Simón Elías: Aeroalpinistas en el Karakorum - Jot Down Cultural Magazine

Simón Elías: Aeroalpinistas en el Karakorum

Publicado por

Marchita en Pakistán

Mientras Europa se hunde en la crisis económica y la población contempla un futuro cansino y repetitivo, tres hombres se embarcan en un viaje a lo desconocido. Ramón Morillas y Thomas de Dorlodot, expertos pilotos de parapente con múltiples records y pódiums internacionales, han establecido una perfecta simbiosis con el alpinista y guía de montaña Simón Elías. Su objetivo: recorrer volando y escalando uno de los lugares más inaccesibles y remotos del globo terráqueo, el corazón de las montañas del Karakorum pakistaní. Cuando parece que todas las ideas han sido ya inventadas por una agencia de comunicación neoyorquina, aparece una aventura nunca antes realizada. Entrar volando en el Karakorum con un trozo de vela de 42 metros cuadrados no parece lo más prudente del mundo. Internarse en un espacio erizado de picos y glaciares con 5 cumbres por encima de ocho mil metros, 130 cumbres principales y secundarias por encima de los 7.000 metros y llevar un deporte al extremo muy lejos del hospital más cercano es una buena definición de aventura. Pero si para poder sobrevivir en el hielo, debes transportar a un alpinista en tu parapente, las condiciones se endurecen. Y si el alpinista debe cargar con dos pilotos sin ninguna experiencia en montaña, la experiencia tiene todos los componentes para el humor o la tragedia.

Entre el 14 y el 23 de julio de 2012 Morillas, Dorlodot y Elías, acompañados por un equipo de apoyo en tierra dirigido por el aventurero y comunicador Sebastián Álvaro, recorrieron los doscientos kilómetros que comprenden la unión de los glaciares Hispar y Biafo entre la ciudad de Karimabad en el valle de Hunza y la aldea de Askole en la entrada del glaciar del Baltoro. 60 kilómetros de vuelo, 140 caminando sobre el hielo con cargas entre 25 y 30 kilos y la ascensión de una montaña virgen de 5.300 metros, es el resultado de esta asombrosa travesía. Una idea que algunos, incluso los propios miembros, considerarán estúpida y otros, avanzada. Un pequeño paso para la humanidad puede ser un gran batacazo para el que lo intenta.

Ho Brok Peak

El mundo de la aventura está lleno de personajes inquietantes. Algunos, pese a la incertidumbre de sus proyectos y su carácter extravagante, fueron ensalzados como héroes cuando demostraron que su aparente locura no era sino la ignorancia de una sociedad. Otros fueron encarcelados, ingresados en sanatorios mentales e, incluso en la edad contemporánea, denegados sus permisos por la administración para que no llevasen a cabo sus utópicas aspiraciones. En 1933 Maurice Wilson partió volando desde las islas británicas hacia el Everest, sin apenas conocimientos previos de aviación (su instructor le recomendó encarecidamente que no lo hiciese) y sin ninguna preparación alpina (su entrenamiento fue el ayuno, la oración y caminar alrededor de una colina cercana a su casa). Incluso el Ministro del Aire prohibió el despegue, pero Maurice Wilson, de 36 años e hijo de un molinero, salió para Nepal con la intención de aterrizar en las laderas del Everest y alcanzar la cumbre caminando. Durante el viaje le persiguieron las restricciones burocráticas británicas hasta que su avión fue confiscado por las autoridades indias. Cruzo a pie la frontera de Tíbet junto a tres sherpas, disfrazado de monje budista y comenzó un largo periplo hasta las laderas del Everest. La última entrada de su diario es el 21 de mayo de 1934, los sherpas se habían retirado y él continuaba en solitario, todavía esperanzado. Su cuerpo fue encontrado en 1935 a una altura de 7.000 metros por una expedición comandada por Eric Shipton.

¿Y si le hubiese salido bien? El planteamiento de su idea parece tan alocado como extremadamente racional: si la montaña es tan alta por qué no aterrizar cerca de la cumbre y ascender la última parte caminando. Obviamente la odisea de Wilson estaba destinada al fracaso por su profunda ignorancia (encontró un par de crampones en un viejo campo en la montaña y los arrojó al vacío por considerarlos inservibles). Pero, pregunto de nuevo, ¿y si le hubiese salido bien? El mundo ha demostrado ser absolutamente imprevisible ¿dónde está la línea entre temeridad y valentía? ¿Era Magallanes un loco por intentar dar la vuelta al mundo? ¿Hay que encarcelar al austriaco Felix Baumgartner que saltará próximamente en caída libre sobre la Tierra desde una altura de 36.000 metros? La respuesta sólo está en el interior de estos hombres que lo intentan.

Grieta glaciar

Simón Elías, 36 años, alpinista

El aire es ligero por encima de los 5.000 metros. Hoy es mi tercer día de vuelo y no me parece una buena idea superar los 6.000 metros de altitud pero estoy enganchado al piloto Ramón Morillas, cuatro veces campeón del mundo de paramotor y recordman de altitud y distancia, y a su vez enganchado a un pedazo de tela con la que ahora giramos una térmica de aire caliente no demasiado lejos de la montaña conocida como Lady Finger. El valle de Hunza, un grueso trazo verde irrigado por el río del mismo nombre, se va haciendo cada vez más pequeño a nuestros pies. Las montañas del Karakorum pakistaní nos rodean: numerosas cumbres de 6 y 7 mil metros, muchas de ellas vírgenes, con glaciares y pasos apenas transitados. Estos intrincados plegamientos son la concentración de montañas más altas de la Tierra y, por lo tanto, uno de los lugares más inaccesibles del planeta.

Meses atrás, durante una cena con abundantes botellas de vino en la casa de Ramón Morillas y su mujer Emiko Morota, Ramón exponía sus proyectos. Nos habíamos conocido en el Karakorum mientras yo dirigía una expedición alpinística y Ramón intentaba una primera travesía en parapente. Ahora Ramón quería volver a intentarlo. Los llamados vuelos vivac: cruzar una cordillera montañosa durmiendo donde el parapente no encuentra más corrientes ascendentes para seguir progresando y continuar así día tras día hasta cubrir asombrosas extensiones de terreno (el norteamericano Brad Sander cruzó así cerca de 1000 kilómetros sobre el Himalaya). Esta práctica es habitual en los valles escarpados y boscosos de los Alpes, las Rocosas o el Himalaya, pero nadie lo ha realizado todavía en el corazón de las grandes montañas y los glaciares. Durante la cena, Morillas se resignaba ante su falta de experiencia alpina para llevar a cabo el proyecto, el aterrizaje en los glaciares, las largas caminatas sobre esa superficie de nieve horadada por las grietas, le preocupaban. —¿Por qué no me llevas? —le pregunté— podemos aterrizar cerca de la cumbre de alguna montaña y ascenderla. —Eso es una idea magnífica. —Ramón levantó su copa y brindamos—. 78 años después, con más vino y algo menos de fe, una historia similar a la de Maurice Wilson se estaba gestando.

Ramón ha sido marinero antes que piloto, ha cruzado varias veces el Atlántico a bordo de una carabela y ha leído a los clásicos. Conoce el miedo que produce lo desconocido y como Colón, mantiene un cuaderno de bitácora personal y otro para la tropa. Estamos a 6.300 metros, me dice mientras giramos por encima de la cumbre del Lady Finger. La altura real es 6.500 metros. Thomas de Dorlodot, el piloto belga que nos acompaña, ya está al otro lado del valle de Hunza sobre las crestas de las montañas que delimitan el glaciar de Hispar. Nuestra travesía pretende atravesar 200 kilómetros en el corazón del Karakorum recorriendo por el aire, a pie o escalando laderas y montañas desde las que volver a despegar, la extensión de los glaciares Hispar y Biafo. Una de las más grandes lenguas de hielo fuera de las zonas polares y sus áreas de influencia.

Encordados en el glaciar de Biafo

Estamos llegando a la entrada del glaciar a una velocidad de 50 kilómetros por hora con una tormenta pisándonos los talones y empujando el viento con fuerza. Estamos tan altos que puedo ver la inmensa extensión del glaciar ondulándose como una serpiente. Thomas está más arriba que nosotros y le veo girar una térmica peleando con las turbulencias como un vaquero sobre un caballo salvaje a seis kilómetros de altitud. A nuestra izquierda aparecen las montañas chinas, hace frío y nos desplazamos a gran velocidad. Lo estamos consiguiendo, estamos entrando volando en el corazón del Karakorum. No puedo contener las lágrimas y el viento las expulsa con fuerza cuando caen debajo de las gafas. Hecho la mano atrás y le aprieto el muslo a Morillas, pegado a mi espalda. –Comandante, estoy llorando, esto es fascinante. Unos minutos después la vela se pliega y comenzamos a caer.

Ramón Morillas, 45 años, piloto

Tengo que decir que en 20 años de vuelo nunca había tenido una plegada semejante en un biplaza. Las turbulencias en la térmica eran muy fuertes, las corrientes de aire estaban enfrentadas y no podía mantenerme en el núcleo, esa parte interior del chorro de aire caliente que te hace ascender como un pájaro sin mover las alas. Al salir de la térmica encontramos corrientes de aire enfrentadas que plegaron la vela al cien por cien. Simón, que ha tenido su bautismo de vuelo en el Karakorum, se asustó mucho a posteriori. Pero durante la plegada en la que caímos durante unos segundos, no se enteró mucho. Sólo sientes la velocidad si no sabes lo que está pasando, pero este tipo de maniobras las entrenamos mucho en vuelo acrobático y puedes volver a abrir la vela con seguridad. Si esto no funciona tenemos un paracaídas de emergencia.

Antes de llegar al hielo el glaciar es un caos. Subes, bajas, entras y sales de la morrena tantas veces y a través de un terreno tan terroso e inestable, que desespera. De repente te encuentras con una cascajera vertical por la que han pasado los porteadores del equipo de tierra con 30 kilos a la espalda y te sientes muy pequeño. Si se te va un pie o cae una piedra estás jodido. Vas cargado como un mulo con el parapente (durante los primeros días nuestras mochilas pesaban entre 25 y 30 kilos), el material de alpinismo, cuerda y todo lo necesario para pasar varias noches a la intemperie: hornillo, gas, comida deshidratada, saco de dormir y colchoneta. El peso ha sido definitivamente una de las cosas más duras en este viaje.

Paso de Hispar

El primer día durante el vuelo, tenía algunas dudas sobre dónde aterrizar. Thomas se había ido delante pero yo no me atrevía con aquellas turbulencias y con Simón colgado en el parapente. Me fui a lo seguro y aterricé con mucho margen de altura en un pequeño campamento de pastores. Simón llevaba todo el material colgando por fuera porque en mi mochila trasera iba el paracaídas y no cabía nada más, parecía un árbol de Navidad. Llevaba la cuerda en bandolera y el material de alpinismo iba en una bolsa colgada del pecho con la colchoneta atada con cuerdas. Parecíamos aquellos pioneros de los viajes en moto que cruzaban Europa. Así que cuando esos pastores nos vieron aparecer en el cielo y aterrizar a 4.000 metros con nuestra pinta de astronautas andrajosos, fue como si estuviesen presenciando un milagro.

Después de aterrizar estuvimos toda la tarde y parte de la noche caminando. Yo estaba destrozado y me quería parar pero Simón me insistía en que teníamos que encontrar agua. No había contacto por radio con el equipo de tierra y en un prado, en la oscuridad total, me paré y le dije a Simón que no podía más. Por suerte encontramos un riachuelo cerca e hicimos un vivac hasta que al amanecer comenzó a llover y nos tuvimos que resguardar en un abrigo bajo una gran piedra desplomada. Caminamos otro día completo, muy cansados por el peso que cargábamos. Yo me había fijado más en el vuelo y esta parte en tierra, sobre un terreno tan fracturado e incómodo me estaba golpeando duro.

Los vuelos en las montañas de Pakistan están entre los mejores del mundo. Es un lugar donde puedes remontar muy alto y volar entre montañas y por encima de ellas, pero también es muy exigente, hay que ser muy buen piloto para enfrentarte a estas condiciones. Para entonces ya me había dado cuenta de que con el biplaza íbamos mucho más limitados. El año anterior Thomas de Dorlodot había volado una distancia de 225 kilómetros en ocho horas muy cerca de Hunza y esto nos animó mucho y pensamos que el reto se iba a poder completar con más vuelo y menos tierra. La parte horizontal ha sido realmente dura.

Preparativos en Hunza

El quinto día de aventura llegamos a la confluencia de los dos glaciares, el Hispar y el Biafo, en un paso a 5.151 metros llamado Hispar Pass. Este collado entre montañas de 6 y 7 mil metros da acceso a una zona totalmente cubierta de hielo. El Snow Lake, el lago de nieve, te hace recordar el hielo infinito de la Antártida, incluso las paredes de las montañas están tapizadas de gruesos mantos helados que se desploman constantemente y te mantienen en un estado de alerta constante.

Desde la máxima altura del paso de Hispar, durante el quinto día de travesía, vimos una cumbre desde la que se podía despegar. Era una opción que ya habíamos hablado con Simón a la hora de combinar el vuelo con la parte alpinística. Habíamos estudiado estas cumbres en nuestras casas con mapas y la visión cenital del Google Earth y sabíamos que al norte del paso había unas montañas de acceso sencillo. No iba a ser un vuelo muy bueno en el que remontar altura ya que las corrientes de aire frío de la masa glaciar del Snow Lake nos iban a empujar constantemente hacia abajo. Simón iba mirando constantemente a la montaña mientras subíamos, yo sabía que quería escalar algo después de tantos días de vuelo y caminata, pero cuando llegamos al paso era demasiado tarde y la nieve estaba tan blanda que te hundías por los tobillos, cansándote mucho y haciendo muy factible que te colases en una grieta en el glaciar. Decidimos descender caminando y juntarnos con el equipo de tierra en una jornada muy larga y demoledora. Los parapentistas llevamos muy mal bajar de los lugares caminando y Simón estaba al borde de su paciencia. Bromeaba con que el año siguiente íbamos a hacer la misma travesía pero cargando un piano de cola. Aquí sufrimos las mayores dudas de toda la aventura. Yo me mantuve en calma y dejé que Thomas y Simón se despacharan. Estábamos muy cansados y un poco confundidos con el concepto del viaje.

Thomas de Dorlodot sobre Hunza

Thomas de Dorlodot, 27 años, piloto

En cada deporte hay puertas que hay que abrir, hay que entrar en ese espacio donde nadie ha ido. El primer año que estuvimos en Pakistán, Ramón Morillas superó el record mundial de altitud en paramotor sobrevolando la cumbre del Masherbrum de 7.821 metros. El año pasado yo volé 225 kilómetros en ocho horas durante uno de los vuelos más impresionantes de mi vida. Tuvimos que cruzar un collado levantando las piernas para no golpearlas con la roca. Simón ha estado viniendo cada verano para escalar montañas vírgenes. Cada uno en su estilo, aportando su experiencia y su buen humor para traspasar la puerta hacia lo desconocido.

Queríamos mezclar dos deportes, unir dos mundos tan dispares como el vuelo y el alpinismo para poder acceder a lugares remotos. Lugares que solo podían visitarse en una larga expedición por tierra. Yo no sé hacer ni un nudo con la cuerda y la mitad de las veces que me pongo un arnés me lo coloco al revés, por eso si queríamos entrar en lugares potentes en las montañas, lugares peligrosos con glaciares, grietas y laderas empinadas, necesitábamos un tipo como Simón. Él se cuelga con nosotros con una fe ciega pues no tiene ni idea del mundo del vuelo libre, y para los pilotos es lo mismo cuando vamos a hacer algo de alpinismo o en esos pasos tan chungos del glaciar. Ponemos nuestra mejor sonrisa y controlamos las dudas y el desconocimiento con la confianza en el guía de montaña. Es una simbiosis genial en la que la confianza plena en las habilidades del otro equilibra la incógnita de lo desconocido. Por eso este es un reto deportivo y geográfico pero principalmente humano.

Cumbre del Ho Brok II

Cuando Simón paró el grupo en medio del glaciar de Biafo y dijo que íbamos a subir a una montaña, a mí no me moló la idea. Estaba muy cansado después de siete días de travesía con tanto peso y solo quería volar. Había unas laderas magníficas en el otro lado del glaciar desde las que podíamos despegar y no dejaba de mirarlas cuando nos desviamos hacia el pico. Iba puteado, mirando a las piedras inestables sobre las que me patinaba constantemente y no entendía por qué íbamos a subir un monte con esas laderas tan buenas para despegar enfrente. Mis compañeros no me hacían mucho caso y se limitaban a soltar algún chiste para quitarle seriedad al asunto mientras descansábamos con la lengua fuera. Somos gente poco seria que hace cosas serias.

Según íbamos ascendiendo veía el gran cinturón del Biafo cada vez más abajo y las siluetas de los picos Latok y Ogro recortándose como gigantescas catedrales de 7.000 metros entre las nubes. Ahí me dije: ¡Guau, esto es muy guapo! Colocamos la tienda en un pequeño nido de águilas a 4.600 metros y las vistas eran espectaculares. No era esa sensación de elevación, de estar por encima, que te da el parapente. En la montaña estás arriba, estás dentro del mundo, pero en un lugar muy perdido e inaccesible.

A la mañana siguiente nevaba ligeramente y aún así salimos para la cumbre con los parapentes a la espalda. Después de una hora de camino comenzamos a trepar y decidimos dejar las velas. Teníamos demasiadas dudas sobre el despegue en la cumbre, las malas condiciones meteorológicas y el cansancio que suponía cargar tanto. En seis horas y media estábamos en la cima. Recorrimos una bonita arista de nieve y roca que Simón bautizó como Trama Ridge en honor a un compañero suyo. Resulta que cuatro años atrás Simón había venido por primera vez a Pakistán para participar en el rescate de un alpinista español que se encontraba solo, con un brazo y una pierna rota, en una repisa a 6.800 metros en la cara oeste del Latok II de 7.108 metros. No pudieron alcanzar al herido y Óscar Pérez, así era su nombre; murió en aquella repisa. El pico que hemos escalado tiene el curioso nombre de Ho Brok que significa Pastos Amargos y está situado justo enfrente de la cara oeste del Latok II. Es posible que en los últimos momentos de Óscar, esta montaña con la arista que hemos recorrido, fuese todo su horizonte. En la cumbre Simón se emocionó recordando a su compañero y dejó en una grieta de las rocas, la mitad de un billete de 5 rupias que yo le había regalado. Asombrosamente, al terminar la travesía, encontré la otra mitad perdida en un bolsillo de mi ropa.

Glaciar de Biafo II

Entrar en el glaciar de Hispar volando por primera vez, llegar a la cumbre de un pico donde nunca antes ha llegado un hombre, son sensaciones maravillosas, pero a los lados queda el trabajo duro. El descenso del Ho Brok hasta los parapentes fue muy largo, con nieve blanda que nos hacía hundirnos hasta las ingles. Esta es una pequeña ascensión para un alpinista pero algo muy grande para nosotros. Aquí nos dimos cuenta de que la montaña es algo muy serio, es peligrosa y es un medio (como el vuelo) en el que hay que saber muy bien lo que se está haciendo para moverte con seguridad. Un descuido es la muerte.

Cuando alcanzamos los parapentes estaba nevando intermitentemente y teníamos tantas ganas de volar que preparamos las velas muy rápido. Era un despegue técnico en un pequeño collado arenoso que se formaba entre dos torres de roca. La arena acababa en una empinada ladera nevada que no te permitía ningún fallo. Simón estaba algo nervioso y no de decía ni una palabra. Había sido el protagonista de la ascensión al pico pero, en esos momentos previos al despegue, parecía que se quería enterrar en la arena. Ramón saltó primero. Como el viento era en cola había que correr mucho antes de alcanzar la nieve. Salieron muy rápidos pero hubo una incidencia con un nudo en uno de los suspentes y la cara de Simón pasó a un par de metros de unas piedras cuando Ramón la esquivó con los mandos. Hicimos un vuelo guapísimo sobre el glaciar de Biafo hasta que aterrizamos y nos tuvimos que resignar a caminar otra vez y buscar al equipo de tierra.

Sebastián Álvaro, 61 años, aventurero, director de documentales, coordinador del equipo de tierra.

Hacer la historia es la parte más divertida. En estos últimos años de viajes al Karakorum hemos creado un equipo formidable. Gente dispar que domina diferentes disciplinas y que, en este caso, se han unido para afrontar un nuevo reto. ¿Cómo si no se pueden atravesar 200 kilómetros a lo largo de uno de los lugares más remotos e inaccesibles de la corteza terrestre, en tan solo nueve días? En este caso la parte divertida ha sido juntar estos talentos con sus fuertes caracteres, con una gran experiencia a sus espaldas, con muchos años de vuelo y de alpinismo jugándose el tipo muy lejos de la civilización. Son dos pilotos que no saben nada de montaña y un alpinista que no sabe nada de vuelo, que se acoplan y con el tiempo, el trabajo y la valentía, consiguen hacer encajar las piezas e intentar algo que nunca antes se había intentado. Quizá la idea parezca una locura pero en realidad la respuesta es técnica. Todavía no ha aparecido una persona en la que encarnar todas las habilidades que hacen falta para recorrer el corazón del Karakorum en vueloalpinismo. En este caso como nos faltaba esa persona, hemos juntado dos: Ramón Morillas y Simón Elías, creando un extraño animal híbrido. Un equipo de dos, con el apoyo de Thomas y del equipo de tierra, que se aportan y se complementan. Aunque parezca un disparate llevar a un alpinista colgado de tu parapente para que te solucione los problemas sobre glaciares y montañas, es realmente lógico y racional. Con las ideas disparatadas ha progresado la humanidad. Si todo el mundo aplicase hoy en día las leyes de la Edad Media, seguiríamos quemando a los herejes. Si continuásemos creyendo que la Tierra es plana, lo cual es perfectamente entendible dando un vistazo a nuestro horizontal derredor, no hubiésemos llegado nunca a América. Aquí está el verdadero tuétano de la aventura que primero irrumpe en el mundo de las ideas y luego se materializa. Una aventura que implica riesgo mortal (sino no merecería el título de aventura) y que hay que tener en cuenta cuando se manejan ideas aparentemente disparatadas. Esta clase de locos e incomprendidos son los que hacen progresar a la humanidad.

Descendiendo hacia el Snow Lake

Tras haber escalado el Ho Brok todavía intentaron hacer un vuelo más. La idea original era hacer un gran vuelo desde el penúltimo campamento del equipo de tierra hasta la aldea de Askole donde se completa la travesía. Desafortunadamente las condiciones no acompañaron la motivación del equipo. Pero nada de eso empaña el esfuerzo y las ganas. Un día más ascendieron mil metros de desnivel bajo un día gris, con nevadas intermitentes, hasta otro despegue empinado y rocoso. Simón se bloqueó en este despegue tan técnico, es normal. Que el segundo vuelo de su vida sea subir a 6.500 metros, tener una plegada del 100% de la vela, caer al vacío y despegar entre cortados, no parece la mejor preparación técnica. Pero todas estas dudas, estas incógnitas sobre el terreno y en el interior de la gente son buenas, es el aprendizaje sobre la experiencia. Si lo repetimos 20 veces nos saldrá genial, pero lo importante es el momento en que se encara por primera vez la incógnita. Ahí aparece un brillo en la aventura que nunca tendrán los que la repitan, es el brillo que produce la duda de lo desconocido.

El 23 de julio de 2012, a la una y media de la tarde Simón y Thomas entraban en la aldea de Askole, un lugar mísero y sucio desde donde parten la mayoría de las expediciones hacia el Baltoro. Ramón Morillas venía un poco más atrás. Los niños salieron a recibirles, les pedían caramelos, dinero y bolígrafos. Los hombres, acurrucados bajo las escasas sombras, les miraban inquisitorios como si este tipo de personajes de montaña con sus voluminosas mochilas de vuelo, no estuviese en su registro. Se sentaron sobre la hierba donde iban a acampar, se quitaron las botas y bebieron una cocacola. Luego se abrazaron en silencio y dieron por terminada la aventura.

4 comentarios

  1. Nuestra época es tan absurda que los héroes cuentan sus propias hazañas. Quizá de ahí venga el puntual uso de la tercera persona para hablar de uno mismo.
    ¿Y acaso, de modo semejante y a pequeña escala, no hace eso mismo el individuo de a pie que reinventa su propia vida en la red social?

    Quiero pensar que llegará el día en que sean publicadas loas de esta gran aventura, tal y como se hace en esta misma revista con Scott o Shackleton. Eso y no esto es lo que merece.

  2. Pingback: Simón Elías: Aeroalpinistas en el Karakorum

  3. Tal y como iba leyendo he sentido una mezcla embriagadora de envidia, emoción, admiración y ganas de estar ahí para filmar la proeza y hacer una peli con ella. Gracias. Rabia.

  4. Pingback: Aeroalpinistas en el Karakorum con Simón Elías | PIEDRA DE TOQUE

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies