en abandonar vuestro cacareado ateísmo y agnosticismo cuando las barbas de tu vecino veáis crecer ¿lo pilláis?. Y dejar de mangonear todo con la puñetera política.
Te lo digo a ti y a todos los demás que visionan las cosas en blanco y negro. Los cientos o miles de niños asesinados en Gaza no eran terroristas de Hamas. Uno solo de estos niños, ya merecería nuestro asco más profundo hacia los asesinos. Por mucho que el mundo sea una mierda y se esté volviendo peor, pensar que lo que ha hecho Israel es legítima defensa y escudo de occidente es, a mi juicio seguramente naive, tontuno, woke, izquierdoso o la manida etiqueta que le quieras poner para descalificarme; tener muy poca humanidad.
¿Y los cientos o miles de niños asesinados en todos los conflictos existentes, de todo tipo de espectro ideológico/religioso/económico, por separado o revueltos que es lo más habitual, que hay ahora en curso en el mundo no cuentan? ¿O solo cuentan los de Gaza porque convienen ideológicamente? ¿O más bien convienen no por sí mismos, sino por dinámicas internas de aquí? Os importan una mier** porque en realidad no estáis confrontando contra Israel, los USA, y todos sus colegas juntos, ni tenéis lo que hay que tener para hacer lo fuera posible a «confrontar» como se debe, no con las palabras, sino con la fuerza. Mucho hablar pero las palabras se las lleva el viento. Si hay algo evidente a lo largo de la historia es que el que mucho ladra (habla), poco muerde (hace). Borreguitos al son del cayado del pastor. Todo el pasteleo y postureo es por dinámica interna de aquí, de España. Es asombroso lo cíclicamente que la gente se aborrega de manera natural. Lo de Israel hasta un cierto punto fue legítima defensa, a partir de un punto fue lo que hace todo el mundo de manera instintiva, ya sea persona, animal o país, Si me haces daño te destrozo, punto. Todavía estoy por ver como la carta de derechos humanos de la ONU se materializa y se hace un sólido delante de la bala/obús/misil para que proteja al ser humano que justo lo va a recibir, independientemente del conflicto que sea en el mundo, independientemente si es hombre, mujer, o niños, si es combatiente o civil, mediopensionista o pasaba por allí. Por cierto, lo mismo vale para los proyectiles de los terroristas (de todo tipo del espectro ideológico) y sus víctimas. Tengo suficiente humanidad como para calibrar adecuadamente a quienes excusándose precisamente en «humanidad», lo único que hacen es mantener la situación de «deshumanidad» existente, simplemente apuntado a donde dirige el pastor, con 0 sentido crítico. Madurar ya de una puñetera vez.
Tus ¿argumentos? son más viejos que el defecar. De toda la vida he oído «contestar» con «¿y no habrá cosas peores en el mundo?» al que osaba criticar la atrocidad de, por ejemplo, la tauromaquia.
En tu caso, por un lado quieres diluir la gota de los niños masacrados de Gaza en el mar de los muchos otros niños masacrados en otras partes (¿de verdad piensas que te van a contestar «na, que les den a esos otros niños»?); y por otro, te indigna la «inmadurez» de quien aún se rebela contra atrocidades que, para ti, forman parte del mundo real, o así.
El mundo es como lo hacemos, estimado retrógrado. Puedes seguir criticando a quienes aspiran a mejorarlo, pero no olvides que los derechos de los que disfrutas hoy no existen gracias a tus correligionarios del pasado, sino a los progresistas que los lucharon en contra del mundo como solía ser, y ya no es.
Estimado inmaduro, «tu» no haces el mundo, ni en tus pequeños actos cotidianos ni en tus bla bla bla. Tu selectividad en relación a los niños de Gaza te retrata. Cuando se está contra la guerra y las masacres, se está para con todas. En vez de ir de ecoturismo a una casa rural de vez en cuando, te recomiendo un tour selecto actual, Haití, Sudán, Nigeria, África Central en su conjunto, donde el acumulado de víctimas supera ampliamente en tiempo y cantidad lo visto en Gaza. Y ni un musculo habéis movido. El mundo ha ido cambiando no por que los «progresistas» lucharon… Sino porque a determinadas instancias con poder les salía a ganar cambiar determinadas situaciones ¿Hablamos de como los británicos pasaron de esclavistas a adalides de su abolición? Si ves a los «los progresistas que los lucharon en contra del mundo» del ayer, acabaron, en cuanto ganaron el poder (¡¡oh sin ninguna sorpresa!!) instaurando regímenes totalitarios y genocidas para con su propia gente, versión uno, o sumiendo en la descomposición social y la ruina económica las naciones donde se impusieron, versión dos. E insisto, todo es un teatrillo entendido desde la dinámica interna de España. El bla bla bla no tiene como objetivo acabar con ese conflicto, ni mínima capacidad tenéis, por mucho espabilado con afán de prota que se monte en un barquito para que los israelíes le detengan, buscando el equivalente al clickbait de la vida real y así poder ponerse una medalla dentro de su colectivo y salir en los medios para prosperar ¿monetizar se llama eso ahora no? ¿acabar enchufado de asesor/concejal/beneficiado de subvenciones públicas para nosequé cosa por la paz mundial…? A los reivindicativos se os ve el plumero a la legua. Y el espectáculo con Eurovisión, retomando el argumento principal de toda esta discusión, se enmarca en lo que el pastor a determinado que deben seguir las ovejas. Que el dedo no te impida ver la luna. Madurad ya de una puñetera vez.
Nadie es selectivo con respecto a los niños de Gaza, salvo quizá tú. ¿Te importan? ¿O es que te importan tanto como los de «Haití, Sudán, Nigeria y África Central en su conjunto»? Pongamos que es lo segundo. ¿Cuánto te importan todos ellos? Ya, sólo como armas arrojadizas en discusiones con quienes señalan atrocidades en UNO sólo de esos lugares, ¿no? (menudo pecado…)
Claro, hombre, todos los derechos de los que disfrutamos actualmente son concesiones de los poderosos, que vieron que iban a ganar más pagando que esclavizando, explotando, reprimiendo etc. Por eso cedieron de inmediato y no hubo lucha alguna al respecto. «Oiga, patrón, que hemos pensado que los trabajadores debemos tener derecho a la huelga.» «¡Concedido, y añado vacaciones pagadas, descanso los fines de semana, bajas por maternidad y paternidad y salario mínimo interprofesional!» Da ganas de preguntar a esos poderosos cómo se dieron cuenta tan tarde, y tras tanta lucha, de que saldrían ganado con lo que intentaron evitar por todos los medios. A ver si los poderosos van a ser, no sé, ¿cortitos?
Otro ¿argumento? buenísimo es el de que la protesta o la denuncia de una atrocidad es «teatrillo» *porque* no se tiene capacidad de detener la susodicha. ¿Es entonces teatrillo lo tuyo cuando te quejas de, por ejemplo, un presidente del gobierno cuya legislatura va a seguir su curso natural por mucho que rabies y patelees? No tienes capacidad alguna de modificar eso, ¿no? ¿Por qué protestas, por qué criticas, por qué denuncias? Teatrillo, nada más, claro.
Que alguien con tu capacidad para la lógica pida madurar es de traca. Nacemos egoístas y maduramos desde ahí. Tú pareces haberte quedado ahí.
Le estoy cogiendo gusto a esta esgrima verbal, vamos allá con el siguiente round:
Es conmovedor la innata tendencia al gregarismo que tiene el ser humano, de manera superior, en aquellos que con la coartada de elevados valores, singularmente los autodenominados «progresistas», que discuten y rechazan el concepto de religión, eso sí, de manera selectiva (guiño, guiño) como con otras tantas y tantas cuestiones y situaciones que ha afrontado el ser humano a lo largo de su historia, y que de una manera inverosímil se adhieren a amados líderes, con un fervor religioso (guiño, guiño) y con una total ausencia de espíritu crítico, mostrando unas tragaderas del tamaño del Titanic (guiño, guiño), justificando todo tipo de ocurrencias y mangoneos que se le ocurran al amado líder y a la casta selecta que órbita a su alrededor. Ya que lo mencionas explícitamente, el amado líder, nuestro, porque en nuestra democracia, con los juegos que se traen los partidos políticos, el actual presidente, es un claro émulo de la cleptocracia kirchnerista, al modo y manera de las instauradas durante décadas en los países que conforman ese grupo… «de puebla», donde gracias a «sus» políticas, la corrupción, el narcotráfico, la pobreza y la división social son marca de la casa. No lo digo yo, ahí están las estadísticas de organismos internacionales para confirmarlo. Ya que tu lo mencionas, al presidente del gobierno, aka amado líder, se le está poniendo cara de Kirchner, y como corderitos que sois y que de esa manera actuáis, carecéis de espíritu crítico para ver la deriva que está tomando el país, más pobre, más dividido, más carcomido por la criminalidad y la corrupción, después de 7 años de (des)gobierno progresista. Ojalá hubiera más líderes progresistas como Julio Anguita o como Pepe Mujica, gente cuyo principal valor es que eran DECENTES, así, en mayúsculas, esféricos, en todas sus facetas, y que de lo cual ninguno de toda esa caterva de dirigentes gubernamentales que tenemos puede decirse lo mismo. Y luego os sorprendéis porque cada vez perdéis más y más apoyo entre la gente a pesar del esfuerzo descomunal en propaganda (Eurovisión ¿te acuerdas de que iba esto?). Si la URSS, a pesar de ser un estado totalitario y que controló la vida de sus ciudadanos desde la cuna no aguantó, ¿acaso os creéis que vosotros vais a perpetuar vuestro (des)gobierno «progresista» cleptocrático?. Me parece apreciar un cierto aroma a dinero público… ¿quizás un asesor? ¿un beneficiado? ¿un enchufado en la administración del nivel que sea? ¿un activista por la «pa’? Y ya que lo de madurar parece que rasca, haré como Catón el viejo con su «Carthago delenda est». Madurar de una puñetera vez.
El caso es que se nos está acabando el tiempo a todos. Desde que la amenaza nuclear se materializó, las guerras han profundizado su carácter híbrido. La inmigración, la asfixia financiera, los bloqueos y embargos, la intervención electoral… todo coopera en la gran obra.; y hay herramientas psicológicas de alteración de la realidad nuevas y terribles. Resulta cada vez más claro que la mayoría de las naciones, religiones y pertenencias étnicas son amenazas existenciales para todas las demás, y eso es muy difícil que tienda al equilibrio. Los sionistas son un referente en lo suyo (como genocidas exitosos) pero no son ni remotamente los únicos. Su antítesis, los supuestos enemigos de toda esta paranoia, esos odiados globalistas y woke son un espantajo, dividido en facciones, y contribuyen “0” a mitigar la realidad. Tendremos que aceptar que estamos diseñados para exterminarnos, y que no habrá salida y que, tal vez, el evento extinción no sea el peor destino posible. Puede ser peor: podemos vivir en un mundo en el que Bibi y Xi Yin y Putin y Putin sonrían siempre. Tal vez es mejor que todos muramos antes de que el destino nos alcance. Entiendo la consternación humana por los niños muertos y el horror. pero los partidarios del dolor y la muerte parece que siempre tienen razón: esto es el resultado de una programación…