Lucky Luciano (IV): Amo de la tierra y de los mares - Jot Down Cultural Magazine

Lucky Luciano (IV): Amo de la tierra y de los mares

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Viene de la tercera parte
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1 de septiembre de 1939. El ejército alemán traspasa las fronteras de Polonia violando el territorio soberano de su nación vecina. Se trata del Fall Weiss. No es el primer acto de agresión internacional del régimen de Adolf Hitler, pero esta vez ha terminado de sacudir la conciencia de las naciones occidentales. A nadie se le escapa que ya es inevitable un conflicto armado europeo como extensión del que se acaba de iniciar en tierras polacas. De hecho, un par de días después, el Reino Unido y Francia responden declarando la guerra a Alemania. Las alarmas suenan en todo el mundo; está a punto de desencadenarse una nueva Gran Guerra, apenas dos décadas después de finalizada la anterior.

Los Estados Unidos, por el momento, parecen tener la intención de mantenerse ajenos al enfrentamiento. La mentalidad no intervencionista todavía tiene un considerable peso en la opinión pública del país, cuyo gobierno decide no participar, al menos no de manera abierta, en la nueva guerra. Así, mientras la situación no cambie, los puertos navales estadounidenses parecen un refugio seguro para los grandes buques europeos a los que la guerra ha sorprendido en alta mar. Por casualidad, cuando estalla la guerra se encuentra haciendo escala en Nueva York el Normandie, trasatlántico que constituye el orgullo de la flota civil francesa; por entonces es uno de los barcos de pasajeros más grandes nunca construidos. En el momento en que Francia entra en guerra, la preocupación se apodera de la tripulación del Normandie, que solicita refugio a las autoridades norteamericanas; salir al mar los dejaría a merced de algún submarino alemán. El buque obtiene permiso para permanecer anclado en el muelle nº88, en el West Side de Manhattan, mientras dure el conflicto. Unos días después, otros dos famosos trasatlánticos, el Queen Mary y el Queen Elizabeth, buscarán también refugio en Nueva York y serán anclados en los muelles contiguos. De repente, los paseantes neoyorquinos pueden disfrutar de un insólito espectáculo: los tres transatlánticos más gigantescos del planeta, están detenidos el uno junto al otro en el puerto de su ciudad. Impresionante atracción, sin duda.

El Normandie permanecerá inmóvil en el muelle número 88 durante dos años; su capitán y la tripulación original siguen viviendo a bordo, ocupados con su mantenimiento. Aquellos dos años se convierten en una angustia creciente; desde su prolongada escala en Nueva York, los marineros franceses del Normandie contemplan con aprensión el desarrollo sangriento de la guerra europea, y sobre todo el asalto alemán a Holanda y Bélgica, países que caen con facilidad ante los invasores. En la primavera de 1940, pues, las tropas del III Reich están ya a las puertas de Francia. Poco después penetran en territorio francés y desmantelan toda resistencia, que cae como un castillo de naipes. Como la URSS y los Estados Unidos miran hacia otro lado, parece que nada ni nadie podrá detener a Hitler, así que el 10 de junio el hasta entonces timorato Benito Mussolini decide que Italia participe también en el saqueo de Europa, convirtiéndose en aliada de los alemanes. El oportunista dictador italiano declara la guerra a una agonizante Francia y al cada vez más aislado Reino Unido. De hecho, no pasarán ni dos semanas hasta que los franceses se rindan: el 22 de junio, lo que queda del gobierno galo firma el armisticio. Ha dejado de ser un país independiente y ahora está bajo control directo de los nazis. Desde el punto de vista de la legalidad internacional, Francia ya no existe, así que el Normandie es ahora un buque en el exilio, un gigantesco apátrida habitado por un puñado de marineros que ya no tienen una patria a la que regresar. El mando naval norteamericano decide destinar nada menos que ciento cincuenta miembros de la guardia costera a bordo del buque, para evitar posibles intentos de sabotaje por parte de agentes infiltrados. Dado que entre los trabajadores del puerto abundan los inmigrantes europeos, incluidos muchos alemanes e italianos que en algunos casos podrían ser partidarios de los regímenes totalitarios de sus respectivos países de origen, se teme que algún grupo de radicales fascistas camuflados como operarios del puerto pueda intentar un atentado.

El “Normandie” a su llegada a Nueva York.

Transcurren el verano y el otoño. Después de varios meses, el 7 de diciembre de 1941 se producirá un hecho destinado a cambiarlo todo: Japón bombardea sin previo aviso a la flota norteamericana estacionada en Hawaii; esto pondrá a los estadounidenses en zafarrancho de combate. Cuatro días después, apoyando la agresión nipona y terminando de perfilar los dos bandos de lo que ya es una guerra mundial, Alemania y sus aliados también declaran la guerra a Washington. Cualquier opción de no intervención estadounidense se ha esfumado: les guste o no, ahora también están en guerra.

El 12 de diciembre la marina estadounidense requisa el Normandie, considerando que el barco lleva mucho tiempo varado sin servir a ningún propósito. Ya que el país propietario no existe como nación libre y siguiendo una arraigada costumbre de la legislación marítima internacional, el gobierno americano se apropia de él para destinarlo a fines militares. El día 20, el presidente Roosevelt aprueba el proyecto de transformación del enorme crucero en un buque de transporte de tropas. Poco después es rebautizado como USS Lafayette, oficializando su nacionalización. Durante el mes de enero comienzan los trabajos de remodelación para hacer del barco un transporte militar apto. Esos trabajos, sin embargo, no durarán mucho. O mejor dicho, no llegarán a ser terminados. El 9 de febrero de 1942 se declara un incendio en el USS Lafayette. Las llamas se extienden rápidamente por el buque, dado que los sistemas de prevención de incendios han sido desactivados para poder proceder a las reformas. Nada puede hacerse por evitar la propagación del fuego. Durante la madrugada, el buque se escora casi por completo; se producirá un fallecimiento y más de 200 personas serán atendidas por heridas de diversa gravedad.

La marina ha perdido un valiosísimo buque. Todo parece indicar un acto de sabotaje. Las autoridades navales así lo creen, aunque nunca conseguirán descubrir a los autores. Deducen que resulta imprescindible reforzar la seguridad en la zona portuaria con el fin de evitar nuevos atentados; Nueva York se ha convertido en una importante base naval militar y lo será todavía más conforme crezcan las operaciones estadounidenses en Europa. Para garantizar esa seguridad habrá que desenmascarar de entre los trabajadores portuarios a posibles espías, infiltrados y simpatizantes nazis o fascistas. Tarea nada sencilla en un ámbito cerrado y marcado por un feroz corporativismo como el portuario. Es algo que sólo podrá hacerse con eficacia desde dentro. Los militares norteamericanos necesitan la estrecha colaboración de los sindicatos, así que deciden ponerse en contacto con sus líderes. No tienen problemas cuando hablan con los sindicalistas de las zonas controladas por los inmigrantes irlandeses; todo es colaboración entusiasta. Pero allá donde los trabajadores y sindicatos son italianos los agentes navales se topan con silencios, evasivas y encogimientos de hombros. “¿Quién manda aquí?”, preguntan los enviados de la inteligencia militar o del gobierno. Por toda respuesta, los líderes sindicales van pasándose la patata unos a otros. Es como si hubiera ciertos nombres que nadie quiere pronunciar. Al final obtienen una respuesta: si quieren garantizar la seguridad en el puerto de Nueva York, con quien tienen que hablar es con Albert Anastasia, el temido capo mafioso que controla aquella zona de los muelles. Anastasia, como es bien sabido, es un estrecho aliado de Charlie “Lucky” Luciano, el hombre más poderoso de la Cosa Nostra. Le guste o no, pues, el gobierno estadounidense se va a ver obligado a llegar a acuerdos con la mafia.

Por entonces Luciano lleva seis años en prisión, aunque sigue manejando los hilos desde su celda por mediación de Frank Costello, que ejerce como jefe nominal de la organización en la calle, y con la inestimable ayuda de su viejo amigo Meyer Lansky. La inteligencia naval coteja el dato con la policía; todo es cierto. Los militares se resignan; tendrán que rebajarse a entrar en tratos con el Diablo. Los mandos navales contactan con Lansky. Lo primero que éste les pide es que Luciano sea trasladado desde su prisión actual a otra más próxima a la ciudad de Nueva York, para que resulte más fácil entablar conversaciones con los hombres de la marina. Los militares, deseosos de garantizar la seguridad en los muelles, mueven sus hilos en Washington y consiguen el traslado. Ahora vendrá la negociación. Es hora de que la US Navy y la Mafia, por extravagante que parezca, se sienten a negociar cara a cara.

La noche de Vísperas Sicilianas

—Michael Frances Rizzi, ¿renuncias a Satanás?
—Sí, renuncio.
—¿Y a todas sus obras?
—Sí, también renuncio.
—¿Y a todas sus promesas?
—Sí, renuncio.
—Michael Frances Rizzi, ¿deseas ser bautizado?
—Sí, lo deseo.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Michael Rizzi, ve en paz, que el Señor sea contigo. Amén.

(“The Godfather”, Francis Ford Coppola)

El asesinato de Maranzano fue parte de un intrincado y laboriosamente ejecutado exterminio masivo diseñado por Charlie “Lucky” Luciano, que era pulcro, de hablar suave y mirada fría. El día en que Maranzano murió, unos cuarenta líderes de la Cosa Nostra que habían sido sus aliados fueron asesinados a lo largo del país. Prácticamente todos ellos eran mafiosos de la vieja escuela, nacidos en Italia, eliminados por una generación joven que estaba efectuando su asalto al poder. (Peter Maas, “The Valachi Papers”)

Retrocedamos unos años. Durante su fulgurante ascenso, Charlie “Lucky” Luciano se había deshecho de los dos grandes jefes de la vieja generación que habían estado pugnando por hacerse con el control de la Cosa Nostra neoyorquina. Joe Masseria y Salvatore Maranzano, los irreconciliables enemigos, fueron asesinados en 1931… ambos por orden de Luciano. Aquello le había dejado vía libre para intentar apoderarse del liderazgo. Pero aún quedaban partidarios de los dos jefes caídos. Toda una generación de “Mustache Petes”, sicilianos de la vieja escuela, había permanecido leal a Masseria y Maranzano, y a las viejas usanzas en las que Luciano no creía. Eran hombres de mentalidad cerrada, incultos en su mayor parte, incluso analfabetos en algunos casos, a quienes los mafiosos jóvenes solían referirse como “los engominados”. Los nuevos mafiosos estadounidenses, los de la generación de Luciano —que tenía treinta y cuatro años por entonces— querían imponer una visión diferente del “negocio”. Una parte de la Cosa Nostra quería permanecer aferrada a las tradiciones sicilianas mientras la otra pretendía americanizar la Mafia . La tensión no iba a desaparecer por las buenas.

Funeral del restaurador Gerardo Scarpato, asociado de “Lucky” Luciano y asesinado por los enemigos de éste.

El restaurante Nuova Villa Tammaro, recordemos, había sido el escenario del asesinato de Joe Masseria, la noche en que éste había cenado tranquilamente con Luciano sin saber que su lugarteniente ya lo había traicionado. Había corrido la voz de que el propietario del restaurante, Gerardo Scarpato, se había esfumado del local momentos antes de que Masseria fuese abatido a tiros. ¿Había sido Scarpato un cómplice de Luciano? Es probable; en todo caso los enemigos de Luciano prefirieron no andarse con rodeos. El prestigioso restaurador fue encontrado en el interior un automóvil abandonado en Brooklyn; su cadáver estaba en el maletero, metido en un saco de arpillera y mostrando claros signos de haber sido asesinado mediante estrangulamiento. Los “engominados” estaban enviando un mensaje: no aprobaban el asesinato de Masseria, ni pretendían dejar que Luciano hiciera y deshiciera a su antojo. Aún peor, la muerte de Scarpato, un civil, atraía a la prensa y la policía. Algo muy inconveniente para los inmediatos planes de Luciano.

Este no quiso que tras el asesinato de Maranzano hubiese más imprevistos. Mientras planeaba el golpe contra Maranzano, involucró a un gran número de efectivos —se ha llegado a hablar incluso de ¡trescientos ejecutores implicados!— en un ambicioso, y caro, plan a nivel nacional. Debían someter a vigilancia a un número de mafiosos de la vieja escuela que oscilaba entre cuarenta (según el FBI), sesenta (según investigaciones posteriores) e incluso noventa (según algunos testimonios, aunque no comprobados, de pistoleros que participaron en la masacre). Epiaron concienzudamente a los principales “engominados” de la nación para tener una descripción detallada de sus costumbres cotidianas. El 10 de septiembre, fecha en que Luciano ordenó asesinar al “Capo di tutti Capi” Maranzano, debía ponerse en marcha un tremebundo mecanismo paralelo. Había que eliminar de forma simultánea a toda una generación de antiguos mafiosos. Algunos, porque eran aliados fieles de Maranzano. Otros, porque se oponían a las nuevas formas de hacer negocios. Y otros, al parecer, porque Luciano los consideraba demasiado ignorantes y anclados en tradiciones de origen rural. La matanza, bien coordinada, debía realizarse en un plazo de cuarenta y ocho horas, para evitar que los objetivos se diesen cuenta de lo que estaba ocurriendo e intentasen escapar.

Cuando Salvatore Maranzano es asesinado a tiros en su despacho por varios hombres disfrazados de policía, pues, no será el único en caer. “Lucky” Luciano: quiere imponer un nuevo orden y todo el que no esté preparado para adaptarse va a ser borrado de la faz de la Tierra. Empezando por varios de los capos neoyorquinos fieles a Maranzano. El gangster James LaPore es abatido a tiros en una calle del Bronx; sus agresores huyen sin dejar rastro. Jimmy Marino es tiroteado al salir de una barbería, también en Brooklyn. La desaparición de dos “tenientes” de la organización Maranzano, Louis Russo y Samuel Monaco, es denunciada por sus familias. Días después sus cuerpos aparecerán en la bahía de Newark, con la garganta cortada y el cráneo aplastado; además muestran señales de haber sufrido escalofriantes torturas. Escenas similares tendrán lugar en otras ciudades, según afirmaron fuentes policiales de la época. El FBI, sorprendido por la repentina matanza, bautizó el hecho como “la Noche de Vísperas Sicilianas”, en referencia a un suceso histórico de la historia de Sicilia, una rebelión local contra la dominación francesa.

Diversos autores han puesto en solfa la magnitud de la matanza, que por lo general se considera se extendió al menos a cuarenta importantes mafiosos. No falta quien considera que hay mucho de leyenda en ello. La verdad absoluta resulta imposible de determinar, pero sin duda hubo una matanza y sin duda tuvo consecuencias. El golpe dado por Luciano fue motivo de terror generalizado, como demuestra el que, cuando comunicó su intención de reorganizar la Cosa Nostra no solamente a nivel neoyorquino sino a nivel nacional, encontró poca oposición y nadie puso en duda que él era el nuevo líder.

Reinventando la Cosa Nostra

Después de purgar la vieja generación y a aquellos que podían suponerle un problema, Luciano quiso tranquilizar al resto de jefes mafiosos. Se apresuró en dejar claro que no tenía vocación de dictador y que su objetivo era facilitar que todos hiciesen negocios y ganasen mucho dinero. Afirmó que no pretendía convertirse en un nuevo “jefe de todos los jefes”, como había hecho Maranzano. Prometió respetar la autonomía de las distintas organizaciones o “familias” (aunque en la práctica toda la Cosa Nostra norteamericana lo reconoció como líder de facto, o al menos como el hombre a quien siempre había que escuchar). Las decisiones que iba a tomar Luciano en cuanto a la reestructuración de la Mafia, que afectarían globalmente al conjunto del país, no iban a ser discutidas. La purga había quitado las ganas a los demás de enfrentarse al nuevo gallo del corral.

Luciano eligió a Vito Genovese como su segundo en la “familia”, años antes de que las cosas se agriaran entre ambos.

Luciano tenía dos objetivos básicos: uno, modernizar el negocio. Y dos, requisito imprescindible para lo anterior, terminar con los continuos enfrentamientos internos entre familias mafiosas, derramamientos de sangre que se producían al menor roce y que habían ayudado a lanzar a las autoridades contra otros jefes criminales, como Al Capone. El mítico “Scarface” no había conseguido pacificar las calles de Chicago y eso había convertido la ciudad en el más renombrado escenario criminal del planeta, algo que no podían tolerar en Washington. Luciano no quería cometer el mismo error que Capone, ni quería permitir que otros jefes mafioso lo cometieran por su parte. Había que parar las guerras.

Aglutinó a las mafias italoamericana y judeoamericana, no fundiéndolas —algo que la tradición mafiosa hacía imposible— pero sí permitiendo que trabajasen juntas, en muy estrecha colaboración y de manera abierta. El brillante gangster judío Meyer Lansky siempre había sido su principal aliado y consejero, además de su mejor amigo. Ahora ejercería ese papel a la vista de todos, sin tapujos, e incluso la mafia siciliana debía aceptarlo. Lansky no podía ocupar posición de poder oficial en la organización de Luciano, puesto que no podía ser iniciado, y aun así tendría derecho a acudir a las reuniones en la cúpula de la Cosa Nostra como cualquier jefe italiano, en calidad de consejero general. También como estrecho asociado de la mafia italoamericana ascendería el protegido de Lansky, Benjamin “Bugsy” Siegel, y la nómina de gangsters judíos que trabajaban para ambos. Por otra parte, Luciano también reorganizó su propia banda: Vito Genovese era el subjefe, esto es, el lugarteniente de Luciano y su mano derecha en las calles. Frank Costello se convertiría en su consigliere. También ocuparían importantes puestos nombres como Joe Adonis, Michael Coppola, Anthony Strollo o Tony Carfano. También contaría con la inestimable colaboración del ejecutor Albert Anastasia, que nominalmente pertenecía a otra “familia” mafiosa, pero que iba a realizar trabajos esporádicos para la organización de “Lucky” como cabecilla del pelotón de matones especializado en hacer desaparecer rivales, el temible Murder Inc., que por cierto había organizado un judío, Siegel.

Sabiendo de la inteligencia y la habilidad financiera de Meyer Lasnky, Luciano le encargó que realizase una auditoría para calcular el patrimonio económico del conjunto de familias de la Cosa Nostra. Tras una década de vigencia de la Ley Volstead (la “Prohibición”), el comercio de alcohol había producido tales ganancias que los mafiosos habían podido multiplicar sus inversiones y áreas de negocio en otros muchos ámbitos, hasta el punto de que ni ellos mismos sabían cuánto dinero tenían. Luciano imaginaba que el conjunto de los mafiosos movía una considerable cantidad de dinero, pero incluso él quedó sorprendido cuando Lansky le llamó por teléfono para comunicarle los resultados de su estudio: “somos más grandes que U.S. Steel” (la frase fue incluida, por cierto, en el guión de El Padrino II). Efectivamente, la Cosa Nostra era más rica que algunas de las más gigantescas corporaciones de los Estados Unidos. Dicho de otro modo: Luciano comprendió que si la mafia permanecía unida, su poder en los Estados Unidos podía alcanzar cotas inimaginadas.

Reunió a los principales jefes mafiosos del país y les comunicó las buenas nuevas. Para mantener ese estatus, la mafia debía evitar los constantes derramamientos de sangre. Las nuevas directrices de Luciano incluían conceptos como discreción, orden, y priorizar el negocio sobre cualquier otra consideración. La Cosa Nostra no debía repetir los errores de Capone y sus enemigos, que habían terminado muertos o en la cárcel. Anunció la creación de la “Comisión”, una cúpula directiva en la que los principales jefes se reunirían para tratar los asuntos más candentes y sobre todo para llegar a acuerdos que permitiesen solucionar sin violencia las disputas entre ellos. En aquel cónclave, una especie de consejo de administración central de la Cosa Nostra, todos los jefes tendrían voz y voto, pero una vez se votase un acuerdo, debían comprometerse a respetar lo que la Comisión dictaminase. Ya eran ricos; si mantenían la paz interna, podrían ser mucho más ricos todavía.

Nadie tuvo nada que objetar. Luciano era demasiado fuerte pero además sus ideas eran inteligentes, sensatas y convincentes. Junto a Mayer Lansky formaba el tándem más clarividente del mundo del crimen; las dos cabezas pensantes a quienes convenía hacer caso. También se estimaba mucho la capacidad de Frank Costello para codearse con las autoridades políticas, policiales y judiciales; algunos le llamaban “el primer ministro”. En cualquier caso, la gente indicaba estaba al timón.

Pese a lo decisivo de sus cambios, Luciano hubiese querido ir incluso más lejos. Despreciaba los anticuados rituales y ceremonias heredados de la tradición siciliana. Para Luciano la Cosa Nostra debía ser como una empresa, no una secta oscurantista propia de pueblerinos. Llegó a pensar en eliminar los ceremoniales tradicionales, como los que rodeaban a la admisión de un nuevo miembro; sus consejeros, Lansky y Costello , insistieron en que los mantuviese. La tradición ayudaba a que los mafiosos albergasen un sentimiento de pertenencia y mantuviesen la “omertà”, el silencio y la lealtad debidas al clan. Se podía y se debía cambiar algunas tradiciones, pero no todas, y las ceremonias de iniciación, junto con otros símbolos externos de la iconografía mafiosa, eran algo valioso. Luciano era lo bastante inteligente como para entender que, aunque no le gustasen a él, aquellos elementos folclóricos y sectarios constituían un poderoso pegamento, un motivo de cohesión y orgullo.

Un trono en el patio de la cárcel

A mediados de los años treinta todo parecía marchar viento en popa para la organización de Luciano. Era el jefe más respetado de la Cosa Nostra, había impuesto una nueva forma de hacer las cosas y estaba ganando cantidades ingentes de dinero, además de expandir su influencia a ámbitos cada vez más variados. La “Comisión” funcionaba muy bien como órgano regulador de las actividades mafiosas y aunque la violencia nunca iba a desaparecer de su “negocio”, al menos habían conseguido terminar con la era de anarquía callejera propia de los años veinte, la época de Capone. Los nuevos jefes criminales, o por lo menos una buena parte de ellos, ya no eran estrellas del rock como el famoso Al, sino que intentaban llevar sus asuntos con más discreción y alejados de la luz pública. Sin embargo, las autoridades ya habían iniciado la caza del nuevo líder. Los funcionarios con aspiraciones políticas deseosos de apuntarse un buen tanto tenían en Luciano al más cotizado botín, el nuevo Capone al que capturar con el premio añadido de la fama nacional. No iba a resultar fácil; la Mafia funcionaba de manera verbal, con órdenes difusas que recorrían una estructura piramidal; también se recurría a testaferros o asociados que tenían muy poco conocimiento de la organización para la que trabajaban. Dicho de otro modo, apenas había esperanzas de encontrar vínculos demostrables entre Luciano y los crímenes susceptibles de ser probados ante un juez. Se iba a necesitar una jugada astuta. Pero hubo quien imaginó esa jugada.

El trabajo de Thomas Dewey llevó al aparentemente intocable Luciano ante un tribunal.

El fiscal Thomas Dewey se encargó de construir un caso contra la cabeza visible de la Cosa Nostra y lo hizo, curiosamente, a través de uno de los negocios ilegales en los que “Lucky” Luciano tenía menos implicación personal: la prostitución. A Luciano, como a Capone, le gustaba la compañía de las prostitutas, pero a nivel de mandatario se mantenía muy alejado de la red de burdeles de los que sacaba provecho económico. El encargado nominal de los negocios de prostitución era Dave Betillo; Dewey sabía muy bien que Betillo era un lugarteniente de Luciano, por más que resultase casi imposible demostrarlo. El fiscal sorprendió al clan con una redada generalizada en la red de burdeles, deteniendo a una gran cantidad de prostitutas y fijando para ellas unas fianzas astronómicas. Confiaba en que, ante la inminente amenaza de cárcel, algunas de ellas hablarían. Las prostitutas no estaban sujetas a los mismos códigos de lealtad que los miembros de la organización mafiosa; eran el eslabón más débil. Y algunas de ellas, en efecto, hablaron: implicaron a Luciano como jefe supremo del entramado de burdeles. Habían estado con Luciano, cuyo apetito sexual era voraz,y le habían escuchado, por ejemplo, dar órdenes relativas a la red de prostíbulos. Luciano había cometido el error de bajar la guardia ante chicas a las que consideraba un factor insignificante; pero fue gracias a ellas que Dewey pudo llevarle a juicio. Ante el tribunal, el fiscal expuso hábilmente las flagrantes falsedades y contradicciones en la defensa del mafioso, quien finalmente fue condenado a un mínimo de treinta años por ser el líder de una red  de proxenetismo. Durante el verano de 1936, tras cinco años de reinado en los bajos fondos, Charlie “Lucky” Luciano ingresó en prisión.

La larga condena fue un duro golpe: las autoridades le habían dado caza, pese a haberse rodeado de un aparato casi inexpugnable. Pero eso no significó que su poder en la Cosa Nostra disminuyese. Siguió dirigiendo a los suyos desde prisión por mediación de su segundo, el vehemente Vito Genovese, quien ahora ejercía como jefe en la calle. Cuando poco después también Genovese se vio envuelto en una acusación —en su caso por asesinato— y huyó a Italia para establecerse en las cercanías de Nápoles, Luciano recurrió a su fiel consigliere, Frank Costello, para ocupar el puesto de jefe nominal. Incluso con “Lucky” entre rejas, el triunvirato de amigos seguía funcionando a la perfección: Luciano y Lansky seguían estando comunicados y analizaban cuidadosamente las situaciones con ayuda de Costello; finalmente era éste el encargado de ejecutar las decisiones en el exterior, con la ayuda de su nuevo segundo, su primo Willie Moretti. La fidelidad imperante en el tradicional esquema mafioso permitió que Luciano siguiese siendo considerado el líder. Esto contrasta con la situación del antaño todopoderoso Al Capone, que en la cárcel era un don nadie y llegó a pasar momentos de tremenda humillación; sus antiguos socios, más por prestigio de la organización que por auténtica lealtad, tenían que pagar a reclusos para que lo protegieran de otros reclusos. Pero nada de esto sucedía con los jefes mafiosos. Todos los presos sabían que Luciano había perdido la libertad pero, al contrario que Capone, no había perdido su título. Llevaba una existencia muy plácida en prisión gracias toda clase de sobornos y porque todavía era considerado lo que hoy, a raíz de la literatura y el cine, llamaríamos el “padrino”. Se cuenta que su celda era muy confortable; incluso gozaba de lujos como encargar la cena diaria de su restaurante favorito, que le era servida por un camarero que acudía a la prisión para atenderle. También se producían escenas peculiares en el patio de la cárcel, donde Luciano se sentaba en una butaca y recibía los respetos de una hilera de presos que le pedían favores o que querían hacerse notar saludándole.

Fue a principios de los cuarenta, cuando llevaba ya varios años entre rejas y la II Guerra Mundial estaba en su apogeo, cuando Luciano recibió la visita de la inteligencia militar. La organización de Luciano controlaba a los sindicatos en una parte importante de los muelles neoyorquinos; era el único individuo con la autoridad efectiva para ordenar un férreo control sobre los trabajadores portuarios. Las autoridades norteamericanas consideraban prioritario garantizar la seguridad de los buques anclados en los muelles. Charlie Luciano garantizó esa seguridad apelando a su propio patriotismo (recordemos que había nacido en Sicilia pero que se trasladó a EEUU con apenas nueve años), pero también puso condiciones. Quería que, una vez terminadas la guerra y si había cumplido su misión, se le permitiese salir de la cárcel. Las autoridades accedieron. Lo cierto es que no hubo más sabotajes como el del Normandie. Lo más irónico es que mucho después se destapó que el incendio del trasatlántico pudo no ser obra de simpatizantes fascistas, sino un plan urdido por el propio Luciano (otros atribuyen la idea a Lansky) para que los militares se preocupasen por la vigilancia de los muelles y terminasen recurriendo a la ayuda de la mafia. Fuese todo un rebuscado plan o el producto de las circunstancias, al terminar la guerra Luciano conseguiría su objetivo de abandonar la prisión… pero las cosas se le iban a torcer pronto.

8 comentarios

  1. buen post, escribes con soltura y se ve que entiendes del tema. Es un placer leer

  2. Genial artículo, ya tengo muchas ganas de leer la quinta parte. La figura de Lucky es fascinante, y ya perfila lo que podrá pasar en las próximas temporadas de “Boardwalk Empire” si llegan tan lejos.

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  5. Ya era año, copón, pensaba que la cuarta parte la leerían mis nietos.

  6. brillante, como siempre, aunque se me ha hecho mas corta de lo habitual. Queremos la quinta parte ASAP!! :-)

  7. Gran serie de articulos, a ver si el quinto no se hace esperar tanto como el cuarto.

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